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viernes, 9 de abril de 2010

“Stages and periods in archaeological interpretation”: la contribución pionera de John Rowe a la periodización en la arqueología andina


Por Catherine Lara (2008)


La noción de temporalidad representa sin lugar a dudas uno de los pilares del trabajo arqueológico, al consistir en una de las pocas herramientas que permiten al investigador ubicar las culturas del pasado con un grado de certeza y precisión considerables. En este sentido, todo acercamiento arqueológico busca definir de entrada una cronología de una zona de estudio o cultura en particular.

En América Latina, la ciencia arqueológica tuvo un desarrollo más bien tardío, y comenzó a hacerse presente a comienzos del siglo XX. En el caso peruano más particularmente, sede de algunos de los focos de civilización más conocidos, este desarrollo estuvo en parte estancado –al menos en un principio- por la falta palpable de un modelo cronológico compartido por los diversos arqueólogos de la época.

En este sentido, y dentro de un contexto en que la contraposición entre evolucionismo y difusionismo era el centro de grandes debates académicos, John Howland Rowe (1917-2004), marcó un hito en la arqueología peruana, al proponer un sistema de clasificación cronológica de referencia que buscaba dotar de una mayor coherencia a los estudios arqueológicos que se habían llevado a cabo hasta ese momento en el Perú, en base a un análisis exhaustivo y crítico del contexto académico de la época.

Rowe se graduó en Harvard y realizó una serie de investigaciones en Colombia y la costa de Perú, antes de asociarse a la Universidad de Berkeley, desde donde fundó la “Kroeber Anthropological Society” y el “Institute of Andean Studies”. Se concentró en la aplicación de diversas metodologías de datación, tales como el uso de la seriación y la estratigrafía, destacándose además por su aporte al conocimiento del incario, temas sobre los cuales legó una bibliografía abundante (Salazar, 2004: 9).

El interés del artículo que se presentará a continuación radica precisamente en que Rowe explica en él los fundamentos de una propuesta que sigue vigente hasta la actualidad. Como veremos, ésta se basa en torno a tres ejes principales: la contraposición entre los conceptos de estadio y periodo primeramente, las consideraciones teóricas de la noción de periodización luego, y por último, sus corolarios metodológicos.

Rowe comienza su trabajo definiendo los dos criterios básicos que prevalecían en su época en torno a las múltiples propuestas de cronologías planteadas por diversos autores. Estos criterios respondían al concepto de “estadio” (de tinte más evolucionista), y al de “periodo” (de corte difusionista principalmente). Veamos en que consiste cada uno de ellos.

Para Rowe, los estadios cronológicos agrupan a diferentes culturas que comparten uno o varios rasgos culturales (a menudo tecnológicos). La presencia de estos rasgos se manifiesta según un orden específico dentro de la escala del tiempo. Los estadios por su parte pueden ser simples o complejos. En el primer caso, se definen por un solo rasgo cultural, mientras que en el segundo, por varios (Rowe, 1968: 1).

En este punto, surge la preocupación por los mecanismos de transición de un estadio a otro, es decir, del cambio. Según Rowe, la evidencia establece que el cambio se origina generalmente desde una entidad cultural y se expande luego hacia las demás, siendo muy raro que una misma mutación cultural o un invento se manifiesten en dos sitios independientes (Rowe, 1968: 2). Esta perspectiva, de influencia netamente difusionista, es desde luego criticable en la actualidad. Lo cierto es que, siguiendo la argumentación de Rowe, es necesario establecer la direccionalidad u onda de expansión tomada por un cambio cultural específico desde su lugar de origen. Para el investigador, queda claro que el concepto de estadio como herramienta no lo permite (Rowe, 1968: 2), lo cual da paso a una visión crítica de la noción de estadio y de su trasfondo evolucionista:

De entrada, el autor cuestiona la validez del criterio de estadios complejos, pues resulta difícil conseguir agrupar a varios grupos culturales dentro de una misma categoría caracterizada por múltiples rasgos presentes en todas ellas. En último término, se lo podría hacer, pero en segmentos cronológicos de poca duración que no permitirían alcanzar niveles de análisis profundizados ni proyecciones científicas a gran escala.

Por otro lado, y desde su perspectiva difusionista del cambio cultural, Rowe establece que el criterio de estadio es esencialmente visible en las culturas receptoras más que en las creadoras, quienes producen constantemente y dejan huellas de sus inventos menos marcadas temporalmente en el registro material (Rowe, 1968: 3).

Si bien Rowe señala que los estadios complejos permiten llegar a ciertos tipos de generalizaciones acerca de los procesos culturales (lo cual podría ser visto como una ventaja desde un punto de vista científico), no es más que el reflejo de un modelo que asocia la complejidad de un estadio a segmentos precisos dentro de la escala evolutiva (Rowe, 1968: 4). Rowe hace concretamente referencia aquí a los esquemas evolucionistas, que atribuyen patrones tecnológicos de subsistencia a niveles específicos de desarrollo cultural.

El investigador acota que la profundización de este rasgo, percibido aquí como problemático, le compite más bien a la etnología. En arqueología en cambio, la idea de contemporaneidad y su derivada, -el periodo-, ofrecen una salida. Efectivamente, Rowe define a los periodos como “unidades de contemporaneidad”:

Esta definición significa que dos monumentos arqueológicos o unidades culturales deben ser asignados al mismo periodo si existe alguna razón que justifique su contemporaneidad, en pos de cuan diferentes puedan ser los unos de los otros (Rowe, 1968: 5).

Rowe desarrolla luego esta idea presentando las diversas aplicaciones que le han sido dadas en arqueología por Petrie en Egipto, o Uhle y Kroeber en Perú y Bolivia por ejemplo. Es así como Uhle generalizó la idea de “horizontes cronológicos”, es decir, de “periodos en los que estilos artísticos relativamente uniformes se expandían a lo largo del área estudiada” (Rowe, 1968: 6). Idea retomada por Kroeber, quien introdujo además los términos de “periodo” y “era”, en base a las nociones de tiempo y estilo. Childe desarrollará posteriormente este principio hablando más precisamente de tiempo y similitud cultural, dentro de una visión mucho más dinámica de los procesos culturales. Por su parte, Ford y Rowe concretarán estas propuestas a nivel metodológico (la famosa “seriación fordiana”), estableciendo que los periodos se visibilizan en el registro arqueológico en la frecuencia con que distintos tipos cerámicos se distribuyen a lo largo de los diversos estratos o niveles de ocupación (Rowe, 1968: 8).

Lo cual conduce a Rowe a presentar su propia propuesta de periodización, inspirada en los principios de los autores anteriormente enunciados, y en particular de Kroeber: el autor establece así la terminología de “periodo inicial”, “horizonte temprano”, “periodo temprano intermedio”, “horizonte medio”, “periodo intermedio tardío” y “horizonte tardío”. Cada horizonte se define por similitudes. En este sentido, se asemejan a los estadios, con la diferencia fundamental que la rapidez de expansión de los rasgos permite hablar de una contemporaneidad entre los diversos componentes regionales que conforman el horizonte, tal como ocurrió en los casos huari e inca por ejemplo (Rowe, 1968: 9).

Lo que se propone luego –y éste es el mayor aporte de la visión de Rowe, según él mismo lo indica-, es que esta periodización sirva de referencia a la definición de secuencias cronológicas a nivel local; que sea de cierta manera una matriz temporal a nivel regional. Este postulado es ilustrado con el caso del valle de Ica, cuyo horizonte temprano refleja influencias chavinoides, mientras que en el horizonte medio, se encuentra el estilo nasca y en el tardío, el paraca A.

Desde luego, se trata de una metodología que implica la confrontación de datos y cronologías, así como una reflexión sobre posibilidades de contemporaneidad. Ahora bien: ¿cómo hacer para establecer esta contemporaneidad en base al registro? De acuerdo con Rowe, esto es posible de tres maneras: en base a dataciones absolutas (Rowe, 1968: 10), a partir del hallazgo de evidencias de intercambio, y por último, por similitudes estilísticas detectadas entre distintos componentes regionales.

Por otra parte, trabajar con una secuencia cronológica acarrea una serie de consecuencias, de las cuales Rowe menciona algunas: en primer lugar, destaca que su consolidación pasa por una investigación constante acerca de sus distintos rasgos. En ese sentido, la definición de secuencias locales aporta precisamente a un mejor conocimiento de los periodos matrices. Por otro lado, es preferible que éstos abarquen amplias secuencias cronológicas, lo cual permite alcanzar cierto grado de generalización a partir de las culturas locales. En último término, se puede llegar a definir sub-periodos de cara a un nivel de análisis más fino, pero siempre en base a consideraciones estilísticas sólidamente sustentadas (Rowe, 1968: 11).

A modo de conclusión, Rowe observa que su propuesta de periodización ofrece a la vez una ventaja y una desventaja. La ventaja consiste en que se trata de una metodología que permite alcanzar un grado de coherencia y una perspectiva clara de la ubicación temporal de las diversas culturas, en base a rasgos concretos visibles en el registro. No obstante, y como bien lo señala Rowe, al igual que en la aplicación de cualquier modelo, el investigador “hace decir” a los datos lo que él quiere escuchar, es decir, lo que postula el modelo por él escogido.

En este caso concreto, la propuesta de Rowe refleja una visión netamente difusionista: si se presupone que existen centros culturales a partir de los cuales se generan rasgos que son luego traspasados a núcleos periféricos, la metodología de investigación incorporará esta premisa y creerá que salió de los datos. Si se postula que el horizonte chavín tiene que haberse forzosamente originado en un centro específico antes de alcanzar asentamientos satélites, se buscará ese centro: Tello lo ubicó en el sitio de Chavín de Huántar. Burger plantea más bien tierras bajas costaneras o tropicales. En ambos casos, se concluirá efectivamente que los datos abogan por un punto de origen y un área de dispersión. En el caso de Chavín, es no obstante pertinente subrayar que ya no se hace referencia a un solo centro de origen, sino a toda una zona (quizá varios centros), lo cual enriquece y a la vez cuestiona la propuesta difusionista de Rowe, esbozando así los rasgos de una posible actualización de su modelo de periodización, que enfatice los procesos plurales y dinámicos de formación cultural.

Lo cierto es que la crítica de Rowe a los modelos sigue muy vigente: éstos condicionan sin lugar a duda la vista del investigador, pero son a la vez necesarios como hilos conductores de la investigación. Este punto será precisamente desarrollado por el posestructuralismo, quien propondrá la posibilidad de llegar a un “punto medio”, a una conciencia de este sesgo por parte del mismo investigador, llamado no sólo a realizar una arqueología en el registro material, sino una arqueología de su propio saber, retomando las palabras de una de las obras emblemáticas de Foucault.


BIBLIOGRAFÍA

Rowe, John H. “Stages and periods in archaeological interpretation”, en Peruvian Archeaeology, Selected Readings, Rowe y Menzel eds., Peek Publication, pp. 1-15. Palo Alto, 1968.

Salazar, Ernesto. “Obituario: John H. Rowe, 1917-2004”, in Apachita N°2, Boletín del Grupo de Arqueología, Escuela de Antropología, PUCE, p.9. Quito, noviembre 2004.

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