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domingo, 5 de enero de 2014

Jorge Carrera Andrade y los derechos humanos*



Al evocar el nombre de Jorge Carrera Andrade viene inmediatamente a nuestra mente la idea del gran poeta cuya obra ha sido tan difundida y tan comentada gracias a incontables traducciones a varios idiomas por notables representantes de las letras de diversos países. Así, para el novelista y crítico Alain Bosquet: “Jorge Carrera Andrade es uno de los dos o tres poetas vivientes más grandes de la poesía de este siglo”, afirmó en 1952. Para el profesor y diplomático René L.F. Durand: " Jorge Carrera Andrade es uno de los dos o tres grandes nombres de la importante pléyade de poetas que son el honor de las letras de América Latina”. “La más alta voz de América, un señor de las Letras”, han repetido varios críticos al comentar su labor poética. Y, si he de mencionar una voz ecuatoriana entre tantas que se han dejado oir, según el escritor Alejandro Carrión, después de mencionar algunos de los más notables escritores de lengua española que merecían el Premio Nobel, en carta a Carrera Andrade, el 3 de noviembre de 1977, le escribe: “… tú eres nuestro aporte del siglo 20 al Club de los Grandes”.

Si es natural que la alta calidad del poeta venga ante todo a nuestra reflexión, no es menos cierto que su pluma prolífera de prosador nos dejó también páginas admirables y es en éstas donde especialmente hemos de buscar su pensamiento que tiene que ver con los problemas de la dignidad, de la libertad humanas, con el importante asunto de los Derechos Humanos.

Por una sólida primera educación y gracias a lecturas bien seleccionadas de escritores nacionales que en siglos pasados se preocuparon por la ideas de libertad, de justicia social, de la dignidad humana, Jorge Carrera Andrade desde su temprana edad estuvo influido por tales autores, quienes a su vez lo habían sido particularmente por los filósofos, los enciclopedistas del siglo 18. En uno de sus libros, Galería de Místicos y de Insurgentes (Quito, 1959), nos ofrece de manera especial los nombres de quienes prepararon o consolidaron nuestra emancipación política y fueron, ante todo, ardientes defensores de la libertad y hasta se podría decir “precursores” de la moderna Declaración de los Derechos Humanos. Podemos citar particularmente tres nombres:

- EUGENIO ESPEJO, el criollo del siglo 18 que se presenta como el paradigma del nuevo hombre americano, civilizado, libre y demócrata; digno discípulo de Denis Diderot: “agitador de opiniones y despertador de ingenios”. Fue uno de los notables precursores de la independencia americana y apóstol del respeto de los derechos del ciudadano;

- JOSÉ MEJÍA, quiteño de ideas avanzadas para su tiempo, en las Cortes de Cádiz proclamaba la igualdad de derechos entre los hombres; por la defensa de tales ideas, orador que asombró a sus pares, se le asemejaba más a un “ciudadano de la Convención” que a un simple representante de su pueblo, tan impregnado estaba de las ideas de igualdad, libertad que se respiraba en la época que se inició en 1789; y

- JUAN MONTALVO, el mayor de nuestros escritores del siglo 19, cuya vida y cuya obra estuvieron siempre inspirados por la defensa de la libertad de los individuos, la defensa de los derechos de los ciudadanos frente a todos los abusos del poder. Montalvo fue un apóstol de la solidaridad humana, combatió por el progreso del pueblo, el respeto de la moral, la libertad de cultos y la tolerancia religiosa: elementos todos que, en una u otra forma, se mencionan en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En páginas que Jorge Carrera Andrade consagró a estos mentores de su pensamiento se ve claramente que fueron ellos quienes influyeron en su educación, en su formación. Sin embargo, llama la atención que mucho antes de tales escritos de su edad madura, cuando su primer viaje a Europa, en 1928, impregnado de las ideas revolucionarias que agitaban los medios universitarios, a muchos escritores de aquellos años, en Cartas de un Emigrado (Quito, 1933), insistentemente se preocupó por la condición de las clases populares de su país y, más aún, de la situación miserable de los Indígenas de los países andinos. Para el joven quiteño, en ese período de entre dos guerras, era una toma de conciencia de la sociedad de su época, de su preocupación por la defensa de las clases oprimidas, privadas de libertad, de derechos fundamentales, mientras de Berlín a París, de Marsella a Barcelona, se impregnaba de nuevas ideas sociales y analizaba el sistema de llevarlas a la práctica al regreso a su país.

Pero, se debe reconocer que Jorge Carrera Andrade gracias a su actividad diplomática, particularmente desde que asumió las funciones de Jefe de la Misión Diplomática en Londres, en 1947, por su participación en reuniones internacionales de aquellos años, especialmente como miembro de la Delegación del Ecuador a la Tercera Conferencia General de las Naciones Unidas reunida en París, en el Palacio de Chaillot, a fines de 1948, fue cuando estas actividades cobraron singular intensidad, como vamos a comprobar.

Delegación del Ecuador en la Tercer Conferencia General de las Naciones Unidas, Paris 1948. Constan de izuiqerda a derecha: José A. Correa, Jorge Carrera Andrade, Rodrigo Jácome Moscoso, Carlos Manuel Larrea, Homero Viteri Lafronte, Presidente de la Delegación (tomado del N. 5 de los Folletos de la Academia -El Ecuador y los Derechos Humanos 1948-1998-, editado por José Ayala Lasso, Darío Lara, Claude Lara, José Rosenberg; Ministerio de Relaciones Exteriores, Quito, 1998)

Consultando los archivos del Ministerio de Relaciones del Ecuador se puede observar que desde años anteriores a 1948 el asunto de los Derechos Humanos preocupaba a los Representantes del Ecuador en los Organismos Internacionales. En varias Notas oficiales de la Cancillería Ecuatoriana, en el curso de 1947, se da cuenta de las actividades del Consejo Económico y Social, de la Comisión de los Derechos Humanos. Se menciona, por ejemplo, (Nota del 17 de septiembre de 1947)  el “Proyecto Ecuatoriano sobre deberes y derechos de los Estados”. Pero, no hay duda que en la Conferencia General de 1948 fue cuando este asunto estuvo en primera línea y ocupó el interés predominante de los países miembros de dicho Organismo. El discurso pronunciado por el Presidente de la Delegación del Ecuador, Embajador Homero Viteri Lafronte, (28 de septiembre de 1948) nos introduce de lleno en el fondo de tan importante problema.

En aquella histórica Conferencia fue cuando Jorge Carrera Andrade, como miembro de la Delegación del Ecuador, tuvo una actuación relevante y cumplió un papel destacado que él mismo lo ha resumido en estos párrafos de su último libro:

“… El Presidente de la Delegación me designó para participar en las deliberaciones de la Tercera Comisión, en cuyo orden del día figuraba el gran tema de la Declaración de los Derechos del Hombre, que finalmente adoptaría su forma definitiva y su nombre de Declaración Universal de Derechos Humanos. La Comisión de Derechos del Hombre de las Naciones Unidas defendía tenazmente el proyecto elaborado por ella, y cuya modificación era objeto de una verdadera batalla oratoria. En nombre de la Comisión actuaba la viuda de Franklín D. Roosevelt y los Delegados evitaban enfrentarse a la autoritaria y lúcida anciana que no solía ceder una pulgada de terreno en sus afirmaciones. También defendía el texto de la Comisión el eminente jurista francés René Cassin, persuasivo y erudito en sus expresiones. Intervine en los debates para proponer nuevos artículos o modificar los existentes, y tuve la satisfacción de ver aprobadas mis propuestas en varias ocasiones. Añadí de esta manera al texto original ‘el derecho del hombre a no ser desterrado’ y algunos derechos económicos y sociales… Yo fui el redactor en español del famoso documento…” (El Volcán y el colibrí; México, 1970; pág. 200).

En un primer discurso pronunciado el  I° de octubre de 1948 en el curso del debate general de la Tercera Comisión, en nombre de la Delegación del Ecuador, Jorge Carrera Andrade vota por el aplazamiento del debate “porque consideraba que hemos llegado a lo más alto de la cúpula del edificio ideológico que se halla construyendo las Naciones Unidas y que se hace menester un respiro, un paréntesis reflexivo, para contemplar y examinar la obra, cuya magnitud despertará la admiración de las generaciones venideras. Estamos ante el documento capital de este siglo. En la escala ascendente de los pueblos hacia su liberación, esta es la etapa máxima, conseguida después de dos guerras mundiales y significa la expresión mayor de la conciencia humana”. Por estas pocas líneas de un discurso de cuatro páginas se puede apreciar el alto concepto que el Delegado del Ecuador daba al proyecto de la Declaración Universal. Destaca particularmente en el artículo 3: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona” y pide que se añadan estas pocas palabras: “a la paz, al trabajo, al descanso y a la libertad de pensamiento, palabra y religión”.

Como lo ha recordado la prensa de la época, el Representante del Ecuador en la Tercera Comisión de Cuestiones Sociales y Humanitarias fue uno de los pocos Delegados que logró introducir reformas en el Proyecto de Declaración Universal de Derechos Humanos, entre otras, a no ser expatriado o desterrado arbitrariamente, el derecho del trabajador a las medidas de protección social que completen su salario para cubrir sus necesidades y de su familia.

Pero, su intervención principal se expresó en el discurso de las últimas sesiones de la Asamblea Plenaria dedicadas a los discursos de los Jefes de Delegación. En su libro que he mencionado anteriormente, Jorge Carrera Andrade refiere las circunstancias que le llevaron a tomar la palabra en nombre del Ecuador:

“… Una dolencia súbita imposibilitó al doctor Viteri Lafronte el cumplimiento de su cometido, por lo cual fui designado para pronunciar el discurso respectivo, en nombre de la Delegación del Ecuador. No rehusé el encargo, con alto sentido de responsabilidad, como ya lo había hecho en otra ocasión al firmar, en nombre del país, el instrumento internacional en que se prohíbe el comercio de estupefacientes…” (pág. 201).

Un breve análisis del discurso pronunciado por el Delegado del Ecuador en ocasión tan importante y trascendental nos permite destacar muy fácilmente las ideas que animaban al orador, profundamente empapado de las lecciones de la historia de los pueblos y animado de nobles ideas humanitarias. Refiriéndose precisamente a las grandes etapas de la historia evocó la permanente lucha por la unidad de la especie humana y la necesidad de  “una norma internacional que hiciera posible la paz del mundo”. En rápida exposición recordó como desde las civilizaciones más antiguas: hebrea, árabe, bizantina…” el hombre se debate por alcanzar su equilibrio, su bienestar y la atmósfera de justicia que le permita vivir y prosperar a la sombra de las grandes arquitecturas levantadas a la gloria del orden jurídico, político, moral o religioso”.

Al referirse a la histórica “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, el 26 de agosto de 1789, en París, y su repercusión en el mundo moderno, mencionó los esfuerzos realizados por su aplicación en el curso del siglo 20, luego de la primera guerra mundial, pero también el fracaso de tan nobles propósitos, como lo prueba la guerra de 1939-1945. Sin embargo, superando tantas dificultades, añade: “Ya sepultadas las grandes utopías, nuestra época asiste al nacimiento de una realidad esplendorosa: la concepción universal de los Derechos del Hombre”.

No se debe olvidar que en su discurso al analizar los puntos esenciales de la Declaración que la Asamblea acababa de promulgar, Jorge Carrera Andrade no dejó de evocar la contribución que ha aportado el desarrollo político, democrático de los países hispanoamericanos luego de la formación de las repúblicas, en las primeras décadas del siglo 19. Así, mencionó  por ejemplo, “la Declaración de Bogotá”. Y naturalmente recordó también como “la Delegación del Ecuador propuso en la Subcomisión de Estilo una estructuración lógica de los primeros artículos que a su juicio eran los más importantes de la Declaración, estableciendo un sistema que iba de la más general a lo particular…”. No dejó de mencionar igualmente la participación de la Delegación del Ecuador en la Subcomisión que debió ocuparse de “los medios de protección social”.

Este discurso de Jorge Carrera Andrade en la clausura de la Asamblea Plenaria fue una confirmación de su activa participación en tan histórico acontecimiento. Discurso que, por otra parte, “arrancó con grandes aplausos y mereció elogios de todas las Delegaciones, creando un clima favorable para la aceptación de la Declaración Universal de Derechos Humanos”, comentó un cronista de la época.

Numerosos documentos que es posible consultar en los archivos de la Cancillería Ecuatoriana** son una prueba de la participación esencial de Carrera Andrade en un proyecto de los más importantes elaborado con el fin de preservar la paz y fomentar el progreso de los pueblos después de la última guerra. Además, su actividad no se limitó a la participación en las sesiones de dicha Asamblea. Gracias a sus relaciones con el Director General de la Unesco, la Oficina de Información de este Organismo, por un comunicado de prensa dio enorme difusión al Decreto por el cual el Ecuador fijó el día 10 de Diciembre de cada año para conmemorar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “La Unesco desea dar a este gesto del Gobierno Ecuatoriano, el primero que responde al llamamiento del Dr. Torres Bodet, toda la significación que tiene, encareciendo a la prensa que lo destaque en sus columnas y aprovechando la oportunidad para insistir en los principios de la mencionadas Carta…”, se lee en este documento de la Unesco, fechado el 28 de enero de 1949.

De este modo, el escritor que tanta importancia dio en sus escritos a su ilustre mentor, Don Juan Montalvo, defensor de los derechos humanos, apóstol de la solidaridad y del progreso de los pueblos, de la tolerancia y el respeto de la moral, gracias a su función diplomática e internacional, participó decididamente en aquel gran capítulo de la historia de este siglo y colaboró activamente para que la Declaración Universal de los Derechos Humanos tenga una aplicación práctica y entre a formar parte de normas que deberán regir la vida de los Estados, contribuyendo así a la consolidación de una paz general y duradera de la humanidad.

 Legación del Ecuador en Francia-Miembros de la Delegación del Ecuador ante la Asamblea de las Naciones Unidas, depositan ofrenda floral al pie del busto de Juan Montalvo, en la plaza Champerret - París el 7 de Diciembre de 1948.
De izquierda a derecha: Sr. Dr. Dn. José A. Correa, Delegado Alterno y Secretario General de la Delegación, Sra. Paulette de Carrera Andrade, Sr. Dr. Dn. Jorge Carrera Andrade, Enviado extraordinario Ministro Plenipotenciario en Londres y Delegado ante la Asamblea de las Naciones Unidas, Sra. Hipatía de Vela Barona, Excelentísimo Sr. Dr. Dn. Homero Viteri Lafronte, Presidente de la Delegación de las Naciones Unidas, Sra. Rosa de Viteri Lafronte, Sr. Dr. Dn. Rodrigo Jácome Moscoso, Enviado Extraodinario Plenipotenciario en Roma, Delegado ante la Asamblea de las Naciones Unidas, Sr. Don Alejandro Castelu Concha, Encargado de Negocios en la Suiza, Delegado ante la Asamblea de las Naciones Unidas, Excelentísimo Sr. Embajador ante el Vaticano Don Carlos Manuel Larrea, Delegado ante la Asamblea de las Naciones Unidas y Señor Don Gonzalo Vera Barona Encargado de Negocios ad-interim en París, Secretario de la Delegación ante la Asamblea de las Naciones Unidas.

Y como este funcionario internacional y pensador ilustrado era ante todo un poeta, es decir un vaticinador del futuro de sus semejantes, a raíz de acontecimientos históricos tan importantes, en los que tomó parte tan activa, al recorrer textos que tan directamente se referían al futuro de los pueblos, su imaginación desbordante no podía menos que dándose libro curso anunciar o prever, en cierto modo, el mundo mejor que todos ansiaban, la era de la paz que ambicionaban después de los horrores de la más grande catástrofe del siglo. Es lo que expresó el poeta y diplomático Jorge Carrera Andrade cuando terminó su brillante intervención en el Palacio de Chaillot, con estas palabras:

“Ha llegado el momento histórico de proclamar, por encima de las fronteras, la fe de los pueblos en la libertad y en la dignidad del hombre, la fe en el progreso de la persona humana y de la sociedad, la fe en una norma jurídica universal que lleve al mundo hacia su convalecencia de las heridas últimas e inicie una nueva era de justicia y de cultura”.

En ocasión de los CINCUENTA años de la histórica Declaración Universal de los Derechos Humanos sería un acto de justicia que cada país recordase los nombres de quienes animados de un noble ideal, de una honda pasión humanitaria, no escatimaron esfuerzos para promulgar esta Declaración***. Sin embargo, la mejor manera de honrar su memoria, de velar para que sus nombres no caigan en el olvido, sería una preocupación más intensa por un mejor cumplimiento de los principios que tan ardientemente defendieron. Preocupación tanto más urgente del respeto de tales principios cuanto que en este final de siglo asistimos precisamente a un desencadenamiento inusitado de violencias, de tiranías, en tantos pueblos del orbe. O, como ha recordado la más alta autoridad moral del universo (S.S. Juan Pablo II, el día de Pascua), cuando vemos “países, regiones donde mueren mujeres, hombres, niños, víctimas de luchas fratricidas, de masacres, que abren las heridas de rivalidades étnicas y siembran en la tierra los gérmenes de la muerte…”. Frente a tanta violencia, a tanto menosprecio de la condición humana, la conmemoración de los 50 años de la Declaración de Chaillot  salvada del olvido, debería recordarnos que: “La memoria de los pueblos constituye su mejor defensa contra la tiranía y la muerte”.

París, Abril 13 de 1998

* El Ecuador y los Derechos Humanos 1948-1998 Folleto de la Academia Diplomática N° 5. Imprenta del Ministerio de Relaciones Exteriores del Ecuador. Quito-Ecuador; págs. 8-16.


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