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jueves, 3 de julio de 2014

Para que todo sea más claro (JUAN MONTALVO)


Doctor A. Darío Lara
de la Sociedad de Americanistas de París

En mi presentación del libro Este otro Montalvo del doctor Claude Lara Brozzesi, mencioné el artículo “Las huella de Montalvo en París” que el doctor Jorge Jácome Clavijo publica en la revista “Casa de Montalvo”, No 79 de abril de 1990. Cuando en su visita de 1989 a la casa en que vivió y murió su ilustre paisano, con mucha precisión se propuso, escribe: “… reconstruir la ruta del cortejo desde la rue Cardinet, concluyendo que entre los dos lugares -San Francisco (de Sales) y la Cardinet-, no hay más de siete cuadras” (pág. 61). Y yo añadiré “cuadras muy cortas, apenas quinientos metros”. Itinerario exacto, muy diferente de otro que se pretende recorrió el fúnebre cortejo, aquel domingo 20 de enero de 1889, por calles y avenidas que se alejan notablemente de esos dos lugares y más si se tiene en cuenta los rigores de la temperatura de aquel invierno parisiense.

Puesto que he mencionado aquel artículo de mi distinguido amigo, cuya labor montalvina es inmensa y merece el aplauso de los Ecuatorianos, me permito presentar aquí algunos reparos para que, en palabras del gran poeta español, sea “todo más claro”.

Cuando en el citado artículo menciona a Jean Contoux-Montalvo, el hijo francés de Juan Montalvo, se lee esta afirmación: “… cuya existencia fue siempre conocida por los ecuatorianos cercanos a don Juan y por sus familiares” (pág. 61). Después de los amigos que conocieron a Juan Montalvo en París y le ayudaron, nombres que su hijo Jean menciona frecuentemente en su correspondencia, habría deseado que mencionara un solo nombre de quien hacia 1950 conocía la existencia de Jean Contoux-Montalvo, algunos datos biográficos y simplemente su dirección en Francia. Si se exceptúa, desde luego, a Gonzalo Zaldumbide, quien como escribo en mi libro Juan Montalvo en París (págs. 100-103), observó una actitud curiosa con respecto a una persona que conoció en París, creo que hacia 1950 nadie tenía noticias de su existencia, si no fueron tal vez quienes leyeron la carta de Jean Contoux-Montalvo al Presidente Velasco Ibarra, el 26 de agosto de 1960, y su contestación de 10 de enero de 1961; cartas que reproduzco en mi libro, páginas 144-145.

A continuación, mencionando que Juan Montalvo solía ir a la redacción del diario El Figaro, Jorge Jácome Clavijo escribe: “Afirmación que se puede leer en el libro Juan Montalvo en París, editado en Ambato en 1969 gracias al empeño del Alcalde Luis Pachano y del Director de la casa de Montalvo, Oswaldo Barrera Valverde” (pág. 61). Pequeña rectificación, el libro no fue editado en 1969 sino en 1983. El lector de este artículo quedará en completa ignorancia del autor del libro editado en Ambato, cuyo nombre curiosamente se omite.

Mucho más importante, cuando se refiere a los recuerdos de Jean Contoux-Montalvo, “un niño de apenas 2 años de edad cuando murió su padre, estaba demasiado tierno para almacenar con fidelidad muchos recuerdos…” (pág. 61), se lee:

“por lo que las investigaciones del biógrafo de El Cosmopolita, Galo René Pérez y las mías, en la hemeroteca de París, sobre tales artículos, han resultado negativas” (pág. 61).

            Como no se mencionan tales artículos y los únicos que se han escrito sobre el hijo de Montalvo son los que yo publiqué en el diario El Comercio (20 de octubre de 1963 a 22 de agosto de 1964), artículos que Claude Lara reproduce en Este otro Montalvo, presentaré dos observaciones:

1ª) La mayor parte de las informaciones (o mejor casi todas) relativas a la existencia de Jean Contoux-Montalvo y muchos datos relativos a la vida de Juan Montalvo, las obtuve por relaciones orales de personas muy ligadas a Jean, como son: Robert Simard su sobrina, Yolande Simard, su sobrina, Jean-Jacques Curtet-Simard, sobrino nieto; más aún, a la correspondencia que mantuve con el hijo de Montalvo, de 1963 a 1969, a las conversaciones que con él tuve en 1964: todo lo cual presento en mi libro Juan Montalvo en París. Evidentemente, antes de dichos artículos, del libro mencionado, ni en la hemeroteca de París ni en ninguna otra, podía encontrarse datos relativos a Jean Contoux-Montalvo. En adelante, los lectores de la Biblioteca Nacional de Francia, de varias otras y en las Universidades francesas, tendrán muchos detalles sobre los asuntos montalvinos, como también he escrito en mi artículo “Juan Montalvo en la Universidad Francesa”(Revista AFESE del Ministerio de Relaciones Exteriores, No 20, de 1991.

2ª) En “los escasos diez días que allí permanecí y de alguna manera traté de seguir las huellas de El Cosmopolita”, leemos en la página 60. Para quien visita París por la primera vez, por más que se descuide un tanto el turismo, no es posible realizar ninguna investigación seria en la hemeroteca de París, en tan cortos diez días. Cerca de treinta años me he ocupado de los asuntos montalvinos, de investigaciones permanentes, puesto que ya en el diario El Tiempo de Quito, desde el 1o de febrero de 1967, comencé a publicar el resultado de tales investigaciones. Juan Montalvo en París no es el resultado de unas semanas o meses, sino de muchos años de trabajos; y debo confesar -como también escribo en mi Presentación- no creo haber terminado tales investigaciones, puesto que en el libro de Claude Lara ofrezco algunos documentos desconocidos. Y tengo aún algunos para más tarde.

Mucho lamenté no poder acompañar a mi amigo Jorge Jácome Clavijo en su recorrido por París, como muy sinceramente le escribí en afectuosa carta de 25 de noviembre de 1991; pues habría deseado corresponder a las numerosas gentilezas que me brindó en Ambato, especialmente en 1982. Tal vez, habría podido evitar pequeñas inexactitudes que encuentro aún en el artículo mencionado. Entre otras:

a) Da a entender (página 61) que la tercera estadía de Montalvo en París fue “hacia los años 80”. Se debe recordar que en 1881 estaba aún en América y la primera carta a su sobrino Adriano está fechada del 30 de septiembre de 1881.

b) En su visita a la iglesia de San Francisco de Salas, escribe: “Allí pude tener en mis manos respetuosamente el Registro de Actas de Defunción de 1884 a 1889. En la página 322 está la de Montalvo”.  La misma emoción experimenté cuando tuve en mis manos dicho Registro y en la página 162 del tomo I de mi libro reproduje tal documento como todos los detalle que se señalan, inclusive con el error que se lee en el mismo cuando se afirma que: Juan Montalvo ha fallecido ”a la edad de 50 años”. Conocemos perfectamente que le faltaban pocos meses para cumplir 57. Con respecto a la Nota “non administré” (no administrado) que se lee en aquel documento, el asunto es muy claro y ninguna discusión puede entablarse sobre el asunto. Sin embargo, se deben tomar en cuenta varias consideraciones:

            1ª) En primer lugar, la carta que me escribió el Primer Vicario, G. Masclaphier, el 17 de enero de 1978, carta que reproduzco en mi libro, página 164 y cuya traducción va en la página 111. Confirmando aquello de “no administrado”, añade:

“… Esto no quiere decir necesariamente que el moribundo no haya manifestado algún sentimiento cristiano ni aun que otro sacerdote que no pertenecía al clero de San Francisco de Sales le haya asistido en sus últimos momentos, aunque esta última suposición no pueda probarse con los documentos de que disponemos aquí”. 

En las conversaciones  que tuve con el Vicario de San Francisco de Sales me manifestó que, dadas las reglas vigentes de aquella época en la Arquidiócesis de París, el mero hecho de que se hayan realizado las exequias religiosas era un indicio de que el Clero de San Francisco de Sales tenía la convicción de que el difunto (informado seguramente por sus deudos) recibió los últimos Sacramentos y dio pruebas de “morir en el seno de la Iglesia”; en caso contrario, habría sido difícil que se guardaran sus restos en recinto de la Iglesia, como fue el caso de Juan Montalvo, hasta su repatriación al Ecuador.  (Juan Montalvo en París; página 111).

            2ª) Sobre este asunto, es innegable el valor del testimonio de Jean Contoux-Montalvo, como podrá leerse en las páginas 111-112 de Juan Montalvo en París. Y más valiosas y determinantes las declaraciones que recibí de Yolande Simard, quien vivió muchos años con Augustine-Catherine Contoux y Jean Contoux-Montalvo; datos en extremo interesantes que se leen en mi “Entrevista con la Señora Yolande Simard y su hijo Jean-Jacques Curtet-Simard”.

            3ª) No dejaré de mencionar el testimonio de Jorge Salvador Lara, en su conferencia de “Ambato, ciudad de castizo espíritu y cristiano corazón”, dictada el 14 de octubre de 1961, que menciono también en mi libro. Transcribo a continuación estas líneas de la página 108:

“Revelando confidencias que recibió de miembros de su digna familia, recuerda Jorge Salvador Lara algunos hechos poco conocidos y mencionados por el primer biógrafo de Juan Montalvo, el señor Agustín Yerovi. Fundándose en palabras de este caballero, Jorge Salvador Lara no tiene empacho en afirmar: “La (muerte) de Montalvo fué, sí, no lo dudes, una muerte cristiana”, palabras escuchadas de labios de su distinguida abuela, la señora Ana Elvira Bueno Yerovi de Lara. Estas palabras voy a confirmarlas con nuevos testimonios”.

            4ª) Escribo estas páginas cuando me llega la noticia de la muerte de Roberto D. Agramonte, el egregio maestro de América y excepcional montalvista que nos ha dado estudios trascendentales sobre El Cosmopolita. Desde que tuve el privilegio de conocerle personalmente en Ambato (abril de 1982), nuestra correspondencia, nuestras relaciones continuaron muy amistosas. Cuando desde fines de 1993, la enfermedad le impidió continuar tal correspondencia, ésta se mantuvo a través de su hija María C. Agramonte de Romaguera. Ella me anuncia la muerte de su ilustre padre y en uno de los numerosos recortes de prensa que me envía, leo que el miércoles 13 de diciembre de 1995, el Doctor Roberto D. Agramonte “ha fallecido habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Papal”.

            No me extrañan tales circunstancias; por nuestras conversaciones de 1982 y, sobre todo, por los tres volúmenes de La Filosofía de Montalvo se descubren sus profundas creencias cristianas; por otra parte, nadie ha hablado tan claramente y con tanta insistencia de la religiosidad de Juan Montalvo, de su espíritu esencialmente evangélico, como el autor del libre mencionado. El capítulo V, “Apoteosis de Montalvo -Honras fúnebres a Montalvo en París…”, entre otras, son páginas que deben servir a la meditación de quienes nos preocupamos más allá de la vida del escritor, del hombre simplemente, del hombre frente a su destino y a su trascendencia.

            En mi Presentación del libro de Claude Lara y más ampliamente en mi libro en prensa Jorge Carrera Andrade: memoria de un Testigo me detengo con mayores detalles sobre tan importante asunto; se comprobará así que el pensamiento de Roberto D. Agramonte viene a apoyar los testimonios orales de Jean Contoux-Montalvo, Yolande Simard, Jorge Salvador Lara acerca de la muerte cristiana de Juan Montalvo. Digo testimonios orales, pues la Historia no se funda únicamente en documentos escritos; la tradición oral  -más antigua que la fuente anterior- es también una base fundamental de dicha ciencia, como lo atestiguan renombrados y verdaderos “profesores de historia”.        

            Después de los testimonios que he presentado y siguiendo a André Malraux, puedo concluir que: “Un testimonio no es sino un testigo. Dos testimonios, es la Historia”.

            Volviendo al artículo “Las huellas de Montalvo en París”, refiere su autor que en París le acompañó un coterráneo “exprofesor de la Sorbona”. En más de cuarenta años que vivo en París (ni tampoco en años anteriores) no conozco ningún Ecuatoriano que haya enseñado en la Sorbona. Conviene aclarar que antes de 1968, la Sorbona era la única Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Academia de París, nombre oficial de esa Universidad. Después de 1968, cuando la transformación fundamental de la enseñanza universitaria, dicha Academia se dividió en trece Universidades en París y la Región parisiense, de las que: París 3 (Sorbonne Nouvelle), París 4 (Sorbone), París X (Nanterre) continúan las enseñanzas de la vieja y célebre Sorbona. Más tarde se han creado cuatro Universidades en la Región parisiense.

            En la Presentación, que he mencionado varias veces, además de mis observaciones al artículo “Las huellas de Montalvo en París”, me refiero a dos estudios muy valiosos de mi amigo Jorge Jácome Clavijo. En el Prólogo de presentación del bello volumen Joya Literaria de Montalvo (Ambato, 1991), vuelvo a leer el error que creo en que se incurre, cuando refiriéndose al  “soberbio artículo El Terremoto de la Lengua” se menciona el encuentro e identificación de dicho artículo, (Nota 2, página 4). En varios trabajos, he recordado ya que en el Tomo 2 (o Segunda Parte) de los originales de Juan Montalvo en París, en el grupo de artículos de la revista “Europa y América” que no llevan nombre de autor (página 355), con el número 18 se menciona dicho artículo (página 358). Será fácil comprobar en las copias de los originales que entregué a la Casa Montalvo, a la Casa de la Cultura y el Ministerio de Relaciones Exteriores. En el libro de Claude Lara se reproduce dicho artículo tomado de mis originales.

            Finalmente, en su interesante ponencia “Montalvo en el periodismo” (Visión actual de Juan Montalvo -Quito, 1988), al señalar los artículos de Montalvo en su última permanencia en París, se lee: “… me he limitado a hacer un listado de los artículos que Darío Lara ha identificado en su obra Montalvo en París. De entre ellos me permito destacar la mención que hace sin reproducirlo del artículo ‘El Terremoto de la Lengua’…” (página 371) . En líneas anteriores he recordado que en los originales de mi Juan Montalvo en París será fácil comprobar que he dado no solamente la “mención”, sino la reproducción íntegra del artículo de Juan Montalvo, ni tampoco un “fragmento” como se lee en la página 137 de Visión actual de Juan Montalvo (ver anexo).

            Al referirme a la cuestión de si Juan Montalvo debe ser considerado como un “filósofo”, un “pensador”, en la Presentación del libro de Claude Lara menciono el Prólogo de Susana Cordero de Espinosa que precede a los dos volúmenes Diario-Cuentos-Artículos-Páginas inéditas de Juan Montalvo (Ambato, 1987). Al recorrer el volumen I, con no pequeña sorpresa he encontrado una notoria contradicción. Mientras en la página 41, en la enumeración de varios estudios sobre nuestro escritor Ambateño se lee: “… Lara promete un próximo libro: Don Juan  Montalvo en París, de cuya existencia no hemos podido tener aún noticias”, en la “Nota Explicativa” de la primera página encontramos estas líneas:

“El presente volumen basado en el original del Dr. Roberto Agramonte, ha sido completado con los artículos de Montalvo dados a conocer por el Dr. Darío Lara en su obra Montalvo en París. Dichos artículos fueron localizados por este investigador en publicaciones francesas, especialmente en la revista ‘Europa y América’…”.

            En la primera página del libro mencionado de Juan Montalvo, publicado en Ambato, en 1987, volumen II, se da la lista de 20 “Artículos de la Revista Europa y América” y en las páginas 271-386 íntegramente todos esos textos; pero, ignorará el lector el origen o la fuente de que se han reproducido tales artículos del volumen II, que prologa Susana Cordero de Espinosa, pues se omite totalmente toda referencia. Muy diferente el caso de Jorge Jácome Clavijo que, en los estudios mencionados en estas páginas, indica cuidadosamente sus fuentes. Asunto, sin duda, de rigor intelectual, que exige que sea “todo más claro” como concebía Pedro Salinas.

París, 1995

Los enlaces fueron añadidos para enriquecer la lectura de este artículo (CL).


ANEXO: EL TERREMOTO DE LA LENGUA CASTELLANA*

Todo el mundo ha leído en España los artículos literarios que Miguel de Escalada (A) publicó en “El Imparcial”, el periódico más generalizado de la Península. Esos artículos acaban de ser puestos en libro, y en muy bonito volumen están saliendo hacia todos los países donde se habla el español.  ¡Desgraciado del literato que no lea esta obra, y desgraciado del escritor que, sin conocerla, se remita al último diccionario de la Academia Española! En las tres primeras letras del alfabeto, el leal inquisidor ha hallado y señalado mil y doscientos disparates, entre errores crasos, faltas imperdonables, y ripios a cosas inútiles. Mil y doscientos, sin apurar la copia de la ignorancia académica, que ahora es copa de amargura para la docta corporación. “Docta corporación” o “docto cuerpo” la llaman los que no tienen hartos conocimientos para juzgarla o harta buena fe para calificarla como se debe. Si en las tres primeras letras del alfabeto, A, B, C la han tomado mil y doscientos puntos, ¿cuántos le hallarán a la “docta corporación” en las 27? Por poco que sepamos de álgebra, no dejaremos de saber algo de aritmética, y descubriremos con la más simple operación, que el Diccionario, esto es, la regla, la norma, la ley por la cual debemos regirnos cuando hablamos o escribimos  contiene, por lo menos, 30 400 errores, ripios o adefesios. De estos treinta mil cuatrocientos, ¿cuántos nos hubieran cabido a los que, confiando en la Academia de la lengua, la hubiéramos consultado? Ese benefactor del género humano, ese bendito Miguel de Escalada, ese grande hombre nos ha salvado la vida con advertirnos a tiempo el peligro que estábamos corriendo. El terremoto de Lisboa, el de la isla de Java, el de Ischia, ¿cuál fue más funesto que el que ha estado en un tris de echar por tierra la lengua de Cervantes? ¿Qué Genios maléficos son esos de la calle de Valverde, que así quieren sepultarnos bajo las ruinas de la más hermosa de las lenguas? Lástima que las Furias no sean del sexo masculino, para llamarles Furios a esos viejos feroces. Mas por medio de una figura de retórica, bien podemos, si no me equivoco, llamarles Euménides al conde de Cheste, al marqués de Molins y a don Manuel Cañete. A don Aureliano Fernández Guerra y Orbe le llamaremos Arpía, sin el menor esfuerzo, por que si le ponemos de modelo ante un pintor naturalista, en el traje de nuestro padre Adán, nadie dudará de su semejanza con las tres Arpías; y aun cuando fueran cuatro.

Mil doscientos errores, ripios o dislates en las tres primeras letras ¿estamos? De estos mil doscientos, los académicos, reuniéndose en sesiones secretas, nombrando comisiones “ad hoc”, removiendo el cielo y la tierra, han podido refutar (a su modo) “once”. ¡Once! ¡y aun es de ver la réplica de Escalada! Los demás, eso es, los mil ciento ochenta y nueve (1189) quedan sin contestación y se suplen con insultos y falsedades tocante al bueno de don Miguel. Bien es que el bueno de don Miguel no ha sido más benévolo y fino con los académicos, que éstos lo han sido con él: burros por aquí, burros por allí; palo va, palo viene, nunca en la vida ha de haber imaginado el “docto cuerpo” que así le había de llevar y traer por esos andurriales de la sintaxis y la etimología un irreverente e “indocto” cismático, profanando títulos y canas! “Canas teñidas”, dice Escalada; y canas teñidas pierden el derecho que las limpias y francas tienen al respeto y la veneración de los “jóvenes indoctos”.

¿Pero él qué culpa tiene? ¿El, digo, Miguel Escalade o Escalante, qué culpa tiene? Vamos a ver; ¿es el quien ha dicho que el Apóstol por antonomasia es San Bernabé? Por benigno, suave e indulgente que uno sea, al ver eso en el Diccionario, sin que esté en su mano el moderarse, abre la boca y dice: ¡Qué ignorancia! Miguel de Escalada no es un San Buenaventura, y no se contenta con decir: ¡Qué ignorancia!  A él le gusta asnear a la gente; y no fuera mucho si se limitara a asnear; no señor, él burrea claramente: ¡Burros! dice, ¡borricos! Y es muy raro que les conmute la pena a los académicos enviándolos a entre los asnos a trabajos perpetuos. No, él no se contenta con llamarles ignorantes; les quita el aparejo, les refriega las mataduras con un haz de hierbas fuertes, les da palo hasta en el blanco del ojo y les priva del pienso por dos noches. ¿Con que San Bernabé, pedazos de gaznápiro? Si San Bernabé es el Apóstol, ¿qué  queda para San Pablo? ¿Dónde está el maestro de escuela? ¿Dónde el estudiante que no sepa que San Pablo es el Apóstol por antonomasia, así como Salomón es el sabio y David el profeta? No quiera el cielo que a los académicos españoles se les ofrezca hablar de estos patriarcas de la ley antigua, por que ya han de ir a decir en su Diccionario que el “Sabio” es Sansón, y el “Profeta”, Holofernes, todo por antonomasia. ¡Don Miguel, don Miguel Escalada! ¡aquí de la justicia, aquí de la sagrada Biblia! Adelánteme usted cuatro buenos palos a esos pícaros. Conque San Bernabé es el Apóstol… ¿Desde cuándo? ¿a qué título?

Si tan versados son en la historia sagrada, como buenos católicos, aun son más instruídos y discretos en la historia natural. “Paco”, dicen, “carnero del Perú”. ¡Qué más carneros que ellos! De ningún cuadrúpedo está más lejos el paco que del camello, es un camello menor, fuera de la joroba. El cuerpo, la cerviz, la cara, el rabo, todo es de camello, como lo pueden ver los académicos españoles, si envían una comisión carneril al “Jardín de Plantas”. Es de mucho mayor alzada que el asno, y sirve de animal de carga en los países donde nace y se cría, que son, no sólo el Perú, sino también Bolivia, el Ecuador, y aun Colombia. El paco es “la llama”, de cuya historia no se han descuidado ni Buffon ni los demás naturalistas, sin que a ninguno de ellos se le haya ocurrido llamarlo "carnero". Ya han de ir don Aureliano y sus adláteres a decir que el camello es “carnero de Arabia”, y el tigre “carnero de Bengala”. Con las dos muletillas de “carnero” y “cabra” han compuesto la mitad del Diccionario.

“Cabrita: la hija de la cabra”
“Cabra: la madre de la cabrita”
“Cabrito: el hijo del cabro”
“Cabro: el padre del cabrito”.

            Y ellos, los académicos, ¿qué son, padres o madres de los cabritos? Yo más pienso que son hijos, según, eso de: El hijo de la cabra de un rato a otro bala.

            Para que no se les quede nada en el tintero, y para dejarnos completamente instruidos en esta importante materia, agregan  que, “cabrita” es la hija de la cabra, “desde que mama”. Miguel de Escalada les preguntó con razón ¿si antes que mamen no son cabritas? ¿Ahora yo les voy a preguntar si cuando dejan de mamar ya no son cabras? Cabra la madre, cabra la hija, señores académicos, cabra la leche que las cabrija.

            No vayan a pensar los americanos que este Miguel de Escalada es el único que se ha levantado a dar la voz de alerta a los que hablan español en uno y otro mundo; él tiene el mérito de la iniciativa, pero veinte españoles de los más ilustrados y competentes, cada cual en la materia que trata, han salido protestando contra el insensato e increíble trastorno de la lengua castellana que la Real Academia ha hecho en la última edición del Diccionario. Un notable jurisconsulto, don Adolfo Vallespinosa, ha publicado una serie de artículos en los cuales manifiesta que todas las definiciones tocantes al derecho son erradas, y muchas de ellas ridículas y necias. El “Fabriquero de Canta-Cucos”, nombre tras el cual no se oculta un sacerdote de gran erudición y doctrina, ha tomado por su cuenta el demostrar que todo lo que se refiere a la teología, la liturgia, etc., en el Diccionario adolece de inexactitud, cuando no es absurdo por completo. El señor don Gregorio Herrainz, Director de la Escuela Normal de Segovia, ha publicado un opúsculo admirable contra la Academia. Echegaray ha hecho ver en unos excelentes artículos publicados en “El Liberal”, que todo lo que se refiere a la ingeniatura, la física, las matemáticas, no tiene sentido común. Y en geografía ¿quién no ha protestado? Los que no saben la geografía de su propio país, menos han de saber la historia natural del nuevo mundo, y así no es extraño que definan el paco: “Carnero del Perú”. De suerte que la hembra de este animal, o la "paca", como dirían los académicos, ¿será oveja? No falta sino que la oveja, la verdadera oveja, sea paco; y como ella no es del Perú solamente, sino también de España, tendremos pacos hasta en la calle de Valverde.

            “Casica”, dicen los académicos, “la mujer del casique”. Vean ustedes si “paca” no será la mujer del paco, así como caballa es la mujer del caballo, y reya la mujer del rey. Todo está en saber jugar los bolos, para hacer buenos diccionarios.

            Desde que empezaron a salir los artículos de Miguel de Escalada, el pobre, el triste, el ruin Diccionario dejó de tener venta en España; y esto es lo que les ha sacado de quicio a los señores académicos. En poco está que no lo llamen traidor al sincero, al leal, al útil don Miguel; más no dejan de acusarle de falta de patriotismo; pues, dicen, sus escritos entorpecerán la actividad con que los americanos se estaban acercando a nosotros. Y la necedad, digo yo, con que estaban gastando su dinero en esa enorme empanada de carne de perro que se llama Duodécima edición del Diccionario de la Real Academia Española. Mientras se compone un diccionario cumplido, aténganse los americanos al de Salvá, que, si no es completo, es sensato, y no está plagado de errores y disparates.

            Escalada ha hecho un servicio muy grande a los españoles. Y ha contestado a los niños de la Academia, que no es antipatriótico el impedir que unos traficantes de lengua falsa les den gato por liebre a los americanos. Si los libreros de América hacen a Madrid pedidos de la “Fe de erratas del nuevo Diccionario”, harán a su vez un servicio a sus compatriotas; pues, como todos deben leer ese precioso libro, para aprender muchas cosas a un mismo tiempo que se mueren de risa, no habrá quien no desee adquirirlo**.

            Para concluir, les diremos a los hispano-americanos que no se equivoquen, que este Miguel de Escalada no es un “desconocido”, como han tratado de hacer creer los académicos en sus ineficaces y ruines contestaciones; sino que, tras ese nombre vulgar está uno de los filósofos más competentes de España, y escritor satírico de los más terribles; uno como Larra que pide consonante para “velas", y "les refriega los hocicos” a los tontos con los disparates que echan insolentemente al mundo de las letras. Don Antonio de Balbuena, pues no es otro el tal Miguel de Escalada, ha hecho causa común a favor de los que hablamos español, con el célebre Clarín o don Leopoldo Alas. Aun sin otros auxiliares, estos dos campeones de la lengua castellana bastan para llevarse de calles a los cucuruchos del Diccionario, llamados académicos, por antonomasia, así como el paco es carnero del Perú, y cabritos los que maman la cabra, esto es los académicos rentados para envilecer y echar a perder la lengua que nos dejaron los grandes maestros del siglo de oro.

            Los aficionados a materias filológicas y los pocos aficionados a los mamones de la Academia, busquen, compren y lean también el muy curioso, muy gracioso y muy ameno libro de Sbarbi, titulado “Doña Lucía”; el cual, aun cuando parece novela, no lo es, sino libro de doctrina, mucha doctrina, muy bien escrito y de grande utilidad literaria.

            Excusado es advertir que la Academia Española contiene hombres de mérito, ya por la inteligencia, ya por el saber. Más parecer que éstos, que no son muchos, no forman parte ninguna en la composición de las obras didácticas que salen de esa corporación oficial. De otro modo, no puede uno comprender cómo salen a luz disparates tan escandalosos y pruebas de tan crasa ignorancia, como la noticia de San Bernabé, y como la etimología del sustantivo “capricho y el adjetivo caprichoso”. Pues sepa el mundo que todo esto viene de “cabra”. La cabra, siempre la cabra. Cabra la madre, cabra la hija… Y nuestro clásico “ajo” con “ca” ¿qué piensan ustedes que había sido? ¡Pues ha sido interjección para acariciar y hacer dormir a los niños! Hasta ahora, y hacen cuatrocientos años, habíamos creído que esa inocente, dulce interjección era para despertar a los soldados. Pues ¿ya nos podremos a “ajear” a los niños para hacerles dormir, y a los académicos para hacerles roncar; ¿pero qué reservamos para nuestras cóleras y nuestras insolencias?  ¡Y cuán profundo disgusto les habrá dado Miguel de Escalada a los tres o cuatro hombres sensatos de la Academia con su maldita “Fe de erratas”! ¿Qué dirán Tamayo y Baus, Valera, Alarcón, Nuñez de Arce, al verse en el Diccionario “encabrados” así con Mariano Catalina y los marqueses de los “Ripios aristocráticos”?

* Para nuestros lectores reproducimos este interesante artículo. “El Terremoto de la Lengua Castellana”, publicado por la revista “Europa y América” N° 156, de 15 de junio de 1887, ver “Para los lectores de Juan Montalvo”.

** Librería de Viuda é hijos de Aguado. Madrid; y en la administración de este periódico, al precio de 3,50F.

*** (A) Precisamos que Miguel de Escalada fue un sinónimo utilizado por Antonio de Valbuena: “nació en Pedrosa del Rey (León; hoy sumergido bajo el Pantano de Riaño) en 1844… No será hasta 1883 cuando comience su labor de crítica literaria, que le granjeó odios y amores en el mundo académico, … Además, Antonio de Valbuena publicó un gran números de obras atacando a la Real Academia Española, que consideraba una amenaza contra lengua española. Según afirmó él mismo: "No me propuse con ello (sus críticas) ganar dinero, ni honores, ni fama, sino exclusivamente limpiar nuestra hermosa lengua, que encontré maltratada y corrompida, y devolverla su nativo esplendor"… La obra literaria de Antonio de Valbuena puede dividirse entre una producción de carácter literario y otra de carácter crítico... Entre la obra crítica, destacan sus “ripios” ("Ripios aristocráticos", "Ripios académicos", "Ripios vulgares", "Ripios ultramarinos"), su "Fe de erratas del Diccionario de la Academia" o su popular obra "Des-trozos literarios", in:  . Ver también: “Escritores y editores en la Restauración canovista”

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