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viernes, 9 de abril de 2010

La recolección de superficie


Por Catherine Lara (2008)


INTRODUCCIÓN


Más allá de una simple fuente de interés para el aficionado cazador de curiosidades, el material de superficie representa, junto al registro monumental, una de las primeras huellas evidentes de la presencia de sitios arqueológicos. Como tal, la arqueología ha incorporado el proceso de recuperación de estos materiales a su corpus técnico y metodológico. Es así como la recolección de superficie llegó a ser considerada como herramienta y objeto de estudio dentro de la investigación arqueológica, especialmente con la tendencia de la Nueva Arqueología. Posteriormente, un análisis profundizado de esta herramienta de investigación de cara a su papel interpretativo dentro de los proyectos arqueológicos llegó a establecer un extenso abanico de implicaciones técnicas y teóricas respecto a su alcance.

En este sentido, el presente trabajo se propone precisamente rastrear los resultados de estas investigaciones sobre las perspectivas teóricas y técnicas de la recolección de superficie, exponiendo primeramente los conceptos principales que rodean dicha noción, antes de presentar sus diversas modalidades e iniciar una reflexión acerca de su contexto de uso. Efectivamente, varios autores la consideran como herramienta de interpretación arqueológica poco válida, por lo cual prefieren acudir a ella como una etapa más del reconocimiento arqueológico, mientras que otros ven en los materiales de superficie una valiosa fuente de información acerca del pasado cultural de los sitios. Luego de sintetizar los argumentos de cada punto de vista, se abordará la posibilidad de definir una tendencia intermedia entre estos dos posicionamientos.


CONCEPTOS BÁSICOS: EL REGISTRO ARQUEOLÓGICO, EL CONTEXTO Y SU FORMACIÓN

La recolección de superficie trabaja principalmente con restos materiales de actividades humanas pasadas. En este sentido, antes de adentrarse en un estudio de sus diferentes técnicas, puntualizaremos a continuación algunas nociones básicas acerca de sus principales herramientas de trabajo, a saber, el registro arqueológico, el sitio, el contexto y su formación.

Los artefactos constituyen el soporte principal del análisis arqueológico, por ser la evidencia material de las culturas del pasado plasmada en un contexto espacial o sitio, es decir “el conjunto claramente definido de artefactos” (Nance y Ball; 1986: 458). En su acepción general, esta base material se conoce bajo el nombre de “registro arqueológico”.

El registro arqueológico es un fenómeno contemporáneo. Es más que nada un fenómeno estático. Es la forma estática que queda de dinámicas que ocurrieron en el pasado, así como de dinámicas que están ocurriendo hasta que observaciones sean hechas en el presente. Las únicas aseveraciones significativas que se puedan hacer acerca del pasado son aseveraciones dinámicas. Las únicas aseveraciones que se puedan hacer directamente a partir del registro arqueológico son algún tipo de estáticas descriptivas (Binford, 1983: 23).

Autores como Tartaron señalan una distinción entre registro arqueológico y documento: el primero consistiría así en “la población total de artefactos susceptibles de ser encontrados”, mientras que el segundo, en “la población actual de artefactos descubiertos” (Tartaron, 2003: 25).

El registro y el sitio arqueológico evolucionan a través del tiempo, por lo cual la serie de procesos sucesivos por las que pasa el registro arqueológico lo constituye como un “fenómeno de formación compleja” (Schiffer, 1976: 41, tda).
Estos procesos llegan a formar el contexto arqueológico del registro o

matriz inmediata [del hallazgo] (el material que lo rodea, generalmente algún tipo de sedimento tal como grava, arena o arcilla), su proveniencia (su posición horizontal o vertical dentro de la matriz), y su asociación con otros hallazgos (presencia conjuntamente a otros restos arqueológicos, generalmente en la misma matriz) (Renfrew y Bahn; 1996: 45-46, mi traducción).

De hecho, el contexto en sí se presenta como resultado de las diferentes etapas de vida de los materiales, desde su fabricación hasta su estado de objetos arqueológicos. En este sentido, varios conceptos analíticos han sido propuestos por diversos autores.

Para Renfrew y Bahn, antes de llegar al estado en que los encuentra el arqueólogo, los artefactos pasan por tres etapas: manufactura, uso, y almacenamiento o descarte. Cada una de estas etapas se inscribe a su vez dentro de contextos espaciales y culturales precisos, funerarios por ejemplo (1996: 51).

En cuanto a Schiffer, uno de los arqueólogos quien más se ha preocupado por los procesos de formación cultural de los sitios arqueológicos, postula una diferenciación entre contexto arqueológico (es decir, aquel que es investigado por el arqueólogo) y contexto sistémico (a saber, el contexto de uso de los artefactos) (Schiffer, 1976: 28-29).

Aproximación que se asimila a la de Bate, quien propone dos contextos de uso en la vida de los artefactos: el contexto arqueológico y el contexto momento, siendo el primero la agrupación de componentes de un contexto de uso desligados ya de todo tipo de actividad humana y el segundo, el “conjunto de artefactos, elementos y condiciones materiales en interacción dinámica integrada por la actividad humana” (Bate, 1998: 109-110).

De manera general, los materiales inorgánicos son los que mejor se conservan, especialmente la piedra, la cerámica y los metales. En el caso de los materiales orgánicos, su conservación difiere de acuerdo a las propiedades del entorno natural del sitio, esto es, su matriz (tipo de sedimentos del suelo), el clima, etc. (Renfrew y Bahn, 1996: 55), así como variables culturales. Estos procesos de transformación de los sitios llegan a ser una constante dentro de los mismos (Bate, 1998: 114; Redman y Watson, 1970: 280), por lo cual es una tarea esencial para el arqueólogo el llegar a determinarlos y entenderlos de manera a evidenciar su acción modificadora sobre el registro arqueológico.

Las variables naturales actúan principalmente sobre la composición física y química de los materiales, así como en la distribución espacial de los artefactos (Bate, 1998: 114). Desde luego, el grado de modificación de los materiales del contexto momento y el contexto arqueológico difiere según las condiciones naturales o sociales de los sitios. Existen asimismo fuerzas naturales que actúan paulatinamente sobre los materiales, tales como la erosión, la fosilización de los huesos o la descomposición química de los restos inorgánicos. Otras son más repentinas, al igual que los fenómenos provocados por la fuerza del agua por ejemplo, y contribuyen a la destrucción y desplazamiento de los materiales (idem). Pero así como existen procesos destructores de los sitios arqueológicos, otros contribuyen a preservarlos, a través de la acumulación de sedimentos por ejemplo, o condiciones de humedad óptimas (idem).

Las principales variables naturales que determinan el aspecto de un sitio arqueológico consisten en los procesos de erosión y depósito de materiales, los cuales dependen a su vez de variables culturales y topográficas (Redman y Watson, 1970: 280). Geológicamente, la erosión consiste en el "desplazamiento de la superficie de la tierra y movimiento de los desechos hacia niveles inferiores, ya sea en la tierra firme, o en el mar" (Rick, 1976: 133).

Arqueológicamente, se refiere al "desplome de material cultural, debido a la fuerza de la gravedad, las precipitaciones, el viento, las fuentes de agua, los océanos o aquellas fuerzas orgánicas tales como plantas y animales" (idem).

En cuanto al movimiento de materiales, se observa generalmente que los niveles de ocupación tardíos se hallan más presentes en la superficie. Posteriormente, la acción humana o animal empuja el material de los niveles inferiores hacia la superficie. Con el paso del tiempo, el material adquiere luego una configuración particular (Redman y Watson, 1970: 280). Estudios llevados a cabo en la zona de Junín (Perú) permitieron establecer correlaciones relevantes entre las diversas variables de los materiales y de los sitios de cara a la definición del nivel de modificación ocurrido en los diversos asentamientos arqueológicos. Asimismo, se logró definir que en pendientes abruptas, los materiales pesados tenderán naturalmente a concentrarse en los niveles más bajos de las pendientes, mientras que los artefactos ligeros se mantendrán en sus niveles superiores. Desde luego, otras variables entran en juego dentro de la definición de este tipo de correlación, tales como el tipo de material por ejemplo. Los materiales óseos no se desplazan mayormente, mientras que la cerámica se concentra generalmente en los niveles intermedios de las pendientes, y la lítica, en su base (Rick, 1976: 135-136). En este caso preciso, se estudió el influjo de la gravedad, lo cual implica tomar en cuenta también los obstáculos naturales del terreno que habrían podido frenar los objetos en su descenso hacia las partes bajas de las pendientes. La forma de los artefactos entra asimismo en juego en este tipo de desplazamiento (Rick, 1976: 139). Estudios adicionales de paleoclimatología permitirían profundizar esta categoría de análisis y afinar el entendimiento de los diversos factores que actúan en el desplazamiento espacial del registro, de cara a otorgar una mayor precisión al alcance interpretativo de los estudios de los sitios (Rick, 1976: 141).

En cuanto a las variables de índole cultural, Schiffer distingue cuatro procesos de formación: el depósito cultural, la reutilización de materiales previamente descartados, el desplazamiento de materiales de un contexto arqueológico a otro, y el reciclaje. El depósito cultural consiste sencillamente en el abandono del artefacto, el cual pasa de un contexto sistémico a un contexto arqueológico. La reutilización de materiales hace referencia a la recuperación dentro de un contexto sistémico, de materiales que habían previamente llegado a formar parte de un contexto arqueológico. El reciclaje, consiste, en último término, en el cambio de función atribuido a un artefacto a lo largo de su periodo de utilización (Schiffer, 1976: 28-29).

Cada tipo de proceso es a su vez definido por variables distintas. El depósito cultural por ejemplo se da por descarte, por enterramiento, pérdida o abandono (Schiffer, 1976: 30). El reciclaje en cambio ocurre por la atribución de un uso secundario a un atributo, de manera lateral (reemplazo sucesivo y cronológico de una función por otra), y por procesos culturales de conservación de los objetos (Schiffer, 1976: 38).

Tanto los procesos naturales como culturales definirán la abundancia y concentración de los materiales de un sitio arqueológico, entendiéndose por abundancia la “frecuencia o recurrencia de un tipo de sitio o de artefactos en el área de estudio” y por concentración, el “grado en que los materiales arqueológicos están agregados a nivel espacial” (Schiffer y otros, 1978: 4).

Una vez esclarecidas las propiedades materiales del registro y del sitio, así como los diversos procesos que contribuyeron a su evolución, el investigador estará en medida de llevar a cabo una recolección de superficie pertinente de cara a los propósitos de su estudio.


LA RECOLECCIÓN DE SUPERFICIE: DEFINICIÓN Y TÉCNICAS

De manera general, se considera que el registro arqueológico de una investigación se divide entre el material obtenido por excavación, y aquel obtenido por recolección de superficie. Luego de esbozar las perspectivas de la recolección de superficie, veremos que si bien no existe una sola modalidad de llevarla a cabo, lo más común consiste en realizarla en base a la técnica del muestreo, cuyas unidades pueden ser el transecto o la cuadrícula.

Se recomienda aplicar recolecciones de superficie en sitios de poca vegetación. Esta recolección tiene dos objetivos principales: la ubicación de la(s) cultura(s) representada(s) en el lugar, lo cual permite, en última instancia, visualizar una secuencia relativa de ocupación del sitio en base a los materiales recuperados (Porras, 1973: 16).

No existe una sola y única estrategia de recolección de superficie; todo depende de la investigación que se esté realizando. De la misma manera, la búsqueda de datos cuantitativos justificará una recolección intensiva, mientras que el interés por materiales diagnósticos acudirá a una recolección selectiva basada en la ubicación previa de sitios específicos. Si el material es poco abundante, se aconseja recogerlo en su totalidad. Caso contrario, se seleccionarán áreas de recolección integral del material dentro del sitio como tal. Si el investigador conoce ya la secuencia cerámica del sitio, su tarea se concentrará específicamente en recolectar muestras y elementos diagnósticos (decorados) de cada fase cultural, siendo siempre el objetivo de este tipo de técnicas la recuperación de una muestra representativa de los materiales (idem).

Se preconiza sin embargo seguir parámetros metodológicos básicos en cada tipo de estrategia, que permitan un análisis comparativo entre dos investigaciones que hayan trabajado con recolecciones de superficie (Redman, 1987: 251).

De hecho, la recolección de superficie puede darse por random-walk, por muestreo sistemático o no sistemático (siendo la idea en este último caso obtener una muestra del material y no recogerlo en su totalidad).

El muestreo puede ser selectivo, pero esta opción es poco usada, debido a los sesgos que podría implicar. De manera a evitarlos, es preferible usar técnicas de muestreo para seleccionar las unidades en que se llevará a cabo la recolección de superficie. Éstas deberán tomar en cuenta variables tales como la dimensión general del sitio, la densidad del material, el nivel de intensidad de la recolección, el patrón de muestreo, el tamaño y la forma de la unidad de muestreo y de la muestra. De manera a que las unidades de muestreo estén repartidas a lo largo de toda el área de estudio, se recomiendan muestreos estratificados o sistemáticos (Plog et al., n/d: 407).

Debido a la fuerte subjetividad que puede significar el diseño de la muestra, la mayoría de arqueólogos ha optado por dejar la probabilidad escoger por ellos, en el marco de una búsqueda de la mayor objetividad posible. Esta tendencia fue de hecho introducida por la nueva arqueología, y especialmente por uno de sus jefes de fila, Lewis Binford, quien mejor explica los lineamientos generales de la aplicación de esta técnica estadística a la práctica arqueológica.

En primer lugar, Binford resalta que esta metodología se basa en el muestreo o “ciencia que controla y mide el nivel de confianza de la información mediante la teoría de la probabilidad” (Binford 1964: 427). Por consiguiente, el arqueólogo enuncia diferentes conceptos empleados dentro de este método: para comenzar, al campo de estudio se lo denomina universo, mientras que la población se refiere al conjunto de las unidades analíticas en que se divide este universo. Esta población se caracteriza por una forma y una estructura. Las unidades básicas consisten generalmente en los sitios.

Binford propone algunos principios técnicos en esta división del espacio a ser investigado: es necesario por ejemplo tener en claro el esquema de unidades. En la medida de lo posible, éstas tienen que ser pequeñas, independientes las unas de las otras, e invariables. Cada unidad debe ser más o menos asequible de la misma manera (idem: 431).

A este modelo de representación de la región se le aplica luego un muestreo mediante la ley de probabilidad, según la cual cada unidad tiene la misma oportunidad de ser seleccionada de cara a la investigación proyectada.

Existen tres formas de llevar a cabo un muestreo: éste puede ser aleatorio, sistemático o estratificado.

En el método aleatorio, se considera que una muestra del 30% de las unidades del sitio es lo suficientemente representativa, por lo cual se sortea esta cantidad entre las diferentes unidades, o se las escoge a través de una tabla de números aleatorios. Por otro lado, el método aleatorio sistemático opera de acuerdo al establecimiento de un intervalo determinado que permitirá definir en el listado de unidades cuáles se van a investigar y cuales no. Por otra parte, en el método estratificado

la región o sitio es dividida en zonas ambientales (o estratos, lo cual explica el nombre de esta técnica), tales como campos de cultivo y bosques; las unidades son luego seleccionadas mediante los mismos métodos numéricos aleatorios, con la diferencia de que cada zona consta de una cantidad de unidades proporcional a su superficie. Por consiguiente, si el bosque ocupa el 85% de la superficie, se le debe atribuir el 85% de las unidades (Renfrew y Bahn 1996: 73,mi traducción).

La ventaja de este sistema radica en que reduce el posible sesgo de la muestra causado por la heterogeneidad de un medio dado. Además, al escoger el investigador las variables que le permitirán trabajar, existe un mayor control sobre las mismas, y por ende, sobre las muestras (Binford 1964: 429).

Generalmente, las unidades de los muestreos sistemáticos son los transectos (Renfrew y Bahn 1996: 74). La recolección por transectos deja un intervalo aproximado de 30 metros entre cada uno de ellos (Tartaron, 2003: 25).

En los demás casos, se recomienda que las unidades de recolección sean cuadradas (Plog y otros, n/d: 407), variando la superficie de éstas entre los 5 o 6 metros cuadrados, esto, es, un poco más que las cuadrículas de excavación (Roper, 1976: 371).

Se sugiere representar los sitios de recolección y el tipo de material en mapas, de manera a poder visualizar posibles conjuntos de materiales (Redman y Watson, 1970: 283).

Dentro de la aplicación de técnicas de recolección de superficie, los investigadores se enfrentan a menudo al problema de los sitios pequeños, los cuales pueden ser considerados como poco relevantes, pero para Plog y otros, la definición de su patrón distributivo permitiría al contrario una proyección acerca de la ubicación de sitios más complejos. Rodgers por ejemplo, trabajó de la misma manera en un área de baja densidad de materiales, de la cual extrajo el 10% de los artefactos a partir de círculos de 45 m de radio. El mapeo de los sitios explorados permitió luego la definición de patrones de distribución entre unidades y a nivel del sitio en general (Plog y otros, n/d: 409).

De manera a no destruir los sitios arqueológicos y a evitar problemas de almacenamiento de los materiales, se ha llegado incluso a plantear una técnica de “no-recolección”, que consiste en el registro minucioso de cada artefacto del registro de superficie en el terreno mismo, sin recogerlo. No obstante, la aplicación de este método exige medios logísticos exigentes, lo cual la obstaculiza gravemente (Shiffer et al.; 1978: 15). Para Plog, queda claro efectivamente que el análisis meticuloso del material requiere una fase de laboratorio que no se puede llevar a cabo directamente en el campo. Además, la ventaja de recoger el material es que éste queda luego como evidencia de la investigación que podrá luego ser reutilizada por otro arqueólogo deseoso de comprobar los parámetros de la misma. En resumidas cuentas, la recolección de superficie es necesaria (Plog et al., n/d: 405-406).

Si bien existen técnicas de aplicación claras para la recolección de superficie, su papel dentro de la interpretación arqueológica es aún motivo de discusión en la arqueología académica. De hecho, algunos investigadores la perciben como simple etapa del reconocimiento arqueológico, mientras que otros consideran que sus resultados permiten la propuesta de inferencias directas acerca de las culturas involucradas. ¿Cuáles son los argumentos de uno y otro punto de vista?


LA RECOLECCIÓN DE SUPERFICIE COMO ETAPA INICIAL DEL RECONOCIMIENTO ARQUEOLÓGICO

En la mayoría de investigaciones, la recolección de superficie sirve como punto de partida para definir estrategias de excavación posteriores, y ubicar posibles conjuntos funcionales (Baker, 1978: 288). De hecho, una de las primeras pautas acerca del tipo de contenido material de un sitio se refleja en su material de superficie. Su aplicación permite sondear lo que hay. En Anatolía por ejemplo, la recolección de superficie del proyecto de Çayönü permitió delimitar la extensión del sitio (Redman, 1987: 252).

Efectivamente, este material da una idea inicial del sitio, puesto que lo que se ve en la superficie no es obligatoriamente representativo del registro integral del mismo. Ocurre frecuentemente que los materiales de diferentes ocupaciones y contextos se mezclen en la superficie, y a no ser que el investigador tenga un conocimiento detallado de la estratigrafía cultural de la región, corre el riesgo de confundir los materiales entre ellos. Además la visibilidad del sitio dificulta muchas veces la ubicación del material (Renfrew y Bahn, 1996: 74).

En este sentido, el material de superficie se asimila más a lo que Renfrew y Bahn denominan “contexto secundario”, es decir, a un registro que ha sido modificado de su contexto de uso original (1996: 48).

Existen dos argumentos principales en contra del uso de colecciones de superficie en la interpretación cultural de los sitios y su registro: la falta de representatividad del mismo dentro del registro integral del sitio, debido al impacto de los procesos de formación sobre los artefactos, y la no-equivalencia entre materiales de subsuelo y de superficie (Baker, 1978: 288).

En primer lugar, es innegable que los materiales de superficie padecen la acción de fuertes procesos post-deposicionales, tanto naturales como culturales. Las actividades agrícolas por ejemplo, destruyen notablemente las asociaciones de artefactos (Lewarch et al., n/d: 311-312). Las recolecciones de aficionados o profesionales limitan el potencial que un investigador puede hallar en este tipo de registro (Baker, 1978: 288). Como consecuencia, los procesos de reutilización de los materiales y de formación de los sitios desembocan en una sobre-representatividad de artefactos de mayor dimensión en la superficie, así como en una sub-representación de la cantidad de materiales (idem: 288; 290). Queda asimismo claro que en un sitio caracterizado por numerosos estratos, el riesgo de confundir el material de superficie es mayor. Este problema se podría incluso dar en sitios poco complejos a nivel estratigráfico (idem: 288).

Adicionalmente, la relación entre materiales de superficie y de subsuelo no es equivalente (Lewarch y otros, n/d: 311-312). No es porque existe cierta cantidad de material en la superficie que ésta corresponde a lo que yace bajo ella, o que la presencia presumida de cierto feature -o asociación cultural de materiales- en superficie sea el reflejo de un feature formado en contexto sistémico (Redman, 1987: 251).

Además, los materiales de superficie no dan cuenta de la complejidad de un sitio en todas sus dimensiones. No reflejan la cronología de un yacimiento de manera fiel (Lewarch et al., n/d: 311-312). En el valle de México por ejemplo, Tolstoy y Fish subrayan que se ha generalizado erróneamente la práctica de derivar las superficies de los sitios en base a los materiales de desecho localizados en la superficie. De hecho, los investigadores desaprueban este método, indicando que se ha comprobado ya la heterogeneidad cronológica de los materiales de superficie del sitio, los cuales además varían según la profundidad de los diferentes niveles de ocupación (Tolstoy y Fish, 1975: 97).

Por estos motivos, muchos investigadores consideran que las interpretaciones de materiales obtenidos por colecciones de superficie son generalmente limitadas (Lewarch et al., n/d: 311-312).


LA RECOLECCIÓN DE SUPERFICIE COMO BASE DE LA INTERPRETACIÓN ARQUEOLÓGICA

En último término, el registro de superficie puede ser útil en el marco de un análisis estilístico del material. No obstante, en los años 70 y en la actualidad, se han multiplicado los estudios acerca del potencial arqueológico de las colecciones de superficie de cara a una interpretación más profundizada de sus contextos sistémicos. Dichos estudios han cuestionado los prejuicios surgidos en los años 80 y 90 acerca de la falta de representatividad del registro de superficie debido a la acción de los procesos de formación de los sitios, y a la no-equivalencia entre material de superficie y de subsuelo.

Cada vez más, y por razones económicas particularmente, el reconocimiento arqueológico está suplantando la excavación. Pero más allá de consideraciones de orden logístico, los defensores de la representatividad del material de superficie en relación al registro integral de un sitio afirman que, si bien existe un sesgo evidente de cara a la predominancia de materiales recientes, muchos estudios basados en recolecciones de superficie minuciosas han demostrado que el registro obtenido refleja una variabilidad considerable en lo que se refiere a tipos de materiales, origen cronológico, etc.

Para Renfrew y Bahn, un sitio reducido, un buen financiamiento y una gran disponibilidad de tiempo sí permiten recoger todo el material de superficie (optimizando así la representatividad), tal como lo comprobó Frank Hole en un sitio prehistórico del valle de Oaxaca, en México, al ubicar los sitios gracias a un sistema de cuadriculación de 5 metros cuadrados por unidad. Esta investigación reveló que si bien tipos específicos de objetos habían sido desplazados de sus contextos originales, otros en cambio se habían mantenido in situ, lo cual permitió al arqueólogo distinguir diversos contextos funcionales. Esta base permitió luego una excavación orientada hacia temáticas específicas (1996: 85).

Renfrew y Bahn señalan que los motivos de este fenómeno quedan por esclarecer, pero están sin duda relacionados con los diversos procesos de formación de los sitios (1996: 85). Efectivamente, si bien existen fenómenos que desplazan los materiales horizontal o verticalmente, también los hay que los reubican en sus emplazamientos de origen (Dunnell y Simek, 1995: 306).

Para otros investigadores en cambio, la insistencia en la necesidad de representatividad de las concentraciones de material es relativa, ya que éstas son más que nada una herramienta de investigación antes que una propiedad objetiva intrínseca del registro (Tartaron, 2003: 25).

Cierto es que la acción de fenómenos naturales, zoogénicos particularmente, o agrícolas, modifica los contextos, pero deja huellas que permiten identificarla (Shiffer, 1988: 18) y por lo tanto, inferir sobre su grado de acción en el registro arqueológico de un sitio, de cara a evaluar la representatividad del material de superficie: generalmente, poco tiempo después del abandono del sitio, los niveles de ocupación tardíos se hallan más presentes en la superficie. Posteriormente, la acción humana o animal empuja el material de los niveles inferiores hacia la superficie. Una de las tareas principales del investigador deseoso de trabajar con recolecciones de superficie será por lo tanto identificar los procesos de formación de los sitios (Redman y Watson, 1970: 280).

Lo cual permite afirmar a investigadores como Davis que el registro de superficie conlleva una cantidad de informaciones muy valiosas para el estudio arqueológico, siempre y cuando se apliquen estrategias precisas de investigación y detección de los procesos de formación. Efectivamente, “las superficies representan el escenario general, y la profundidad de los sitios proveen variables cronológicas” (Davis, 1975: 39). En este sentido, la autora propone un programa de excavación que comprende un estudio extenso del medio, de los procesos de formación del sitio, y de los materiales de superficie, gracias a un mapeo detallado de cada variable. La aplicación de este plan de trabajo al sitio de China Lake (California) permitió a Davis identificar patrones coherentes de distribución de artefactos (idem).

Redman y Watson proponen otro tipo de metodología de explotación del material de superficie, la cual aplicaron en sus investigaciones en el sureste de Turquía. Ésta consistía en la selección de cuadrículas de recolección mediante técnicas de muestreo probabilística, y luego, la clasificación de los artefactos recuperados de acuerdo a una tipología precisa definida por los autores en el marco de los objetivos de su proyecto (en este caso, en elementos diagnósticos y funcionales) (Redman y Watson; 1970: 281).

En lo que se refiere al problema de la equivalencia entre registro de subsuelo o de superficie, varios investigadores han llevado a cabo estudios al respecto. En su proyecto en el sureste de Turquía por ejemplo, Redman y Watson plantearon hipótesis de trabajo, las cuales confrontaron al registro de superficie. En una etapa ulterior, excavaron el sitio de cara a comprobar si los resultados obtenidos del material de superficie eran idénticos a los que sacó a relucir la excavación. En último término, llegaron a las mismas conclusiones, pero precisan que no se debe esperar una equivalencia entre el registro de superficie y el del subsuelo unidad por unidad, sino dentro del área de estudio en general (Redman y Watson, 1970: 286). Los investigadores advierten en contra del riesgo de generalizar estos resultados para otros sitios, pero subrayan que tomar en cuentas las variables humanas y culturales de formación de sitios tal como ellos lo hicieron en su estudio, conduce seguramente a la obtención de resultados parecidos en muchos otros sitios. Por ende, la recolección de superficie sistemática e intensiva es para Redman y Watson una herramienta de investigación válida, en el marco de proyectos orientados hacia preguntas de investigación específicas (Redman y Watson, 1970: 290), tales como el proyecto llevado a cabo en Nikopolis por Tartaron, el cual se basó principalmente en la ubicación de los sitios más relevantes de cara a la problemática de investigación, y a recolecciones de superficie llevadas a cabo en los mismos por medio de transectos separados por intervalos de 10 metros (Tartaron, 2003: 25).

Sin embargo, en los últimos años, una serie de estudios se han implementado acerca de la relación entre material de superficie y del subsuelo, con la ayuda de instrumentos de detección por sensores remotos, análisis de fosfatos y recolecciones realizadas conjuntamente a pozos de sondeo. Dichos estudios han concluido en resultados positivos de acuerdo a la equivalencia entre el material de superficie y del subsuelo, y han contribuido además a un esclarecimiento de los diversos procesos de formación de los sitios. El registro de superficie de una fortaleza en Ohio por ejemplo, permitió visualizar más claramente que la excavación el patrón de distribución del sitio (Tartaron, 2003: 24). Se podría así concluir con Redman y Watson que "las distribuciones de artefactos de superficie y de subsuelo están tan relacionadas como para que la descripción de la primera permita predecir la segunda" (Redman y Watson, 1970: 280).

Los estudios actuales acerca del potencial del registro de superficie permiten evidenciar cada vez más el aparentemente inextricable conjunto de variables que dificultan el uso de este tipo de material como base de una investigación arqueológica (Tartaron, 2003: 25).
Más que un obstáculo, la peculiaridad del registro de superficie debe ser tratada como un problema de muestreo más (Dunnell y Simek; 1995: 305). En este sentido, no es viable hoy en día descartar el potencial del material de superficie (idem: 306).


HACIA UN PUNTO MEDIO

Frente a cualquier riesgo de generalización, cabe subrayar que las estrategias de recolección de superficie varían en sus aplicaciones y no debe esperarse de ellas que respondan cualquier tipo de pregunta. Es obvio que en ciertos sitios, las condiciones de visibilidad imposibilitan la aplicación de una recolección de superficie como base de la investigación (Redman, 1987: 251; Tartaron, 2003: 25).

En el caso del proyecto del valle de El Morro (Nuevo-México) por ejemplo, no se hizo ninguna recolección de superficie, debido al enfoque en el registro monumental de los siglos XIII y XIV escogido para la exploración del lugar. En el sitio medieval de Qsar-es-Seghir (Marruecos), la densidad de la vegetación imposibilitó asimismo la aplicación de una recolección de superficie (Redman, 1987: 252).

De hecho, el isomorfismo entre superficie y niveles subterráneos depende del sitio (Lewarch et al., n/d: 314). Desde este punto de vista, Lewarch et al. proponen diferentes estrategias de recolección de superficie de acuerdo al tipo de clima característico del medio en que se encuentran los sitios, y a la escala espacial en que se trabaja. Diferencian así los medios semi-áridos y templados, así como la región, el “sitio regional” y el sitio en lo referente a unidades espaciales. En último término, se recomienda la excavación para estudios que tomen en cuenta materiales frágiles (Lewarch et al., n/d: 322).

En regla general, para Renfrew y Bahn, la relación entre el material de superficie y el que se encuentra debajo de ella es compleja y diversa entre un sitio y otro (1996: 85). Existen varias pautas que permiten comprobar si un sitio amerita o no la aplicación de una recolección de superficie de cara a su interpretación cultural. Los mismos Renfrew y Bahn recomiendan realizar pozos de sondeo que permitan dar una idea del material que yace debajo de la superficie, de manera a comprobar su extensión, más allá de una destructiva excavación (1996: 85).

Por su parte, Shiffer advierte en contra del riesgo de ver a un sitio como un sistema meticulosamente organizado, o al contrario como un inmenso basural. Afirma que existen pautas precisas que permiten guiar al investigador acerca de la localización de los materiales arqueológicos. Shiffer observa por ejemplo que mientras aumenta la densidad de sitios y materiales, mayor será la probabilidad de encontrar sitios específicos de descarte, en relación a focos precisos de actividad (Shiffer, 1972: 162).

Por otro lado, a partir del momento en que el investigador observa una variabilidad en los materiales de una muestra de recolección de superficie (especialmente en su tamaño), se puede confirmar que ésta es representativa del sitio (Dunnell y Simek, 1995: 310). Precisamente, investigadores tales como Lewarch et al. recuerdan que, retomando las palabras de Dunnell y Dancy, si el material de superficie revela patrones recurrentes de distribución no atribuibles a procesos post-deposicionales (previo análisis de los mismos), el investigador tiene todas las razones de considerarlo como potencialmente válido dentro de los objetivos de su estudio (Lewarch et al., n/d: 312).


CONCLUSIÓN

La aplicación de la recolección de superficie como fuente principal de obtención del material arqueológico estuvo muy en boga en los años 70. Se llegó luego a cuestionar duramente las limitaciones de su alcance interpretativo para la investigación arqueológica, a la vez que se multiplicaron los estudios acerca de los procesos de formación de sitios, cuya identificación permitiría, en última instancia, devolver a la recolección de superficie su papel protagónico dentro de los estudios arqueológicos.

El resultado de estas décadas de debate parece no obstante haber abierto el paso a una clase de consenso, de statu quo: la recolección de superficie no ha recobrado el valor de validez absoluta promovido por sus primeros defensores, aunque tampoco se la rechazó por completo. “Sí a la recolección de superficie, pero si y sólo si…” Si y sólo si el análisis detallado de los procesos de formación del sitio en cuestión permite concluir que el material de superficie es potencialmente representativo del sitio y por lo tanto, válido como herramienta de interpretación del mismo.

Como vemos, este caso particular representa un ejemplo constructivo del progreso de la investigación teórica aplicada al uso de técnicas particulares. Tal un proceso dialéctico, se llegó a relativizar el valor de la recolección de superficie, en pos de dos extremos que sucesivamente la idealizaron o la rechazaron. Quizá el progreso de la tecnología aplicado al estudio arqueológico permita otorgar a la recolección de superficie alcances por ahora insospechados.


BIBLIOGRAFÍA

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