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sábado, 25 de julio de 2015

Prefacio/Préface de « Lorenzo Cilda », de Víctor Manuel Rendón


Claude & Catherine Lara

Presentación:

Como lo hemos escrito ya en otra ocasión (1), «El libro de Víctor Manuel Rendón, Olmedo, homme d’État et poète américain, chantre de Bolívar, publicado en París en 1904 (2) es, según el notable erudito ecuatoriano, el jesuita Aurelio Espinosa Pólit, el mayor esfuerzo literario realizado por un diplomático ecuatoriano en el extranjero” (3). Debemos añadir a esta afirmación la novela Lorenzo Cilda, escrita en francés, publicada por el “Journal des Débats” (1906), y que recibió en 1933 el premio del idioma francés “médaille de vermeil”, otorgado por la Academia de la Lengua Francesa (4). Traducido al español por el mismo autor en 1917 (ver su prefacio reproducido más abajo y el artículo de M. Eymar), ingresó a la Academia de la Lengua Española, en 1921.

El prefacio a la versión francesa de la novela que transcribimos más adelante, fue escrito por Édouard Clavery, diplomático francés quien estuvo en el Ecuador de 1921 a 1925, y fue otro notable representante de la amistad franco ecuatoriana. Es el autor de un gran ensayo sobre Eugenio Espejo, escrito en francés "Espejo, précurseur de l'indépendance, Agent et propagateur dans son pays de l’influence intellectuelle et politique française (1747-1795)".

Posteriormente, publicaremos otros textos de Víctor Manuel Rendón, escritor bilingüe, quien, a pesar de ser tan poco conocido tanto en el Ecuador como en Francia, es uno de los mayores representantes de las relaciones franco ecuatorianas del inicio del siglo XX en los campos de la literatura, la diplomacia y la medicina.

(1) Pusimos en línea, en francés, “la victoire de Junín, hymne à Bolívar” y su traducción de las cartas del Libertador a José Joaquín Olmedo, así como las respuestas del poeta ecuatoriano y “la bataille de Miñarica et les lettres de José Joaquín Olmedo au Général Juan José Flores”.
(2) Víctor Manuel Rendón: Olmedo; homme d’État et poète américain, chantre de Bolívar. Librairie Nilson. Per Lamm, Successeur; 7. Rue de Lille, 7 Paris, 1904.
(3) Diccionario biográfico Ecuador, Rodolfo Pérez Pimentel
(4) A la Mémoire du Général Clavery cuatro sonetos por el Dr. Víctor Manuel Rendón de la Facultad de la Medicina de París, antiguo Comisario General del Ecuador en la Exposición Universal de París, 1900, Ministro Plenipotenciario de su país en Francia 1903-1914. Le Vésinet. Imprimerie Ch. Brande, 1938; p. 12
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Présentation:

Claude et Catherine Lara

Tel que nous l’avions écrit précédemment (1), «le livre de Víctor Manuel Rendón Olmedo, homme d’État et poète américain, chantre de Bolívar, publié à Paris en 1904 (2), est, -selon le grand érudit équatorien, le jésuite Aurelio Espinosa Pólit-, le plus grand effort littéraire jamais réalisé par un diplomate équatorien à l’étranger» (3). Il faut ajouter à cette affirmation le roman Lorenzo Cilda, écrit en français, publié par le Journal des Débats (1906), et qui a reçu un Prix de l’Académie Française, le Prix de la langue française médaille de vermeil, en 1933 (4). Traduit en espagnol par l’auteur lui-même en 1917 (voir sa préface ci-dessous et l'article de M. Eymar), il est en outre entré à l’Académie de la langue espagnole (Real Academia de la Lengua), en 1921.

La préface de la version française du roman -que nous reproduisons également plus avant-, a été écrite par  Édouard Clavery, diplomate français qui a séjourné en Équateur de 1921 à 1925. Autre grand représentant de l’amitié franco-équatorienne, il est l'auteur d’un essai remarquable sur Eugenio Espejo: "Espejo, précurseur de l'indépendance, Agent et propagateur dans son pays de l’influence intellectuelle et politique française (1747-1795)".

Nous publierons par la suite d’autres textes de Víctor Manuel Rendón, écrivain bilingue, qui -malgré le fait d'être trop méconnu encore aussi bien en France qu’en Équateur-, est l’un des plus grands représentants des relations franco-équatorienne du début du XX° siècle, dans les domaines de la littérature, la diplomatie et la médecine.

(1) Nous avons mis en ligne et dans leur intégralité “la victoire de Junín, hymne à Bolívar” et les lettres du Libérateur à José Joaquín Olmedo ainsi que les réponses du poète équatorien  et “la bataille de Miñarica et les lettres de José Joaquín Olmedo au Général Juan José Flores”.
(2) Víctor Manuel Rendón: Olmedo; homme d’État et poète américain, chantre de Bolívar. Librairie Nilson. Per Lamm, Successeur; 7. Rue de Lille, 7 Paris, 1904.
(3) Diccionario biográfico Ecuador, Rodolfo Pérez Pimentel
(4) A la Mémoire du Général Clavery quatre sonnets par le Dr. Victor Manuel Rendón de la Faculté de Médecine de Paris, ancien Commissaire Général de l’Équateur à l’Exposition Universelle de Paris 1900, Ministre Plénipotentiaire de son pays en France 1903-1914. Le Vésinet. Imprimerie Ch. Brande, 1938; p. 12

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Al lector (prefacio de la versión española de Lorenzo Cilda, por Víctor M. Rendón)

La Editorial "Le Livre Libre" presenta al lector la novela ecuatoriana LORENZO CILDA, que la revista Hojas Selectas, de Barcelona publicó en 1917. Es la versión al castellano que hice del texto original, escrito en francés durante mi permanencia estival en el pintoresco pueblo del cantón suizo de Vaud, Ballaigues, vecino a la frontera francesa.

El decaimiento de mis fuerzas físicas, ocasionado por el surmenage o sea el exceso de trabajo en el fervoroso desempeño patriótico de mis funciones de Comisario General del Ecuador durante la Exposición Universal de 1900, me obligó, por prescripción médica, a buscar descanso y tranquilidad en aquella alta población alpestre (1). Mi inacción, sin embargo, me pesaba allí, y, llevando siempre la mirada a la querida patria, que había obtenido espléndido triunfo en el grandioso certamen internacional, me dediqué, mientras mi quebrantada salud se reponía, a exaltar, una vez más, en tierra extranjera, con dulces reminiscencias, mi inolvidable cuna guayaquileña. Escribí así la novela LORENZO CILDA que, en idioma francés, pemanece inédita. Mi inmerecido nombramiento de correspondiente a la Academia Española me impulsó a preferir el idioma de la madre patria y mío propio en mis producciones literarias, que antes habían sido únicamente francesas, como mi instrucción secundaria lo fue.

LORENZO CILDA es, pues, una novela -si no patriótica- en la cual revelo ese mi afán -que ha sido comentado- de servir siempre con amore a la patria en mis obras literarias como en la carrera diplomática, divulgando sus encantos y sus glorias. En este libro resalta también el vivo anhelo de hacer patente mi profunda gratitud a Francia, gran nación hospitalaria y gloriosa, en cuyas abundantes deliciosas fuentes del saber humano bebí desde la adolescencia, ansiando saciar provechosamente mi sed de cultura intelectual.

Aunque el argumento de la novela es obra de imaginación, la tela de fondo copia fielmente el cautivante aspecto de la Perla del Pacífico y de los florecientes campos tropicales en el año 1905, en que acaeció el terrible incendio que he narrado. Guayaquil fue entonces casi completamente destruido. Desde aquella fecha la sirena del Guyas, resurgida rápidamente, se ha extendido, poblado y embellecido inmensamente. Los adelantos del progreso en edificios, construídos hoy con cemento armado, en higiene y ornamentación, en artes y deportes, colocan al puerto principal de la República del Ecuador en buen rango entre las hermosas ciudades modernas. Desgraciadamente los campos en que florecían las famosas huertas cargadas de áureos frutos se han desmejorado, asolados por plagas de parásitos vegetales y de insectos, sin que se pierda la esperanza de que la naturaleza les devuelva su primitivo encanto. Son, aún así, desmejorados, tan atrayentes que, con su lujuriante vegetación tropical, sorprenden al extranjero que visita las haciendas de las ubérrimas orillas del río Grande, del río Daule y de los afluentes de ambos. Quien, después de leer mi novela, fuera a contemplar los sitios campestres descritos en ella los hallaría hoy, en su aspecto general, casi idénticos a lo que eran hace un cuarto de siglo, sobre todo en aquellas lozanas tierras que rodean a la risueña Balzar donde he situado y realmente existe, fértil y bellísima, la extensa hacienda a la cual he dado el nombre de una de sus arboledas, "Almacigal"; mas, para reconocer a Guayaquil en la descripción que de mi ciudad natal he trazado, necesario le fuera acudir a crónicas y fotograbados de la época en que se realizó la transformación política del país que, derrocando al partido progresista, entroncando con el conservador, encumbró al partido liberal-radical. He creído así indispensable indicar en breves notas al pie de algunas hojas de este libro los más notables cambios acaecidos en el desarrollo último de la alegre cuanto laboriosa hija del Ecuador.

En el curso de acontecimientos novelescos imaginados en LORENZO CILDA se desarrollan episodios realmente históricos, faustos o trágicos, políticos y sociales. A la penetración del lector no escapará la intención simbólica en el nudo de la novela. Allí dos mujeres, Delia y Elena, se apoderan sucesivamente del corazón de Lorenzo y, a una, la asedian luego implacablemente hasta que cese de vacilar entre ambas. Elena representa el vivo cariño a Francia, la tierra de adopción. Delia simboliza el profundo amor al suelo patrio, el Ecuador. ¿Cuál de ellas triunfa? El curioso lector lo sabrá si, con su acostumbrada benevolencia, me favorece una vez más, leyendo esta novela, cuyos defectos son muchos a pesar de haberme esforzado en lograr que exhale la dulzura del poético ambiente ecuatoriano. Por escasa de mérito que le parezca, me ilusiono con que en ella se sentirá, enardecido por el amor patrio, latir conmovido el corazón de quien la escribió ingenuamente, tributando sincero homenaje filial a cualidades y atractivos de su hermosa cuna.

Niza, 24 de mayo de 1929.

NOTAS:
(1) El surmenage, cuyos efectos describí, sin sospechar que habría de experimentarlos en el servicio de la patria, fue, curiosa coincidencia, el tema de mi tesis de doctorado premiada por la Faculta de Medicina de París.

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Préface

Par Ed. Clavery, Ministre plénipotentiaire

 Mon très distingué collègue et ami, M. Víctor Manuel Rendón, m’a fait l’honneur de me demander quelques pages de préface pour présenter son attrayant roman Lorenzo Cilda, publié par « Le Journal des Débats » avec un vif et mérité succès.

À vrai dire, point n’est besoin d’introduction quelconque pour le charmant et délicat récit que le lecteur curieux d’horizons nouveaux, de visions exotiques, ardentes, va trouver plus loin. Dès les premières pages, l’attention est saisie, entraînée par l’évocation du merveilleux pays qui, là-bas, sous l’Équateur, fait briller les neiges éternelles, les cimes étincelantes des volcans de la Sierra au-dessus de la luxuriante végétation tropicale de la Costa.

Point donc n’était besoin de présentation spéciale ; mais, comment résister à l’aimable insistance d’un ami si noblement fidèlement rencontré, voici dix ans, dans le couloir interandin, à Riobamba, où, en descendant de l’excellent wagon-salon mis à ma disposition par le gouvernement équatorien, une voix me salua de la façon la plus cordiale dans le français le plus pur. C’était celle de M. Víctor Manuel Rendón qui, pendant les douze années ayant précédé la grande guerre, avait représenté son pays à Paris avec autant d’autorité que de talent. Dès les premiers mots naquit la sympathie réciproque. M. Rendón avait voulu souhaiter la bienvenue à un collègue inconnu de lui, dont il savait pourtant que son gouvernement l’avait investi de la mission, hautement appréciée, de représenter la nation dans la belle république andine unie à la France par des liens de tous ordres, intellectuels et autres, plus que séculaires, depuis la Mission des Académiciens La Condamine, Bouguer, Godin et Jussieu, sous Louis XV, jusqu’aux travaux accomplis de 1900 à 1906, par les savants officiers de notre service géodésique pour la mesure d’un Arc de méridien terrestre.

Or, l’aventure sentimentale retracée dans ce livre avec tant de couleur locale par M. Rendón, se passe précisément au pied de cette double Cordillère qui, par une condition unique à la surface du globe, a servi deux fois de base et de repères à  la plus vaste et méthodique opération jamais entreprise par l’homme afin de connaître la force et de mesurer le volume de la planète par lui habitée.

Ce roman forme donc, au point de vue purement littéraire, comme un lien de plus, lien immatériel et d’autant plus solide, entre l’Équateur et notre pays puisque, écrit d’abord en français, il a été ensuite traduit en castillan par l’auteur qui domine aussi complètement notre langue que son idiome national. Rien, dans les pages qui suivent, ne révèle que M. Rendón soit un étranger. C’est que cet homme de cœur, fervent disciple des muses, Équatorien de culture française, peut, à bon droit, revendiquer le titre de citoyen du monde. Après avoir été élevé, formé pour ainsi dire, en France, docteur médecin de la Faculté de Paris, il a occupé successivement les postes de consul général, de commissaire général de son pays à l’Exposition Universelle de 1900, de Ministre Plénipotentiaire en France et en Espagne, de délégué à la seconde Conférence de la Paix et de membre de la Cour internationale permanente de Justice à la Haye jusqu’en 1920, année où il fut appelé à Quito pour remplir les fonctions de ministre des affaires étrangères.

Les multiples et hautes fonctions dont M. Rendón s’est acquitté à son honneur et pour le bien de son pays ne l’ont pas empêché de devenir un écrivain constamment inspiré par les causes les plus noblement humaines.

Abondante est la production, en français comme en espagnol, sortie de la plume facile, élégante de M. Rendón. Il est évident que l’influence de la prose française de nos plus grands écrivains se retrouve dans les phrases brillantes, coupées, alertes, vives du style de l’auteur de Lorenzo Cilda, exemptes de l’ampleur oratoire et majestueuse, mais parfois d‘allure un peu lente qui marque encore aujourd’hui plus d’un écrit parmi ceux des meilleurs prosateurs de langue castillane.

Entrer dans une analyse, même sommaire, de ses œuvres littéraires et dramatiques, historiques et politiques, serait une tâche agréable mais qui dépasserait les limites que nous avons dû nous fixer dans cette esquisse de la personnalité du diplomate équatorien, écrivain bilingue qui pourrait, à juste titre, appartenir à la Société « Bifrons » comptant à Paris tant de sectateurs d’Esculape en même temps disciples d’Apollon.

La facilité extrême, la diversité des dons de M. Rendón apparaissent encre dans une autre sphère celle de la musique. Il a étudié l’harmonie et composé des pièces de piano, des romances, des hymnes.

La musique, par une transition toute naturelle, nous ramène au roman. Dans la fiction en général, et surtout en cet ouvrage, comme dans la réalité, la mélodie, l’art des sons, les accords langoureux, les chants berceurs s’insinuent tels que philtres puissants et doux prédisposant l’âme à cet état de rêverie vague mais si favorable au mystère enchanté dont vit le sentiment de l’amour terrestre, dans ce qu’il garde de plus pur et de plus noble. C’est bien ce qui advient dès les premières scènes du roman. On y voit un jeune docteur équatorien de Paris, Lorenzo Cilda, s’éprendre tout d’abord, presque sans qu’il s’en doute lui-même, de Délia, sa gracieuse et charmante compatriote aux brillants yeux noirs, fille adoptive de l’administrateur de ses propriétés rurales, récemment sortie du couvent des Dames du Sacré-Cœur, à Guayaquil, cette ville dont le nom est comme un gazouillis d’oiseau, a dit François Coppée. Après un déjeuner chez les parents de Délia, il la conduit au piano :

« … Elle se décida à exécuter un Nocturne de Chopin comme si, par quelque inspiration, elle eût deviné que c’était le maître préféré de Lorenzo… Elle interpréta la pensée mélancolique du célèbre compositeur avec une souveraine maîtrise et une parfaite intelligence des modulations. Chaque phrase musicale avivait la sensibilité de Lorenzo, faisant croître le sentiment de la sympathie entre Délia et lui… »

Quelque temps après, les deux amoureux, qui ne s’avouaient pas encore à eux-mêmes leurs sentiments, se retrouvaient à la campagne dans la maison de l’administrateur d’Almacigal, le domaine de Lorenzo;

«… Plus d’une fois, elle joua sur la demande de Lorenzo, ce Nocturne de Chopin qu’elle lui avait fait entendre dans la maison des Peñas (Les Rochers, quartier élégant de Guayaquil). À son tour, Lorenzo lui faisait le plaisir de laisser courir ses doigts sur le clavier et, de temps en temps, l’accompagnait quand elle consentait à chanter».

En somme, non sans surprise, ne retrouvons-nous pas là, sous les Tropiques, en quelque sorte comme un leitmotiv, un thème semblable à celui de la célèbre « Sonate à Kreutzer ».

Nous n’irons pas plus loin dans l’étude du grave et délicat problème psychologique que présente ce roman où, sous les figures féminines de Délia, la jeune fille équatorienne passionnée et adorée, et d’Hélène, la touchante fiancée française laissée à Paris, s’incarne le drame même de l’esprit de Lorenzo, de son âme balancée, suivant un rythme qui s’accélère forcément, entre son pays d’origine, qu’il ne cesse de chérir, et sa patrie d’adoption qu’il aime de toute la force de sa reconnaissance envers elle. C’est une situation vraiment exceptionnelle entre toutes.

Comment la crise se dénoue-t-elle ? Nous nous garderons aussi de le dévoiler. Il faut laisser au lecteur, avec la fraîcheur et la saveur du récit, la surprise du dénouement.

Quel accueil va-t-il réserver à cette œuvre d’imagination où se déroulent pourtant des événements historiques dans un cadre réel et où une vision du littoral équatorien, à la tombée du jour, évoque pour l’auteur qui, pèlerin passionné des beautés de la nature et de l’art, a beaucoup voyagé dans plusieurs nations d’Europe et d’Amérique, les couchers de soleil, admirés du plus haut de la terrasse de Seelisberg ? Dans la contemplation du gracieux visage d’une des héroïnes du roman, il nous rappellera ceux des belles patriciennes de Venise dont les portraits, peints par le Titien, sont conservés aux Offices de Florence. Parfois aussi, M. Rendón réserve au lecteur la surprise de rapprochements entre les paysages des Tropiques et les souvenirs d’Écosse, des Pyrénées et de la forêt de Fontainebleau.

Nous sommes convaincus que celui qui commencera à lire ce livre ira vite, de plus en plus intéressé, au bout du récit simple, naturel et alerte qui, peu avant la fin, contient une terrifiante description du formidable incendie ayant dévoré, en octobre de 1896, les trois quarts de Guayaquil, alors presque entièrement construite en bois. Le lecteur trouvera, mérite rare, une transcription fidèle et sincère des magnifiques paysages qui s’étendent sous l’Équateur, du pied des Andes à l’océan Pacifique. Il verra aussi des âmes droites et franches, et il saura les mœurs saines de ceux qui, près des splendeurs de la forêt tropicale, parmi les merveilleuses fleurs exotiques, vivent dans l’enchantement de ces terres lumineuses, trop peu connues de nous encore.

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