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viernes, 9 de abril de 2010

La metalurgia americana


Por Catherine Lara (2006)


INTRODUCCIÓN

El continente americano cuenta con una de las más importantes tradiciones metalúrgicas del mundo. Irónicamente, la mejor prueba de ello la dieron los conquistadores europeos, al identificar a América como un “El Dorado”, en base a la riquísima tradición metalúrgica que hallaron en el nuevo continente, y que fue en gran parte absorbida por su codicioso afán de enriquecimiento. Desde ese entonces, la huaquería no ha dejado de causar irreparables estragos en el patrimonio metalúrgico prehispánico de América.

De hecho, al igual que conquistadores y huaqueros, los habitantes de la América precolombina otorgaban una importancia de primer plano a los metales, y especialmente al oro. No obstante, sus motivaciones diferían considerablemente de los obsesivos afanes de lucro promovidos a lo largo de los siglos por explotadores de toda clase y condición, que echaron a perder irremediablemente la milenaria riqueza de la tradición metalúrgica americana: al igual que cualquier otra categoría de artefactos del registro arqueológico, la producción metalúrgica y orfebre echa una luz enriquecedora sobre el entendimiento de las culturas precolombinas. Desde luego, la fascinación –al parecer, propiamente humana-, por el brillo del metal, revistió al tema de la metalurgia americana con una especie de aura mágica, fomentada por las leyendas de los conquistadores sobre la existencia de fantásticos tesoros, dignos de una película de Indiana Jones. Pero toda leyenda conlleva una parte de verdad, y si bien el registro metalúrgico prehispánico cautiva de por sí, sus implicaciones culturales abren a nuestros ojos fascinados, el aún más fabuloso mundo cultural de sus creadores.

Los arqueólogos que descubrieron esta realidad fueron capaces de superar la simple atracción superficial del brillo del metal, dando paso a una investigación profundizada sobre el significado de los objetos, que, como cualquier otro tipo de producción cultural (y más aún, de sociedades desaparecidas), merecen todo el respeto y la atención por parte de la comunidad científica y de las autoridades responsables de la protección del patrimonio y el fomento de identidades nacionales. Existe una considerable cantidad de información sobre las técnicas metalúrgicas precolombinas, reflejo también de la superficialidad y la ignorancia de quienes primero se preocuparon por ellas, desligándolas de su contexto simbólico y cultural. Sin embargo, hay que reconocer el valor de estas primeras descripciones técnicas de cronistas y viajeros europeos, las cuales conforman hoy en día la base sobre la cual el arqueólogo está en medida de reconstruir el marco contextual de las culturas que produjeron las piezas. Cierto es que las descripciones de crónicas y diarios de viaje no son siempre completas ni precisas: por suerte, los adelantos tecnológicos y químicos aportaron esclarecimientos suplementarios sobre los procesos de elaboración en orfebrería. En complemento a dispersas referencias etnohistóricas y etnoarqueológicas, el conocimiento de estas técnicas permitió poco a poco empezar a “hacer hablar” al registro metalúrgico, sobre el mundo de sus creadores.

¿Bajo que circunstancias se desarrolló la metalurgia? ¿Qué significado y motivaciones tuvo este proceso? En base a una presentación de las técnicas metalúrgicas precolombinas (primer apartado), el siguiente trabajo se propone precisamente entrever las dimensiones a la vez cosmogónicas por un lado, y políticas por otro, reflejadas por las prácticas metalúrgicas en el Nuevo Mundo. En última instancia, se tratará el tema de la metalurgia como vector dinámico de intercambio a nivel continental, a través del concepto de provincias metalúrgicas.


TECNOLOGÍA METALÚRGICA AMERICANA

Si bien se habla de una “metalurgia americana”, la diversidad cultural del Nuevo Mundo engendró una variedad de técnicas y estilos metalúrgicos. Este segmento inicia con una presentación de los estilos metalúrgicos que más se destacaron en el continente, subrayando seguidamente la complejidad del proceso de trabajo del metal, desde su extracción hasta el acabado de las piezas.

El desarrollo de la metalurgia en América: panorama geográfico y cronológico

Debido probablemente a la riqueza del norte peruano en yacimientos auríferos, ya desde el segundo milenio antes de nuestra era, la cultura Chavín de Huántar fue la primera del continente en descubrir y trabajar el metal, con la elaboración de adornos decorados. Posteriormente, los Mochicas se destacaron por su impresionante control de las técnicas metalúrgicas: trabajaban ya el oro, la plata y el cobre. Las culturas Chimú y Tiahuanaco (altiplano boliviano), heredaron posteriormente la riqueza de la orfebrería chimú, caracterizándose a su vez por una abundante producción metalúrgica. Finalmente, los Incas generalizaron el uso de los metales en el Tahuantinsuyo, difundiendo la elaboración de herramientas utilitarias y de armas de cobre y bronce (Bákula et al., 1994: 31).

En América del Norte, simultáneamente al período inicial de Chavín de Huántar, la cultura Old Copper (área de los Grandes Lagos y del Alto Mississipi), se distinguió ya por ser una de las más tempranas del Nuevo Mundo en trabajar el cobre (Willey, 1966: 261). En 1200 a.C., las técnicas de Old Copper se difundieron hacia el sureste del actual Estados-Unidos, a la cultura Temple-Mound II, la cual inició una tradición metalúrgica que sería enriquecida siglos después con la influencia mesoamericana (idem: 300). Al parecer, la producción metalúrgica norteamericana se enfocó más particularmente en torno a objetos utilitarios.

La orfebrería de las culturas que poblaron el actual territorio de Colombia adquirió particular fama en la metalurgia prehispánica (Langebaek, 2000: 12). Según las evidencias, la tradición metalúrgica de la zona se desarrolló entre 500 a.C. y el primer milenio de nuestra era. Mientras el norte y el centro de mencionado territorio parecen haberse más bien especializado en la producción de tumbaga, las culturas Tumaco, Calima, San Agustín, Tierra Adentro, Nariño, Quimbaya, Tolima, Tairona y Muisca se destacaron por su trabajo de la plata, el platino y el oro especialmente (Plazas y Falchetti, 1994: 111).

En la actual república del Ecuador, la metalurgia aparece en 400 a.C., durante el período de Desarrollo Regional, probablemente con las culturas Tolita, Jama-Coaque y Bahía. Se consolida durante el período de Integración, en la costa por un lado (culturas Manteño, Milagro), y en la Sierra por otro (Carchi, Cañari) (Leiva et al., 1994: 79).

La metalurgia conoció un desarrollo más bien tardío en el área de Chile y Argentina, el cual se inició en el primer siglo de nuestra era. En Chile, el período Mollo se destacó primero por su metalurgia cúprica, mientras que en la fase Diaguita aparecen ya el trabajo del oro y la plata, así como el perfeccionamiento de técnicas como el laminado, el repujado o el trefilado, introducido por la invasión inca (Irribaren, 1974: 6-13). En Argentina, en cambio, ya desde su primer período, la cultura Condorhuasi dominaba el trabajo del oro, el cobre y la plata, así como las técnicas de fundición y aleación del cobre y el estaño. Posteriormente, la cultura Ciénaga desarrollaría las técnicas de elaboración del metal, especialmente del cobre. Con la invasión inca, el dominio del trabajo del bronce conoció su auge en Argentina, como lo revelan los sitios de Quebrada de Humahuaca y de la Puna (Rex González, 1975: 150-170).

Si bien las primeras evidencias de uso de metales en Mesoamérica aparecen en tumbas del sitio Tres del Guácimo (Costa-Rica), datadas en 420-520 d. C., la metalurgia se generaliza en esta zona en el siglo noveno de nuestra era, desde la costa occidental de México (Jalisco, Michoacán, Nayarit) (Snarskis, 1986: 94; Soler, 1986: 69), probablemente a partir de la metalurgia del área andina, lo cual explica que, desde un principio, la tradición metalúrgica mesoamericana contara con una extensa gama de técnicas.

Técnicas de extracción del metal

La zona de los Andes consta entre uno de los mejores depósitos de metal del mundo, y particularmente, de oro (Lechtman, 1980: 267). El oro es una de las sustancias que conforman el núcleo del planeta, pero sube a la superficie a través de la formación de la corteza terrestre, fijándose en las rocas que surgen con la aparición de cordilleras. Expuestos a la fragmentación y la erosión, los fragmentos de oro pueden diseminarse en los ríos (Lévine, 1994: 23).

Las zonas peruano boliviana, el país chimú, el valle del Urubamba, la hoya de Titicaca así como el sur de Bolivia, son particularmente ricas en oro, plata y cobre (Jijón y Caamaño, 1920: 35). Por otra parte, el desarrollo temprano de la metalurgia cúprica en América del Norte se explica por la existencia de vetas superficiales de cobre en la zona de los Grandes Lagos (Willey, 1966: 261). En Colombia, Cieza de León menciona la presencia de minas en las zonas de Bogotá, Santa Marta, Popayán, Mopox, Antioquia y Cartagena, mientras que “la parte del levante se tiene por pobre de metales” (Cieza de León, 1962: 280). En Colombia se practicó también bastante el lavado de oro, en los ríos Magdalena, Cauca, Atrato, San Juan, así como en las costas del Pacífico (Plazas de Nieto, 1975: 49). Por otra parte, las zonas de Toachi y Macuchi (Ecuador), poseen importantes yacimientos de cobre, plata y oro, aunque se desconoce si fueron explotados antes de la colonia (Soler et al., 1990: 75). Lo cierto es que la región de Esmeraldas cuenta con depósitos de plata (Rodríguez, 1977: 10) y platino (Bergsoe, 1982: 1), e inclusive se sabe que la cultura Tolita utilizó el plomo, aunque escasamente (idem: 58). Chile también se destaca por su riqueza en minas de oro, plata, y especialmente, de cobre (minas de Norte Grande y de Norte Chico) así como de estaño (Irribaren, 1974: 1). En Argentina, la región del noroeste es la que más se destaca por su riqueza en minas de cobre, particularmente (Rodríguez, 1986: 389). Por último, la tradición metalúrgica tardía de Mesoamérica ofrece seguramente información mucho más abundante en lo que se refiere a la ubicación de yacimientos de metal. Asimismo, López de Gómara reporta la respuesta de Moctezuma luego de que Cortés le haya preguntado por los yacimientos de oro:

Él [Moctezuma] dijo que le placía, y luego nombró ocho indios, los cuatro plateros y conocedores del minero, y los cuatro que sabían la tierra a do los quería enviar; y mandóles que de dos en dos fuesen a cuatro provincias, que son Zuzolla, Malinaltepec, Tenich, Tututepec, con otros ocho españoles que Cortés dio, a saber, los ríos y mineros de oro y traer muestra de ello (López de Gómara, 1979: 141).

Sin embargo, la evidencia material comprobó más bien la abundante presencia de cobre, estaño y arsénico en Mesoamérica (Lechtman, 1986: 39), más específicamente en el Centro y Norte de México: Aguascalientes, Qurétaro, Zacatecas, Guanajuato, Taxco. No obstante, existen aún dudas en torno a la explotación prehispánica de todos estos yacimientos (Soler, 1981: 102). En lo que se refiere al oro mencionado por López de Gómara, llegaba quizá de otras zonas, o los españoles fueron engañados por alguna variante del ingenioso proceso de mise-en-couleur.

Las culturas precolombinas del Nuevo Mundo desarrollaron dos tipos de procedimientos de extracción del metal: el bateaje y la explotación superficial. El primero consistía en extraer el metal (oro esencialmente) en polvo o pepitas desde los ríos (Garcilazo, 1976: 203). Los extractores agitaban el agua, recogían la tierra y la lavaban varias veces, recuperando el metal en bateas (Lévine, 1994: 23). En cambio, la explotación minera trabaja las vetas de metal que se forman en la superficie: los mineros cavaban socavones o galerías de profundidad, consolidados por soportes (Irribaren, 1974).

El hallazgo del cadáver de un minero fallecido en plena obra luego de un derrumbe en la mina de Chuquicamata (Chile, hacia 1466 a.C.), permitió apreciar las condiciones y herramientas de trabajo del minero precolombino. Éste llevaba fajas de protección en las caderas, mientras que se había guarecido de canastas y sacos, utilizados para recoger el metal, así como una amplia gama de martillos de piedra para agrandar la apertura de la mina, cerciorarse de la solidez de sus paredes y extraer el metal (Bird, 1975: 105).

Técnicas de fabricación de las piezas

Esta etapa, al igual que la anterior, entraría dentro de la metalurgia propiamente dicha esto es, el “arte de beneficiar los minerales y de extraer los metales que contienen, para ponerlos en disposición de ser elaborados” (Espasa Calpe, 1997).

La primera técnica conocida en la preparación del metal entre los precolombinos, consiste en la flotación (Colombia y Perú), mediante la cual “se golpeaba el oro hasta conseguir una lámina fina que luego se trabajaba o martillaba sobre diversos moldes para formar dibujos “(Fernández de Córdova, n/d: 2).

El perfeccionamiento progresivo de las diversas técnicas metalúrgicas precolombinas señala la importancia de la acumulación de experiencia, seguramente transmitida por tradición oral. El caso de la fundición demuestra el perfecto control adquirido gracias a la experiencia en alfarería (Lévine, 1994: 20). Asimismo, mientras la tumbaga se conseguía con una temperatura de 200°C, el oro se fundía en 1065 °C y el cobre, ¡en 1095°C! (Leiva et al., 1994: 80).

Una vez extraído el metal de la mina, se lo molía en “canchas” mediante marayes (útiles de molienda del metal) (Irribaren, 1974: 1). El metal era luego fundido en crisoles de cerámica o en hornos de terracota (Lévine, 1994: 23). Para alcanzar la temperatura de fusión, Cieza de León (2962: 278) explica que “cuando labran, no hacen más de un hornillo de barro, donde ponen el carbón, y con unos cañutos soplan en lugar de fuelles”. En las áreas más ventiladas, se aprovechaba la fuerza del viento para acelerar el proceso de fundición, mediante hornos llamados wayras.

Templado así el metal, lo fundían en unos hornillos portátiles, a manera de anafes de barro; no fundían con fuelles ni a soples, con los cañutos de cobre, como en otra parte dijimos que fundían la plata y el oro para labrarlos; que aunque lo probaron muchas veces, nunca corrió el metal ni pudieron los indios alcanzar la causa; por lo cual dieron en fundirlo del viento natural. Mas también era necesario templar el viento, como los metales, porque si el viento era muy recio gastaba el carbón y enfriaba el metal, y si era blando, no tenía fuerza para fundirlo. Por esto se iban de noche a los cerros y collados y se ponían en las laderas altas o bajas, conforme al viento que corría, poco o mucho, para templarlo en el sitio más o menos abrigado. Era cosa hermosa ver en aquellos tiempos ocho, diez, doce, quince mil hornillos arder por aquellos cerros y alturas. En ellas hacían sus primeras fundiciones; después, en sus casas, hacían las segundas y terceras, con los cañutos de cobre, para apurar la plata y gastar el plomo; porque no hallando los indios los ingenios que por acá tienen los españoles de agua fuerte y otras cosas, para apartar el oro de la plata y del cobre, y la plata del cobre y del plomo, la afinaban a poder de fundirla muchas veces (Garcilazo, 1976: 207).

A orillas del río Calchaquí, en la provincia de Saltas (Argentina), se encontraron algunos de estos hornos, ubicados en una cuesta que dominaba el camino inca, y protegidos bajo cornisas naturales:

Los hornos tienen aperturas distribuidas a lo largo del perímetro de la base, así como en torno al borde superior; las de arriba servían para la ventilación y las de abajo, para alimentar el fuego. El interior está cubierto con escorias, y así las paredes de las aperturas (Rodríguez, 1975: 204, mi traducción).

El metal se reducía a pequeños discos maleables trabajados luego por los orfebres (Lévine, 1994: 23). Siguiendo el mismo principio de las wayras, los tockocchimpus eran hornos más potentes empleados en la fundición de la plata y la refinación de los demás metales (Fernández de Córdova, n/d: 6). El proceso de fundición del plomo (probablemente usado como Ersatz de la plata), era algo distinto:

Si uno coloca un fragmento de galena, o galena pulverizada, sobre un pedazo de carbón vegetal, y trata de fundirlo, el ensayo no tendrá éxito. Pero si uno continúa con paciencia, el azufre se quemará poco a poco y el óxido de plomo formado se reducirá entonces a plomo metálico (Bergsoe, 1982: 58).

El metal era escogido según el tipo de objeto que se quería fabricar (Hosler, 1986: 69). Se desconoce la forma en que los precolombinos descubrieron la técnica de la aleación. Fue tal vez en un intento de paliar la escasez de metales nobles (Lévine, 1994: 26) y/o una búsqueda de nuevas propiedades de los metales. Se sabe por ejemplo que el bronce rico en estaño podía ser fácilmente trabajado en la elaboración de pinzas, hachas y cinceles, mientras que el bronce pobre en dicho mineral era más bien empleado en fundiciones (Lechtman, 1975: 16). En su descripción del fenómeno químico de la aleación, Bergsoe señala:

Cuando una aleación se solidifica tiene lugar una cristalización, separándose primero las combinaciones con más alto punto de fusión y, en el proceso de enfriamiento, se forma una agregado de cristales cuyos intersticios están llenos del material que funde a menos temperatura. Entonces se dice que la aleación se licúa. Cuando finalmente este último, el eutéctico de la mezcla se endurece, tiene lugar un proceso de succión de arriba hacia abajo que deja el agregado de cristales a la vista, en la superficie. Estos agregados se vuelven visibles en forma de una red fina, o como cristales laminados (Bergsoe, 1982: 13).

El primer artefacto precolombino elaborado por aleación (cobre y plata), fue descubierto en el centro de Perú, y datado en 1050-650 a.C. (Lechtman, 1980: 279). Este tipo de aleación se generalizó luego en el área peruano boliviana, mientras que en la región arawak-caribe, se descubría la tumbaga, o aleación de oro y cobre (Rivet, 1923: 187). Posteriormente, el bronce hace su aparición en el mundo andino, respecto a lo cual se planteó la existencia de dos provincias metalúrgicas: la del área peruano boliviana (bronce arsénico), y, por otro lado, las zonas de Argentina y Chile (bronce estannífero). Sin embargo, en base a análisis químicos, Lechtman sugiere que el carácter estannífero del bronce de Chile y Argentina no se debe a un control voluntario de las proporciones de estaño, sino más bien a una presencia accidental del mineral en el cobre natural (Lechtman, 1981: 112). En el caso peruano boliviano, en cambio, aparece que la riqueza o pobreza de arsénico corresponde a categorías precisas de objetos, por lo que se deduce el pleno control de las proporciones tanto de cobre, como de arsénico. En México, los estudios realizados a partir del registro arqueológico de bronce, han demostrado que se conocía plenamente las propiedades igualmente fortalecedoras del arsénico y el estaño en las aleaciones (Hosler, 1986: 71). Contrariamente a los objetos suntuarios, las herramientas utilitarias se caracterizan por su alto contenido en estaño o arsénico (Arsandaux y Rivet, 1921:271).

Los discos de metal obtenidos por fundición eran luego martillados en yunques, con percutores de piedra o de hierro meteórico, hasta formar hojas. Para que el metal no se rompa durante el amartelamiento y conserve su flexibilidad, se hacía calentar la hoja (Lévine, 1994: 23). Entre los Aztecas, Sahagún reporta que los tecuitlahuaque (esto es, orfebres artesanos que trabajaban el oro y la plata), existía una distinción entre los “martilladores amajadores” (quienes fabricaban hojas de oro valiéndose de martillos o piedras), y los “batihojas”, o los que formaban hojas laminando el metal (Sahún, 1981: 114-115).

Las famosas hachas monedas constituyen un ejemplo de artefactos fabricados por amartelamiento. Hachas de cobre o bronce (estannífero u arsénico), eran elaboradas directamente por martillado, o recortadas a partir de hojas de metal (Hosler et al., 1990: 53).

Todas las hachas monedas de filo redondeado eran moldeadas en forma similar, a través de secuencias de martillado en frío y de recalentado, pero durante su fabricación, las extremidades de estos filos eran intencionalmente martilladas para engrosarlas, asegurando un filo uniforme y angular. Las puntas eran endurecidas por martillado en frío (Hosler et al., 1990: 40, mi traducción).

Encontradas en entierros, muchas veces en grandes cantidades, podían ser de formas y dimensiones diferentes: “naipes”, plumas, “hides” o insignias (Hosler et al., 1990: 14). En el Ecuador, muchas de ellas fueron halladas en sitios pertenecientes al período de Integración (idem: 40).

En Norteamérica, la cultura Old Copper trabajó exclusivamente el cobre por martillado, en la fabricación de cuchillos y puntas (Willey, 1966: 261).

Otra técnica muy común en la metalurgia precolombina es la fundición a la cera perdida, la cual presenta cuatro variantes: simple, con núcleo, por fundiciones sucesivas y en serie. Los Mixtecas y los Taironas se destacaron por su habilidad en el uso de estas técnicas (Scott, 1986: 253). La primera consistía en elaborar un molde de cera, cuya superficie externa era luego untada con una mezcla de barro y carbón. El conjunto era seguidamente calentado, por lo cual la cera era evacuada a través de un orificio hecho en el barro. El espacio dejado por la cera era llenado con metal líquido: una vez endurecido éste, se rompía finalmente la superficie de barro y se extraía la pieza (Lévine, 1994: 23). Sahagún añade que los Aztecas agregaban “copal” o “incienso blanco de la tierra” a la capa de arcillo y carbón que revestía al molde de cera. El metal líquido era luego introducido en el molde mediante tubos de este mismo material (Sahagún, 1981: 116-117).

Por su parte, la técnica de fundición a la cera perdida con núcleo se usaba en la fabricación de objetos huecos: en primer lugar, se moldeaba un núcleo de barro, cubierto por una capa de cera sobre la cual se aplicaba una segunda capa de barro. El espacio entre el núcleo y la capa externa de barro era estabilizado mediante soportes. Una vez derretida la cera, se rellenaba este espacio con oro líquido. En la última fase del proceso, se rompía la capa externa de barro y el núcleo, quedando únicamente el metal solidificado (Lévine, 1994: 23).

[Los soportes son] utilizados para evitar que el núcleo se deslice durante el trabajo. La fundición se hace en posición invertida. Antes de envolver el modelo en arcilla, se agrega un cono de cera para proporcionar un vertedero. Y se agregan cuatro canutos de cera para proporcionar salidas de aire cuando el metal es vertido (Howe, 1986: 182).

Por otra parte, la técnica de fundiciones sucesivas permitía obtener piezas de distintas coloraciones: se fundía a la cera perdida la parte de la pieza constituida por el metal más puro. Se repetía la operación con aleaciones cada vez menos ricas en oro (por lo cual su temperatura de fusión disminuía en proporción a la cantidad cada vez menor de oro, asegurando así que las primeras capas no se derritieran) (Lévine, 1994: 25).

Por último, la fundición en serie era usada en la fabricación de varias piezas idénticas. Se tallaba el diseño deseado en una piedra. Éste era luego impreso en arcilla que se dejaba secar. La pieza de arcilla era seguidamente untada con cera, sobre la cual se aplicaba otra pieza de arcilla con el mismo diseño que la primera, obteniéndose así un molde de dos caras (Lévine, 1994: 25). Sahagún especifica que la arcilla de los moldes se hacía a partir de “arena fina molida”, mezclada con “pegamento”, y que su diseño se grababa con punzones de metal. Podía darse también la aplicación de un molde con su diseño sobre un núcleo de arcilla en forma de recipiente, ambos separados por una capa de cera, siendo el resultado un recipiente cuya cara externa presentaba el diseño del molde externo (Sahagún, 1981: 118).

Por otra parte, las técnicas de enchapado y soldadura consistían en unir diversos componentes de metal en vistas a formar una sola pieza, lo cual se lograba mediante el uso de grapas, pliegues, lengüetas o clavillos de metal (enchapado). Las piezas eran también soldadas entre ellas por fundición (soldadura) (Lévine, 1994: 23). Bergsoe llamó a este proceso “fusión autógena” entre las piezas. Sus investigaciones sobre la metalurgia tolita llegaron a la conclusión de que este tipo de fundición se realizaba a través de sopletes, mientras que las huellas de soldadura entre las piezas eran borradas por martillado. En el caso de las aleaciones, el autor señala que existen dos fases en el proceso de fundición: el punto inicial (formación de una masa pastosa) y el de fundición terminal (fundición de toda la aleación). En este caso, la soldadura entre las piezas se realiza en el punto inicial (Bergsoe, 1982: 24). Tal como lo comenta López de Gómara, la soldadura y el enchapado permitían la elaboración de piezas variadas y realistas:

El oficio más primo y artificioso es platero; y así, sacan al mercado cosas bien labradas con piedra y fundidas con fuego. Un plato ochavado, el un cuarto de oro, y el otro de plata, no soldado sino fundido y en la fundición pegado; una calderica, que sacan con su asa, como acá una campana pero suelta; un pez con una escama de plata y otra de oro, aunque tenga muchas. Hacían un papagayo que se le ande la lengua, que se le menee la cabeza y las alas (López de Gómara, 1979: 127).

Por último, la técnica de granulación se caracteriza por el uso de un pegante en la consolidación entre dos piezas. Era aplicada para unir láminas que tenían un alto contenido de oro. El pegante se constituía de carbón y sal de cobre. Al ser calentadas las piezas, éstas se unían al reaccionar el cobre del pegamento con el oro, mientras que el carbón desaparecía. Siendo el cobre un metal menos noble que el oro, requería de una temperatura de calentamiento menor, por lo cual el oro de las piezas no se derretía (Griffin, 1986: 359-361).

Técnicas de decoración

Existían artesanos exclusivamente especializados en la decoración de las piezas: los orfebres, esto es, aquellos especialistas que practican el “arte del que labra objetos artísticos de oro, plata y otros metales preciosos, o aleaciones de ellos” (Espasa Calpe, 1997). Entre los Aztecas, Sahagún los denomina “ajustadores” o artistas (Sahagún, 1981: 115). Efectivamente, esta etapa refleja ya la dominación y el grado de perfección alcanzados por la metalurgia precolombina americana, por lo cual este tipo de técnicas aparece más tardíamente en el Nuevo Mundo en general (Fernández de Córdova, n/d: 3).

Asimismo, el martillado sobre base de madera consistía en aplicar una hoja de metal sobre un molde de madera, martillándola hasta que adquiera la forma de este último (Lévine, 1994: 25). Evidencias del uso de estas técnicas fueron encontradas en México (Arsandaux y Rivet, 1921: 263).

El repujado consistía a su vez en dibujar manualmente un diseño sobre la hoja de metal, dando luego relieve a las líneas del dibujo trabajando las dos caras de la pieza (Lévine, 1994: 25). Sahagún explica asimismo que luego de laminar la plata, los “batihojas” diseñaban motivos con líneas negras en ella, realzándolos mediante el uso de piedras (Sahagún, 1981: 117). En el Ecuador, los tincullpas de Manabí y de la Sierra en general, eran elaborados por repujado. Jacinto Jijón y Caamaño define el tincullpa como una "placa de cobre, más o menos circular, cóncava, con una cara saliente, convencional, repujada en el centro, con dos agujeritos de suspensión en la boca de ésta, que servían al mismo tiempo de sonajas y pectorales" (Jijón y Caamaño, 1920: 2).

Mediante la cinceladura y con la ayuda de un pequeño martillo de piedra y de punzones de metal afilados (oro, cobre, tumbaga), el orfebre grababa figuras en la hoja de oro, las cuales uniformizaba posteriormente (Lévine, 1994: 25).

La técnica de la filigrana por su parte convertía al oro en filamentos, los cuales eran martillados y doblados en función del diseño deseado (idem). El alambre se estiraba por reducción y calentamiento (entre dos piedras pulidas) y calentamiento (Bergsoe, 1982: 23). Los tunjos o figurines votivos muiscas ilustran claramente el uso de este procedimiento. Arsandaux y Rivet (1923: 172) también resaltan su aplicación en la cultura Chiriquí de Colombia.

En cuanto al calado, consistía en recortar la hoja de metal según la forma buscada, valiéndose de martillos de piedra o tijeras de metal (Lévine, 1994: 25). Las hachas-monedas podían también ser fabricadas por esta técnica (Hosler, 1990: 53).

En ciertos casos, los orfebres americanos incrustaban conchas, piedras preciosas o semipreciosas en piezas de metal (Lévine, 1994: 25), tal como lo reveló el ajuar del señor de Sipán, perteneciente a la cultura mochica. En este caso por ejemplo, se recurrió a la incrustación de turquesa en orejeras de oro.

Técnicas de acabado

Aplicada sobre aleaciones, la técnica de la mise-en-couleur buscaba dar brillo a la superficie de las piezas, por lo cual se las pulía con agua y un material abrasivo, como arena fina por ejemplo (Lévine, 1994: 25). Sahagún (1989: 117) menciona el uso de un “pedrusco”, de “alumbre”, y de una “tierra amarilla”, mezclada con sal. En base a análisis químicos, Lechtman (1973: 47) concluyó que la “tierra amarilla” de Sahagún se trata más precisamente de mineral de sulfato férreo hidratado. Las investigaciones de Rivet y Arsandaux (1921: 263) sugieren el uso del “jugo” de una liana natural de Oaxaca. El uso de esta técnica daba como resultado superficies que casi se confundían con el oro. En efecto, el uso de soluciones ácidas provocaba un fenómeno de oxidación que hacía desaparecer el color del cobre de la superficie del objeto (Lechtman, 1973: 48). Esta técnica fue frecuentemente utilizada en la tumbaga.

En el dorado de hoja, se podía también aplicar una capa de oro maleable a un objeto de metal que era luego calentado para consolidar el aplique (Lévine, 1994: 25). El oro empleado tenía que ser puro, de lo contrario, se rompía durante el proceso. Por lo tanto, el oro era previamente refinado en fuego (Sonin, 1986: 295). "La forma más sencilla de unir una hoja de oro a una superficie metálica, es limpiar cuidadosamente la superficie del objeto a dorar y luego bruñir el revestimiento de oro sobre el objeto" (Sonin, 1986: 292).

El bruñido consistía en compactar la superficie del objeto ejerciendo presión sobre él con herramientas de metal, hueso o piedra (Lévine, 1994: 25).El dorado de hoja fue muy practicado en la cultura Milagro-Quevedo (Scout 1986: 292).

Menos usado, por exigir grandes cantidades de oro (Lechtman, 1973: 49), el dorado por fusión o en baño consistía en sumergir a un objeto de cobre en oro líquido (Lévine, 1994: 25). Se reportó el empleo de esta técnica en la cultura Nariño (Scott, 1986: 283). El plateado seguía el mismo procedimiento, pero la plata líquida no era pura, sino aleada con cobre. Para consolidar esta capa superficial sobre la base de cobre, se calentaba al objeto antes de martillarlo, en frío. Finalmente, la aplicación de una sustancia ácida resaltaba la coloración plateada del conjunto (Scout, 1986: 291-292).

Investigaciones químicas y arqueológicas sugieren que los Moches habrían sido los descubridores de otra técnica de acabado: el dorado por depleción (Lechtman, 1982: 9). La depleción consiste en alear el cobre a un metal noble (oro o plata), y martillar hasta que el metal noble se extienda en superficie, calentando la pieza para reforzar su nueva configuración (Lechtman, 1984: 23). De hecho, a través de este proceso, la composición química de los metales nobles los deposita naturalmente en la superficie de la pieza (Lechtman, 1973: 38). Bergsoe explica la importancia del calentamiento de la pieza:

Se llevó a cabo el dorado con la ayuda de una aleación oro-cobre, con un punto de fundición tan bajo que lograron hacer fluir por la superficie del cobre, de la misma manera en que hoy en día se tratan el hierro o cobre con estaño, permitiendo que el estaño líquido se extienda sobre el metal caliente, y dejando gotear el estaño que sobra (Bergsoe, 1982: 81).

Los depósitos de cobre que se podían haber formado en superficie eran eliminados a través del uso de ácidos contenidos en plantas u orina (Lechtman, 1984: 26). La técnica de la depleción era ideal en la confección de grandes piezas, tales como las máscaras chimú por ejemplo (Lechtman, 1973: 49). Un proceso similar debe haber ocurrido con el estaño y el cobre: en México, los aztecas descubrieron que mientras más estaño se añadía a una aleación cúprica, más aumentaba la coloración dorada de la pieza (Hosler, 1986: 72).

Lechtman rastreó también exitosamente el proceso de dorado-plateado por desplazamiento electroquímico. Esta técnica era usada por los romanos, quienes se valían de ácidos inexistentes en el ecosistema andino. Lechtman buscó minerales equivalentes en la zona y experimentó el proceso, obteniendo así piezas cuya composición química es idéntica a la de las piezas andinas elaboradas a través del mismo procedimiento (Lechtman, 1984: 23). El proceso de dorado por desplazamiento electroquímico iniciaba con la preparación y limpieza de una hoja de cobre (la superficie tenía que quedar perfectamente homogénea). Seguidamente, se diluía el oro o la plata en una solución ácida, en la cual se sumergía a la hoja de cobre. Mediante calentamiento del conjunto y extracción de los óxidos formados a raíz del proceso, la pieza adquiría el color del oro o la plata, o matices de éstos, dependiendo de la proporción de metales nobles añadida a la solución ácida (Lechtman, 1982: 18-21). En el caso de la plata, se incluía carbonato de calcio a la solución. El investigador distinguió luego la existencia de una variante del desplazamiento electroquímico: el dorado o plateado sin acción de electrones esto es, el dorado o plateado que se da directamente por reacción del metal noble con el metal de base, mediante la solución ácida. En cambio, en el dorado o plateado por desplazamiento electroquímico, no existe reacción entre el cobre y el metal noble: los iones de la solución ácida depositan al metal noble en la superficie de la pieza, ocultando a la base de cobre (Lechtman, 1982: 24).

A la cultura Tolita le corresponde el mérito de haber sido la primera en el mundo en trabajar el platino. En la provincia de Esmeraldas, el oro contiene naturalmente platino. A fin de realzar el color del oro, las láminas del metal eran martilladas (técnica que recuerda justamente al dorado por depleción) (Bergsoe, 1982: 33). Pero los artesanos de Tolita descubrieron asimismo la manera de trabajar el platino por separado: mezclaban los granos de platino con polvo de oro y carbón vegetal. Mediante calentamiento, el oro se derretía y cubría a los granos de platino, formando una mezcla pastosa. A medida que subía la temperatura, la mezcla se homogeneizaba, y podía finalmente ser martillada (Bergsoe, 1982: 17). A esta técnica se la denominó “revestimiento de platino sinterizado o compenetrado sobre aleaciones de oro” (Scout, 1986: 283).

En base a este breve recorrido de la tecnología metalúrgica americana, el lector tendrá una idea de la riquísima y milenaria tradición orfebre y metalúrgica desarrollada en el continente americano. ¿Qué factores motivaron el despliegue de esta impresionantemente variada parafernalia tecnológica, y dentro de qué contexto se inscribían los asombrosos frutos del trabajo y experiencia de los orfebres?


METALURGIA Y COSMOVISIÓN

A partir de su análisis de las crónicas, Snarskis (1986: 97) subraya que en la época precolombina, el oro sin trabajar no tenía valor. Es quizá por esta razón que los orfebres precolombinos desplegaron una gama impresionante de técnicas de trabajo de los metales. ¿De qué valor(es) precisamente estamos hablando?

Nunca se entenderá la “tradición” metalúrgica andina, el estilo de la metalurgia andina, ni siquiera los sucesos específicos ocurridos en la tecnología metalúrgica andina, a no ser que, como antropólogos, no tratemos de reconstruir esa tecnología dentro de la dinámica de un marco cultural más amplio (Lechtman, 1980: 268, mi traducción).

Este apartado se propone precisamente relacionar la riqueza tecnológica de la metalurgia americana con la cosmovisión de las diferentes culturas que la desarrollaron, indagando más detenidamente acerca del significado del metal entre dichas tradiciones, la ritualidad existente en torno a la metalurgia, y su papel dentro del contexto funerario. Estos aspectos de la metalurgia acuden a técnicas de análisis arqueológicas, desde luego, pero también a herramientas etnográficas y de interpretación iconográfica.

Significados del metal

Más allá de sus alcances técnicos, la orfebrería americana prehispánica da cuenta de una verdadera mitología, de un significado simbólico y ritual (Lévine, 1994: 21). Para sociedades ubicadas cerca de la línea equinoccial, el oro y la plata cobraron un valor simbólico por su asociación respectiva con el sol y la luna (Leiva et al., 1994: 84). Los Muiscas y los Taironas practicaban el culto solar, por lo cual el oro representaba a la fertilidad (Dussán de Reichel, 1975: 49). De hecho, en Mesoamérica se consideraba al oro como un regalo de los dioses (Snarskis, 1986: 97).

Desde sus épocas más temprana, el metal parece haber cobrado un considerable valor simbólico, en base a su color, valor desarrollado posteriormente durante las épocas más tardías (Lechtman, 1980: 285-320). "Fue el deseo de manipular el color lo que estimuló, en última instancia, la excepcional y sofisticada amplitud de técnicas de plateado y dorado que constituyen el sello de distinción de las tradiciones de la metalurgia americana" (Lechtman, 1986: 25).

Don de los dioses, el metal representaba así para el ser humano una forma de volver al orden primordial de simbiosis con la naturaleza, identificada como fuente de energía y de poder (Plazas y Falchetti, 1994: 128). Existen evidencias de los poderes curativos atribuidos a los orfebres, especialmente en los Andes Meridionales (Rodríguez, 1986: 392), en donde se encontraron abundantes piezas metálicas en las tumbas de shamanes al parecer asociados a niveles de estatus (Rex González, 1975: 189). Por consiguiente, se observa la recurrencia de algunos patrones simbólicos en la orfebrería precolombina: éstos se enfocan principalmente en torno a animales, quienes, al igual que el metal, forman parte del cosmos y contribuyen a fortalecer el poder de la pieza, al ser representados a través de ella. Los estudios estilísticos de la orfebrería de Panamá y Colombia por ejemplo, han designado bajo el término de “ornitomorfología” a la recurrencia del motivo del pájaro “con alas extendidas y cola ensanchada”, como ser cosmológico superior (Snarskis, 1986: 99). Investigaciones posteriores han planteado que el pico y las garras del animal podrían representar su fuerza, mientras que el motivo de las alas desplegadas señala protección y majestuosidad (Cooke, 1986: 141-143).

Los mitos de las poblaciones indígenas actuales ofrecen a su vez algunas pistas en cuanto al entendimiento del posible significado simbólico de los metales en la época precolombina (Plazas y Falchetti, 1994: 128). Entre los Tairona por ejemplo, se sugirió el uso de metales nobles en la elaboración de herramientas utilitarias, mientras que la recurrencias de representaciones zoomorfas evoca una posible vinculación entre metal y tótem. De hecho, para los actuales habitantes de la zona (los Kogi), el oro y los demás metales preciosos encarnan un bien común que garantiza la fertilidad del grupo, más allá de una categoría de bien de prestigio (Plazas y Falchetti, 1986: 213). La representación metalúrgica de escenas o personajes pertenecientes al acervo mitológico fue ampliamente practicada por los precolombinos, dentro de esta vinculación a lo sagrado atribuido a los metales, cuya fuerza era incrementada por el significado del motivo representado. Entre los tunjos chibchas analizados por Créqui-Montfort y Rivet (1919: 540) por ejemplo, éstos no dudaron en asociar la representación de una mujer con un niño en brazos al mito de doblamiento universal por una pareja primordial, atribuido a esta cultura.

La ritualidad y la metalurgia

El carácter sagrado y simbólico del metal en la América precolombina justificó la creación de un conjunto de ritos y creencias en torno a las diversas fases del procesamiento de la materia prima.

Diversos investigadores concuerdan en que el proceso de extracción del metal sagrado desde las entrañas de la tierra, era objeto de una serie de rituales. En Colombia, "las minas de oro eran sitios sagrados; para tener éxito en la explotación del mineral se celebraban fiestas a base de chicha y danzas que duraban toda una noche" (Plazas, 1975: 49).

Aún en la actualidad, entre los círculos de mineros de los Andes Meridionales, se acostumbra sacrificar a una llama antes de entrar a la mina, como garantía del éxito de la extracción. Las propias herramientas de los mineros adquieren cierta sacralidad (Rodríguez, 1986: 390-391).

El papel simbólico y sagrado asociado tanto a la extracción como al procesamiento del metal condujo también en muchos casos a la formación de gremios o congregaciones de orfebres. Sahagún hace referencia a los “tlatlalanime” esto es, especialistas que labraban el oro y veneraban al dios Totec (Sahagún, 1981: 114).

Objetos de una serie de rituales durante su proceso de elaboración, los metales llegaron a su vez a formar parte de celebraciones en honor al cosmos que ellos mismos representaban. Jacinto Jijón y Caamaño plantea asimismo que los tincullpas eran usados como instrumentos de percusión en los bailes: constaban de lengüetas de cobre colocadas en los agujeros de la pieza (en forma de jaguar), en representación de la lengua del animal (Jijón y Caamaño, 1920: 9). Entre los aztecas, la presencia de metales nobles jugaba un papel fundamental durante los rituales religiosos: en la fiesta del mes “Toxcatl”, se revestía de cascabeles de oro a las víctimas de los sacrificios, mientras que la imagen de Huitzilipochtli se cubría con una manta guarnecida de una placa de oro (Sahagún, 1981: 283). A partir de sus investigaciones en crónicas, Rivet concluye que en Colombia, el carácter votivo de la orfebrería era fundamental. Aparentemente, las piezas se usaban como ofrendas depositadas en urnas en los templos. Una vez que éstas se llenaban, eran enterradas en lugares aledaños, como en el sitio denominado Quetame (Créqui-MOntfort y Rivet, 1919: 546-547). ¿Mecanismo de restitución a la naturaleza de las riquezas que tan generosamente ofrecía a los seres humanos?

Contextos funerarios

La impresionante cantidad de orfebrería hallada en contextos funerarios precolombinos sugiere la existencia de una vinculación entre muerte y simbología del metal (ver también Reichel-Dolmatoff, n/d). Impacta por ejemplo la presencia de figurines antropomorfos y zoomorfos, así como la de las famosas hachas-monedas, en entierros. Entre los figurines zoomorfos, se destaca la recurrencia de reptiles y batracios (Créqui-Montfort y Rivet, 1919: 534-536). En la mitología quimbaya, la representación de culebras en asociación a figuras antropomorfas fue interpretada como símbolo fálico, o de muerte (Snarskis, 1986: 98). Desde un punto de vista funerario, se podría entender esta vinculación como asociación de la muerte a un principio de fertilidad o de regreso al orden primordial. De hecho, reptiles y batracios acostumbran representar a la inmortalidad, por ser animales que conocen ciclos de mutaciones. Por otra parte, se planteó que la presencia de piezas de metal en los ajuares era indicadora del estatus del difunto. Es el caso de las hachas-monedas: aunque su uso y significado quedan aún relegados al rango de hipótesis, algunas interpretaciones las asocian al carácter de insignias de poder, por lo cual era común incluirlas en los ajuares funerarios de las élites, preferentemente en cantidades proporcionales a su rango (Hosler, 1990: 38).

Desde esta perspectiva, aparece que la cosmovisión se encontraba estrechamente ligada a la organización política precolombina. A continuación abordaremos precisamente el tema del debate sobre el papel de la metalurgia en la complejidad social.


“LA METALURGIA COMO TECNOLOGÍA DE PODER” (Lechtman 1986: 26)

Tal como se lo ha planteado en el caso de la cultura Tolita, el desarrollo de la metalurgia de la América precolombina contribuyó también a dar pie a prácticas de poder en el ámbito político (Leiva, 1994: 79). Veremos en primer lugar que la profesión de orfebre de por sí podría haber significado la adquisición de estatus para los artesanos de sociedades que optaban cada vez más por la especialización del trabajo. Por otra parte, se revisará el uso que se dio a las piezas dentro de las diversas estrategias de ostentación de poder y de complejización social.

La profesión de orfebre

El trabajo de transformación de los metales desde un estado de profano hacia una condición sagrada, otorgó muy probablemente un aura de prestigio a los orfebres, quienes habrían tenido acceso a una posición social particular dentro de su relación con las élites políticas y /o religiosas (Lévine, 1994: 20). En Costa-Rica, se menciona inclusive la posibilidad de la existencia de orfebres jefes de agrupaciones sociales (Snarskis, 1986: 97). De hecho, Langebaek (2000: 35) señala que entre los Muiscas del río Magdalena, los líderes eran los orfebres o especialistas, y el cargo se transmitía por herencia. De cualquier manera, la presencia de especialistas exclusivamente dedicados a la orfebrería sugeriría una capacidad por parte del grupo, a mantener individuos que no tenían que trabajar la tierra (Lévine, 1994: 20). No obstante, Bergsoe subraya que el hallazgo de numerosas piezas “a medio terminar” (en la cultura Tolita por ejemplo), indicaría que no habrían sido obra de orfebres a tiempo completo, lo cual otorgaría un carácter más individualizado a la profesión (Bergsoe, 1982: 32). Se podría sin embargo plantear que las piezas aludidas pertenecen a una etapa temprana dentro del desarrollo estructural de la sociedad Tolita, o que eran simplemente “borradores”.

En la mayoría de casos, las investigaciones apuntan más bien hacia una percepción de la profesión de orfebre como configuración de grupos artesanales fuertemente consolidados y especializados, cercanos a la categoría de gremios (Rodríguez, 1986: 390). En el caso de los Muiscas, existen evidencias de que los orfebres se agrupaban en núcleos especializados, ubicados en centros de producción, aunque también podían desplazarse a diversas zonas, ofreciendo sus servicios (Plazas y Falchetti, 1986: 221). Recordemos asimismo la alusión de Sahagún (1981: 114) a los orfebres aztecas, quienes veneraban además a un dios propio de la agrupación.

Insignias de poder

La capacidad de mantener a artesanos excluidos del trabajo de la tierra evocó la relación entre una mayor eficacia en la explotación de los recursos naturales y el desarrollo de la metalurgia precolombina (Falchetti, 1995: 261).

Snarskis (1986: 90) sugiere inclusive que la representación de hachas se debería a una vinculación simbólica entre explotación del medio y desarrollo de la metalurgia. Esta hipótesis cobraría asimismo sentido al tomar en cuenta el carácter sagrado de la tierra en muchas culturas del continente americano.

Con el desarrollo de la agricultura, se habría además asistido a la estabilización de los grupos sociales, lo cual habría permitido el desarrollo de ideas en diversos aspectos tecnológicos, ideas intercambiadas junto a los bienes a través del comercio regional (Lechtman, 1980: 275). De esta manera, al igual que en la cultura Tolita, los metales habrían pasado a ser el centro de complejas redes de intercambio controladas por los cacicazgos más poderosos a nivel regional (Lévine, 1994: 79). Asimismo, refiriéndose al “occidente venezolano, las Antillas y el norte amazónico”, Falchetti señala:

Los grupos de la zona oriental de las llanuras del Caribe y sus vecinos, estuvieron también involucrados, a través de comunidades intermedias, en un intercambio indirecto que cubría extensas redes al oriente: el occidente venezolano, las Antillas, el Orinoco y el norte amazónico. Allí, distintos grupos carib y arawak dieron a las piezas metálicas un uso extensivo y orientado hacia un intercambio regional que reforzaría los lazos de poder entre élites de distintos grupos (Falchetti, 1995: 291).

Para Langebaek (2000: 33), la existencia de similitudes estilísticas entre el registro metalúrgico de distintas culturas aledañas posiciona a las élites que controlaban al comercio entre esa áreas, como intermediarios imprescindibles a los procesos de intercambio. Desde este punto de vista, la acumulación de piezas metálicas se encontraría estrechamente vinculada a la adquisición creciente de estatus y poder. Volvamos al ejemplo de las hachas-monedas: parece quedar claro que en las provincias ecuatorianas de Cañar y Azuay, éstas representan riqueza y poder. A pesar de no tener evidencia directa de su relación con algún tipo de moneda asociada al comercio o a un tributo, la fragilidad de las hachas-monedas descarta su uso monetario, reforzando la hipótesis de un propósito tributario (Hosler et al., 1990: 51-55), el cual, mediante la acumulación de las piezas, habría contribuido a un fortalecimiento de las élites locales (Lechtman, 1973: 96).

Contrariamente a la mayoría de culturas del Nuevo Mundo, en las Antillas se encontraron pocas piezas metálicas en los ajuares: al parecer, éstas formaban parte de la herencia (Rivet, 1923: 191), asegurando quizá la transmisión del poder de generación en generación. De hecho, la apropiación de la simbología sagrada del metal por parte de las élites habría incrementado su capacidad de influencia y persuasión. Así como el jaguar representaba a un ser peligroso, potente y asesino, el metal concedía fuerza a quien lo poseía y ostentaba. En Costa-Rica, existen evidencias de que los guerreros se vestían de oro (Snarskis, 1986: 100). Se dice inclusive que las paredes del palacio del Inca estaban cubiertas de placas y adornos de oro (Cieza de León, 1962: 144). La representación de la cotidianidad en los figurines antropomorfos metálicos (vestimenta, tecnología…) (Créqui-Montfort y Rivet, 1919: 537), fue quizá una forma de marcar implícitamente el “área de influencia” dominada por las élites poseedoras de dichos objetos.

Orfebrería y complejidad social

Es comúnmente aceptado que la metalurgia se desarrolló en América dentro del contexto del nacimiento de la agricultura, lo cual habría generado cierta competencia por las tierras arables, así como la necesidad de una redistribución de los recursos, dentro de una ritualización del proceso agrícola, supervisada por caciques, guerreros y sacerdotes, iniciándose así una estratificación del grupo social (Snarskis, 1986: 90). Así, el oro, símbolo de poder y prestigio entre los pueblos prehispánicos, habría sido reservado a las élites, revelando la presencia de sociedades complejas (Lévine, 1994: 20).

Sin embargo, los estudios de Langebaek en la actual Colombia, sugieren que una relación más compleja subyace entre metalurgia y proceso de estratificación social. El autor establece efectivamente una distinción entre dos tipos de cacicazgos: los cacicazgos por “liderazgo institucionalizado” (competencia entre los líderes) y cacicazgos institucionalizados (existencia de una élite que asegura un control de su área de influencia, beneficiando a su vez de un tipo de consumo especializado) (Langebaek, 2000:16). El arqueólogo aborda luego el tema de la aparente “decadencia” estilística de la orfebrería precolombina colombiana, a lo largo de los siglos, luego de una primera fase “espectacular” desde un punto de vista artístico (idem: 17). Desde esta perspectiva, Langebaek sugiere la estrecha vinculación entre esta evolución del estilo metalúrgico, y el paso de sociedades de cacicazgo personalizado a sociedades cacicales institucionalizadas. El investigador plantea efectivamente que en el primer caso, la necesidad de imponerse frente a otros líderes potenciales, condujo a las élites a producir piezas espectaculares, destinadas a asombrar (idem: 18). Por consiguiente, el “liderazgo eran tan efímero como la vida”, por lo cual los ajuares de las élites en los cacicazgos tempranos, solían rivalizar en suntuosidad (idem: 34). En cambio, el segundo tipo de cacicazgos se habría caracterizado por la existencia de élites estables, que buscaban la acumulación dentro de una voluntad de sistematización de su poder, mediante el implemento de lógicas de productividad, de estandarización y de control sobre las áreas domésticas (idem: 23). De hecho, a nivel metalúrgico, la elaboración de figurines votivos de oro durante el período de cacicazgos personalizados, se daba en centros especializados, mientras que en la segunda fase de cacicazgos, ocurría principalmente en el ámbito doméstico (idem: 31). Ya no se buscaba asentar el poder a través de la elaboración de piezas refinadas, sino el control de la producción a través de la estandarización, tal como lo revelan las numerosas narigueras de tumbaga halladas en los sitios del período tardío o reciente (900 d.C.) (idem: 23). Si bien debieron existir insignias de poder entre las élites, éstas eran transmitidas de generación en generación, mas no incluidas en los ajuares funerarios (idem: 34). En último término,

Los objetos de oro no sirvieron sólo para pensar; también fueron producidos y manipulados políticamente, esto es, consumidos en el contexto de la economía política de los cacicazgos. Abarcan aspectos tecnológicos e ideológicos que no son sólo fascinantes en sí mismos sino que además, se relacionan con las formas en que las sociedades se organizaron política y económicamente (Langebaek, 2000: 36).

A pesar de todo, cabe resaltar que, al parecer, el valor simbólico del metal permanece intacto entre los dos tipos de cacicazgos, aunque en el último caso esté más estrechamente ligado a un grupo de poder específico.

Un fenómeno parecido habría ocurrido con la expansión del imperio inca, el cual habría generalizado la producción y uso de herramientas utilitarias de bronce estannífero.

Sospecho que la expansión del bronce estannífero a lo largo del imperio inca fue un acto político. El bronce estannífero era la aleación real por excelencia, el estándar del imperio. El Inca, profundamente familiarizado con su elaboración y en plena medida de controlar los abastos de estaño, podía imponer el bronce estannífero a lo largo de los Andes de la misma manera en que impuso el quechua. Ambas fueron tentativas de unificar, estandarizar y controlar aspectos de la cultura que podían fácilmente ser asociados a un sentimiento de pertenencia al Estado (Lechtman 1980: 322, mi traducción).

Efectivamente, a través de su compleja organización de explotación de las minas, los Incas contribuyeron a reforzar el significado sagrado del metal, íntimamente ligado a la naturaleza divina de la familia real (Lechtman, 1980: 319). Cieza de León (1962: 269) subraya que los indígenas de toda la región de Charcas extraían plata exclusivamente destinada a los Incas.

Desde otro punto de vista, Lunford realizó un trabajo relevante respecto a la relación entre estilo metalúrgico y estrategias de poder. Fundamentó su estudio en el análisis estilístico de dos culturas distintas que conocieron no obstante su auge metalúrgico durante el mismo período: Calima (Colombia) y Sicán o Lambayeque (Perú). En ambos casos, las piezas de orfebrería fueron asociadas a contextos funerarios y de prestigio. Si bien existe un parecido en las técnicas empleadas por ambas culturas, los diseños varían: Calima acudió masivamente a formas redondeadas y realistas, mientras que Sicán se caracterizó por un estilo más angular. Lunford identifica estas diferencias como vectores de concepciones distintas del poder: a través de su realismo y refinamiento, las piezas calima habrían apuntado hacia un deseo de perpetuar las élites y de impresionar, mientras que la morfología estilística sicán sugiere más bien rigidez, estandarización en las lógicas de poder (Lunford, 1986: 329-335). Quizá la teoría de Lunsford amerite la búsqueda de pruebas materiales suplementarias, aunque cabe señalar que el desarrollo de la arqueología cognitiva puede aporta mucho al respecto.

A modo de balance, recalcaremos que, a través de la asociación del metal a estrategias políticas y económicas entre las diversas culturas del Nuevo Mundo, la metalurgia dejó muy pronto de ser un fenómeno aislado, incorporándose más bien a las dinámicas políticas, religiosas, económicas y demográficas de todo un continente. ¿Qué zonas fueron definidas por estas dinámicas, y en base a qué tipo de criterios respectivamente?


LA NOCIÓN DE PROVINCIAS METALÚRGICAS

La provincia metalúrgica configura un área de influencia constituida por diversas culturas que desarrollaron técnicas y estilos metalúrgicos similares en base a un contacto continuo y al intercambio de patrones culturales. Más allá de simples similitudes técnicas o estilísticas, la provincia metalúrgica es indicadora de la ideología religiosa, política, económica y social que fue intercambiada junto a técnicas y estilos. Desde esta perspectiva, las áreas metalúrgicas del continente americano se podrían dividir en: zona de los Andes Meridionales (Sur de Perú, Bolivia, Chile y Argentina), Andes Septentrionales (Ecuador y norte de Perú), Caribe y Mesoamérica. No obstante, esta segmentación geográfica no excluye la contemplación de múltiples contactos entre cada una de estas provincias metalúrgicas, como se verá a continuación.

Andes Meridionales

Desde épocas muy tempranas, la cultura Chavín fue la primera en desarrollar técnicas de trabajo del oro y del cobre (Fernández de Córdova, n/d: 1). Efectivamente, Lechtman propone que el descubrimiento del cobre se dio entre los pueblos nómadas de la Sierra andina, al llevar a pastar a los animales en las tierras altas. Estas culturas habrían luego intercambiado el cobre con las poblaciones agrícolas del litoral, difundiendo así la metalurgia (Lechtman, 1980: 283). Esta difusión habría a su vez repercutido sobre el altiplano boliviano. Posteriormente, habría sido llevada hacia Chile y Argentina. De hecho, la metalurgia aparece ahí siglos después de Chavín, y los patrones estilísticos hacen pensar en una influencia desde la cultura Tiahuanaco (Rex González, 1975: 187).

Al parecer, en sus períodos más tempranos, algunas culturas del noroeste argentino habrían desarrollado ya un trabajo incipiente del oro. Con la llegada de grupos de selva tropical y de los Andes, la cultura Condorhuasi habría desarrollado la especialización metalúrgica, a través del culto al felino y la elaboración de objetos suntuarios (Rex González, 1975: 188-189). Estas nuevas influencias se reflejaron seguramente en otros patrones culturales, como por ejemplo la agricultura. Lo cierto es que la metalurgia argentina precolombina se caracterizó por un proceso de desarrollo complejo, marcado por pausas, creaciones propias y contribuciones foráneas (idem: 191). A su vez, Bolivia y Chile habrían configurado una zona de intercambio metalúrgico.

La hipótesis que se puede establecer es que estas dos implantaciones corresponden a fases diferentes y complementarias de un mismo proceso de producción en el cual el espacio andino meridional es utilizado como un conjunto por parte de diferentes unidades sociales y políticas que comparten los conocimientos y el trabajo en la producción de objetos de metal (Rodríguez, 1986: 389).

Evidentemente, la invasión incaica plasmará más marcadamente la configuración de una provincia metalúrgica específica, caracterizada por el trabajo del bronce estannífero, como parte de las estrategias de dominación del imperio. En Argentina, la llegada de los incas cambió el tipo de objetos producidos, y significó una explotación más sistemática de las minas de oro, como las de Incahuasi o Aconquija (Rex González, 1975: 195).

Andes Septentrionales

Esta zona abarca más precisamente el actual territorio del Ecuador, así como el norte del Perú.

Análisis del registro metalúrgico han revelado que las provincias del norte del Ecuador (Esmeraldas, Carchi, Imbabura) cuentan con mayor cantidad de objetos de oro, mientras que en el sur abundan las piezas de cobre y plata. La presencia de cobre y plata en el norte, o de oro en el sur, señalaría consiguientemente la existencia de intercambios estilísticos y metalúrgicos (Rodríguez, 1977: 6). En su estudio sobre los tincullpas manabitas, Jijón y Caamaño señala que el cobre no abunda en Manabí, ni en la costa ecuatoriana en general, mientras que las similitudes entre estos tincullpas del litoral y la iconografía cañari, irían en el sentido de un intercambio entre estas dos regiones en torno al cobre (Jijón y Caamaño, 1920: 5). En la Sierra también se encontraron tincullpas, pero Jijón y Caamaño sugiere que su presencia se debe a su vez a la influencia manabita (idem). Existen también evidencias de la influencia de culturas peruanas del norte sobre el estilo cañari. Lo cierto es que el desarrollo del trabajo del cobre durante el período de integración en la costa ecuatoriana, sugiere la formación de un área de intercambio entre los distintos pisos ecológicos de la zona, incluyendo a las culturas del norte del Perú, poseedoras también de yacimientos de cobre (Rodríguez, 1977: 11). Desde esta perspectiva, tanto la Sierra y la costa ecuatoriana como el norte del Perú se habrían influído mutuamente, plasmándose una vez más esta influencia con la invasión incaica.

Caribe

Esta zona metalúrgica comprendería el área septentrional de Mesoamérica, y los modernos territorios de Colombia y del norte de Venezuela.

Los grupos de la zona oriental de las llanuras del Caribe y sus vecinos, estuvieron también involucrados, a través de comunidades intermedias, en un intercambio indirecto que cubría extensas regiones al oriente: el occidente venezolano, las Antillas y el norte amazónico (Falchetti, 1995: 291).

Así, Rivet señala que el descubrimiento de la tumbaga se lo debemos a tribus arawak, caribe o guyanesas (Arsandaux y Rivet b), 1923: 78). En la Amazonía septentrional, el investigador menciona que los habitantes de Carari y Merari, así como las tribus asentadas entre los ríos Coary y Yurúa, tenían adornos de tumbaga que recibían de las tribus arawak. La evidencia de contacto entre los arawak y estas tribus pudo ser comprobada mediante el establecimiento de similitudes lingüísticas entre las denominaciones de la tumbaga en esos grupos (Rodríguez, 1923: 189). En base a investigaciones lingüísticas adicionales, Rivet planteó además la hipótesis según la cual los caribes difundieron luego la tumbaga en la cuenca del río Magdalena, lo cual permitió posteriormente que dicha aleación sea perfeccionada por los Chibchas a través de la técnica de la mise-en-couleur (Rivet, 1923: 193-195). De esta manera, los Taironas y Muiscas (o Chibchas), habrían a su vez contribuido a la difusión de la tumbaga (Plazas y Falchetti, 1986: 210), desde las tierras bajas, hasta la serranía (Dussán de Recihel, 1975: 48).

El centro primitivo del descubrimiento de estas técnicas debe entonces ser atribuido al hinterland guyanés, precisamente en esta región en que la leyenda situaba al famoso El Dorado, aquel país de prodigiosas riquezas que tantos aventureros se esforzaron en vano en alcanzar. Una vez más, en base a una leyenda, se encuentra un hecho exacto que la imaginación de los hombres tuvo gusto en deformar, amplificándolo (Rivet, 1924: 23).

Se comprobó que la metalurgia en Panamá llegó desde Colombia a través del intercambio. Se habla de un estilo internacional (400-900 d.C.) “colombo-ístmico” (Howe, 1986: 179). Las culturas más representativas de este estilo son Quimbaya (Colombia) y Darién (Panamá) (Falchetti, 1995: 252). Si bien existen algunas diferencias a nivel técnico (Howe, 1986: 112), ambos estilos acudieron al uso de la cera perdida, la filigrana, la tumbaga, la mise-en-couleur así como a aleaciones de oro y plata, por lo cual no cabe duda que estas dos zonas pertenecen a una misma provincia metalúrgica (Snarskis, 1986: 94). En Sitio Conte (Panamá), la técnica de elaboración de colgantes expresa claramente la influencia quimbaya, especialmente a nivel del pulido y el acabado (Howe, 1986: 173). Por otra parte, existe la posibilidad de que este intercambio técnico y estilístico (Falchetti, 1979: 34) haya sido acompañado por la difusión de motivos cosmológicos y políticos, como el del “ave de las alas desplegadas”, por ejemplo (Cooke, 1986: 148).

Mesoamérica

La aparición tardía y repentina de la metalurgia en Mesoamérica pone en duda la posibilidad de una invención independiente, sobre todo si se toma en cuenta los milenios que fueron necesarios a los orfebres andinos para lograr el desarrollo de sus técnicas. Parece que la primera aleación autóctona se dio en el oeste de México, expandiéndose luego al resto de Mesoamérica (Hosler, 1981: 122-124), quizá a través de los comerciantes, tal como lo narra Sahagún:

Y luego también los comerciantes sacaban las joyas de oro y piedras que sabían que eran preciosas en aquella provincia, una de ellas era como corona de oro, otra era como una plancha de oro delgada y flexible, que se ceñían a la frente, y otras de otras maneras; todas estas joyas eran para los señores. Llevaban también otras para las señoras, que eran unos vasitos de oro donde ponen el huso cuando hilan, otras eran orejeras de oro, otras orejeras de cristal. También llevaban para la gente común orejeras de piedra negra que llaman “itztli”; y otras de cobre muy lucidas y pulidas (…) (Sahagún, 1981: 126).

Cabe observar aquí que, al igual que en Suramérica, los metales eran asociados a diferencias de rango y estatus, por lo cual la probable difusión desde la región andina hacia Mesoamérica no “viajó” sola.

Desde 500-700 hasta 1200-1300 d.C., se dio una difusión tecnológica masiva desde México hacia el suroeste del actual Estados-Unidos, especialmente a nivel metalúrgico, tal como lo revelan campanas y cuentas de cobre halladas en los sitios Casa Grande y Chihuahua tardíos (Willey, 1966: 237). Esta influencia vino a sumarse a la difusión metalúrgica originaria de los Grandes-Lagos:

En cambio, la industria del cobre tuvo seguramente dos centros independientes: en la región del lago Superior por un lado, en el extremo Noroeste por el otro, en donde los indígenas encontraban el cobre nativo en abundancia, usándolo al estado puro; de la primeras de estas regiones [esta industria] se extendió hacia toda la parte oriental de la América septentrional, sin que se pueda vislumbrar vinculación alguna entre la industria suramericana o mexicana (Arsandaux y Rivet b), 1923: 196).

De hecho, la metalurgia de la zona nunca alcanzó el perfeccionamiento técnico y estilístico de las últimas áreas mencionadas en esta cita de Rivet.

Contactos entre las diversas provincias metalúrgicas del continente

La complejidad de las dinámicas de contacto e intercambio entre las distintas culturas del continente no reduce a las provincias metalúrgicas a la condición de islotes aislados entre sí. Los contactos más relevantes hallados en el registro metalúrgico actualmente conocido, ponen de relieve el contacto entre: la región andina meridional, el Caribe y los Andes septentrionales por un lado; la región andina septentrional y el Caribe; la región andina y Centro y norteamericana; y, finalmente, el Caribe, Centro y Norteamérica.

Al parecer, el contacto entre el Caribe y el área andina meridional se dio principalmente por medio de la tumbaga, anteriormente desconocida en esta última zona. A su vez, los orfebres del altiplano peruano-boliviano habrían transmitido a los Caribeños sus conocimientos sobre el trabajo del cobre, el bronce y la plata (Rivet, 1923: 195).

Por otra parte, el contacto entre la provincia metalúrgica de los Andes Meridionales y los Andes Septentrionales se valió principalmente del bronce estannífero, difundido por los Incas hacia la Costa norte de Perú, y el Ecuador, en que era desconocido. Jijón y Caamaño sugiere además que esta difusión debió haberse originado en las principales zonas productoras de estaño de dicha provincia esto es, Bolivia y Argentina. Cita asimismo a la mina de Caracollo, explotada durante tiempos prehispánicos (Jijón y Caamaño, 1920: 38). El motivo de la relación entre estas dos provincias metalúrgicas cobra luego su sentido dentro de la expansión del imperio inca.

La tumbaga será una vez más objeto de encuentro entre dos otras provincias metalúrgicas: las del Caribe y de los Andes Septentrionales. Rivet proporciona efectivamente evidencia de la llegada de la tumbaga al Ecuador, mediante la orfebrería chibcha (Arsandaux y Rivet, 1923: 195).Estudios técnicos y estilísticos dedujeron asimismo la vinculación entre la orfebrería Nariño y del norte ecuatoriano, ambas caracterizadas por una amplia utilización de la técnica de la fusión (Scout, 1986: 297).

El posible contacto (directo o indirecto: este punto es aún motivo de debate) entre los Manteños del Ecuador y poblaciones del litoral oeste mexicano es un tema que ha sido ampliamente tratado. De hecho, los Manteños habrían podido ser unos de los actores claves en el origen de la metalurgia en esa región de Mesoamérica. Además, por su vocación de mercaderes, los Manteños se hallaban en constante relación con las dos otras provincias metalúrgicas de Suramérica (Caribe y Andes Meridionales), por lo cual habrían llevado a México un verdadero acervo estilístico y técnico en orfebrería (Hosler, 1981: 123-124). En otro de sus estudios, Hosler plantea asimismo que las hachas-monedas traídas desde Ecuador y Perú habrían “interesado” a los aztecas (Hosler et al., 1990: 2).

La larga revisión de la evidencia etnohistórica, arqueológica y de laboratorio referente a las hachas-monedas y demás piezas asociadas, sugiere que el fenómeno de las hachas-monedas como artículo dotado de valor de cambio, en circulación a través de transacciones de persona a persona así como en relaciones tributarias a escala más amplia y a nivel de mayor complejidad organizacional, se desarrolló en etapas. Parece haber tenido sus comienzos tecnológicos en Lambayeque, fue rápidamente asimilado y transformado en algo cercano a su aspecto final, a través de los crecientes cacicazgos de la costa central y meridional del Ecuador, siguiendo en último término una ruta marítima hacia la costa pacífica de México, en donde asumió su máxima expresión (Hosler et al., 1990: 70, mi traducción).

Sin embargo, en un trabajo anterior, la misma autora sugería que la técnica del bronce estannífero fue introducida en México desde los Andes Meridionales, ya que, al parecer, surgió en Mesoamérica antes que los Incas la difundieran en Suramérica, cuando en los Andes Septentrionales aún predominaba el uso del bronce arsénico (Hosler, 1981: 127). Por último, las investigaciones de Snarskis acerca de las razones del desarrollo tardío de la metalurgia en Mesoamérica plantean que con la desagregación de la zona maya, se incrementaron los contactos con el área del Caribe (Panamá y Colombia), favoreciendo así la llegada de la metalurgia a la zona, lo cual significó un cambio notable en las técnicas y artísticas de objetos utilitarios en Mesoamérica (Snarskis, 1986: 93).

Por otro lado, Rivet demostró que, a más de la influencia de sus pares septentrionales y sus vecinos mexicanos, la metalurgia de Florida habría captado influencias desde las Antillas y el Caribe. El investigador fundamenta su hipótesis en base a evidencias lingüísticas de la denominación nativa de los metales en ambas zonas (Rivet, 1923: 191, 196).

Como vemos, el avance de los estudios técnicos y estilísticos de la orfebrería precolombina puso de relieve la existencia de relaciones entre culturas, más allá de las fronteras geográficas u ideológicas. Si bien la asociación entre metal y poder compartida por estas culturas, parece explicar en parte la facilidad con que las técnicas metalúrgicas se difundieron de una cultura a otra, aún queda por investigar más detalladamente sobre el contenido ideológico vehiculado por tales intercambios.


CONCLUSIÓN

La considerable destrucción sufrida por el registro metalúrgico precolombino, así como la imposibilidad de estudiar a muchas piezas “en contexto”, dificultan considerablemente el cariz antropológico del trabajo arqueológico a saber, la reconstitución y reflexión sobre el significado cultural de las piezas. De hecho, si bien se percibe vagamente hasta qué punto la metalurgia es reveladora, existen aún carencias importantes acerca de lo que se conoce sobre sus implicaciones simbólicas y políticas, especialmente a nivel del intercambio. ¿Cómo explicar que algunas culturas receptoras de técnicas metalúrgicas hayan asimismo incorporado ciertos valores culturales que aquellas representaban para el grupo difusor? ¿En base a qué criterios otras optaron más bien por una “personalización” de influencias foráneas? La escasa evidencia material a disposición ofrece relativamente poca información al respecto, amenazando a la investigación con el espectro del callejón sin salida.

Afortunadamente, los progresos de la ciencia tanto desde la teoría como la técnica, relanzan la esperanza de nuevos descubrimientos que contribuyan al esclarecimiento de múltiples incógnitas, a través del aporte de nuevas perspectivas de conocimiento. Se podrían citar los casos de la arqueología cognitiva o de propuestas teóricas sobre la manifestación de los fenómenos políticos y sociales. Sin olvidar que, desde el punto de vista de la cultura concebida como totalidad, los avances teóricos sobre aspectos determinantes de las culturas del pasado, contribuyen al esclarecimiento de otros factores y manifestaciones culturales. De manera que el despliegue de políticas de protección del patrimonio arqueológico (especialmente latinoamericano), es imperativo dentro del desarrollo de perspectivas teóricas nuevas, propuestas por una colaboración entre arqueólogos, y a través de planteamientos multidisciplinarios. Reposa entre las manos de los arqueólogos el contribuir a enmendar los errores del pasado, haciendo revivir la riqueza y memoria cultural de pueblos que fueron injustamente borrados de los grandes escenarios de la historia.


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