viernes, 11 de febrero de 2011

La contribución arqueológica de Emilio Estrada


Por Catherine Lara (2006)


INTRODUCCIÓN

Durante largos años, la zona de ocupación incaica fue el principal foco de atención de la arqueología ecuatoriana. La escasez de huellas incaicas en la costa del país explica quizá por qué esta región fue relegada a un segundo plano dentro de la investigación arqueológica en el Ecuador. No obstante, fueron arqueólogos extranjeros quienes iniciaron el estudio del patrimonio prehispánico de la costa, comenzando por George Dorsey y sus investigaciones en la isla de la Plata, seguidas por las de Uhle, Saville (Manabí), Collier, Murra, Wendell Clark Benett (Idrovo, 1990: 17), Bushnell y von Buchwald. Lastimosamente, estos estudios significaron también el despojo al país de inestimables colecciones pertenecientes al patrimonio nacional. Habrá que esperar la época de Jijón y Caamaño para que arqueólogos ecuatorianos se interesen a su vez por las culturas precolombinas del litoral del país, en un momento en que las investigaciones realizadas en la Sierra ponían cada vez más de manifiesto la existencia milenaria de relaciones entre los habitantes de la Costa y de los Andes. No obstante, luego de los aportes pioneros de Jacinto Jijón y Caamaño al respecto, será un aficionado guayaquileño quien, años más tarde, otorgará a la costa ecuatoriana un papel de primera importancia en el escenario arqueológico nacional: Emilio Estrada Ycaza.

Si bien la formación de Estrada fue en gran parte apoyada por arqueólogos extranjeros, marca el inicio de una era a partir de la cual, poco a poco, la arqueología llegará a suscitar un interés cada vez creciente entre los propios ecuatorianos, luego de décadas de monopolio extranjero en este ámbito. En el contexto de crisis en que se encuentra actualmente el establecimiento arqueológico ecuatoriano, trayectorias como la de Emilio Estrada Ycaza son particularmente elocuentes. El propósito del presente estudio es precisamente definir y analizar la contribución de Estrada a la arqueología ecuatoriana, la cual, como veremos, no se limitó a la simple investigación de los sitios arqueológicos de la Costa.

Desde esta perspectiva, se comenzará por una breve presentación biográfica del personaje, antes de abordar los aportes técnicos y metodológicos introducidos por Estrada, los cuales (tema del último apartado), le permitieron contribuir a un esclarecimiento radical del panorama cultural prehispánico de la costa ecuatoriana.


EMILIO ESTRADA YCAZA

Nada en la vida del joven Emilio Estrada Ycaza hubiera permitido predecir que su nombre constaría algún día entre los más conocidos de la arqueología ecuatoriana: miembro de la alta burguesía agro-exportadora guayaquileña (Idrovo, 1990: 33), descendiente de ilustres personajes y destacado hombre de finanzas graduado en los Estados-Unidos, muchos lo veían ya como candidato a una brillante carrera política. Sin embargo, sus aspiraciones fueron otras.

Emilio Estrada nació en Guayaquil, el 22 de junio de 1916. Era el hijo mayor de una familia distinguida (Meggers, 1962: 78): su padre, Víctor Emilio Estrada, se volvió famoso en el mundo de las finanzas guayaquileñas, mientras que Emilio Estrada, su abuelo, fue electo presidente del Ecuador en 1910, bajo el régimen liberal (Idrovo, 1990: 35). Lejos de vanagloriarse de tan ilustres antepasados, el arqueólogo dejó más bien entre amigos y conocidos el recuerdo de una noble personalidad (Meggers, 1962: 80). Durante toda su vida, participó asimismo activamente en el fomento de obras sociales y actividades deportivas (Idem: 79).

Hombre de negocios y personaje político

Emilio Estrada hizo sus estudios primarios y secundarios en España, Italia, Francia y Estados-Unidos, en donde se graduó de bachiller (Meggers, 1962: 79). Posteriormente, realizó sus estudios universitarios en la prestigiosa Wharton School of Finance and Commerce (Universidad de Pennsylavania) (Idrovo, 1990: 35). En 1937, regresó al Ecuador. Su formación le permitió muy pronto convertirse en uno de los más importantes hombres de negocio de Guayaquil (Meggers, 1962: 79). Director de la Previsora- Banco Nacional del Crédito (Idrovo ,1990: 35), publicó varios estudios sobre la situación económica del país (Meggers, 1962: 79). Su perfil profesional y sus antecedentes familiares no tardaron en propulsarlo a la escena política de Guayaquil, y luego del país: miembro del Concejo Municipal de Guayaquil y alcalde de la ciudad de 1955 a 1956, realizó grandes obras de infraestructura (Idem). No obstante, cortó el curso de sus ambiciones políticas, al rechazar el puesto de candidato a la vicepresidencia de la República que le había ofrecido el partido conservador. Además, su “aceptación de los principios ideológicos y políticos que afirmaban los EE.UU. en nuestro país, lo llevaron inclusive a ser acusado de agente de la Central de inteligencia (CIA), en una década de abierto anticomunismo” (Idrovo, 1990:35).

El arqueólogo

Uno de los grandes méritos de Emilio Estrada Ycaza consiste en haber alcanzado un estatus emblemático en la arqueología ecuatoriana, en gran medida gracias a su formación autodidacta:

Cuando Emilio Estrada vino por vez primera al United States National Museum, un día de otoño de 1953 - un joven alto y serio, ligeramente inseguro sobre la acogida que recibiría-, su interés por la arqueología había recién comenzado. Sin embargo, para el mes de mayo de 1960, su contribución era tan significativa, que dos de los conferencistas que honraban el vigésimo quinto aniversario de la Society for American Archaeology la destacaron con una mención especial (American Antiquity, vol. 27 pp. 50, 67). En menos de siete años, el haber pasado de un aficionado desconocido y poco enterado, a un académico de fama internacional, aceptado de igual a igual por colegas profesionales, es un hecho extraordinario. Sin embargo, el hecho no es tan extraordinario como el hombre (Meggers 1962: 78, mi traducción).

De hecho, lo que más impresiona en la carrera arqueológica del personaje, es su auténtica pasión por ella. En 1953, había iniciado ya su propia colección de piezas prehispánicas. Excavó con sus propios fondos (Idrovo, 1990: 36). Lastimosamente, sus negocios confinaban sus actividades arqueológicas a vacaciones y fines de semana, pero gracias a colaboradores como Julio Viteri, encargado de la prospección de sitios, Estrada tuvo la posibilidad de ganar tiempo, ubicando de antemano los principales focos de atención de sus excavaciones, las cuales realizó siempre con una minucia y un entusiasmo que admiraban a sus colegas y amigos. Dedicaba numerosas horas de ardua labor a sus investigaciones arqueológicas. Cabe literalmente decir que Estrada dio su vida por la arqueología: cuando murió de un ataque al corazón, un domingo de noviembre de 1961, se encontraba justamente clasificando tiestos (Meggers, 1962: 80).

Luego de su encuentro con Betty Meggers y su esposo Clifford Evans en 1953, Estrada descubre el primer sitio Valdivia en 1956, en Punta-Arenas (Guayas). En 1957, identifica a la cultura Machalilla en el sitio epónimo (Manabí) (Estrada, 1958: 7). Ese mismo año, invita a Meggers y Evans a excavar en Valdivia. Es el comienzo de una larga cooperación, concretada a través de investigaciones conjuntas, desde la provincia de Manabí hasta el Oro (cultura Jambelí), incluyendo los estudios dirigidos por los estadounidenses en la región amazónica (Idrovo, 1990: 40).

Las 18 publicaciones del guayaquileño (ver bibliografía), dan fe de su auténtico interés académico por la arqueología, al dar constancia de sus aportes teóricos y prácticos. Entre estos escritos, se destacan particularmente las valiosas colaboraciones a prestigiosas publicaciones internacionales: Science, The American Antrhopologist, así como a la enciclopedia del Instituto per la Collaborazione Culturale. Especial mención merecen las publicaciones editadas desde 1956 por el museo del propio Emilio Estrada. Si bien si su esposa e hijos no compartían el mismo interés por la arqueología, llevaron a cabo el proyecto de publicaciones del arqueólogo, después de su muerte (Meggers, 1962: 80).

En buen hombre de negocios, la difusión de la arqueología nacional y naturalmente, de sus propios hallazgos, parece haber sido otra de las prioridades del trabajo académico de Estrada. Además de colaborar en publicaciones internacionales, nunca se descuidó de repartir sus trabajos a universidades e institutos dentro y fuera del país. Invitado a congresos internacionales (Salvador Lara, 1978: 168), era miembro de la “Society for American Archaeology” y de la “Associate of Current Anthropology”. Durante sus viajes a Estados-Unidos, se reunía con varios arqueólogos especializados en el área de América Latina (Meggers, 1962: 80). Tuvo inclusive el honor de presentar su tesis del contacto transpacífico en Yale (di Capua, 1962: 66).

Asimismo, a más de su colaboración con Evans y Meggers (con quienes cuenta con 6 publicaciones conjuntas), Estrada estuvo en contacto con notables científicos extranjeros, entre los cuales George Metcalf, Harold A. Rehder, Henry Setter, Marshall Newman, E. P. Henderson, Leonardo P. Schultz, William Taylor (Museo Nacional de Arqueología de los Estados-Unidos), Dr. Meyer Rubin (Servicio Geológico de Norteamérica), Gordon Willey (Museo Peabody de la Universidad de Harvard), así como con estudiosos nacionales, tales como Francisco Huerta Rendón, Carlos Cevallos Menéndez, Antonio Santiana y María-Angélica Carluci (Salvador Lara, 1978: 168).

En resumidas cuentas, si bien sus antecedentes parecían anunciarle otro destino, Emilio Estrada Ycaza se forjó un nombre en la arqueología ecuatoriana, principalmente gracias a su pasión por ella, la cual le permitió convertirse en un destacado académico. ¿Cuál fue el perfil arqueológico de Estrada Ycaza y en qué sentido constituyó éste un aporte para la arqueología de su país?


LA CONFIGURACIÓN ORIGINAL DE UNA PROPUESTA ACADÉMICA PARA LA ARQUEOLOGÍA ECUATORIANA

El aporte de Emilio Estrada a la arqueología del país se enmarca dentro de un contexto que instituyó más que nunca a la costa ecuatoriana como eje de interacción con el extranjero: fin del conflicto con el Perú en 1941 y de la Segunda Guerra Mundial luego; ocaso de la influencia europea en América latina a favor de la presencia estadounidense. “Bien podría decirse que con Evans y Meggers comienza la arqueología contemporánea del Ecuador” (Salazar, 1994: 8). No está de más añadir que este benéfico aporte de Evans y Meggers comenzó con su colaboración en la formación antropológica y arqueológica del autodidacta Estrada Ycaza (Idrovo, 1990: 36). Sin embargo, refiriéndose a la labor conjunta de Estrada, Evans y Meggers, ésta subraya que "se debe poner énfasis en que estos descubrimientos fueron hechos por Estrada y su mérito le pertenece plenamente, a pesar del hecho de que coautores aparezcan en vario artículos que los hicieron públicos, a insistencia del propio Estrada" (Meggers 1962: 79, mi traducción).

Efectivamente, más allá de los descubrimientos en sí, Estrada desarrolló una metodología arqueológica que constituyó por sí sola uno de sus mayores aportes. ¿Cuáles fueron las bases técnicas y teóricas de esta metodología?

Fundamentos teóricos de la arqueología de Estrada

El gran patriotismo de Estrada y su amor al país, al cual habría aprendido a apreciar mucho más luego de sus largos años de estadía en el exterior (Meggers, 1962: 79), otorgaron un tinte especial a los estudios arqueológicos del investigador. A lo largo de su obra, se evidencia efectivamente la reivindicación de lo propiamente ecuatoriano:

(…) nuestro país existió desde 2 500 años antes de Cristo, como una unidad étnica independiente, o sea una nación con características muy propias, y de los cuales tenemos justo derecho a sentirnos orgullosos (Estrada, 1962 a: 8).

El conocimiento de la historia de un pueblo es necesario para establecer la tradición sobre la cual se basa una nacionalidad, y unificar así, aunque sólo fuera espiritualmente, a sus componentes. Mientras más atrás se remonta la historia de un país, más se eleva el civismo de sus habitantes, y se eleva más el espíritu patrio que es fuente principal de fortaleza, tanto en la paz como en la guerra (Estrada, 1958: 5).


De cierta manera, Estrada logró su objetivo:

Pensaba que el conocimiento de la historia era un ingrediente esencial al desarrollo del patriotismo y la unidad nacional, y su objetivo era proveer al Ecuador de este fundamento. Para la fecha de su repentino e inesperado fallecimiento, el 12 de noviembre de 1961, lo había considerablemente logrado, al haber cambiado la imagen (del país) de la de un área subdesarrollada, ocupada por tribus primitivas hasta la era incaica, a la de un centro de decisiva importancia en el desarrollo y expansión de la civilización prehistórica del Nuevo Mundo (Meggers, 1962: 80).
No solamente que lo logró, sino que quiso también revelar este logro al resto del país: quería que su museo llegue a pertenecer al pueblo de Guayaquil; poco antes de su muerte, inclusive planeaba la edificación de un centro de exposiciones (Meggers, idem: 79).

Sin embargo, puede parecer contradictorio que Estrada haya asimismo abogado por teorías difusionistas, como lo manifiesta dentro de su colaboración al estudio arqueológico del valle de los Quijos, realizado por el padre Porras: en ella, resalta, la existencia de “relaciones extraterritoriales dentro del país y del continente” (Estrada, 1961 c: 165). Cierto es que, en este caso, hace partir la difusión del mismo valle de los Quijos hacia Colombia al norte y Catamayo al sur (Idem: 168), contrariamente al planteamiento de su hipótesis del contacto transpacífico, en que la difusión es recibida por las culturas del litoral ecuatoriano. En una comparación entre la ideología de Jijón y Caamaño y Estrada, Idrovo propone una explicación a este aparentemente extraño interés por el difusionismo:

Sus posiciones políticas se orientaban por la hegemonía de un grupo privilegiado que directa o indirectamente ellos representaban. No hubo en cambio como en el caso de Jijón, ese virtual desprecio por “las clases inferiores de la sociedad”, pero de hecho su consideración por ellas, no era la mejor, ni veía su rol protagónico en la historia: identificados con el indio y el montubio; éstos, herederos de las viejas culturas andinas, no estaban en capacidad de tales propósitos o realizaciones (Idrovo, 1990: 38).

Por esta razón, tanto Jijón como Estrada habrían buscado el origen de las culturas precolombinas del Ecuador fuera del país. Puede ser que este posicionamiento haya tenido algo que ver con las inclinaciones difusionistas de los dos arqueólogos. Pero en el caso de Estrada, otros factores merecen no obstante ser tomados en consideración: en primer lugar, la posición claramente difusionista de Evans y Meggers tuvo una influencia imprescindible sobre las hipótesis adoptadas por Estrada. Además, un análisis más detallado de su obra revela que sus ideas difusionistas parecen cobrar fuerza en sus últimas investigaciones, luego de que había logrado ya otorgar un reconocimiento arqueológico al Ecuador, a raíz de sus anhelos patrióticos, los cuales nunca desaparecieron de su obra.

La introducción de nuevas técnicas

A nivel técnico, la labor de Estrada en la arqueología ecuatoriana se caracterizó primeramente por la introducción de nuevos procedimientos de explotación del material arqueológico, que permitieron una mayor precisión en el conocimiento del mismo, tanto a nivel cualitativo como cuantitativo. Estas innovaciones consistieron principalmente en el uso de técnicas estratigráficas y de nuevos métodos de datación.

La estratigrafía fordiana fue desarrollada por James Ford a raíz de sus investigaciones arqueológicas en Perú. Este método fue luego ampliamente difundido por Collier, Murra y Benett en la arqueología latinoamericana en general (Idrovo, 1990: 33). Según Estrada, Evans y Meggers le enseñaron a realizar estratigrafías culturales, aplicadas a “basurales o depósitos de tiestos” (Estrada, 1962 a: 59). Esta técnica fue uno de los principales fundamentos de las tesis emitidas por los tres investigadores:

El marco contextual de la costa ecuatoriana ha sido definido a partir de evidencias de diferentes tipos. Las secuencias locales se basan en excavaciones estratigráficas y seriación cerámica, cuyos, resultados han sido confrontados con investigaciones en varios centenares de sitios habitacionales (Meggers; Estrada, 1961: 914).

Gracias a esta técnica, Estrada tuvo la oportunidad de estudiar 300 000 tiestos únicamente en la región de Manabí (Estrada, 1962 a: 11) y ¡dos millones durante su corta carrera arqueológica! (Estrada, 1962 a: 8). Gracias a la estratigrafía, Estrada también estuvo en medida de refutar algunas conclusiones de Jijón y Caamaño referentes a la arqueología del valle de los Quijos, al indicar que éste evidenció ocupaciones vinculadas a las fases Panzaleo I y II (Estrada, 1961: 166).

Por otra parte, el arqueólogo guayaquileño se apoyó considerablemente en diversos métodos de datación, como el ya conocido carbono 14, o los más recientes análisis de polen e hidratación de la obsidiana. El arqueólogo enviaba muchas de sus piezas a laboratorios estadounidenses, para análisis (Salvador Lara, 1978: 165). Inclusive tuvo la oportunidad de realizar análisis de textiles (Estrada, 1957 b: 79), muy escasos en el registro arqueológico litoral, debido al ambiente húmedo y poco apto a su conservación.

Métodos de trabajo

A lo largo de su obra y a medida que se familiarizaba con las técnicas a su disposición, Emilio Estrada Ycaza enriqueció cada vez más los fundamentos de sus hipótesis.

Si leemos los trabajos en orden cronológico, asistimos, a través de ellos, a una gradual profundización de conceptos, y a una nueva comprobación de lo que es el axioma de toda ciencia (…) (di Capua, 1962: 55).
En Arqueología de Manabí Central, señala precisamente que el método de “hidratación gradual de la obsidiana”, combinado al de datación por carbono 14, le permitió alcanzar una mayor precisión analítica que en Prehistoria de Manabí (Estrada, 1962 a: 3). No obstante, esta evolución mencionada por di Capua se refiere también al método de trabajo desarrollado por Estrada, que se caracterizó por una gran capacidad sintética, tal como lo demostró en su artículo “Ecuador”,en el que logra un resumen sucinto de las culturas del país, desde el período Precerámico hasta la época colonial, para cada región del Ecuador, y mencionando a estudiosos destacados de la época (Estrada, n/d: 498). A esta capacidad sintética, alió diversas herramientas de investigación, las cuales revisaremos a continuación: la creación de un museo arqueológico, el uso de una documentación abundante y variada, la realización y utilización de soportes visuales, el empleo de técnicas de tipología y seriación en el procesamiento de materiales, la búsqueda de evidencia lingüística y toponímica, la reconstitución de prácticas precolombinas, el desarrollo de un enfoque histórico-antropológico y, finalmente, el implemento de su famosa cronología del período prehispánico en el Ecuador.

La creación del museo de arqueología costeña Víctor Emilio Estrada, no sólo permitió el almacenamiento de las piezas halladas por el equipo de investigación de Emilio Estrada, sino que fue también un centro de estudios y de investigaciones, que tuvo su propio catálogo (Meggers, 1962: 79). Fue también a partir del museo que Estrada creó su propia colección de publicaciones arqueológicas, que le permitieron difundir sus investigaciones.

De hecho, la documentación bibliográfica que fundamentó los estudios del guayaquileño, contribuyó decisivamente al enriquecimiento de los mismos. Gran parte de sus trabajos hacen referencia a mapas y documentos históricos (Idrovo, 1990: 36). Cita por ejemplo al padre Velasco, a González Suárez y a cronistas como Estete, Cabello Balboa, Lizárraga o Vásquez de Espinosa (Salvador Lara, 1978: 165), tal como se lo puede apreciar en sus “citas de nuestra historia”, en las primeras páginas de Los Huancavilcas: útlimas civilizaciones prehistóricas de la costa del Guayas (Estrada, 1957c: 11), o en su resumen histórico de Esmeraldas y Manabí septentrional (Estrada, 1957 a: 7). En el marco de su estudio sobre las balsas manteñas, cita también a Dampier, bucanero del siglo XVII (Estrada, 1957 c: 49), y a Jorge Juan y Antonio de Ulloa (Estrada, 1955: 3).

No obstante, Estrada insiste en que

la prehistoria nuestra debe ser reescrita, no por cierto con citas de aquellos autores de nuestros primeros tiempos históricos que basaron sus escritos en noticias incompletas venidas por bocas de terceros (Estrada, 1962 a: 9).
Como resultado, Estrada procuró confrontar los datos históricos con investigaciones arqueológicas modernas, como las de los extranjeros Dorsey, Saville, Rivet, Verneau, Uhle, von Buchwald, Bushnell, Collier, Murra, Stirling, Ferdon, Imbelloni, Pérez de Barradas, Larco Hoyle, Ekholm, Druker, Willey, Reichel-Dolmatoff, Lathrap, y los nacionales Huerta Rendón, Zevallos Menéndez (Salvador Lara, 1978: 165), Jijón y Caamaño, entre otros.

El método investigativo de Estrada se caracterizó también por su gran minucia y rigurosidad: cada pieza era fotografiada, medida y restaurada (Salvador Lara, 1978: 164). Respetando la ubicación estratigráfica de cada artefacto, estos resultados eran reportados en tablas (Estrada, 1962 a: 60), cuadros comparativos en base a listas de atributos de distintas culturas (Estrada, 1958: 99; 1957 a: 142) o estadísticas. Las investigaciones eran complementadas con dibujos de gran calidad de las piezas arqueológicas (Estrada; Meggers; Evans, 1959: 87).

Los cuadros y gráficos eran a menudo realizados en base a dos métodos de clasificación del registro, comúnmente usados por Estrada: la tipología y la seriación. El arqueólogo demostró una gran destreza en el manejo del concepto de tipos. En el caso de la cultura Valdivia, se preocupó primeramente en definir los atributos según cada segmento de las piezas, como base para un análisis posterior. Los segmentos de la pieza a tomar en consideración fueron identificados como: labio (aplanado, redondo o biselado), borde (directo, evertido, expandido, doblado, engrosado interior y exteriormente, combado o carenado), base (aplanada, cóncava o tetrápodo) y finalmente, la forma de la vasija (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 27). Por otra parte, la clasificación tomaba en cuenta el método de manufactura de la pieza, el tipo de desgrasante usado, la textura, el color y la cocción (a nivel de la pasta), y el color, tratamiento y cocción de la superficie. De esta manera, Estrada, Meggers y Evans definieron la existencia de doce tipos cerámicos Valdivia: Valdivia ordinario, Valdivia pulido, Valdivia rojo pulido, Valdivia pulido en líneas, Valdivia tiras sobrepuestas, Valdivia inciso línea ancha, Valdivia exciso, Valdivia inciso línea fina, Valdivia inciso, Valdivia modelado, Valdivia pulido con guijarro y Valdivia punteado (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 34).

En último término, este tipo de análisis incluía también la frecuencia de aparición del objeto y su posicionamiento en la escala estratigráfica, desembocando así en una clasificación de los materiales en porcentaje por nivel, formalizada en una explicación graficada (Estrada, 1962 a: 59). Éste es el método de la seriación, aplicado principalmente en ausencia de evidencia cronológica del registro.

Desde otro punto de vista, Estrada basó también sus investigaciones en referencias lingüísticas y toponímicas, como reveladoras del parentesco existente entre las culturas precolombinas de la Costa. Investigó asimismo sobre el origen del nombre “Guayaquil”, según él proveniente del cayapa Gua-ya-qui o “casa grande de la parcialidad”. Contrariamente a otra tesis existente sobre el origen toponímico de Guayaquil, Estrada pone en duda la existencia de una princesa Quil, sugiriendo más bien la del régulo Guayas (o Huaillas como lo llamaban los Incas), el cual habría tomado el nombre del pueblo que gobernaba esto es, Gua-Ya-Chi o Yaguachi, cercano a Milagro. En Esmeraldas y Manabí, localizó la repetición de ciertos fonemas al parecer de origen Tsáchila (Estrada, 1979 c: 101). Cerca de Bahía existe de hecho una localidad llamada Tsaquila (Estrada, 1979 c: 102), mientras que la apelación “Colonche” vendría del colorado “Kilinchi” o costilla. Por su parte, en base a esta misma etimología tsáchila o colorado, “Manabí” significaría “aguas de venado”, tomando en cuenta que éstos eran animales sagrados en la zona, al igual que entre los Jívaros, antepasados probables de los Colorados (Idem: 104). Si bien estas indagaciones se inspiran en el aporte de Jijón y Caamaño a la lingüística precolombina en el Ecuador (Ecuador interandino y occidental), lo complementaron a su vez.

Por otra parte, así como el estudio de la lítica prehistórica europea se enfocó en la reproducción y reconstitución de técnicas de talla de la piedra, Estrada reconstruyó uno de los elementos más representativos de la costa ecuatoriana a partir del Período de Desarrollo Regional: la balsa. Los árboles de balsa crecen a orillas del río Guayas. Estrada identificó a la isla Puná como uno de los mayores centros de construcción de balsas. En base a evidencias documentales, el investigador definió la existencia de tres tipos de balsa: la balsa grande, la jangada y la balsilla. La balsa grande habría servido para el transporte de productos y comida en viajes largos (hasta Panamá, por ejemplo). "Se manejaba mediante un remo. El casco se componía de 20 a 30 rollizos de madera. Sobre éste había una o más cubiertas sostenidas sobre un ensamblaje de rollizos"(Estrada, 1955: 1).

La jangada se usaba más bien para transporte local de bienes y pasajeros. El casco tenía desde “siete, nueve y hasta a once rollizos, y era manejado a través de mástiles, que podían ser tan numerosos como de tres hasta dieciocho” (Estrada, 1955: 2). Es precisamente este tipo de embarcación la que fue reconstruida y probada por Estrada, junto a Thor Heyerdahl. Se comprobó que el mecanismo de mástiles, combinado al uso de velas, permitió una gran facilidad de maniobra de la nave. Por último, la balsilla parece haber sido usada para la pesca en el litoral (Idem: 5). Estrada sostiene además que

Las balsas oceánicas manteñas, las jangadas del Brasil, los Piperos, balsas de los Tupinambas, las Imbaburas, canoas de los Cayapa-Colorado; los Sechuras, remanentes de las balsas manteñas; los caballitos de Arica, las Balsillas de Playas etc., constituyen eslabones en la teoría de una relación cultural desde el Amazonas a la costa oeste de la América del Sur, y hasta Costa-Rica y Nicaragua, habiéndose encontrado también allí, navegación de balsa según lo muestra Lathrop (Estrada, 1957 c: 56).

De hecho, inspirándose en parte en el enfoque de Meggers y Evans, Estrada vio muy pronto la necesidad de desarrollar una perspectiva antropológica frente al estudio del registro arqueológico. Por lo tanto, más que los objetos, era su significado lo que más le interesaba (Meggers, 1962: 79).

A medida que iba ganando conocimiento y experiencia, su entusiasmo también creció, y desarrolló una casi inquietante habilidad en la interpretación. Lo que le interesaba eran las conclusiones, y sus reportes reproducen poco de la tediosa documentación que basan la investigación (Meggers, 1962: 79, mi traducción).

Su profundo conocimiento del material arqueológico y su creciente desenvolvimiento en la teoría antropológica, se añadirían a una excepcional habilidad en sacar inferencias a partir de la evidencia; lo dotaron hasta un punto rara vez alcanzado por los arqueólogos profesionales, en volver significantes a las contribuciones de la ciencia (idem: 81, mi traducción).

De hecho, el mismo Estrada señala

En este trabajo, nosotros hemos sobrepasado la etapa que se puede llamar arqueografía, que está aparentemente dominando la escuela norteamericana de antropología, en la cual militan precisamente nuestros maestros, aquellos que generosamente nos brindan consejos; enseñanzas; mas circunscribirnos a meras descripciones de sitios, artefactos, nos hubiese restado prácticamente todo lo estimulante, lo fascinante que sentimos, al ir poco a poco ensamblando las piezas de este magnífico y prácticamente desconocido rompecabezas que ha sido la arqueología del Guayas (Estrada, 1957 b: 5).

En efecto, Estrada se preocupó por definir las características culturales de los pueblos que estudiaba (Estrada, 1958: 21). Según el tipo de objetos encontrado y su evolución, buscó por ejemplo encontrar si una cultura era o no belicosa (Estrada, 1958: 83). Asimismo, en base a las características establecidas del registro arqueológico de Milagro-Quevedo, establece un sumario de sus rasgos culturales: costumbres funerarias, tecnología, vestuario, habitación, lengua, armas, industria, lítica, extensión territorial, ritualidad y religión (Estrada, 1957 b: 24), otorgando así un acercamiento mucho más antropológico a su obra. En último término, la definición e interpretación de rasgos estilísticos se inscribían dentro de las ideas difusionistas, holísticas y comparativas del autor acerca de la cultura: compara por ejemplo los motivos Valdivia con la cerámica amazónica, o con las mitologías serrana y caribeña: establece asimismo que el motivo del búho encontrado en la cerámica valdivia sugiere mal agüero en la serranía ecuatoriana, y feminidad entre los arawak (Estrada, 1957 b: 61). Reflexionando sobre el posible origen amazónico de la cultura Milagro-Quevedo, Estrada se basa en el dicho guayaquileño “echarle al muerto” (es decir, maldecir a un enemigo “enviándole” el espíritu de un difunto), cuyo origen se asimilaría a la costumbre de los shamanes jívaros de trasladar ritualmente el espíritu de un fallecido a algún enemigo de la comunidad (Estrada, 1979 c: 89). Se observa así que Estrada se basó tanto en evidencia material como en remanencias lingüísticas y etnoarqueológicas, las cuales, en último término, constituyeron bases más sólidas que las simples indagaciones de índole difusionistas realizadas a partir de la evidencia material.

En último término, uno de los mayores aportes metodológicos que inmortalizaron el nombre de Estrada en la arqueología ecuatoriana consiste sin duda en su “cuadro cultural global del Ecuador”, el cual, aún vigente, define la existencia de tres períodos históricos culturales y geográficos, así como sus respectivas culturas: a partir de 2 500 a.C.(fecha mucho más temprana de las que hasta ese momento aparecían en la arqueología ecuatoriana), empezaría el Período Formativo, principalmente representado por las culturas Valdivia, Machalilla y luego Chorrera, Monjashuacio y Narrío Antiguo. De 500 a.C. a 500 d.C., se da el período de Desarrollo Regional, con Tejar, Daule, Guangala (Los Ríos, Guayas, El Oro), Jambelí (Puná), Bahía I y II, Jama Coaque (Manabí), Teaone (Esmeraldas), Narrío Moderno y Huancarcucho (Sierra Sur), Tuncahuán (Sierra Central), Ilumán y Panzaleo I (Sierra Norte). Le sigue el Período de Integración, con Milagro-Quevedo en Los Ríos, Guayas y El Oro, Playas Chirije y Manteño, (repartidos entre Puná, Guayas y el sur de Manabí), Atacames (entre Manabí norte y Esmeraldas), Cashaloma en la Sierra sur, Huavalac, Elen Pata, San Sebastián (Sierra Central), Panzaleo II y III en la Sierra norte y por último, la fase incaica, en toda la Sierra (Estrada, 1958: 13-18).

Basado en el esquema de Steward (1948) para las culturas de América del Norte, este cuadro cronológico introduce modificaciones a la secuencia establecida por Jijón y Caamaño, y fue acreditado por Betty Meggers en Ecuador (Salazar, 1994: 8).

La clasificación de Estrada se volvió en gran parte posible gracias al empleo de las técnicas de estratigrafía y análisis cerámicos.

Al hallarse estas secuencias locales bien definidas, fue posible la alineación general de períodos en base a las características cerámicas compartidas entre complejos, en diferentes áreas. Una subdivisión en tres períodos cronológicos generales que fue diseñada para responder en forma óptima al panorama de desarrollo del Ecuador (Meggers; Estrada, 1961: 914).

Si bien Estrada se inspiró de los aportes de diversos investigadores nacionales y extranjeros, desarrolló un acercamiento metodológico propio que le permitió alcanzar una visión científica de lo que llegaría a ser su principal campo de investigación: las culturas precolombinas del litoral ecuatoriano.


EMILIO ESTRADA Y LA ARQUEOLOGÍA DE LA COSTA ECUATORIANA

Es innegable que con Estrada, resurge la arqueología de la costa ecuatoriana, luego de un largo período de abandono desde las últimas excavaciones de Saville y Dorsey (Salazar, 1994: 8). Este resurgimiento destacó considerablemente, al partir de novedosos enfoques técnicos y metodológicos. A continuación pues, se seguirá el esquema propuesto por el propio Estrada, en vistas a esbozar brevemente la forma en que lo explotó y desarrolló al estudiar las principales culturas prehispánicas de la costa ecuatoriana.


Período Formativo

Al iniciar su prospección arqueológica en Guayas, Estrada intuía ya la existencia de culturas muy antiguas en la Costa. Las recolecciones de superficie en Chorrera junto a Meggers y Evans, habían revelado la existencia de otro tipo cerámico, que resultó ser más antiguo.

La cultura Valdivia fue descubierta en 1956 por Emilio Estrada, como resultado de un programa sistemático de reconocimientos arqueológicos y excavaciones en la Provincia del Guayas, programa que fue iniciado unos años antes. El primer sitio identificado fue G-25: Punta Arenas de Posorja, encontrado en mayo, 1956, pero los restos de cerámica estaban demasiado erosionados para dar más que un mero indicio de su importancia. Con el descubrimiento de G-31: Valdivia, en octubre, 1956, Estrada de inmediato se dio cuenta que estos dos sitios representaban una cultura perteneciente al horizonte Formativo inicial. Enseguida Estrada emprendió cuatro excavaciones estratigráficas y un pozo de prueba (cortes A-D) en G-31: Valdivia, publicando luego un informe sobre la base de un análisis preliminar de los tiestos clasificados del corte B (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 3).
Esta cultura fue datada en 4 450 ± 200 a.C. siendo así la más antigua del Ecuador (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 7), y su cerámica, la primera del continente. Estrada destaca el hallazgo de figurines asociados a un culto a la fertilidad (período más tardío) (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 10). A más de identificar la tipología cerámica (Estrada, Evans y Meggers 1959: 34), estableció el uso de raederas, cuchillos, pesos para pescar, martillos, machacadores, fragmentos de manos y metates, guijarros y raspadores de concha, hueso y piedra (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 21). Posteriormente, se encontraron incluso restos humanos (Estrada; Evans; Meggers, 1965: 229). En base al acucioso análisis de los vestigios materiales encontrados, los investigadores concluyen:

El cuadro que surge de la vida en el período Valdivia puede esbozárselo así: la población estaba agrupada en pequeñas colonias dispersas por la costa. Las comunidades tenían una economía autónoma, obteniendo sus alimentos principalmente del mar con mayor énfasis en mariscos, pero probablemente utilizando también plantas comestibles. Aunque las pruebas no son concluyentes, puede inferirse que probablemente se practicaba una agricultura incipiente, aunque quizá no fuese primariamente para productos alimenticios. La caza parece haber tenido poca importancia. Con recursos alimenticios abundantes pero cuya obtención requería tiempo, hubo poco desarrollo de las artes y de la producción artesanal, aunque la decoración de algunas de las vasijas va más allá de los simples requisitos de conveniencia para su uso como recipientes u ollas. La organización social era simple y la religión probablemente involucraba la idea de que las enfermedades eran causadas por espíritus malignos, enfocándose el ritual hacia su desenmascaramiento y evicción (Estrada; Evans; Meggers, 1959: 10).
Sin embargo, frente a la ausencia de evidencias anteriores, Estrada, Evans y Meggers llegaron a la conclusión de que Valdivia había alcanzado un nivel tecnológico demasiado desarrollado como para haber sido inventada localmente (Estrada; Evans; Meggers, 1962 c: 372). Su mirada se tornó luego hacia culturas peruanas, mesoamericanas y asiáticas, en base a ideas difusionistas y valiéndose de los famosos cuadros comparativos. En primer lugar, Estrada establece correlaciones estilísticas entre Valdivia y el sitio Casita (Perú) (Estrada, 1962 b: 36), las cuales sugerían la existencia de algún tipo de contacto con las culturas peruanas, sobre todo al observar la equivalencia cronológica entre estas dos culturas, en un período de desarrollo generalizado de la agricultura (Estrada, 1956: 8). Este contacto habría progresivamente disminuido hasta la llegada de los incas (Estrada, 1962 b: 33). Por otra parte, en base al mismo método comparativo y estilístico, Estrada estableció la existencia de un contacto entre Valdivia y culturas mexicanas (Estrada, 1957 a: 162). Sin embargo

La investigación sobre el Formativo, cuya publicación (Meggers, Evans y Estrada 1965) ha sido considerada por muchos arqueólogos como el modelo de informe arqueológico, se convirtió pronto en foco de aguda controversia al plantearse en ella el contacto transpacífico como explicación de la aparición repentina de la cerámica valdiviana (Salazar, 1994: 9).
Es la teoría del contacto transpacífico. Partió del descubrimiento de un conjunto arqueológico manabita asociado al período Han (China), desde donde habría llegado al Ecuador (Estrada, 1979 b: 3). Posteriormente, el autor plantea que la cultura Jomón de Japón habría entrado en contacto en Valdivia, durante su última fase (Estrada, 1979 b: 4). Si influencia extranjera hubo, ésta no habría podido venir de otro lugar, ya que no existía en esa época ninguna cultura más desarrollada que Valdivia en el continente (Estrada, 1979 b: 6). En México, Coe había sugerido ya la existencia de la intervención jomón (Idem: 5). La teoría del contacto transpacífico se basa en comparaciones estilísticas; los investigadores encontraron efectivamente asombrosos parecidos entre Jomón y Valdivia: modelos de casa de barro, descansa-nucas, figurinas (asociados además a los vajrapariyanka de la India), pesos para pescar (Meggers; Estrada, 1961 b: 917). Al parecer, en la época en que se habría realizado este contacto cultural (100 a.C.), Jomón estaba en pleno desarrollo, y Valdivia, particularmente propensa a recibir “nuevas ideas” (Meggers; Estrada, 1961 b: 936).

En todo caso, la extensión de dichos posibles contactos transpacíficos en tiempos tan tempranos como los aquí mencionados, ayuda a aclarar extrañas inyecciones tecnológicas y estilísticas en muchas de nuestras civilizaciones americanas, y a desechar las opiniones de timoratos opuestos a todo contacto transpacífico directo, pese a la gran cantidad de pruebas presentadas hasta hoy (Estrada, 1979 b: 12).

¿Pero cómo habrían llegado los Jomoneses desde Japón hasta el Ecuador? Se había establecido ya la vocación marítima de Valdivia, cuyos asentamientos se encontraban perfectamente alineados al litoral (Estrada, 1979b: 8). Se sostuvo luego que las corrientes marítimas del Pacífico habrían trasladado a náufragos jomoneses hasta las costas ecuatorianas (Estrada; Evans; Meggers, 1962 c: 372).

La una es la corriente ecuatorial, que corre desde el este de las islas Carolinas, hacia el norte del ecuador; la segunda, la corriente Negra o Japonesa, que corre desde Japón hasta la costa de Colombia Británica, en donde se divide en las corrientes de Alaska y California (Estrada; Evans; Meggers, 1962 c: 371).

No se descartó inclusive el contacto con otras culturas asiáticas (Estrada; Meggers; Evans, 1962 c: 372). Esta teoría fue desarrollada poco antes del fallecimiento de Estrada, quien, en la espera de pruebas suplementarias, tampoco desechó la posibilidad de otras hipótesis.

O tal vez nos encontremos con que la presencia de cerámica en Valdivia A es invención independiente siendo en ese caso tal vez Valdivia el centro irradiante de todo el continente, como lo considera Willey (Estrada, 1979 b: 12).

Posterior a Valdivia, Chorrera representa según Estrada la “base de la nacionalidad ecuatoriana” (Estrada, 1960: 65). Efectivamente:

Chorrera significa por su localización el primer movimiento migratorio con agricultura. Ya no dependiendo exclusivamente del mar para su sustentación, Chorrera se movió hacia el interior del país, hasta Cañar y Azuay (di Capua, 1962: 62).

Nuevamente, Estrada identificó las influencias culturales recibidas por Chorrera. Partiendo desde comparaciones estilísticas y tipológicas, establece similitudes entre las cerámicas Chorrera, Chavín y Recuay del Perú (Estrada, 1979 a: 92). Esta influencia mutua se habría dado por medio de Narrío, mientras que Chorrea habría a su vez recibido inspiraciones mesoamericanas (Estrada, 1962 b: 39). En última instancia, Estrada evoca la llegada de pueblos amazónicos a la costa, quienes habrían modificado considerablemente el curso evolutivo cultural de los grupos descendientes de Chorrera, especialmente Machalilla, y cuyos representantes serían los Cayapas y Colorados (Estrada, 1958: 21). Cabe notar que, contrariamente a los planteamientos de Meggers, esta propuesta de Estrada significó una apertura a las hipótesis de Lathrap, quien, negando cualquier tipo de contacto transpacífico, sugería más bien buscar los orígenes de Valdivia en la Amazonía.

Período de Desarrollo Regional

Las investigaciones de Estrada establecieron la existencia de culturas “de transición” entre los períodos Formativo y de Desarrollo Regional: Monjashuaico-Protonarrío, Bahía I (Salvador Lara, 1978: 170). Sin embargo, Estrada se interesó más específicamente en dos culturas: Bahía y Jambelí.

Estrada identificó nueve estilos cerámicos asociados a la cultura bahía: Bahía, Chone, Cojimíes, Modelado, Jaramijó, la Plata Hueco, la Plata Sentado y la Plata Sólido (Estrada, 1962 a: 53), en base a un recorrido por los sitios arqueológicos localizados en la provincia de Manabí, desde Manta hasta San Mateo (Idem: 16). Los datos estratigráficos de dichos sitios le permitieron establecer que Bahía precedió a la cultura manteña (Estrada 1957 a: 59). Estrada notó además la gran producción de figurines cerámicos bahía (Idem: 119), lo cual lo condujo a definir una secuencia evolutiva de estas piezas. Pudo así definir que la isla de la Plata, en donde excavó, no era un centro ceremonial manteño, sino Bahía (Ibidem: 62).

En lo que se refiere a Jambelí, los estudios de Estrada y Meggers definieron que esta cultura se originó por la llegada a la provincia del Oro de grupos venidos del norte. En efecto, en la región no se encontró ninguna huella de ocupación anterior. Los asentamientos de estos grupos habrían poco a poco sido empujados hacia el sur, debido a la paulatina desaparición de los manglares, su principal fuente de subsistencia (Estrada; Evans; Meggers, 1964: 539). No existen dataciones de carbono 14 para esta cultura, pero en base a su estilo cerámico y a la evidencia de contactos con otras culturas, los investigadores la ubicaron entre 500 a.C. y 500 d.C. Al parecer, los habitantes de Jambelí seguían viviendo de mariscos, a pesar de que ya se practicara una agricultura incipiente en el norte de la provincia: los artefactos encontrados no sugieren ninguna práctica agrícola (Estrada; Evans; Meggers, 1964: 540).

Período de Integración

Para este período, Estrada definió un panorama geográfico de las culturas que ocuparon la costa ecuatoriana: la cultura Milagro-Quevedo se habría extendido desde la cuenca del Guayas hasta El Oro (Estrada, 1957c: 17), mientras que los Huancavilcas o Manteños del Sur, se habrían orientado entre la Península de Santa Elena, Colonche y el Golfo de Guayaquil (Idem: 18). La región norte del litoral habría sido ocupada por los Manteños (desde Puná hasta Bahía), y la fase final de Jama-Coaque, en Esmeraldas (relación con Tumaco) (Estrada, 1957 a: 63). Los Cayapas-Colorados se habrían asentado al este de esta zona (Idem: 17). De hecho, tanto Milagro-Quevedo como Manteño y Huancavilca serían descendientes de los Cayapas-Colorados (Estrada, 1979 a: 70). Esta migración se habría dado en varias etapas: los primeros en llegar a la costa (más precisamente, a Esmeraldas), habrían sido los Cayapas, mientras que los Colorados, de influencia jíbara y chibcha más marcada, habrían llegado posteriormente al Guayas, expandiéndose luego hacia Loja (Idem: 87). Por esta razón, Estrada insistió en el parentesco existente entre las culturas del litoral ecuatoriano del Período de Integración. La cultura manteña se habría caracterizado por su importante industria lítica, la navegación y la representación recurrente del felino (Estrada, 1957 c: 37), así como el desarrollo de concentraciones urbanas y centros ceremoniales (Estrada, 1957 a: 173), como el de Salango (di Capua, 1962: 63).

A su vez Milagro demuestra ser la cultura portadora a través del Ecuador de elementos norteños y sureños. Es el crisol en que se funden las metalurgias colombianas y peruanas, dando como resultado un arte propio (Estrada, 1952 b: 50).
Las culturas Milagro y Quevedo se diferencian efectivamente a nivel de sus tipos cerámicos (Estrada, 1957 a: 32). Pero ambas habrían recibido influencias manteñas; compartían además un culto a la fertilidad (Idem: 46). Estrada menciona también la existencia de una influencia estilística entre Tolita y Milagro (Ibidem: 167). Asocia asimismo a Milagro a una ocupación tardía (1957 b: 17), que habría evolucionado poco hasta la llegada de los Incas (Estrada, 1979 a: 68). Por su parte, la cultura Huancavilca se caracterizó por una subsistencia basada en la pesca, y sus enterramientos en urnas, así como su culto al pelícano, la lechuza, el lagarto y la serpiente (Estrada, 1957 c: 39).

En último término, cabe resaltar que si bien las investigaciones de Estrada sobre las culturas del litoral ecuatoriano son de tinte fuertemente difusionista, contribuyeron a esclarecer considerablemente el panorama y la dinámica culturales de la costa ecuatoriana prehispánica.


CONCLUSIÓN

Sin lugar a duda, Estrada abrió el horizonte de la arqueología ecuatoriana, más concretamente a través de sus investigaciones en el litoral. Sus discípulos prolongaron en parte su labor, a través de la creación del grupo de Guayaquil (Idrovo, 1990: 41), en tanto que las misiones extranjeras que llegaron al país pocos años después desarrollaron y profundizaron campos de investigación lanzados por los estudios de Estrada, los cuales no tuvo tiempo de llevar a cabo debido a su prematuro fallecimiento: se citarán por ejemplo las investigaciones de la misión española dirigida por Alcina Franch sobre la Tolita.

Se ha criticado posteriormente a Estrada por sus afanes coleccionistas, lo inverosímil de la teoría del contacto transpacífico o lo desactualizado de su cuadro cronológico. Queda claro que estos cuestionamientos son anacrónicos: si bien resulta muy fácil denigrar a los arqueólogos que trabajaron en décadas pasadas con una mirada del siglo XXI, es asimismo absurdo y ocioso. Es mucho más constructivo en cambio recalcar el aporte que su trabajo significó para esa época –a pesar de las equivocaciones, inherentes y necesarias al avance del quehacer científico-, y sacar conclusiones sobre lo que su experiencia nos enseña a los arqueólogos ecuatorianos hoy en día: en el caso de Estrada, su pasión desinteresada por la arqueología, la conciencia de percibir su trabajo como servicio al país más que como un medio de satisfacer intereses económicos o políticos personales, la minucia manifestada en el proceso investigativo, y finalmente, la voluntad de superar la simple "arqueografía" buscando dar un significado a los objetos excavados mediante el uso de herramientas pluridisciplinarias –entre otros aspectos.

Estas cualidades dignas de admiración –especialmente en el contexto actual de la arqueología en el Ecuador- explican sin duda por qué, a pesar de no haber recibido formación universitaria arqueológica alguna, Estrada hizo honra a la profesión, lo cual hoy en día cobra especial relevancia en el debate sobre quiénes son realmente arqueólogos en el Ecuador. ¿Basta únicamente un título universitario? ¿Qué formación arqueológica se dicta actualmente en el país?


BIBLIOGRAFÍA

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