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miércoles, 9 de febrero de 2011

Delimitación e Investigación de Sitios Arqueológicos Monumentales en el Valle del Río Cuyes


Por Catherine Lara*

INTRODUCCIÓN

Desde las investigaciones de los arqueólogos estadounidenses Evans y Meggers (años 50), se había generalizado la idea de la Amazonía (tanto en sus partes altas como en las tierras bajas) como una “zona periférica con relación al desarrollo de las civilizaciones andinas” (en Saulieu de, 2006). Razón por la cual se llegó a plantear que las culturas precolombinas amazónicas no se caracterizaron por la construcción de estructuras monumentales (recintos de piedra ceremoniales, residenciales, militares, etc.), tradicionalmente consideradas desde un punto de vista arqueológico como marcadoras de agrupaciones políticas jerarquizadas y complejas.

Sin embargo, los hallazgos de los arqueólogos Bushnell (1946), Rampón Zardo (Saulieu de, 2006), Porras (1971, 1975 a, 1975 b, 1978, 1987) y más recientemente de Cuellar (2006), Rostoker (2005), Ledergerber (1995, 2006, 2007, 2008), Guffroy (2004) y Valdez (2005, 2008) entre otros, han llegado a cuestionar cada vez más esta idea de una complejidad social inexistente en la Amazonía en general. En Morona Santiago más particularmente, la existencia de ruinas monumentales –es decir, de huellas de sociedades políticamente complejas- era conocida, aunque éstas han sido muy poco estudiadas. En el valle del río Cuyes (cantón Gualaquiza), investigadores como Carrillo (2003, n/d), Ekstrom (1975,1981), Taylor (1988), Ledergerber (1995, 2006, 2007, 2008) y Salazar (2000, 2004) han escrito sobre la zona, aunque trabajaron poco con el material arqueológico del sector (con excepción de Antonio Carrillo). En términos generales, aunque desde diversas modalidades, las propuestas de estos autores sugieren el carácter multiétnico del sector, presentado como escenario de contactos culturales precolombinos entre poblaciones cañaris, shuar e incas.

Por su ubicación en la ceja de montaña oriental, el valle del río Cuyes se encuentra además en una zona de frontera geográfico-cultural entre Sierra y Amazonía, constituyéndose así como un espacio clave para el entendimiento de los procesos de desarrollo cultural andinos amazónicos, y por ende, como una riqueza patrimonial invaluable que amerita ser estudiada y rescatada.

No obstante, el valle del río Cuyes es actualmente un área arqueológica amenazada: presencia creciente de las compañías mineras, construcción de la carretera Jima-Gualaquiza (entre otras vías locales), explotación maderera, o sencillamente, deterioro de los sitios debido a la erosión, la vegetación o la acción del ganado o de fauna silvestre. Sin olvidar la negligencia oficial que, al igual que en otras regiones del país, contribuye a fomentar prácticas de huaquería que atentan contra la integridad de este legado.

Situación sumamente grave, tanto por el valor que revisten estas ruinas dentro de las temáticas arqueológicas y científicas enunciadas más arriba, como por su calidad de patrimonio vinculado a la identidad, no solamente de la localidad, sino también del país y del mundo andino en general. Es así como en su afán de impulsar el estudio y la protección de la riqueza cultural de la zona, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (Subdirección Cuenca), se encuentra actualmente auspiciando un proyecto de investigación arqueológica de los vestigios monumentales del valle del Río Cuyes. Un aspecto novedoso - aunque necesario- de dicho trabajo ha sido su enfoque participativo: el proyecto está efectivamente siendo realizado en colaboración con las comunidades del sector (juntas parroquiales de San Miguel de Cuyes, Amazonas y Nueva Tarqui), y especialmente con la Ilustre Municipalidad del Cantón Gualaquiza, mediante un convenio con el INPC firmado por su Alcalde el pasado 7 de agosto.

El objetivo del proyecto en cuestión consistió primeramente en delimitar las ruinas del valle del río Cuyes desde el punto de vista espacial. Esta delimitación sirvió luego de base a la recuperación de material arqueológico asociado a las estructuras mediante cateos y pruebas de pala, con la finalidad de comenzar a entender mejor su asociación cronológica y cultural.
A continuación se presentará brevemente el área de estudio y sus principales problemáticas antes de exponer los primeros resultados de la intervención en los sitios.


PRESENTACIÓN DE LA ZONA

Exploración geográfica y ecológica

El valle del río Cuyes se ubica en la provincia de Morona Santiago, en el cantón Gualaquiza. La mayoría de sitios arqueológicos registrados se encuentran en las parroquias de San Miguel de Cuyes, Amazonas y Nueva Tarqui. El acceso al valle se realiza actualmente por la vía que baja de Jima, desde la Sierra, o por el camino lastrado que parte desde Gualaquiza (cabecera cantonal), en la Amazonía.

Desde el punto de vista ecológico, el valle se ubica en las estribaciones orientales de los Andes (ceja de selva, selva alta o montaña) [Salazar, 1989: 29], es decir, en una zona de transición entre Sierra y Oriente. El valle del río Cuyes se caracteriza precisamente por un contraste térmico que define una diversidad de micro-ambientes. Éstos se dividen generalmente en tres zonas: ceja de selva, selva alta y selva baja, correspondientes a los pisos ecológicos conocidos como “bosque húmedo montano bajo” (2 900- 2 400 msnm), “bosque muy húmedo montano bajo” (2 500 – 2 000 msnm) y “bosque húmedo pre-montano” (2 000 – 1 000 msnm).

Desde el punto de vista geológico, los suelos son relativamente fértiles, debido a la presencia de depósitos aluviales y volcánicos, aunque frágiles, por la escasez de fósforo y la fuerte erosión causada por el accidentado relieve. Fenómeno que explica quizá la presencia de numerosas terrazas en el valle como respuesta a estos inconvenientes. Por otra parte, el valle del río Cuyes es famoso por sus placeres auríferos y cúpricos. Cuenta además con buenos materiales de construcción, debido a la presencia de numerosas fuentes de material pétreo.

Efectivamente, el relieve de las zonas de estribación suele ser sumamente accidentado, por lo que está conformado por valles jóvenes encañonados y quebradas, generalmente ubicados entre los 3 000 y los 600 msnm. Contrariamente a lo que podría imaginar una mentalidad urbana actual, los medios de pendiente son ventajosos en economías en que la agricultura se realiza con herramientas manuales y las cargas son llevadas por hombres o animales. El tránsito por las cumbres reduce efectivamente las distancias, facilitando así diversos tipos de intercambio.

Por otra parte, al concentrar una gran diversidad de materias primas y al ser zonas de paso naturales, las redes hidrográficas reciben una especial atención en arqueología, pues son focos importantes de ocupación humana. A lo largo de su caudaloso recorrido, el río Cuyes (no navegable) es alimentado por cuantiosos cursos de agua que bajan desde el relieve accidentado propio de la zona de estribación, a manera de corrientes torrentosas que se abren paso entre los macizos montañosos, es decir, moldeando caminos que permiten circular a lo largo de la red hidrográfica y tener acceso a áreas y recursos distantes. Forman cañones profundos, a veces puntuados por la presencia de pequeñas planicies en sus orillas. Al llegar a las tierras bajas, aparecen bajo la forma de meandros, típica de las redes fluviales amazónicas (Lathrap, 1970).

En términos generales, los medios de foresta tropical cuentan con una gran variedad de especies, pero pocos individuos que las representan (Ekstrom, 1981). Esta diversidad se debe al endemismo ecológico característico de la zona de ceja de selva. Así, ésta se caracteriza por una flora tropical muy variada, constituida principalmente por bejucos, palmas, helechos arborescentes y plantas maderables (Salazar, 1989). Tenemos también maíz (Zea mays), papa china (Xanthosoma saggitifolium), naranjilla (Solanum quitense), fréjol (Phaseolus vulgaris), yuca (Manihot esculenta), ají (Capsicum sp.), achiote (Bixa orellana), varias especies leñosas y una variedad muy amplia de plantas medicinales que incluyen a las Cinchonas o cascarillas, base de la extracción de la quinina (Idrovo, 2000), así como múltiples plantas alucinógenas En lo que se refiere a la cubierta vegetal de origen, la superficie de los suelos de ceja de selva está constituida por una capa importante de humus y raíces.

Por su parte, la fauna apta al consumo humano es poco abundante en la zona, debido a las propiedades intrínsecas del medio. En este sentido, se destacan principalmente la danta (Tapirus punchaque), el armadillo (Dasypus novemcintus), la guanta (Dasyprocta puntata), la guatusa (Cuniculus paca), el sajino (Tayassu peccari), la zarigüeya (Didelphis marsupialis) y variedades de venados tales como Masama rufina. Entre las aves tenemos perdices (Grypeturellus sp.), pavas de monte (Penélope sp. y Ortalis sp.), chachalacas (Ortalis vetula) y palomas tórtolas, entre otros. La pesca es una fuente de subsistencia considerable, debido a la presencia de una variedad de especies de peces y crustáceos en las aguas del río Cuyes y sus numerosos afluentes.

A modo de balance de este panorama ecológico y geográfico del sector, vemos luego que la región se caracteriza por un medio que a la vez limita y favorece la ocupación humana, así como la preservación de sus vestigios. Obstaculiza pues se trata de un medio considerablemente húmedo, de relieve accidentado, suelos frágiles y de fauna y flora diversa, pero representada por pocos individuos. No obstante, es también un medio extremadamente rico en recursos susceptibles de ser aprovechados culturalmente.

Evidencia etnohistórica

Las investigaciones etnohistóricas constituyen un valioso complemento al estudio arqueológico.

Así, se sabe que las estribaciones orientales de la Cordillera fueron exploradas por los conquistadores desde épocas relativamente tempranas. Entre los años de 1541 y 1560, las misiones de exploración y conquista en la ceja de montaña oriental fueron seguidas por la fundación de 16 asentamientos adjudicados a la jurisdicción de Quito (Lovecchio y Glaser, 2006). Estos asentamientos se caracterizaron por una explotación masiva de materias primas (especialmente el oro en los siglos XVI y XVII), lo cual implicó una nueva dinámica demográfica en la zona, marcada por flujos migratorios, mestizajes y levantamientos indígenas. A raíz de la expulsión de los Jesuitas en la segunda mitad del siglo XVIII, la Corona Española no desplegó mayores esfuerzos para reincorporar a las provincias orientales dentro de su política administrativa, quedando éstas prácticamente abandonadas.

La mayoría de fuentes etnohistóricas relativas al valle del río Cuyes se encuentran en los archivos de Quito y Cuenca, y como veremos a continuación, nos ofrecen informaciones valiosas acerca de cuatro puntos básicos: los caciques del Cuyes, las vías de entrada a la zona, sus recursos y su carácter de escenario bélico.

La primera referencia que se ha encontrado acerca de un cacicazgo en el valle del río Cuyes es un documento de 1574 que se refiere a un Don Taça, personaje que se destaca en diversos escritos administrativos. Este primer documento de 1574 es la ordenanza de creación de la reducción de Paccha por el licenciado Francisco de Cárdenas, que establece el traslado del cacique “Don Diego tasa y sus principales e indios” hacia un sitio conocido como Chirixicay (Truhán, 1995: 114; ANH/C: 107.853, ff. 13-19, 1711; ANH/Q, serie tierras, caja 14, ff. 27-32, 1682; ANH/Q, serie cacicazgos, caja 21, libro 5, ff. 27-32, 1782).

Posteriormente, los Cuyes se habrían aliado a los Quijos en el levantamiento de 1578 contra los españoles (en Oberem, 1974). Poco tiempo después, en 1582, Fray Domingo de los Ángeles hace referencia a los Cuyes de Paccha:

Hay en este pueblo 190 indios tributarios; los 80 son naturales del dicho pueblo, cuyo cacique principal se dice don Hernando de Vega; los demás son traídos de otras partes; los son traídos de la montaña, 11 leguas del dicho pueblo de San Bartolomé. Estaban de la otra banda de la cordillera general del Perú y se llaman Cuyes, a causa de que en su tierra hay muchos cuyes. Los demás son traidos de Bolo, que estaban poblados junto al dicho río de Bolo, 4 leguas del pueblo de San Bartolomé. Su cacique principal de los cuyes y bolos es don Andrés Ataribana, y la cabeza que gobierna así a los indios del pueblo de san Francisco de Pacha, como a los de este de San Bartolomé, se dice con Luis Xuca, y el encomendero don Rodrigo de Bonilla, y los doctrinamos y administramos los Santos Sacramentos los frailes de Santo Domingo, por mandado y provisión de los señores de la Real Audiencia de Quito (De los Ángeles, 1991: 381).

En 1586, según un folio de 1631 retranscrito por Aguilar (1974), Felipe II dicta una ordenanza en respuesta a un reclamo presentado por el cacique Tasa, en la cual el Rey exige que se respeten las tierras del demandante. Cabe resaltar que esta petición de Tasa al rey aparece pocos años después de la represión padecida por los caciques Cuyes luego del levantamiento de los Quijos, según el documento citado por Oberem (1974: 272). Llama la atención el que, después de este “castigo”, el rey haya accedido a la petición de Tasa respecto a las tierras del Cuyes. ¿Estaríamos aquí frente a una prueba de la influencia de Tasa dentro del contexto de las alianzas entre cañaris y españoles a raíz de las guerras de conquista hispama? ¿Habría Tasa cobrado un liderazgo a raíz de su participación en el levantamiento de los Quijos, que no tenía antes?

A través de testamentos principalmente, se pudo luego rastrear una parte de la genealogía de la familia Tasa, finalmente radicada en el actual pueblo de Jima. Se observó que con el paso del tiempo, esta familia fue perdiendo su poder, mientras que las referencias al valle del río Cuyes fueron desapareciendo por completo.

Hasta aquí, todas las evidencias halladas mencionan a los Cuyes pero como reducidos en poblados aparentemente ubicados fuera de su territorio prehispánico, con excepción del reclamo de don Diego Tasa sobre sus tierras en el valle del río Cuyes en 1586 (citado por Aguilar, 1974: 81), única evidencia de que al menos hasta esa época, los Cuyes tenían un vínculo con sus tierras precolombinas, por las cuales otros individuos estaban inclusive interesados. Las demás referencias encontradas en torno a los descendientes de don Diego Tasa no hacen referencia a ningún tipo de posesión de tierras en el valle del río Cuyes.

De hecho, la primera referencia que se tiene acerca de la existencia de una ruta de acceso a la región de los Cuyes propiamente dicha la encontramos en 1550, con ocasión de los intentos de conquista de los Jíbaros por Benavente (1994). La entrada al país jíbaro se hacía por dos vías: por el río Cuyes por un lado (zona de Jima, Paccha, San Bartolomé), y Sangorima o Cuchipamba por el otro (zona de Sígsig).

En 1576, aparece luego que la primera vía de acceso al Cuyes pasa más precisamente por Paccha (ANH/C, L. 538-729 v., 1736, Archivo Municipal de Cuenca, folio 67 v., 1982; Archivo Municipal de Cuenca, folio 64 v., 1982). En este último documento, llama además la atención la referencia al “camino real”, al cual el acceso al Cuyes estaba visiblemente conectado. Otro documento más tardío (1785), podría también hacer referencia a la presencia del camino inca, pero esta vez en la zona de Sígsig (en Carrasco, 1986).

El interés de la Corona Española hacia la zona de estribación se justificó posteriormente por la presencia de metales preciosos en la región, la cual se halla ampliamente documentada (Alcedo, 1960; Herrera, 1986 [Documento de 1766]; Pacheco 1986: 59). A más del oro, la riqueza de la zona en recursos varios impactó asimismo a viajeros y cronistas, confirmando así lo visto más arriba sobre el entorno ecológico (Herrera, 1992; Tello, 1992 [Documento de 1766]).

Otro tema sobresaliente de los testimonios hallados en los archivos consiste en el de los enfrentamientos bélicos en la región, ya sea contra los Incas, los “Zamoranos” y sobre todo, los Jíbaros. El primero en hacer referencia al tema es fray Domingo de los Ángeles, en 1582, en su descripción de Paccha:

En su gentilidad estos indios eran gobernados por los Ingas, con los cuales tuvieron en los tiempos pasados muchas guerras, primero que diesen la obediencia, y vinieron en mucha disminución; y después que vinieron españoles a esta tierra y dieron la obediencia a Su Majestad, han venido en poca disminución (De los Ángeles, 1991: 379).

Las guerras que tenían antes que dieren la obediencia a Su majestad, era con los indios xíbaros, por les quitar sus mujeres, y con los zamoranos sobre y en razón de defender las salinas (De los Ángeles, 1991: 379).


De hecho, Chacón afirma:

Vásquez de Espinoza nos asegura que en 1621, los jíbaros entraron a la Sierra por los Cuyes y conquistaron este poblado (…): después de este asalto, la frontera oriental de la provincia de Cuenca había caído en poder de los salvajes y ya no había “cosa segura” (Chacón, 1989: 50).

El texto de Herrera, escrito en 1766, da cuenta de la presencia de xíbaros en la zona de los valles del Cuyes y Cuchipamba. Efectivamente, según Carrillo, para el siglo XVI, los “Jívaros” ya habían invadido el valle abandonado por sus pobladores trasladados a Jima (Carrillo, comunicación personal). Según la evidencia recogida por Ekstrom, no existe evidencia de algún tipo de ocupación del valle entre la huida de los españoles a principios del siglo XVII hasta fines del siglo XIX; se cree que fue usado como territorio de caza por los Shuars. En 1880, hubo intentos de colonización del sector del actual pueblo de San Miguel de Cuyes desde Jima, pero al parecer, no tuvieron éxito (Ekstrom, 1981). En los años 30, una nueva ola migratoria llega al valle para explotar sus placeres de oro; algunos de los mineros deciden luego asentarse con sus familias en el sector (Ekstrom, 1981: 339). A partir de ese momento, y luego con el auge de la cascarilla, la población del valle creció de manera irregular, hasta alcanzar las 1000 personas aproximadamente en los años 70 (Ekstrom, 1981). Según la evidencia recuperada en la fase de campo del presente trabajo, se observa no obstante que luego de la política de colonización promovida por el CREA en esa época y con la última crisis económica de 1998, el valle se está despoblando nuevamente.

El avance de la carretera y el ingreso de las compañías mineras han creado además graves conflictos entre los partidarios del “progreso” y los defensores del entorno natural, sin contar con el agotamiento de los recursos madereros y el agravante del factor étnico que provoca disensiones entre mestizos y shuars en la parte baja del valle.

En resumidas cuentas, vemos que el valle del río Cuyes conforma una zona a la cual sus recursos definieron como estratégica dentro de las políticas de ocupación desplegadas por las diversas entidades políticas presentes a lo largo de su historia: guerras con los “Jívaros”, presencia eventual de incas, desplazamientos desde y hacia la zona previo su abandono en la colonia… Panorama que resalta desde ya dos problemáticas claves acerca del pasado precolombino de la zona: el componente étnico (¿quiénes eran los Cuyes?) y político (¿estaban éstos organizados en cacicazgos y de qué forma?).

Investigaciones arqueológicas realizadas en el área y problemáticas afines

A pesar de la escasa investigación llevada a cabo en el valle del río Cuyes, existen diversas hipótesis acerca de la filiación cultural y de los diferentes procesos políticos asociados al Cuyes precolombino, como veremos más detalladamente a continuación. Taylor (1988) y Salazar (2004) abogan así por un origen cañari de las poblaciones prehispánicas de la zona, dentro del enfoque de la verticalidad. Ekstrom (en Taylor, 1988) sostiene a su vez la filiación inca de los sitios del valle, en el contexto de las lógicas imperiales de control de recursos exóticos (asociadas ellas también a la verticalidad, lo cual aproxima esta propuesta a la de Taylor y Salazar). Por otra parte, autores como Carrillo (2003, n/d) defienden más bien la hipótesis de un señorío poderoso asociado a la familia lingüística cañari, y que ocupó la región desde la sierra hasta las tierras bajas del Oriente. Revisemos brevemente estas propuestas.

Basándose en fuentes etnohistóricas, Taylor (1988; Taylor y Descola, 1981) y Salazar (2000, 2004), sugieren que el valle del río Cuyes pertenecía probablemente a un sistema vertical de explotación de recursos, siendo así ocupado por poblaciones cañaris. Taylor acota que las actividades de intercambio entre estos grupos cañaris y sus vecinos shuar debieron ser importantes, tal como lo atestiguan las numerosas hachas de cobre (de origen serrano) halladas en yacimientos arqueológicos amazónicos del sector (Taylor y Descola 1981). Este fenómeno cultural de intercambio entre poblaciones serranas y amazónicas fue estudiado más detalladamente por Oberem (1974) y Salomon (1978). Éste señala que los productos, intercambiados a nivel doméstico y cacical, incluían generalmente sal, ají, oro, achiote y canela, y que su circulación era favorecida por la presencia de pasos de montaña entre Sierra y Amazonía, tal como el que conforma el valle del río Cuyes. Salomon añade que el intercambio entre culturas de la Sierra y la Amazonía también se dio muy probablemente a nivel ideológico.

Dentro de este sistema de explotación vertical de recursos, valga mencionar el controvertido tema de la presencia inca en la Amazonía, y más precisamente en nuestra área de estudio. Según Oberem, se tiene conocimiento de las actividades de intercambio entre Jívaros e Incas, especialmente de oro, pues este metal tenía un profundo valor simbólico entre los Incas (n/d). En el valle del río Cuyes, se han encontrado materiales asociados a la cultura inca (Carrillo, 2003; Ekstrom, 1975). En este sentido, el antropólogo Peter Ekstrom, quien trabajó en el Cuyes, sugiere que la mayoría de las ruinas del valle corresponden a fortalezas implementadas por los Incas para el control de sus fronteras orientales (en Taylor 1988), propuesta que se enmarca en el debatido tema de las guerras entre Incas y Cañaris, y de la llamada “pax incaica”. A nivel comparativo, las investigaciones de Pärssinen y Siiriäinen (2003) en el valle del Urubamba (Perú) y de Berthelot (1986) en la zona del Carabaya (noreste del lago Titicaca) dan cuenta de una presencia inca en estas zonas de estribación, pero de forma indirecta, a través de alianzas con los cacicazgos locales, plasmadas a través del material arqueológico, y más precisamente cerámico, metalúrgico y arquitectónico.

Así como Salazar, Taylor y Ekstrom (más indirectamente), asocian el valle del río Cuyes a un sistema vertical cañari, a manera de “colonia”, retomando un término de Taylor (Taylor y Descola 1981), en base a evidencia etnohistórica también, Antonio Carrillo sugiere más bien que el valle del río Cuyes fue ocupado por un señorío poderoso y autónomo, en que los Incas tuvieron poca influencia (2003, n/d).

La propuesta de Carrillo se enmarca en un contexto que cuestiona cada vez más el concepto de verticalidad tal como lo describieron sus primeros autores, sugiriendo que éste amerita ser revisado y afinado (Chacaltana et al, en prensa). En nuestro caso, investigaciones arqueológicas y etnohistóricas recientes han establecido que la tradicionalmente conocida como “nación cañari” agrupó en realidad a distintos señoríos locales que compartían algunas tradiciones culturales entre ellos y un acervo lingüístico común (Cárdenas, 2004; Hirschkind, 1995; Ponce Leiva, 1975). Estas unidades locales solían ocupar valles delimitados naturalmente por barreras orográficas (otorgando así un significado cultural a la división geográfica de nuestra área de estudio, un valle), lo cual explica la diversidad social alcanzada por estas formaciones políticas (desde simples ayllus hasta cacicazgos complejos). Estos cacicazgos confinados en territorios relativamente limitados estaban en contacto permanente mediante alianzas de parentesco y relaciones comerciales. No obstante, se puede observar que el aislamiento relativo de las unidades políticas permitió varios tipos de especialización local (Idrovo, 2000).

Spencer y Redmond, quienes trabajaron en el piedemonte de los llanos altos de Venezuela (característica que cobra luego todo su interés dentro del caso que nos ocupa aquí), definen el cacicazgo en base a:

la aparición de una jerarquía de asentamientos, la presencia de arquitectura e ingeniería monumental, un incremento considerable de la población regional, diferenciación social en las residencias y enterramientos y la presencia de relaciones sociales complejas con otras unidades políticas, incluyendo el intercambio y la guerra; estas últimas actividades fueron financiadas, parcialmente, a través de la producción de excedentes agrícolas (en Gassón, 2006: 41).

Salazar recalca que las sociedades amazónicas contaban con el grado de complejidad política suficiente para la construcción de estructuras monumentales (Salazar, 2000), teniendo además en cuenta la ubicación estratégica del valle del río Cuyes en una zona de contacto entre Sierra y Amazonía (Salazar, 2000). Las investigaciones llevadas a cabo en zonas de estribaciones andinas como las de Ramírez de Jara (1996) en el valle de Sibundoy (Colombia), las de Bray en Pimampiro (1995, 1998) o las de Lippi en la región yumbo (1998), van en el sentido de estas propuestas de modelos de desarrollo social en las zonas de estribaciones.

Tenemos luego aquí dos propuestas: la primera, que presenta al valle del río Cuyes como colonia asociada a un sistema vertical cañari, y la otra, como cacicazgo autónomo y complejo. Cabe resaltar que la tradición oral (recopilada a partir de las obras de Aguilar Vásquez (1974), Peter Ekstrom (1975,1981), y de diversas entrevistas realizadas en el trabajo de campo de este proyecto) otorga un mayor énfasis al componente multiétnico, menos presente en las propuestas presentadas anteriormente. De hecho, el valle del río Cuyes, y especialmente su parte baja, es actualmente habitado por colonos mestizos y poblaciones Shuars. La literatura antropológica concuerda en establecer que la supuesta separación entre Andes y Selva no es ni ha sido tan tajante como se lo podría haber creído en un principio. Más que una zona de transición ecológica, el piedemonte andino es efectivamente para Bray una “zona intermedia entre los dos grandes universos culturales de Suramérica”, lo cual explica el interés de este tipo de región, caracterizada por Bray como doble periferia: periferia del mundo andino, y periferia del mundo amazónico a la vez (Bray, 1995).

A la hora de sacar las conclusiones de esta primera etapa de nuestro reconocimiento arqueológico, algunos puntos quedan ya establecidos acerca de las evidencias y las temáticas principales del área de estudio aquí analizada. Se confirma así que las dos problemáticas que entran aquí en juego son el componente étnico de los habitantes precolombinos del valle, y la modalidad política de ocupación del territorio.

¿Qué nos dicen hoy en día las ruinas de los sitios monumentales del valle del río Cuyes al respecto?


PRIMEROS RESULTADOS DEL LEVANTAMIENTO TOPOGRÁFICO

El presente apartado se propone presentar los dieciocho sitios del valle del río Cuyes de manera general, en base a lo observado en los planos obtenidos principalmente a partir del levantamiento topográfico de las estructuras, y en el marco de los principales debates existentes acerca de la tipología de sitios en la región, así como las problemáticas específicas del área.

Los sitios en cuestión fueron agrupados en seis sectores: Espíritu Playa (sitios Espíritu Playa, La Cruz, terrazas de Espíritu Playa), San Miguel (Santa Rosa, terrazas de San Miguel, San Miguel, Playa), Trincheras/Ganazhuma (Trincheras, Santopamba, Ganazhuma), El Cadi (La Florida, El Cadi, Río Bravo), Buenos Aires (sitio homónimo) y Nueva Zaruma (Nueva Zaruma I, Nueva Zaruma II, terrazas de Nueva Zaruma, San Juan) (ver mapa página siguiente). Según lo observado a lo largo del mapeo de los sitios, -y como veremos a continuación-, éstos se podrían dividir en cuatro tipos: terrazas, pucaraes, centros ceremoniales y habitacionales.

El río Cuyes (sector San Miguel de Cuyes)


Tres conjuntos de terrazas han podido ser registrados y mapeados aquí: 17 terrazas en Espíritu Playa (las únicas en contar con revestimiento de piedra), 35 en San Miguel de Cuyes, y 29 en Nueva-Zaruma.

Terrazas de San Miguel de Cuyes

Existen diferentes propuestas en torno a la naturaleza de las terrazas precolombinas en general: habitacionales y/o agrícolas, defensivas. Para Carrillo, quien investigó en la zona del Cuyes, las terrazas de su valle son claramente habitacionales (2003). Carrillo subraya así el amplio rango de dispersión de las superficies (de 24 metros cuadrados a 300 metros cuadrados), aunque no propone hipótesis alguna acerca del origen de esta variabilidad.

Si las terrazas del valle del río Cuyes son habitacionales, ¿en dónde se cultivaba? Al describir la reducción de los Cuyes y Bolos en épocas de la colonia, Fray Domingo de los Ángeles (1991) señala que éstos tenían “sementeras” a orillas del río, por lo cual se podría pensar que las terrazas eran efectivamente habitacionales, y que se cultivaba en las orillas planas de los ríos aunque, como se vio, éstas son escasas debido a la topografía del lugar. Por otra parte, tampoco se descarta la posibilidad de cultivos en pendiente.

Ahora bien, ¿podrían ser de naturaleza agrícola las terrazas en cuestión? De manera general, Ekstrom (1987) señala la omnipresencia de piedras de moler en el valle del río Cuyes, hecho que se pudo constatar durante la fase de campo. En Espíritu Playa y en Ganazhuma, las piedras de moler fueron halladas en las partes bajas de las pendientes, mientras que una sola de ellas fue hallada en las terrazas de San Miguel, lo cual abogaría por el uso agrícola de las terrazas (es muy poco probable que el maíz haya sido molido en las chacras, sino más bien en contextos domésticos), a no ser que hayan sido desplazadas. En Nueva Tarqui también las piedras de moler provienen del conjunto de terrazas.

Pero ¿qué son exactamente las terrazas agrícolas?

Terrazas agrícolas son superficies de cultivo que han sido niveladas o cuya pendiente ha sido reducida, con un muro de retención, normalmente de piedra, pero igual puede ser de tierra, tepetate (subsuelo endurecido), o vegetación (Denevan 1980: 622).

En términos generales, el cultivo en terrazas se asocia a sociedades complejas, a un tipo de agricultura intensiva, a la búsqueda de la preservación de la fertilidad de las tierras, y a poblaciones relativamente numerosas (Denevan, 1980; 2001; Donkin, 1979). Las terrazas son generalmente construidas por comunidades o núcleos familiares (Donkin, 1979). Permiten una mayor estabilidad en la subsistencia (Idem), e implican un nivel de organización que requiere asimismo cierta estabilidad política (Ibidem).

La ubicación de los complejos de terrazas agrícolas no es escogida al azar. Generalmente, se las cava en suelos húmedos, dotados ya de altas concentraciones de nutrientes y humus, así como de una iluminación adecuada, rasgos que se perciben a través de la vegetación silvestre (Patrick, 1980).

Las primeras terrazas agrícolas reportadas en el Ecuador corresponden al territorio de ocupación manteño (1 000 d.C.), lo cual sugiere un uso relativamente tardío de esta práctica, asociada al periodo preincaico tardío (Donkin, 1979). Los Incas desarrollaron luego la tecnología de cultivo en terrazas, especialmente con el objetivo de incrementar la producción de maíz, insumo de tipo ritual (Denevan, 2001).

Denevan (idem) señala que los muros de retención de las terrazas pueden ser de tierra, pero que en este caso, su conservación será menor, lo cual sugiere que las terrazas ubicadas en el valle del río Cuyes deben ser tardías, pues se las distingue todavía en el paisaje, seguramente gracias a la acción protectora de la vegetación. No obstante, con el desmonte de la cobertura vegetal y la erosión, se pudo observar que las terrazas del sector corren el riesgo de desaparecer.

De acuerdo a su forma y a sus medidas, las terrazas identificadas en el valle del río Cuyes corresponderían a las “terrazas de barranca” (cross-channel terraces) de la clasificación de Denevan (1980), las cuales suelen tener muros de contención, y ubicarse cerca de flujos intermitentes de agua. En el Cuyes, se observó de hecho que los tres conjuntos de terrazas registrados se hallan cercanos a arroyos o riachuelos, aunque sólo las terrazas de Espíritu Playa cuentan con muros de contención.

Actualmente, las terrazas, ubicadas en las pendientes, están totalmente abandonadas.

Como vemos, la principal problemática evidenciada en torno a las terrazas registradas se refiere a su naturaleza: residencial o agrícola.

Se realizó luego una pequeña descripción estadística básica de las medidas de las terrazas registradas, así como una representación gráfica de los resultados obtenidos, con la intención de explorar si estos datos ofrecerían posibles pistas respecto a la problemática mencionada. Desde luego, las posibles implicaciones de estatus, función o cronología de las dispersiones observadas deben ser tomadas con cautela, pues no se conoce acerca de la contemporaneidad de las terrazas. Se realizaron así pruebas de pala en una muestra de seis terrazas de la zona, con la intención de identificar posibles huellas de cultivos que permitan al menos fortalecer la hipótesis de una función agrícola de las terrazas. Cabe desde ya mencionar que en la fase de excavación, se encontró material cerámico en una sola terraza de amplias dimensiones (en Espíritu Playa).

Pasando ahora al segundo tipo de sitios aquí propuestos –los pucaráes-, y como vimos en la reconstrucción de la historia del sitio, existen varias referencias acerca del pasado bélico del valle del río Cuyes, siendo los protagonistas de los enfrentamientos registrados los Cañaris, los Incas (De los Ángeles, 1991; Taylor, 1988), los “Zamoranos” y sobre todo, los Jíbaros (De los Ángeles, 1991; Chacón, 1989; Carrillo, comunicación personal). En este sentido, la presencia de pucaráes en el valle del río Cuyes no extrañaría. Pero ¿cómo se define un pucará y responde esta definición a las estructuras encontradas en el Cuyes?

El término “pucará” (también conocido como “churo” o “fortaleza”) hace referencia a un sitio de naturaleza militar caracterizado por su ubicación en cerros estratégicos (Almeida, 1999; Idrovo, 2004). Si bien se trata de una tradición panandina antigua (Almeida, 1999; Bray, 2003), su presencia se hace más notoria en los períodos precolombinos tardíos, incluyendo la fase de ocupación incaica (Almeida, 1999).

El pucará se caracteriza por elementos arquitectónicos concebidos dentro de la idea de defensa y/o ataque (Ibid.). Si bien existen leves variaciones a nivel de los diversos modelos de fortalezas andinas, éstas presentan generalmente “zanjas y muros más o menos concéntricos, variando en forma según la topografía local” (Lippi, 1998).

En términos generales, los pucaráes, especialmente los que son de dimensiones reducidas, son interpretados como miradores que permiten una visibilidad óptima de los alrededores gracias a su posición geográfica particular. En este sentido, los más grandes de ellos adquieren una multiplicidad y complejidad de funciones que abarcan tanto el ámbito religioso como agrícola (delimitación de terrazas) (Idrovo, 2004).

A pesar de señalar la existencia de fortalezas en el valle del río Cuyes, Carrillo (2003) no indica precisamente en qué sitios. En nuestra fase de campo, se encontraron múltiples estructuras redondas ubicadas en lomas empinadas, generalmente con zanjas, que por razones prácticas fueron llamadas “pucaraes” en los formularios de registro de los sitios, clasificación que fue desde luego pulida con la investigación posterior, mediante la disponibilidad de una visión de conjunto de los sitios registrados.

A nivel metodológico, Topic define cuatro rasgos básicos que permiten clasificar a una estructura como fortaleza: su ubicación en la cima de los cerros, la presencia de muros defensivos, el acceso restringido y la construcción de zanjas (Brown-Vega, en prensa). Teniendo estos rasgos en mente y a la luz de los mapas, los registros de los sitios y la información bibliográfica disponible sobre la zona, proponemos que Trincheras y Buenos Aires corresponderían claramente y a la categoría de sitios defensivos.

El sitio de Trincheras se localiza al sureste de Ganazhuma, a un kilómetro al sur del río Cuyes. Se trata de una inmensa estructura ovalada de piedra laja de 178 metros de largo por 184 de ancho (incluyendo una profunda zanja) asentada en la loma Ganazhuma. En su extremo noreste presenta una construcción de piedra circular de 17 metros de ancho por 20 de largo que marca hoy la entrada al sitio, mientras que en su lado suroeste aparece un conjunto de muros de forma vagamente rectangular, de 26 metros de ancho por 35 de largo, con dos entradas. Cabe resaltar aquí que éste es el único sitio –junto a Santopamba- en que no se encontró cerámica en el área excavada, pero sí una hermosa piedra de boleadora que corroboraría la función defensiva del lugar.

Vista de la estructura norte del pucará de Trincheras

El sitio Buenos Aires es a su vez una estructura de tierra y piedra (basalto y cangahua), delimitada por quebradas y conformada por cuatro niveles de piedra y dos zanjas, extendiéndose el yacimiento sobre una distancia de 139 metros de largo por 69 de ancho.

Valga recalcar que debido a su ubicación, los sitios de La Cruz, Nueva Zaruma II y Río Bravo están muy probablemente asociados a una función defensiva, aunque sus dimensiones reducidas los colocarían en una categoría cercana a los miradores. Recordemos efectivamente que Almeida (1999) establece una distinción entre los pucaráes grandes y aquellos de menores dimensiones, a menudo reservados a las funciones de puestos de vigilancia. La Cruz está así conformado por una estructura de piedra ovalada de 18 metros de largo por 13,5 de ancho orientada en dirección noreste / suroeste, así como por tres niveles de aterrazamiento. Por su parte, Nueva Zaruma II consiste en un montículo natural de tierra bien conservado y una zanja, de 227 metros de largo por 0,95 de alto. Por último, Río Bravo consiste en una estructura de piedra prácticamente semicircular de 34 metros de ancho por 56,7 de largo, rodeada en su lado noreste por una zanja de 70 metros de largo, la cual se cruza a través de un “puente” de tierra. Esta zanja está separada de la estructura por una distancia de 15 metros aproximadamente.

Desde luego, el manejo de tipologías requiere cautela, en el sentido en que los sitios no siempre tuvieron una función única, a lo cual se suma el sesgo interpretativo asociado a la cultura del investigador u observador. Gasparini y Margolies (1980) señalan por ejemplo que para los cronistas, toda construcción en las cimas de lomas fuertemente accidentadas con cercos defensivos era percibida como fortaleza, pues esta disposición respondía a los parámetros de sus propias fortalezas, sin serlo necesariamente para las culturas preincaicas, entre las cuales existía además una estrecha asociación entre ritualidad y guerra, por lo cual las fortalezas en cuestión podían corresponder a usos defensivos y ceremoniales, diacrónica o sincrónicamente. Por ende, no se descarta que Trincheras, Buenos Aires, La Cruz, Río Bravo y Nueva Zaruma II no hayan estado asociados a actividades de tipo ritual pero a priori al menos, reúnen las características generales de los sitios defensivos andinos.

Existen tres sitios adicionales –La Florida, Nueva Zaruma I y Santopamba – que llaman no obstante la atención, pues reúnen parcialmente las características enunciadas por Topic y Lange más arriba, motivo por el cual se piensa que estarían más cercanos a la categoría de espacios rituales. La Florida forma efectivamente una especie de churo de 109 metros de largo por 79 de ancho, con un nivel superior marcado por un recinto interno circular de piedra (canto rodado al parecer), y tres niveles más de tierra y piedra que se presentan bajo la forma de zanjas/terrazas. El sitio es de fácil acceso, por lo cual su asociación a usos defensivos es poco probable, al igual que Nueva-Zaruma I. Esta última estructura consiste en un conjunto de dos niveles de piedra y una zanja, de 57 metros de largo por 65 de ancho. Si bien Nueva-Zaruma I ofrece una vista espectacular hacia el curso inferior del río Cuyes y se asienta en una loma considerablemente empinada, contando con muros relativamente anchos, extraña que sólo tenga una zanja (que cuenta entre las de menos volumen en todo el valle) y que sus dos niveles de piedra no estén separados por una trinchera sino por una plataforma de fácil acceso (entradas anchas), sin contar con la presencia de terrazas habitacionales y/o agrícolas en las cercanías. Finalmente, Santopamba es una estructura ovalada de piedra de 39 metros de largo por 17 de ancho, de dos niveles, pero sin zanja.

En la misma categoría de sitios ceremoniales –aunque no “de altura”- el sitio Playa tiene una extensión de 131 metros de largo por 88 de ancho, y se compone de cinco plataformas trapezoidales con revestimiento de piedra. Cuatro de estas estructuras cuentan con un muro de piedra que sale de su lado oeste (8 muros en total) y se dirige hacia una construcción redonda contigua a una plataforma de dos niveles, ambas ubicadas en el extremo oeste del sitio, de piedra también, y rodeadas por una zanja. Según los propietarios actuales, la construcción redonda en cuestión fue levantada por los antiguos dueños de la finca. Lo cierto es que las plataformas –originales- recuerdan un tipo de estructura muy común en los espacios rituales incas (Kendall, 1985).

Finalmente, los sitios Espíritu Playa, El Cadi, y quizá Santa Rosa se inscribirían en la categoría de sitios habitacionales. Salomon (1978) subraya que en épocas prehispánicas, las casas de los caciques parecen haber sido los puntos de referencia de centros políticos, pero también rituales. Mientras más grande la casa del cacique, mayor el prestigio del personaje. El conjunto de Espíritu Playa –de dimensiones reducidas- cuenta con un recinto formado por tres muros contiguos a una estructura más pequeña dividida en dos cuartos, así como un empedrado. El material de construcción es el canto rodado. ¿Se trataría esta estructura pequeña de cuartos de almacenamiento o de cocina? En tiempos precolombinos, se sabe que las comidas eran preparadas en recintos reservados a este uso, y manejados por servidumbres o por las esposas de los nobles, a parte de los edificios principales (Kendall, 1985). No obstante, las pruebas de pala llevadas a cabo en mencionadas estructuras resultaron negativas…

Por otra parte, con sus 108.402 metros cuadrados de superficie, El Cadi es sin duda alguna el sitio más impresionante y complejo del valle, al constar de una estructura redonda, una plataforma, 16 recintos rectangulares y 24 muros de vastas dimensiones. Para Salazar (2000), El Cadi “da la impresión de un conjunto habitacional”. Ledergerber por su parte afirma que:

Este complejo arqueológico es multifuncional, con muros y zanjas defensivas de piedra, terrazas, habitaciones, salas de reunión, bodegas, plazas, andenerías, un posible camino interregional, montículos, etc. (Ledergerber, 2007: 1).

Un sitio que escapa a la norma es Santa-Rosa y su recinto de piedra laja de 26 metros de largo por 20 de ancho, dividido en dos cuartos y rodeado por una zanja, en el sector bajo de las terrazas de San Miguel de Cuyes. Se lo podría fácilmente incluir en la categoría habitacional, pero extraña la presencia de la zanja… ¿Mecanismo de evacuación del agua?

Por último, más allá de la tipología evocada aquí, el sitio de San Juan forma un complejo “aparte”: se trata de un conjunto de aproximadamente 78 montículos de tierra forrados de piedra (canto rodado), de 3 metros de diámetro por 0,50 metro de alto en promedio, cinco “plataformas” y cinco “muros (o acumulaciones de piedras que revisten estas formas) situado en la comunidad shuar de San Juan, prácticamente a orillas del margen derecho del río Cuyes. Estas estructuras se esparcen a lo largo de varias hectáreas, por lo cual no han podido ser registradas en su integridad, aunque contamos ya con una muestra del tipo de construcciones del que se trata. Existen distintas versiones locales acerca de la naturaleza de estos montículos. Para algunos, son estructuras funerarias (lo cual no pudo ser comprobado al menos en el área excavada durante nuestra fase de campo). Otros abogan más bien por la hipótesis de acumulaciones de piedras formadas a raíz de actividades de explotación de los numerosos placeres auríferos de la zona. De momento, la excavación de una muestra de estos montículos ha arrojado material cerámico disperso, dentro de los montículos y fuera de ellos. Evidencia que todavía no es analizada en su integridad y que, esperamos, aportará con mayor información sobre este complejo.

Montículo (sitio de San Juan)

Concluiremos esta descripción de sitios señalando que, a nivel de posibles afiliaciones culturales, los cuatro tipos de piedra identificados en las estructuras de todo el valle (piedra laja, canto rodado, bloques irregulares y rectangulares) no nos dicen mucho. El único elemento arquitectónico propiamente inca identificado en el sector son las plataformas trapezoidales del sitio Playa, evidencia que se compagina con el hallazgo de conopas por Carrillo en dicho lugar (Carrillo, comunicación personal). Si bien se conoce poco acerca de arquitectura cañari –y menos aún “jíbara”-, y los materiales encontrados por Carrillo y Ekstrom son generalmente asociados a las tradiciones cañari e inca, a nivel arquitectónico, lo más probable aquí es que estemos frente a un estilo local. Se espera obtener algunas luces adicionales acerca de esta incógnita a partir de los resultados de los análisis de laboratorio que se están actualmente llevando a cabo sobre los materiales recuperados durante la excavación. Se puede no obstante adelantar que se identificó material Tacalshapa en la parte alta del valle, y unos pocos fragmentos de corrugado en la parte baja.

En lo que se refiere a patrones espaciales ahora, en base a las superficies de las estructuras mapeadas, el centro de mayor extensión sería aquí El Cadi, seguido por los sectores Ganazhuma, San Miguel, Buenos Aires, Nueva Zaruma y por último, Espíritu Playa. Una vez más, se espera que los resultados de los análisis cerámico y de carbono 14 –junto a los diversos datos recuperados en el campo así como la información bibliográfica- permitan guiar empíricamente estas primeras hipótesis sobre el marco cronológico y cultural asociado a las ruinas del valle del río Cuyes.


CONCLUSIONES

Los diversos autores consultados en el proceso de exploración bibliográfica de este proyecto son unánimes en proponer que los habitantes del Cuyes precolombino eran cañaris: lo dicen la tradición oral y el material cerámico encontrado por Carrillo principalmente (Aguilar, 1974; Carrillo 2003; Durán, 1938; Salazar 2000, 2004; Taylor 1981, 1988).

La hipótesis actualmente más aceptada es que, más allá de una nación cañari culturalmente homogénea, existían varios señoríos autónomos unidos por su pertenencia étnica a la familia cañari, pero cada uno con sus peculiaridades (Cárdenas, 2004; Hirschkind, 1995; Ponce Leiva, 1975). El valle del río Cuyes tuvo las suyas, entre otras, su estatus de zona de estrecho contacto con los Jíbaros, a través de guerras y actividades de intercambio (De los Ángeles, 1991; Chacón, 1989; González Suárez, 1922; Oberem, 1974; Taylor, 1988; Carrillo, comunicación personal), lo cual explicaría la particularidad de la arquitectura, distinta de la que se conoce en la sierra. A nivel comparativo, se fortalece la hipótesis según la cual la presencia inca en el valle fue limitada, y se dio posiblemente de forma indirecta, a través de alianzas con los señoríos locales por ejemplo.

A nivel de la modalidad política de ocupación del espacio (la segunda gran temática puesta de relieve por la investigación bibliográfica), las referencias etnohistóricas y la monumentalidad registrada en la fase de campo apoyan la propuesta de un señorío complejo asentado en el valle del río Cuyes, descartando así la posibilidad de que el valle haya sido una simple “colonia”. No obstante, el área de estudio sí podría encajar dentro de las nuevas propuestas definidas en torno al concepto de verticalidad. Se nos presenta por lo tanto un panorama que ni acata ni rechaza del todo las principales propuestas teóricas realizadas hasta el momento sobre el valle del río Cuyes: la evidencia recopilada y confrontada retoma efectivamente la idea del señorío poderoso de Carrillo, así como –de cierta manera- el componente vertical enunciado por Taylor y Salazar.

En este sentido, se espera que los datos recuperados a partir del levantamiento topográfico, el análisis del material cerámico, así como de las muestras de tierra y carbón recuperados a partir de las pruebas de pala y los cateos llevados a cabo en cada sitio, aporten con pautas empíricas preliminares sobre la cronología y la asociación cultural de la zona. Valga insistir en el carácter preliminar de estas primeras evidencias, pues queda claro que harán falta muchos años más de investigación para poder contar con datos más precisos que respalden las principales hipótesis aquí en juego. Proceso que, tomando en cuenta las diversas amenazas que pesan actualmente sobre los sitios, no será posible sin una protección adecuada de los mismos. Por lo tanto, es de esperar que las autoridades nacionales y locales sabrán, junto a los investigadores de diversas disciplinas, reaccionar a tiempo para rescatar y promover este patrimonio cultural único.


*Artículo publicado In Revista del Patrimonio Cultural del Ecuador INPC N.2, 2010, pp. 57-72


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