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jueves, 8 de enero de 2015

Breve reminiscencia de un historiador ecuatoriano: Carlos Emilio Grijalva (Quito l885- Ibarra 1947)*


Presentación

Agradecemos encarecidamente a Cecilia Miño Grijalva por la presente contribución. El trabajo de Cecilia Miño sobre la relación entre problemáticas ambientales, desarrollo sostenible y participación comunitaria indígena (ver "La Minería destruyó lo sagrado"), se sustenta en el nutrido y acucioso trabajo de campo realizado por la investigadora en el marco de su larga trayectoria institucional. En 1993, Miño llego así a ser Subsecretaria de Medio Ambiente del Ministerio de Energía y Minas. Entre sus obras más reconocidas, se destacan también "Tránsito Amaguaña: Ama Wañuna" (2009), y "Melodía inevitable: vida y tiempo del compositor Luis Humberto Salgado" (2010). Cecilia Miño es la nieta del historiador Carlos Emilio Grijalva (1885-1947), en cuyo honor dirige actualmente la fundación homónima. Nos presenta aquí un vívido retrato de su ilustre antepasado, considerado como uno de los pioneros de la arqueología de la provincia del Carchi.

Por Cecilia Miño Grijalva

En las primeras décadas del siglo XX, se viajaba a caballo; todavía no llegaba el ferrocarril a la ciudad de Ibarra; los carreteros apenas se distinguían de los caminos de herradura, y eran intransitables, por cierto, en el invierno. Amenazados por toda clase de peligros, los viajeros accedían a las propiedades rurales. Solamente que, desde el primer poblado, el Chota, hasta la casa de la hacienda San Francisco situada en la margen izquierda del río del mismo nombre, se hacían alrededor de tres horas de viaje, tiempo en que el viandante atravesaba una especie de desierto para luego internarse en la montaña, y, aunque resultaba una aventura trasladarse de la ciudad al campo, para el dueño de aquella propiedad, Don Carlos Emilio Grijalva, esa era su manera de vivir.

Apegados a la inmensa piedra situada junto al puente — nudo pétreo asentado entre las dos provincias del norte del país: Imbabura y Carchi —, advertidos los peones, en cuanto el amo llegaba, se aprestaban a cumplir con sus respectivos oficios. Uno de ellos le preparaba para el viaje. Con zamarros de piel de vaca que, incluían un cinturón de cuero, lo vestía y, a renglón seguido, le calzaba las espuelas; el patrón montaba el reproductor, pura sangre. Otro ajustaba las cinchas, colocaba las riendas y volteaba los vellones sobre las monturas. Habían comido y abrevado los caballos. Todo estaba a punto. Uno de los que integraba la comitiva tomaba a su cargo la tarea de resguardar al amo; otro de atender cualquier imprevisto, y, un tercero, arriaba la carga. En este caso, el equipaje se componía de los atuendos imprescindibles del viandante y de varias maletas de libros y documentos añejos.

Después de una hora de haber cruzado la tierra que fue de los ambuquies y pusiris — parcialidades indígenas precolombinas que habitaron esta región y que, posteriormente, dieron el nombre a la hacienda San Vicente de Pusir (1) —  el grupo llegaba entusiasta al pueblo de Tumbatú. Nombre cuya resonancia parece hablar de un tambor. No. Tumba, pato y laguna, a la vez…, de antigua raigambre cayapa (2). Coincidentemente, quienes lo habitaban tocaban el tambor; y si dejaban apreciar un ritmo que se asemejaba a las antiguas resonancias de un primigenio tam-tam… Porque pies desnudos y algarabía aparecían sobre aquella planicie de sensualidad africana. Doña Belarmina Congo era la matrona; tenía catorce hijos entre mujeres y varones, y, para ella, la llegada del dueño de la hacienda de arriba, se constituía en el pretexto para armar el baile… Los hombres, inmediatamente, abandonaban yucas y zapallos para ir en busca de los instrumentos y armar la banda mocha (3). Porque apenas caldeado el ambiente la Bomba se iniciaba. Así es como, hasta hoy se denomina, a la danza nacida en la aldea.

Habiendo recuperado los ánimos, se iniciaba otra vez la travesía. La montaña se presentaba agreste y desafiante. Caminos de herradura, bordeados por un follaje tropical, prometían el acceso a la meta prevista aunque, alcanzarla, representaba dos horas más de viaje.

Riendas hacia la izquierda. Encima y, a la derecha, se veía la hacienda Tutapis. Tuta noche y rastro de lenguaje pre incásico y pis, silaba de lengua inca: En la noche. (4) En realidad, son tierras que, al anochecer, se sumen en bóvedas de oscuridad violenta, habrá pensado Don Carlos Emilio, al mirarlas, poco antes de llegar a la hacienda El Tambo. (5) Verde y plana superficie, invitaba al reposo. Allí, los transeúntes se tomaban media hora para relajarse y para que los animales abreven. Nada les urgía, atravesaban tierras propias.

Renovada la marcha, amenazaba el peligro. Había que penetrar hasta el fondo de la profunda Quebrada del Diablo, para luego subir a la superficie; solo era posible confiar en los caballos y luego, apretar las espuelas.  El galope dejaba que la crin de la bestia noble flotara en el viento; con el corazón en la boca, el grupo  ingresaba a una suerte de plazoleta rodeada de inmensos magnolios. Un poste instalado, casi en la mitad del enorme patio, era el lugar del caballo gris y plata, el predilecto del amo. Imponente; sus relinchos desafiaban al aire y sus cabriolas provocaban la reacción de las yeguas en celo. Al fin, el dueño, se sentía en paz. Al fin, había llegado a San Francisco.

Instalado debajo del tradicional ceibo, Don Carlos Emilio, siempre estaba con un libro entre las manos y las horas no le alcanzaban para entender los tiempos. A las seis, se caía en arreboles el cielo sobre montañas y quebradas; el patrón encendía las lámparas, las de aceite y las de gas, ante el bisbiseo de mosquitos y aletear de mariposas. Escuchaba las quejas de la gente de hacienda, daba las órdenes para el día siguiente y, después de cenar, se retiraba a su biblioteca. Era su refugio aquel lugar, porque en él concentraba sus más caros tesoros: el hermoso escritorio de cedro; las piezas arqueológicas recién excavadas; los documentos descubiertos después del agotador trabajo de archivo; las entrevistas colectadas; en fin, toda una base de datos instalada para continuar, en el silencio, con sus investigaciones: abordaba  el estudio del idioma de los aborígenes de Imbabura y Carchi; la composición de diversos grupos étnicos de ambas circunscripciones y la organización social de Pastos e Imbaburas.

Entrada la noche, se sumergía en las páginas de escritores franceses, rusos y americanos, especialmente. Víctor Hugo, por ejemplo, fue uno de sus escritores favoritos. Leyó y releyó Los Miserables. La triste historia de Margarita Gautier rondó en su mente. La Guerra y la  Paz de Tolstoi, fue un libro que estuvo a su alcance, así como María, la elegía americana de Jorge Isaacs, que se encontró en el velador de su aposento. Romántico. De los últimos que quedaban de aquellos inscritos en las páginas amarillentas del siglo XIX, era Don Carlos Emilio. Por eso, y, quién sabe, por no sé cuántas otras razones más, él amaba la lectura de poemas. El mismo caía en el embeleso de la rima; cuando un motivo especial lo convocaba, inmediatamente se dedicaba a la tarea de ponerle imagen y ritmo.

Después… cual hojas secas caían sus endechas sobre la mesa de trabajo. Él no se imaginó jamás que quedarían para el  recuerdo de los suyos aquellas estrofas de versos octosílabos. Fueron poemas que se deslizaron como agua de vertiente en los labios. Reseda del sabor de los tiempos idos y de presencias acariciadas por los recuerdos. Pétalos. Se pueden leer sus primeros pasos poéticos enrumbados hacia la ternura puesta en el rezo lírico. Cánticos.

Palabras de amor dedicadas a la Virgen (6); brotadas del alma todavía abrigada por los murmullos de la madre arrodillada frente al Rostro inefable. ¡Soledad! Paraguas de la noche…

Don Carlos no era ajeno a los juegos de azar: gustaba del Póquer y el Tresillo. Amaba la conversación ilustrada. Sin embargo, daba la impresión que su alma se encontraba lejos. No era precisamente proclive a relacionarse con el acaecer cotidiano, con la faena agrícola y el interés económico. No. No le quitaba el sueño la vida social. Si, la política… metódicamente. Licenciado en Leyes y afiliado al Partido Liberal, más que un militante, fue un apasionado por los derechos del espíritu. Sin embargo, fue irresistible el llamado de la historia, y a ella consagró su vida. Necesitaba conocer profundamente las raíces de aquellos que le precedieron, no solamente las ibéricas (7), sino las huellas imborrables de las vidas de los indígenas que fueron el alma mater de la holística del Sur.

Innumerables noches, habrá recordado episodios que marcaron como un péndulo el pasar de su vida, pues habiéndose educado en la ciudad de Ibarra — cursó la primaria en el Colegio San Alfonso y obtuvo su bachillerato en el Colegio San Diego de la misma ciudad (8)—, tuvo la oportunidad de beneficiarse de las enseñanzas de Monseñor, Federico Gonzales Suárez. Justamente, cuando viajaba a Quito para iniciar en la Universidad Central sus estudios de leyes, fue su excelencia quien le encargó portar de Ibarra a la capital, los originales del Atlas arqueológico. Junto a la preciosa encomienda, envió una carta dirigida al Rvmo. Señor Don José Antonio Eguiguren (Administrador Apostólico de la Diócesis de Loja) en la que afirmaba:

(…) Deseo que usted conozca y estime al joven Grijalva porque es lleno de prendas personales, que lo hacen muy apreciable: también quisiera que usted ponga a este joven en relación con el Rvdo. Padre Clerk para que le haga algunas indicaciones sobre fotograbado, arte en el cual  el señor Grijalva desea adelantar. Cualquier servicio que usted le hiciere a este joven, se lo agradeceré  — Su Afmo. — +Federico, Obispo de Ibarra. — Ibarra, 10 de enero de l905 (9)

Grijalva perteneció al grupo de estudiantes de historia que, congregara en la capital, el ya nombrado Arzobispo de Quito, Monseñor Federico Gonzales Suárez, durante la época que duró su carrera universitaria; después, emprendió solo su camino; como muchos hombres de su tiempo, se hizo “a su manera, en el aislamiento, sin maestros” (10),  decía Jijón y Caamaño y, “más que cualquier otro conoció perfectamente el espacio y su región de estudio. Para él, las provincias de Carchi e Imbabura fueron parte sustancial de sus estudios y de su vida” (11). Consideraba que era fundamental contribuir con el conocimiento de las raíces de la nacionalidad; conformar un legado que consolidara la identidad de los pueblos andinos. 

En 1915 contrajo nupcias con su prima segunda, doña Josefina Grijalva y se dedicó a vigilar el desempeño de sus propiedades rurales situadas en la provincia del Carchi. Desde su sensibilidad personal, afirmó alguna vez que, odiaba esa fama inmerecida de la que tanto alardeaban los vanidosos; decía que detestaba la idea de cifrar su prestigio en la insolente opulencia de los potentados; aseguraba que era enemigo de medir su estatura en la arena de los placeres efímeros. Siempre  atento al llamado de la ciencia, se cree que a partir de l916 comenzó a conformar la obra con la que habría de participar con el seudónimo Eusebio Borrero, en el concurso histórico- literario que convocara la Universidad Central, en julio de l923. Grijalva fue quien se hizo acreedor al premio, empero, lo que resulta significativo es conocer algunas de las consideraciones del jurado:

(…) Por lo mismo, juzgamos que es acreedor al premio ofrecido, mayormente si se considera que, dentro de su especie, son raras todavía en el suelo suramericano investigaciones tan serias como la expresada, la cual puede servir muy bien de excelente modelo a otras que deben, sin duda, realizarse con el transcurso del tiempo. (12)

Lo curioso es que uno de los miembros de dicho jurado fue el sabio alemán Max Uhle, con quien, tres años después, en l926, habría de entablar una polémica que, no por académica, fue menos violenta. Y es que el connotado historiador alemán, esta vez pecó de imprudente, pues sin realizar un estudio sistemático, afirmó que las ruinas de Cuasmal correspondían a restos de antiguas civilizaciones, tan extraordinarias que: “Ecuador figurará en primera línea en la evolución de la raza humana y que el mundo agradecerá por los trabajos aquí realizados” (13). Grijalva, quien ya había estudiado a profundidad este tema, al ser consultado, respondió que los bohíos en cuestión pertenecían a las parcialidades indígenas de los Pastos. Es obvio suponer que la discusión fue vox populi y acaparó importantes espacios de los medios de comunicación, hecho que fomentó en los contrincantes un nivel de apasionamiento tan intenso que, el historiador Grijalva, se tomó dos años para escribir uno de sus libros fundamentales: La expedición de Max Uhle a Cuasmal, O se la Protohistoria de Imbabura y Carchi, en el que desvirtuó, las afirmaciones de Uhle.  Jacinto Jijón y Caamaño respecto a los argumentos del historiador extranjero, quien viniera al país a expensas de la prodigalidad del sabio quiteño, comentó:

(…) Max Uhle siempre fue intratable, caprichoso y falto de tacto social, pero fue un investigador muy distinguido, su cronología peruana ha sido confirmada por estudios posteriores de otros arqueólogos, pero a juzgar por sus últimos trabajos, principiando por aquel sobre antiguas civilizaciones de Panamá que se publicó en el Boletín de la Academia y siendo la corona y remate el famoso Informe, motivo de su estudio, demuestran a todas luces que está ya chocho; son obras de decrepitud mental, indignas de sus anteriores producciones. (14)

Años más tarde, en l929, Jijón comenta a Grijalva, en una de sus cartas: “Deseo seguir sirviendo al adelanto de la Historia Patria, por lo cual voy a iniciar la publicación, no de otra revista semejante al Boletín, sino de una colección de estudios y documentos. ¿Aceptaría usted el que su libro fuera el primero de la colección?” (15). No fue así como sucedió, esta vez.  El estudio relacionado con las ruinas de Cuasmal, obtuvo el primer premio en el concurso convocado por la Junta Provincial del Ferrocarril,  en honor a la apertura de la línea férrea, Quito - Ibarra- Esmeraldas, en l930.

Y es que el intercambio entre los dos historiadores fue fructífero; ya en l919 entablaron correspondencia regular, a raíz de la lectura que Grijalva hiciera de un Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, en el que Jijón publicó un Ensayo Provisional, acerca de las lenguas indígenas que se hablaron en el Ecuador Interandino y Occidental.  Honrado y frontal, Jacinto Jijón y Caamaño afirmó:

(…) siguiendo la opinión de los Sres. Dr. Paul Rivet y H. Bauchat, sugerí que el antiguo idioma de los Pastos, debió ser semejante al Encabellado. Don. Carlos Emilio Grijalva, con datos sacados de los Archivos de Imbabura y Carchi, analizados con maestría, demostraba que Pastos, Muellamués y Coaiqueres hablaban el mismo idioma. (16)

Ocurrió que después de leer el mencionado Boletín y, al no estar de acuerdo, Grijalva publicó en el Diario El Comercio, durante la última semana de diciembre de l919, un estudio de su autoría intitulado: “Los Aborígenes del Carchi no son Encabellados" (17). Afirmó entonces, Jijón y Caamaño: “Su raciocinio me convenció plenamente, entablamos correspondencia que fue la base de nuestra amistad” (18). En el tema lingüístico relacionado con los aborígenes de Imbabura y Carchi, Jijón y Caamaño fue su interlocutor más cercano, pues aseguró que Grijalva “para 1922 había compuesto un voluminoso trabajo intitulado “Cuestiones previas al estudio filológico-etnográfico de las provincias de Imbabura y Carchi” que, gracias a su gentileza, pude consultar y que aún está inédito” (19).

Como arqueólogo, filólogo e historiador, fue nombrado, en l920,  miembro correspondiente Nº 17 de la Academia Nacional de Historia del Ecuador (20).  Fue además, miembro de la Academia de Ciencias de Madrid. En el ámbito político, Carlos E. Grijalva se desempeñó como miembro de la Comisión Limítrofe entre el Ecuador y Colombia (21). Diputado ante la Asamblea Nacional Constituyente, en julio de l937, cuando agrias polémicas sostuvo con el sector conservador, pues defendió la Ley del Divorcio como una conquista liberal, tuvo especial relevancia la que mantuvo con un diputado ibarreño, ex compañero de colegio, al que le enviara un ejemplar de su libro sobre la expedición de Max Uhle a Cuasmal, precedido por una dedicatoria que dice: “Al señor Víctor Manuel Guzmán, recordándole los bancos del Seminario de San Diego – Attmente, Carlos E. Grijalva, Quito, 10 de marzo de l942” (22).

Aquejado por larga y penosa enfermedad, Don Carlos Emilio percibía que se acercaba el fin. Quedaron testimonios de la que fuera la última jornada de su vida: el amigo invariable, Jacinto Jijón y Caamaño, aseguró que: “sintiéndose ya grave, unos meses antes de su muerte, me envió el manuscrito (23) pidiéndome que lo guardara en mi biblioteca, para que el fruto de sus desvelos no se perdiese para la posteridad. Creí que la mejor forma de cumplir su deseo era enviándolo a la imprenta” (24). 

El encargado de llevar el manuscrito, le había comunicado a Don Carlos Emilio que, al tener la obra entre sus manos, “el señor Jijón dijo: este regalo vale para mi, más que el oro y las esmeraldas; más que las piedras preciosas…” (25). Sereno, se entregó a la meditación. Había decidido pasar los últimos días en su casa de Ibarra y recibir a la muerte allí; había dispuesto que sus restos mortales descansaran en la Catedral de la legendaria ciudad. Fue entonces, cuando uno de sus amigos: Don Daniel Guzmán, al saber que estaba al borde de la muerte, le envió un telegrama llamándole a recuperar la fe. La respuesta que obtuvo a través de otro telegrama fue: “Inolvidable Amigo: Salí de la Nada y vuelvo a la Nada- Recuerdos” (26). Quizás las vicisitudes que le había deparado la vida lo llevaron al escepticismo, aún así, queda el beneficio de la duda: alguna vez habló del Gran Todo. Don Víctor Manuel Guzmán afirma en su texto luctuoso: “Reconciliada su alma con Dios, ha muerto el notable historiador, cuya desaparición cubre de crespones las letras nacionales que tuvieron en Carlos Emilio un devoto cultivador. ¡Paz en su tumba!” (27). Lo más probable es que, al llegar el instante supremo, se entregara al Creador… Porque solamente los suyos sabían que fue a visitarlo en sus momentos postreros el Obispo de Ibarra, y, que al despedirse, le dijo: Váyase tranquilo, Don Carlos (28).

*Artículo publicado en la Revista Emprendedores, - editorial Raíces - Quito, Ecuador -  julio/agosto 2014 Nº 64; páginas: 27 - 30

NOTAS

1.GRIJALVA Carlos Emilio: Cuestiones previas al estudio filológico -etnográfico de las provincias de Imbabura y Carchi, Ediciones Banco Central del Ecuador, Quito, l988, p.111

2. Ibidem.p.214

3.JIBAJA  RUBIO Leopoldo: El ayer de un pueblo de la Sierra, l534-l950, Quito, julio de l950, p.307

4.GRIJALVA Carlos Emilio: Cuestiones previas al estudio filológico - etnográfico de las provincias de Imbabura y Carchi, Ediciones Banco Central del Ecuador, Quito, l988, p. 115

5.Ibidem. p.25

6.GRIJALVA Carlos Emilio: Despedida (Poesía publicada en prensa local no identificada) Ibarra, mayo 31 de l908.Archivo: Cecilia Miño G.

7.GRIJALVA Carlos Emilio: Genealogía de la familia del Hierro; Genealogía de la familia Grijalva de Ibarra (trabajo inédito que fuera continuado y publicado por Héctor Grijalva con el nombre: Los Grijalva, Cuatrocientos años en el Ecuador, Colección Sociedad Amigos de la Genealogía, Quito, 2009.

8.NAVARRO MORÁN Juan A: Presentación, op. cit. en La Expedición de Max Uhle a Cuasmal-o sea la Protohistoria de Imbabura y Carchi, Tulcán, l981, p.7.

9.GONZALES SUAREZ Federico, Carta, op.cit. La Expedición de Max Uhle a Cuasmal-o sea la Protohistoria de Imbabura y Carchi, Tulcán, l981, p.273.

10.JIJÓN Y CAAMAÑO Jacinto: Introducción, op. cit. en: GRIJALVA CARLOS EMILIO, Toponimia y Antroponimia de Carchi, Obando, Túquerres e Imbabura, Quito, Ecuador, Editorial Ecuatoriana l947, p. III.

11.MIÑO GRIJALVA Manuel: Prólogo, op. cit. CARLOS EMILIO GRIJALVA: Cuestiones previas al estudio filológico - etnográfico de las provincias de Imbabura y Carchi- Ediciones Banco Central del Ecuador, Quito, l988, p.11

12.GRIJALVA Carlos E: La Expedición de Max Uhle a Cuasmal, o sea la Protohistoria de Imbabura y Carchi, Quito, Editorial Chimborazo, l937, p.294

13.Ibidem. p. 22.

14.Ibidem. p. 285.

15.Ibidem. p. 286.

16.JIJON Y CAAMAÑO Jacinto: Introducción, op.cit. en: Toponimia y Antroponimia del Carchi, Obando, Túquerres e Imbabura, Quito, Editorial Ecuatoriana, l947, p. II.

17.Ibidem. p.II.

18.Ibidem.

19.Ibidem.

20.JURADO NOBOA Fernando: Los Descendientes de Benálcazar en la Formación Social Ecuatoriana, Quito, SERVIMPRESS, p. 274.

21.Diario El DÍA: Acuerdo Mortuorio, Colonia Carchense, Quito, 25 de junio de l947, p. s/n, Archivo: Cecilia Miño G.

22.GUZMÁN Víctor Manuel: aEl Señor Don Carlos Emilio Grijalva, Ibarra, 18 de junio de l947 (Texto luctuoso publicado en prensa local no identificada) p. s/n, Archivo: Cecilia Miño G.

23.JIJÓN Y CAAMAÑO Jacinto, se refiere al libro cuya publicación fuera costeada por él: Toponimia y Antroponimia del Carchi, Obando, Túquerres e Imbabura; en el que menciona el hecho. Quito, Editorial Ecuatoriana, l947. p. s/n.

24.JIJÓN Y CAAMAÑO Jacinto, Introducción, op.cit. en: Toponimia y Antroponimia del Carchi, Obando, Túquerres e Imbabura, Quito, Editorial Ecuatoriana, l947, p. s/n.

25.GRIJALVA Leonor: Testimonio. (Trasmisión oral)

26.GRIJALVA Carlos Emilio: op. cit. en: JURADO NOBOA Fernando, Los Descendientes de Benálcazar en la formación Social Ecuatoriana, Quito, SERVIMPRESS, P. 276.

27.GUZMÁN Víctor Manuel: El Señor Don Carlos Emilio Grijalva, Ibarra, 18 de junio de l947 (Texto luctuoso publicado en prensa local no identificada) Archivo: Cecilia Miño G.

28.GRIJALVA Leonor: Testimonio. (Trasmisión oral)


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