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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Jean Monnet, un ciudadano europeo de honor


Por Claude Lara (In revista AFESE 1999-N. 20, pp. 5-27)

En 1976, los Jefes de Estado y Gobierno del Mercado Común otorgaron al señor Jean Monnet el título de ciudadano europeo de honor (Anexo 1). Además en 1985, al publicar sus "Memorias" con el subtítulo: "no agrupamos Estados, unimos a hombres” [Nota: traducción del autor], (1) su autor no sólo nos da una visión de los últimos ochenta años de la historia mundial, sino que, y sobre todo, nos relata la historia de la integración europea.

Opiniones de dos grandes personalidades del mundo anglosajón reflejan parcialmente la magnitud de la obra de este hombre, quien es, nada menos que el fundador de las Comunidades Europeas. El célebre economista inglés John Maynard Keynes afirmó que Jean Monnet había acortado un año la segunda guerra Mundial, y el internacionalista estadounidense Henry Kissinger: "Pocos hombres han tenido un impacto tal en la historia del mundo".

La infancia de Jean Monnet es interesante para conocer mejor a este gran agrupador de hombres, nacido en una región francesa llamada Coñac, el 9 de noviembre de 1888. Hijo de un pequeño propietario de coñac, y como sucede a menudo en este tipo de educación campesina, sus padres fueron sus primeros y ejemplares maestros. Después de haber terminado sus estudios secundarios: "nunca me había interesado la escuela”, Jean Monnet trabajó en el negocio familiar, y, a los diez y seis años: "compré un sombrero hongo y tenía conciencia de mis responsabilidades*(2). En este ambiente familiar de negociantes de coñac, Jean Monnet conocerá:

"...Una incesante corriente de intercambios de gentes e ideas y vínculos personales que humanizaban el comercio*"(3).

También una filosofía de la vida:

“...; y tal vez es a esta edad, en la que uno descubre una vocación, entendí que era vano decir 'quiero hacer esto o lo otro’. Las cosas ocurran de manera distinta, por lo menos para mí. Acontecimientos que me impactan y ocupan enteramente mi mente me conducen a conclusiones generales sobre lo que debe hacerse. Luego, las circunstancias me dictan el momento. Yo sé esperar mucho tiempo las circunstancias. En Coñac se sabe esperar. Es la única forma de obtener un buen producto*" (4).

Más aún en este medio:

"Aprendí a escuchar y pesar mis palabras. Le debo también haber obtenido naturalmente aberturas sobre el mundo, que al contrario, no tenían jóvenes franceses de mi generación. No tuve tiempo de conocer la necesaria evasión de la juventud. A los diez y seis años era ya un viajero. Para nosotros no era una originalidad. Por lo demás no se trataba de ser original... No puedo afirmar que eso tuvo una influencia en la acción que más tarde emprendí para Europa. No pensé en nada de ello. La idea que debía ocuparme de problemas internacionales tampoco me lo ha dado mi juventud, pero sin duda existían ya condiciones que, un día, me volverían natural hacer lo que me pareció necesario para poner a trabajar conjuntamente hombres separados por obstáculos artificiales... Estas condiciones pudieron darme cierta aptitud para hacer lo que he hecho. Pero una aptitud no es una facilidad: todo me fue siempre difícil*” (5).

Dos viajes van a marcar su vida de viajero, el primero de una duración de dos años a Inglaterra, en la "City". Escribe:

"Allí aprendí lo que es la acción colectiva... Así desde mi infancia, mientras la sociedad francesa vivía en su provincialismo, aprendía que vivíamos en un mundo de vastas dimensiones, y naturalmente pensé que me dirigiré a gentes que hablarán otros idiomas y tendrán otras costumbres. Observar y tener en cuenta esas costumbres era para nosotros una necesidad cuotidiana. Pero ello no se acompañaba de un sentimiento de diferencia ni de dependencia*" (6).

Cuando viajó a los Estados Unidos de América, su padre le dijo: "No lleves libros. Nadie puede reflexionar por tí. Mira por la ventana, habla con la gente. Presta atención a la persona que está a tu lado*" (7). Y lo que descubrió en Estados Unidos fue la expansión:

"Por primera vez encontré a un pueblo cuya ocupación no era administrar lo que existía sino desarrollarlo sin cesar. No se pensaba en limitaciones, no se sabía dónde estaban las fronteras" (8).

Y, en una nueva manera de pensar:

“... La iniciativa de cada uno podía aceptarse como una contribución para la prosperidad general*" (9).

Trabajó en los negocios familiares y al regresar de Inglaterra para su ciudad natal, cuando se dio la movilización general en su país, Jean Monnet fue dado de baja por razones de salud. Sin embargo, a los veintiséis años no quería permanecer inactivo y decidió trabajar por la coordinación del esfuerzo de guerra de los aliados (Francia, Inglaterra e Italia). Se puede anticipar ya que en esta guerra mundial, van a nacer y desarrollarse en este joven negociante de coñac, su fuerza organizadora y su espíritu europeísta. Además ya había aprendido durante sus viajes que:

"Los fenómenos económicos no eran fuerzas ciegas, podían ser valorados y orientados, y sobre todo que, donde reinaba la organización reinaba la verdadera potencia*" (10).

Gracias a sus relaciones familiares, solicitó una audiencia con la máxima autoridad civil francesa, el Presidente del Consejo señor René Viviani. En su despacho, Jean Monnet expuso las fallas de la alianza francobritánica que esencialmente consistían en la yuxtaposición de dos potencias soberanas y aliadas; y, en la necesidad de crear organismos comunes basados en la solidaridad total para organizar una economía de guerra. Jean Monnet fue enviado a Londres, en noviembre de 1914, para cumplir con su misión en los servicios de abastecimiento civil para unir esfuerzos con las autoridades inglesas. La primera prueba de la cooperación francoinglesa trató del trigo, materia prima fundamental para la alimentación de los ejércitos. El acuerdo y su nuevo sistema, en el espíritu de Jean Monnet, debían ser el prototipo de una serie de instituciones interaliadas que permitiesen administrar conjuntamente los productos básicos. Y la "Comisión Ejecutiva del Trigo", en manos de los delegados franceses, ingleses e italianos:

"debía darme la primera prueba concreta de que los hombres tienden a acordarse cuando están en ciertas condiciones y ven que su interés es común. Estas condiciones son que se habla del mismo problema, con la voluntad y aun la obligación de darle una solución aceptable para todos*” (11).

Y el resultado beneficioso: "Por primera vez para un producto básico se organizaba la igualdad de acceso a los recursos mundiales entre varios países*"; (12) y se crearon estas mismas comisiones no sólo para el trigo sino también para el aceite, granos, azúcar carne y nitrato.

Con la intensificación de la guerra, nuestro autor está convencido que este sistema debe operar a nivel general para vencer a los alemanes y las potencias del eje. Enseguida escribe un memorándum al Gobierno británico indicando:

"Por ahora, los transportes marítimos tienen el papel más importante en la conducción de la guerra. Es el deber de los aliados establecer entre ellos para su utilización, la unidad de vista y de acción indispensables para enfrentar con la totalidad de su tonelaje las necesidades vigentes*" (13).

Con estas ideas y después de varias negociaciones se creó el "Comité Aliado de los Transportes Marítimos", y;

"Por primera vez funcionó un instrumento de conocimientos y de acción económica de gran envergadura entre varios países, que les obligaba a intercambiar informaciones consideradas como secretas. Era permitido imaginarse, y no nos privamos de ello, que tal sistema permanecería indispensable durante el periodo de reconstrucción y, al probar su valor, serviría luego de regulador de la vida internacional*” (14).

La concentración de los transportes marítimos fue el centro vital de toda la economía de guerra y si la intervención norteamericana tuvo un peso decisivo en la victoria final, ello se debió esencialmente a la organización del transporte de las tropas estadounidenses;

" ... , los Estados Unidos declararon la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917, pero a fines del año de 1918, sus efectivos presentes en Europa no rebasaban trescientos cincuenta mil hombres. Y, el día del armisticio (15) más de dos millones estarán en Francia. Por cierto fue necesario que se produjera un milagro en el campo de los transportes, un milagro que permitió que, cada mes, doscientos mil americanos pasaran el Atlántico de mayo a octubre con la cifra récord de trescientos once mil en junio. Y, sólo desde el verano, las construcciones navales estadounidenses aportaron su contribución*” (16).

"Ahora bien, la necesidad nos había enseñado, durante cuatro años, la virtud de la solidaridad*" (17) y se lanzó el proyecto de una conferencia internacional sobre las materias primas; pero, para los norteamericanos el sistema de comisiones reforzaba la influencia de la "City" sobre las materias primas, y se retiraron cuando su representante declaró:"que las Comisiones eran contrarias a las ideas de su gobierno que entendía que se regresara lo más pronto posible a los métodos comerciales anteriores a la guerra*” (18).

Acerca de estos cuatro años de cooperación durante el primer conflicto mundial, Jean Monnet concluye:

"Serían necesarias aún muchas pruebas antes de que los Europeos comprendan que sólo tienen que elegir entre la unión y un largo ocaso*” (19).

Sin embargo, nuestro paneuropeísta había vivido una gran experiencia para organizar y sistematizar sus ideas sobre la construcción europea:

“..., los lazos de amistad han tenido un gran rol en todas las empresas a las cuales me consagré. Pero no explican todo o más bien hay que explicarlas. El trabajo en común, la lucha por el mismo objetivo suponen la confianza mutua y la consolidan. En la amistad, que nunca me ha faltado, veo una consecuencia, y no una causa para la unidad de acción. La causa es, primero y ante todo, una relación de confianza. La confianza se establece naturalmente entre los hombres que han tomado una vía en común para resolver el problema. Cuando el problema se vuelve el mismo para todos, y que todos tienen el mismo interés en la solución, las diferencias, las sospechas se borran, y entonces, se instala la amistad. Pero ¿qué hacer para que el problema sea tratado de la misma manera y para que sea evidente que el interés es el mismo en circunstancias en las cuales los hombres y pueblos se dividen? Es lo que me quedaba por descubrir *” (20).

A la Sociedad de las Naciones (S.D.N.), generalmente se la critica negativamente y primero se olvida que cualquier organismo internacional está conformado par Estados. Luego de su fracaso que ha sido relativo, es decir que la S.D.N. ha alcanzado logros vigente hasta ahora, y que sus errores han permitido también la consecución de sus objetivos. Más aún Jean Monnet nos da otro enfoque de este intento de organizar las relaciones internacionales.

En septiembre de 1918, Monnet y su amigo Etienne Clémentel redactaron una carta a los Jefes de gobiernos de Francia y Estados Unidos, Georges Clémenceau y Wodrow Wilson, en que cabe poner de relieve lo siguiente:

"Es urgente lograr entre las democracia aliadas la formación de una unión económica que formará el núcleo central de la unión económica de los pueblos libres*" (21).

Jean Monnet no participó en la elaboración del pacto de la Liga de las Naciones, pero sí en su aplicación, y sus reflexiones son capitales para entender el proceso de creación de las Comunidades Europeas:

"Era evidente que tal organización no tenía los medios de sacar e imponer una voluntad común... El respeto de la integridad e independencia de las nacionalidades confirmadas o reconstituidas era el fundamento de la carta, y lejos de buscar la paz, coma lo hacemos ahora a través de una desaparición progresiva de las fronteras, se preocuparon en hacer revivir viejas líneas de división histórica o de trazar nuevas, y de garantizarlas contra cualquier violación*” (22).

Frente a los problemas gigantescos (destrucciones materiales considerables, desorganización de los intercambios, caída del valor de las monedas y la vagancia de millones de refugiados) los Estados no dieron a la S.D.N. los medios que le permitiera lograr decisiones enérgicas para hacer respetar el tratado de paz. Sin embargo, Jean Monnet no se desanimó y:

“... En mis reflexiones de Sunderland House empecé a construirme una filosofía de la acción, con la cual, a fines de mayo, volvía a trazar en un memorándum las primeras reglas, y en el cual se puede leer las ambiciones y límites del método que gradualmente me condujo a la concepción de la Comunidad: la cooperación entre las Naciones vendrá del hecho que se conozcan mejor y que elementos que la componen, hayan penetrado los elementos correspondientes de las naciones vecinas. Por lo tanto, importa que los gobiernos y pueblos se conozcan mejor a fin de que lleguen a percibir los problemas que se plantean entre sí, y no bajo el ángulo de su propio interés, sino a la luz del interés general. No hay duda que el egoísmo del hombre y de las naciones encuentra a menudo su causa en conocimientos imperfectos del problema que se plantea, cada uno sólo se inclina a ver el aspecto de su interés inmediato. Si un interés, inclinado en manifestarse en estas condiciones, encuentra frente a él no otro interés opuesto sino la exposición del problema en su conjunto, entonces no hay duda que el punto de vista de los interesados sólo se ajusta y que conjuntamente llegan a una solución equitativa. Lo alcanzarán aún con más facilidad, al saber que otros gobiernos seguirán conociendo de sus discusiones y que los pueblos juzgarán sus actos. La llave de la acción se situaba para mí en esta regla: considerar la exposición del problema en su conjunto y a la luz del interés general *” (23).

Y de su experiencia de la Liga de las Naciones sacó estas conclusiones fundamentales para llevar a cabo cualquier proceso de integración:

"Pero en esta época, no fijé mi atención sobre esta noción de nuevo poder internacional y no concebía la transferencia de la soberanía... Sólo buscaba la eficacia, gracias a mejores vinculaciones entre gobiernos y pueblos... Por cierto era un progreso, pero me equivocaba al poner muchas esperanzas en este enfoque. Poner los gobiernos en presencia, hacer cooperar las administraciones de los países parte de una buena intención, pero fracasa con la primera oposición de intereses al no existir un órgano político independiente, capaz de tener una visión común y de alcanzar una decisión común. Debía persuadirme de ello veinte años más tarde *” (24).

Y comprendería que:

"El vicio estaba en el propio tratado de Versalles: basado en la discriminación. Y, el día en que me encargué de los asuntos públicos entendí que la igualdad era absolutamente esencial, tanto en las relaciones entre pueblos como entre los hombres. Una paz basada en la desigualdad no daría buenos resultados *" (25).

Jean Monnet dejará la S.D.N. en pleno auge, en 1923, para retomar los asuntos de su padre que no funcionaban bien, y su vida lo llevará a los Estados Unidos de América y China. En octubre de 1938, después de los "Acuerdos de Munich" del mismo año, Eduardo Daladier, Presidente del Consejo francés en un almuerzo privado le comentó: "Si hubiese tenido tres o cuatro mil aviones, Munich no habría existido*" (26). Jean Monnet se informó también que, antes de estos acuerdos, el Ministro de las fuerzas aéreas francesas había afirmado que tenía seiscientos aviones de combate, inferiores a los Messerschmidt alemanes, y de los cuales, diez y siete tenían características modernas; en otras palabras: "los alemanes podían bombardear París a su antojo*” (27). Por lo tanto, el 3 de octubre de 1938, el Presidente del Consejo francés había decidido enviar a Jean Monnet para hablar de urgencia con el Presidente estadounidense, Franklín Delano Roosevelt, para la "creación en el exterior de una potencia industrial aeronáutica situada fuera del alcance de los ataques enemigos". En efecto, los especialistas sabían ya, que si en 1917 el control de los océanos había dado la victoria a los aliados de aquel entonces, en la futura guerra, el dominio del aire sería decisivo. El 13 de octubre fue recibido por el Presidente en persona, y si Adolfo Hitler no era aún el enemigo del pueblo norteamericano, su primer mandatario lo consideraba ya como el peor enemigo de la libertad. Pero, el "Neutrality Act", impedía cualquier ayuda aérea, puesto que se prohibían las ventas de armas norteamericanas a cualquier país en guerra. El Presidente dio estas precisiones:

''Se podrían construir tres fábricas que trabajarían con equipos de tres turnos, de ocho horas cada uno, lo que permitiría una producción anual de cinco mil aparatos. En lo que se refiere al embargo, existe una manera de controlarlo, es ubicar estas fábricas de montaje en Canadá” * (28).

Pero, en un vuelo de prueba, la prensa norteamericana informó que un avión militar se había estrellado con un piloto francés a bordo. Enseguida la corriente aislacionista aprovechó este incidente para desencadenar una campaña en el senado norteamericano y en todo el país contra F.D. Roosevelt. El Presidente norteamericano confirmó el hecho que se estaba vendiendo aviones a Francia, pero lo presentó corno una medida provechosa y necesaria para estimular la industria aeronáutica de su país. Desde esta época el mismo Presidente comenzó progresivamente a tratar de convencer a la opinión pública que la solidaridad de los pueblos libres y el interés norteamericanos formaban un conjunto indisociable. El 3 de enero de 1940, cuando el primer mandatario recibió la Comisión senatorial para Defensa acerca del asunto de la compra de aviones, formuló esta famosa frase: "Las fronteras de los Estados Unidos están en el Rin*" (29). Frente a la reacción de los senadores, quienes alertaron la opinión pública, tuvo que desmentir lo que había afirmado en esta misma reunión.

Para tratar de reducir la gran diferencia de producción de aviones, Jean Monnet propuso la creación de un "Consejo Francobritánico de la Aviación" para tener al día las disponibilidades francesas e inglesas y organizar todas las compras. Al respecto Eduardo Daladier escribió al Primer Ministro británico Neville Chamberlain una carta que se inspiraba de la nota de Jean Monnet:

"No dudo que, como yo, usted estará preocupado para que hagamos todo lo posible a fin de evitar el error de la última guerra, en la que tres años fueron necesarios para nuestros dos países antes de realizar la organización interaliada, que permitió asegurar los abastecimientos de 1917 y 1918 y, en parte, solucionar las dificultades militares de 1918, y especialmente posibilitar la llegada de las tropas americanas a Francia*” (30).

El 26 de septiembre, Jean Monnet pasó a Londres y el 18 de octubre firmó un acuerdo entre Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña sobre el funcionamiento de los cinco comités ejecutivos permanentes (abastecimiento, armamento y materias primas, petróleo, aeronáutica y transportes marítimos) para establecer un programa de necesidades y un inventario de recursos. Estos comités ejecutivos estaban bajo la autoridad de un comité de coordinación francobritánico, el cual estaba dirigido al nivel ministerial por un Consejo francoinglés, y Jean Monnet fue nombrado Presidente por ambos Gobiernos. Poco después, sobre el papel de la presidencia y aceptando las sugerencias de Jean Monnet, E. Daladier y N. Chamberlain le escribieron:

"Usted observará que el presidente del Comité de coordinación será un funcionario aliado y que de ningún modo será un árbitro, pero deberá emplear todos sus esfuerzos para allanar las divergencias y facilitar decisiones comunes al colocarlas desde un punto de vista aliado, y no desde un punto de vista nacional… Al reemplazar aliado por comunitario no se podría dar mejor definición del papel que tendrá un día el Presidente de la Alta Autoridad, y sin duda alguna no es el fruto del azar*"(31).

Sin embargo, el atraso acumulado fue imposible recuperarlo, pero se había creado un mecanismo que permitiría la victoria final:

"Se había dado el impulso a una producción que, una vez sus bases determinadas, tomaría proporciones gigantescas cuando los Estados Unidos, al dejar su atrincheramiento aislacionista, subieron en primera línea. Sin duda, los resultados de tantos de nuestros esfuerzos aparecieron tardíos e insuficientes en cantidad, durante la ofensiva alemana de mayo. Apenas algunos centenares de aparatos americanos pudieron enfrentarse con los alemanes durante la batalla de Francia. Un número mayor sirvió durante la batalla de Londres y contribuyó a modificar la suerte de la guerra en el frente occidental. Estos fueron sacrificados en su casi totalidad con sus tripulaciones en esta acción heroica, y en seguida otros los reemplazaron. Pero sobre todo la masa, estos “nubarrones de aviones sobre el Atlántico” que reclamaba desesperadamente Reynaud a Roosevelt en la noche del 3 de junio “para derribar a la fuerza diabólica que domina Europa” debía salir a su tiempo de las fábricas que nuestras necesidades habían creado o estimulado en una gran nación, aún con despreocupación por el peligro. Sabía que estábamos iniciando un gran esfuerzo, pero un mecanismo de acción estaba en marcha, y no se detendría. Vínculos seguros existían entre hombres responsables, animados de la misma voluntad y fortificados por la experiencia. Podíamos esperar los acontecimientos y servirnos de ellos. Por ningún caso, debíamos ser derribados por ellos. En esta primavera de 1940, me había compenetrado profundamente de esta lección" (32).

De la segunda guerra mundial, sólo pondremos de relieve la evolución de la visión paneuropea de Jean Monnet: "Era necesario reunir y cambiar todas las fuerzas del mundo libre para resistir al asalto del totalitarismo, y quebrantarlo. Nadie lo dudaba, pero esta regla de buen sentido simplemente no se aplicaba. No se puede imaginar hasta qué punto la palabra “alianza” que tiene tal virtud aseguradora para los pueblos, tiene un contenido vacío en el terreno de la acción cuando se la remite a los mecanismos tradicionales de la cooperación *” (33).

Más tarde, vista la eminencia de la derrota francesa Jean Monnet perseguía sus esfuerzos para lograr la plena unidad francobritánica. Y el federalista reproduce este diálogo con el Jefe del Gabinete de N. Chamberlain, Sr. Horace Wilson:

"El objeto de esta proposición es la unión.- ¿Qué quiere que haga? me preguntó Wilson. –Usted podría hablar con Chamberlain para que persuadiera a Churchill.- Lo haré. Se trata bien de una unidad, ¿de una completa unidad? Y eso significa ¿un solo Gabinete, un solo Parlamento, un solo ejército? – Eso es, exactamente. - Entonces haré lo mejor que pueda. Nos volveremos a ver esta noche*”. (34)

Mientras tanto Jean Monnet preparó un proyecto de dedaración de unión indisoluble: "Cada francés, cada inglés, gozará en cada uno de los países de todos los derechos de ciudadano. Una unión aduanera será creada, así como una moneda única*” (35). Cuando Winston Churchill recibió este proyecto, que llamaba a su país a terminar con su destino insular y a proyectarlo en un nuevo futuro no se convenció; pero, su sentido del deber hizo que sometiera el texto al Gabinete de guerra, el cual fue bien recibido por los diferentes partidos políticos ingleses, y se acordó esta declaración: "que los dos Gobiernos declararan que Francia y Gran Bretaña no serán más en el futuro dos naciones, sino una sola Unión francobritánica*” (36). Sin embargo, el espíritu derrotista del Gobierno francés impidió que se concretara esta Unión:

"Por eso, con el correr del tiempo, creo que estos días de de junio de 1940 impactaron fuertemente sobre mi concepción de la acción internacional. Había encontrado demasiado a menudo los límites de la coordinación. Este método favorece la disuasión, pero no desemboca sobre una decisión. No permite transformar las relaciones entre los hombres y entre los países en las circunstancias en las cuales la unión es necesaria. Es la expresión del poder nacional tal como es, y ésta no lo puede cambiar, nunca creará la unidad, fuese ella circunscrita a asuntos materiales, a la producción, al armamento, a los transportes, ponía en juego, más allá de la decisión administrativa, toda la autoridad política de los países comprometidos en una lucha común*” (37).

"La vía estaba abierta hacia el 'Programa para la Victoria', para que la más grande potencia militar que el mundo haya conocido se desencadenara sobre las dictaduras de Europa y Asia. Con todas mis fuerzas he contribuido a la concepción y entrada en acción de esta mecánica irresistible. El resorte era simple: la voluntad obstinada de un grupo de hombres unidos alrededor del detentor de un poder y de una responsabilidad sin precedentes, apoyado el mismo por una vasta opinión pública*” (38).

En "lend-lease" solucionó los aspectos financieros de la cooperación bélica anglo-estadounidense, y Jean Monnet nos relata esta anécdota que ilustra cómo este mecanismo financiero marcó un hito en esta guerra:

"En 1944, un soldado americano lanzado en paracaídas sobre Normandía se sorprendió al ver en una hacienda, en donde lo acogieron como un libertador, un calendario con fecha del 19 de marzo de 1941. A sus huéspedes les hizo observar que no estaban al día. -Hemos detenido el calendario el día en que supimos por radio que se votó el ‘lend-lease’. Para nosotros, este día, Alemania había perdido la guerra”* (39).

Con penosa rapidez debemos terminar con la brillante actuación de Jean Monnet durante la segunda guerra mundial. (40) y simplemente nos detendremos en su encuentro con el gran escritor francés Antoine de Saint-Exupéry: "De él nunca olvidaré esta frase: la más hermosa de las profesiones humanas es la unión de los hombres”* (41).

En 1944, a los cincuenta y seis años al recibir a un periodista, el señor John Davenport, de la revista "Fortune", Jean Monnet tenía la oportunidad de analizar un poco su pasado:

"Me parecía que siempre había seguido la misma línea, la cual se prolongaba en circunstancias y bajo diferentes latitudes pero con una sola preocupación: unir a los hombres, solucionar los problemas que les dividen, y llevarles a ver su interés común… Sólo cuando mis amigos o periodistas me incitaron a explicar el sentido de mi trabajo, tomé conciencia que siempre mi inclinación iba hacia la unión, la acción colectiva”* (42).

Y sobre su concepción de Europa:

“No habría paz en Europa si los Estados se reconstituyeran sobre la base de la soberanía nacional, lo que conlleva de políticas de prestigio y de protección económica. Si los países europeos se protegieran de nuevo los unos contra los otros, la constitución de grandes ejércitos sería de nuevo necesaria. Ciertos países, con el futuro tratado de paz, lo harán para otros, esto será prohibido. En 1919, hemos hecho la experiencia de esta discriminación y conocemos sus consecuencias. Se firmaron alianzas intraeuropeas: conocemos su valor. El peso de los presupuestos militares impedirá o atrasará las reformas sociales. Una vez más, Europa volverá a crearse en el temor. Los países europeos son demasiado estrechos para asegurar a sus pueblos la prosperidad, que las condiciones vuelvan posibles y por consiguiente necesarias. Necesitan mercados más amplios... Esta prosperidad y los desarrollos sociales indispensables suponen que los Estados europeos se federen o conformen una "entidad europea" que haga de ellos una unidad económica común*", y concluye: "De la solución del problema europeo depende la vida de Francia*" (43).

Después de la guerra, Jean Monnet intentó crear un núcleo comunitario alrededor del cual se organizaría Europa y comenzó a trabajar en ello al forjar una nueva unión francoinglesa, como primera etapa de la federación europea, pero el Gobierno británico no quería comprometerse en una unión económica con Francia. Y Jean Monnet obrará a favor de la unificación europea al declarar: "sólo sobre la igualdad se puede construir la paz*" (44), y

"... Ante nosotros otra guerra está cercana si no hacemos nada. Alemania no será la causa, sino, lo que estará en juego. Es necesario que deje de ser una opuesta y, al contrario, se vuelva un vínculo. Sólo Francia puede actualmente tomar una iniciativa. ‘¿Qué podría unir -antes de que sea demasiado tarde- Francia a Alemania? ¿Cómo arraigar desde ahora un interés común entre ambos países? Tales eran las preguntas que me planteaba sin tregua, en la concentración de mi paseo silencioso*"(45).

Poco después se esbozarían los primeros pasos de la vía comunitaria:

"La riqueza conjunta básica era la del carbón y del acero, de las cuales Francia y Alemania se dividían de manera desigual pero complementaría las cuencas naturales inscritas en un triángulo geográfico que las fronteras históricas cortaban artificialmente... Ahora bien, el carbón y el acero eran a la vez la llave de la potencia económica y la del arsenal donde se forjarían las armas de guerra. Este doble poder les daba entonces una formidable significación simbólica que hemos olvidado, semejante a la que reviste hoy la energía nuclear. Por el contrario fusionarlos encima de las fronteras sería quitarlos su prestigio maléfico y transformarlos en testimonio de paz*" (46).

En esta época Jean Monnet encontró a un eminente jurista, Paul Reuter, y le dio a conocer su proyecto de fusión del carbón y del acero. Le solicitó que se encargara de elaborar un organismo que administrara conjuntamente estas materias primas:

"Europa debe organizarse sobre una base federal. Una unión francogermana es uno de los elementos esenciales, y el gobierno francés está decidido en emprenderla... Pero desde ahora el establecimiento de bases comunes de desarrollo económico debe ser la primera etapa de la unión francoalemana. El gobierno francés propone colocar el conjunto de la producción francoalemana del acero y del carbón bajo una Autoridad internacional abierta a la participación de otros países europeos. Esta tendrá como tarea unificar las condiciones básicas de la producción y permitir así la extensión gradual a los otros campos de una cooperación efectiva con fines pacíficos*" (47).

Es así como Paul Reuter estuvo al origen de la Alta Autoridad de la comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), y el economista Pierre Uri del Mercado Común: espacio sin barreras aduaneras, sin discriminaciones, pero reglamentado según el interés general:

"Con la puesta en común de producciones básicas y la edificación de una Alta Autoridad nueva, cuyas decisiones vincularán a Francia y Alemania y a los países adherentes, esta proposición realizará los primeros pasos concretos de una federación europea indispensable a la preservación de la paz. Pedí que este extracto fuese subrayado porque describía a la vez el método, los medios y el objetivo en lo sucesivo indisociable. La última palabra era la palabra principal: la paz*" (48).

Jean Monnet encontró a otro gran político Robert Schuman, en aquella época Canciller de su país, quien declaró: "Leo el proyecto, voy con ustedes*", (49) y lo comunicó al Jefe del Gobierno oestealemán, Konrad Adenauer, quien escribió en sus memorias:

"En la mañana ignoraba aún que el día iba a darnos la noticia de un giro decisivo en la evolución de Europa. Mientras que el Gabinete federal estaba trabajando, se anunció que un enviado del Canciller me dirigía una comunicación urgente. Tenía dos cartas de Schuman y le indicó a Blankenborn que el Consejo de Ministros se reunía en París en el mismo momento y deliberaba sobre el contenido de estas cartas. Blankenbron trajo las cartas a la sala del Consejo. La una manuscrita era una comunicación personal del Sr. Schuman... Me indicaba que la finalidad de su proposición no era económica, sino eminentemente política. En Francia el temor persistía de ser atacada de nuevo por Alemania cuando ésta se hubiese recuperado, y era concebible que ideas semejantes se diesen en Alemania. Cualquier rearme se traducirá primero por una elevación de la producción del carbón y del acero. Si se creara una organización, tal como la enfocaba, y que permitiera a los países participantes descubrir los signos de tal evolución, en los espíritus de esta nueva posibilidad daría a Francia un inmenso apaciguamiento... Contesté a Schuman que con todo corazón aprobaba su proposición*" (50) .

Una vez terminada la reunión del consejo de Ministros, y luego de enviar un emisario para Londres, Robert Schuman anunciaba en la Cancillería francesa ante doscientos periodistas:

"Ya no se trata de pronunciar palabras vanas, pero de un acto audaz, de un acto constructivo. Francia actuó y las consecuencias pueden ser inmensas. Esperemos que así sea... Actuó esencialmente en beneficio de la paz. Para que la paz, realmente pueda tener suerte, es necesario que exista Europa*" (51).

En el mismo instante, en Bonn, Konrad Adenauer esperaba el anuncio de la oferta francesa, y a su vez, ante los periodistas dio a conocer la aceptación de su país:

"La proposición que acaba de hacernos Francia es una iniciativa generosa para con nosotros. Constituye un proceso decisivo en las relaciones francoalemanas. No está formulada de manera general, pero con sugestiones concretas que se fundamentan en la igualdad de derechos*"(52).

y Jean Monnet escribe:

"Todo se había concluido en algunas horas, en plena luz del día, entre dos hombres que solos habían osado comprometer al destino de su país. Pero desde este momento, por satisfecho que estuviese, sabía que lo esencial estaba por hacerse y tenía prisa que instituciones consagren este acuerdo fundamentado en un encuentro de buenas voluntades. Nada es posible sin los hombres, nada es durable sin las instituciones*" (53).

Robert Schuman tomó el tren para Londres a fin de asistir a la "Conferencia de los Tres" sobre Alemania, y la "bomba Schuman" acaparó toda la actualidad internacional. Y frente a tantas preguntas (los poderes de la Alta Autoridad, la suerte de la cuenca carbonífera, la fijación de precios, etc...) decidieron llamar a Jean Monnet, quien se encontró con sus viejos amigos, para persuadir a este país que participara en la Alta Autoridad. Pero los británicos creían más en su destino imperial y no querían comprometerse. Este diálogo con sir Stafford Cripps refleja esta incertidumbre:

“¿Ustedes se comprometerían con Alemania sin nosotros? Mi querido amigo, usted conoce mis sentimientos hacia Inglaterra desde más de treinta años y no puede dudar de ellos. Deseo de todo corazón que desde su inicio se comprometiera en esta empresa. Pero si no fuera del caso, avanzaremos sin ustedes y estoy convencido que realistas como lo son, ustedes se adaptarán a los hechos cuando comprueben que lo hemos logrado*" (54).

Jean Monnet sale para Alemania Federal a fin de negociar con Konrad Adenauer, quien, no podía convencerse de esta proposición:

"Queremos establecer las relaciones de Francia y Alemania sobre una base enteramente nueva y contornar lo que les dividía, particularmente las industrias de guerra, hacia un provecho común que también será el provecho de Europa. Entonces Europa volverá a encontrar el papel eminente que tenía en el mundo y que sus divisiones le hicieron perder. Su unidad no perjudicará su diversidad, al contrario. Esta diversidad, que es su riqueza, beneficiará a la civilización e influirá en la evolución de las potencias como la de la propia América. La proposición francesa es por lo tanto, en su inspiración, esencialmente política. Para decirlo así tiene un aspecto moral*" (55).

La entrevista duro una hora y media, y Konrad Adenauer le contestó:

"Como usted, considero esta empresa en su aspecto el más elevado -pertenece al orden de la moral. Debemos poner en marcha la responsabilidad moral que tenemos para con nuestros pueblos. En Alemania la acogida fue entusiasta, por lo tanto, no nos perderemos en detalles. Esta iniciativa hace veinticinco años que la espero. Al asociarnos a ella, mi gobierno y mi país no tienen ninguna segunda intención hegemónica. Desde 1933, la historia nos ha enseñado que tales preocupaciones son vanas. Alemania sabe que su destino está ligado al destino de Europa occidental*" (56).

El 25 de mayo, el Gobierno francés dirigió el siguiente memorándum a Londres, para proponer al Gobierno inglés un comunicado aceptado ya por Alemania federal y sometido al mismo tiempo a los belgas, holandeses, luxemburgueses e italianos:

"Los gobiernos... están decididos en perseguir una acción conjunta en vista de los objetivos de paz, de solidaridad europea y progreso económico y social, con la puesta en común de sus producciones de carbón y acero, y la institución de una Alta Autoridad nueva, cuyas decisiones ligaran a los países adherentes*..." (57).

Y a pesar de los esfuerzos del Gobierno francés, los ingleses rehusaron cualquier forma de autoridad supranacional. Los británicos a través de su representante, Harold Macmillan, hicieron una contrapropuesta que hacía de la Alta Autoridad un mero Comité de representantes de las industrias interesadas, a lo cual Jean Monnet contestó:

"Las proposiciones Schuman son revolucionarias o nada son. Su principio fundamental es la delegación de soberanía en un campo limitado, pero decisivo. En mi opinión un plan que no comienza con este principio no puede aportar ninguna contribución útil a la solución de los grandes problemas que nos asaltan. La cooperación entre las naciones, por importante que sea, no resuelve nada. Lo que hay que buscar es una fusión de intereses de los pueblos europeos, y no sólo el simple mantenimiento del equilibrio de estos intereses*" (58).

La Conferencia de los seis países que habían aceptado el plan Schuman había sido convocada para el 20 de junio en París. Y antes de presentar el documento de trabajo, Jean Monnet precisó:

"Estamos aquí para realizar una obra conjunta, no para negociar ventajas, sino para buscar nuestra ventaja en la ventaja común. Los sesenta delegados presentes no sabían que durante más de diez meses tendrían que oírme repetir la misma lección, que es una de las más difíciles en aprender para hombres formados en la defensa y la conquista de intereses puramente nacionales: sólo si eliminamos de nuestras discusiones todo sentimiento particularista, podemos encontrar una solución. En la medida en que nosotros, reunidos aquí, sepamos cambiar nuestros métodos, paulatinamente cambiará el espíritu de todos los Europeos... Creo acordarme que este día, por primera vez, intitulé "Comunidad Europea" al objetivo que queríamos alcanzar*" (59).

Durante esas conversaciones, la colaboración alemana será decisiva:

"El gobierno alemán reafirma que el plan Schuman reviste en primer lugar una importancia política. En esta perspectiva, los problemas económicos por tan considerables que sean, sólo ocupan una posición secundaria: siempre se les encontrará una solución. Por ello la delegación alemana dirige un llamamiento urgente a todos los miembros de esta conferencia para subordinar los intereses económicos a la gran finalidad política... Pero las garantías, ustedes las encontrarán en la calidad de los hombres que administrarán la Comunidad, y en el respeto de los principios generales que serán inscritos en el preámbulo y los artículos del tratado -particularmente el principio de igualdad-. La Asamblea y una Corte arbitral velarán por ello*" (60).

Igualmente Jean Monnet había llamado a Paul Reuter a París, y con su equipo de juristas, el 5 de agosto elaboraron un memorándum con las futuras instituciones de la CECA: Alta Autoridad, Asamblea Común, Consejo Especial de Ministro y Corte de Justicia. La redacción del tratado fue esencialmente la obra de Pierre Uri, y otro gran jurista, Maurice Lagrange, que, al ser el primer abogado general de esta Corte de Justicia, inauguró la jurisprudencia europea. El 19 de marzo, el tratado que instituyo la CECA fue rubricado en París. Y se firmó el tratado el 18 de abril de 1951, un año después que se lanzó la proposición del 9 de mayo de 1950. Simbólicamente, se había editado el ejemplar del tratado en la imprenta nacional francesa, en papel holandés, con tinta alemana, la encuadernación ofrecida por Bélgica y Luxembrugo, y los registros de seda italiana. Pero ahora debían ratificarlo seis Parlamentos y más de un año pasó antes de que Jean Monnet enviara este telegrama a Konrad Adenauer: "La Comunidad nació, arriba Europa*" (61). Desde luego no es una coincidencia si los seis países propusieron el nombre de Jean Monnet para la presidencia de la CECA.

Los pioneros europeos pasaron a Luxemburgo y en el discurso inaugural, su Presidente declaró:

"En el interés de la Comunidad ejercemos nuestras funciones en plena independencia. En el cumplimiento de nuestros deberes no solicitaremos ni aceptaremos instrucción de ningún gobierno y de ningún organismo y nos abstendremos de cualquier acto incompatible con el carácter supranacional de nuestras funciones. Tomamos acto del compromiso de los Estados miembros de respetar este carácter supranacional y de no querer influir en la ejecución de nuestras labores*" (62).

La Alta Autoridad tenía a su cargo la elaboración de otros órganos de la Comunidad: Consejo de Ministros, Parlamento y Corte de Justicia. La primera sesión del Parlamento se inauguró el 10 de septiembre de 1952 y vale destacar el siguiente párrafo en el discurso de Jean Monnet:

"Pero los hombres pasan, otros vendrán que nos reemplazarán. Lo que podemos dejarles, no será nuestra experiencia personal que desaparecerá con nosotros, lo que podemos dejarles son instituciones. La vida de las instituciones es más larga que la de los hombres y las instituciones pueden así, si son bien construidas, acumular y transmitir la sabiduría a las sucesivas generaciones*" (63).

Después de intensas labores, Jean Monnet podía anunciar por radio:

"Desde esta mañana, 10 de febrero de 1953, ya no hay carbón alemán, belga, francés, italiano o luxemburgués, sino carbón europeo que circula libremente entre nuestros seis países, considerados como uno solo y mismo territorio*" (64).

Un mes más tarde, el mercado común del acero debía seguir el mismo ejemplo que el del carbón. El éxito de la CECA significaba que las fronteras europeas estaban definitivamente condenadas, que la soberanía podía delegarse y que las instituciones comunes funcionaban bien; o en palabras de Jean Monnet que: "Nuestra Comunidad no era una asociación de productos de carbón y acero: es el inicio de Europa*" (65).

También apareció en esta época otro problema: la energía nuclear. Y los informes de los expertos eran tajantes, la energía nuclear suplantaría todas las otras fuentes antes del fin del siglo y por siglos. Por lo tanto se justificaba la creación de otra institución elaborada sobre el modelo de la Alta Autoridad, para el desarrollo de la energía atómica con fines pacíficos. Louis Armand le dio su nombre: EURATOM. Además para reforzar y concretar el proyecto EURATOM, simultáneamente se trabajó en la idea de generalizar la integración ya iniciada y crear un Mercado Común entre los seis países miembros. En otra parte se precisaba ya el procedimiento: los tratados serían preparados en una conferencia que reuniría a los Gobiernos de sus seis miembros, la CECA y al Gobierno británico. Pero había ahora que persuadir a los Gobiernos y el mandato de Jean Monnet estaba por terminarse. Será necesario esperar la reunión de Messine de los seis Cancilleres europeos para que se elaboraran los dos tratados que iban a dar a luz las dos Comunidades restantes.

Al comienzo del verano de 1955, después de haber trabajado ininterrumpidamente durante diez y seis años como servidor público, Jean Monnet se separó de la Alta Autoridad:

"Mi dimisión no era un gesto de desaliento, sino el inicio de otra forma de combate, y si me había decidido solo, no tenía la intención de librar una batalla solitaria. Tomar sus responsabilidades, cuando vuestro objetivo es unificar a Europa, es al mismo tiempo comprometer la de los demás por sus decisiones económicas o administrativas, y de aquellos que eligen trabajar con usted, y aún a través de ellos se influye en el destino de hombres y mujeres que ellos, a su vez, dirigen por su acción política o sindical. Es necesario reflexionar mucho y consultar mucho antes de constituir una nueva fuerza destinada a cambiar las cosas y las actitudes de la gente*" (66) .

Es así como para Jean Monnet, únicamente los partidos políticos y los sindicatos serían la fuerza vital para la construcción europea y, serían capaces de influir sobre sus Gobiernos para que transfieran cada vez más sus competencias a instituciones comunitarias. Denomino esta fuerza: el Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa.

Durante el segundo semestre de 1955, Jean Monnet viajaba en la Comunidad para obtener la adhesión de los hombres políticos y de los sindicalistas de los seis países. Y después de encontrarse con los responsables de más de veinte grandes partidos que representaban al séptimo de los electores de los seis Estados, y a los sindicatos que conformaban catorce millones de trabajadores, supo convencer a los dirigentes y hombres sobre la necesidad de la creación de Europa. El 13 de octubre de 1955, la fundación del Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa fue anunciada en las seis capitales europeas después de numerosas adhesiones de partidos y sindicatos europeos:

"Por primera vez, los sindicatos de todos nuestros países aceptaban participar, al lado de los partidos, en una acción política común*" (67).

Su labor fue inmensa, como lo relató Jean Monnet para el año 1955:

"... En total se dieron 18 sesiones a las cuales habían participado al fin de cuentas más de 120 personas... La adopción y publicación de nuestros textos, redactadas bajo forma de resoluciones, durante nuestras reuniones plenarias por tan comentadas por la prensa y por tan indispensables que fuesen para orientar o acelerar la política europea de los gobiernos, sólo constituían la punta visible del iceberg del trabajo del Comité, cuya influencia se ejercía fuera de la mirada de los observadores, por una acción cuotidiana a través de la vasta red de sus adherentes. Un grupo de más de treinta responsables de siete países, que representaban veinte grandes partidos democráticos y las diez centrales no comunistas las más potentes, cuando comparten una misma convicción y convergen hacia el mismo objetivo, son una fuerza moral considerable... Los observadores siempre se sorprendían al ver que hombres que se disputaban ávidamente el poder en su país, se encontraban varias veces al año en Europa alrededor de la misma mesa, firmaban los mismos textos, los defendían con la misma lealtad en su Parlamento respectivo o en sus congresos sindicalistas*" (68).

De estas experiencias Jean Monnet comenta:

"Siempre he pensado que Europa se haría en la crisis, y que ella sería la suma de soluciones que se daría a esta crisis. Pero era necesario proponer estas soluciones y hacerlas aplicar. Por mi parte con el correr del tiempo, dudo que este resultado fuese alcanzado sin la autoridad política europea que constituía el Comité de Acción*" (69) .

Para la elaboración y la suscripción de los tratados de Roma, la primera sesión del Comité de Acción se dio en París, el 18 de enero de 1956. Se dará cierta prioridad a la creación de la Comunidad de la energía atómica, pero paralelamente avanzaba la elaboración de la Comunidad Europea. Un acontecimiento de resonancia internacional precipitó las cosas: la nacionalización del canal de Suez, en 1956. En septiembre, el Comité de Acción reunido en París, tomó la siguiente resolución:

"El abastecimiento en energía de Europa occidental condiciona el progreso o la decadencia de nuestros países. Actualmente Europa occidental importa la quinta parte de la energía que utiliza. Dentro de diez años, estas importaciones se elevarán al tercio de sus necesidades. La mayor parte de esas importaciones provienen del petróleo del Medio oriente... Juntos, al desarrollar y unir sus recursos, nuestros países pueden producir energía atómica a tiempo y en cantidades suficientes para mantener en límites razonables sus importaciones de petróleo y carbón*" (70).

Los proyectos de tratados sobre EURATOM y el Mercado Común, gracias a los trabajos dirigidos por Paul-Henri Spaak, recogían las intenciones de la reunión de marzo de 1957. Y la ratificación parlamentaria fue rápida, puesto que se hizo entre julio y diciembre del mismo ano, por seis Parlamentos europeos, y cabe resaltar que todos los partidos políticos representados en el Comité de Acción habían votado de conformidad con su compromiso. Pero durante los años sesenta más bien se asistirá a intentos infructuosos por la unión política de Europa, debido sobre todo a que el Presidente francés Charles de Gaulle tenía otra concepción de la Europa comunitaria:

"Sólo hay Estados que, desde este punto de vista, sean valederos, legítimos y capaces de realizarla. Repito que actualmente hay y sólo puede haber una Europa posible, la de los Estados, fuera naturalmente de los mitos, las ficciones, las paradas... Europa integrada, como se dice, en donde no habría política, dependería de alguien de fuera y él, sí, que la tendría. Habría tal vez un federalista, pero no sería europeo. Y tal vez es eso que, de alguna medida y algunas veces, inspira ciertos propósitos de tal o cual partidario de la integración europea*" (71).

Estas dificultades se concretarán con el veto de Francia contra el ingreso del Reino Unido de Gran Bretaña y de Irlanda del Norte en la Comunidad Europea, la negativa de Francia en la regla de la mayoría de los votos comunitarios, el abandono de Francia de las instituciones europeas, lo que paralizó unilateralmente las labores comunitarias durante seis meses. Era el "tiempo de la paciencia" como lo calificó nuestro autor. Será necesario esperar los años 1974 para que de nuevo la dinámica europea funcione con el perfecto entendimiento del nuevo eje París-Bonn, representado por los señores Valéry Giscard d'Estaing y Helmut Schmidt. Al respecto Jean Monnet nos cuenta su reunión con el mencionado Presidente francés acerca de su proposición de un proceso de decisión colectiva para Europa:

"Creo que lo que falta, sobre todo en los asuntos europeos, es autoridad. La discusión está organizada pero no la decisión. Las instituciones comunitarias existentes, por si solas, no tienen suficientes fuerzas. Con esta preocupación, entregué hace justo un año al Sr. Pompidou, al Sr. Heath y al Sr. Brandt, esta nota que le someto. Propone un comienzo de autoridad europea. Los tres estuvieron de acuerdo. Había suprimido a la demanda del Sr. Jobert la siguiente frase: las instituciones de la Unión comportan particularmente un Gobierno y una Asamblea elegida al sufragio universal. Desearía reintroducirla. -Mi intención es continuar con esta línea, contestó Giscard, y estoy favorable a las reuniones regulares de los jefes de Estados y de gobiernos en verdadero Consejo europeo. Creo igualmente en la necesidad de fijar una fecha antes de la cual deberán organizarse elecciones europeas por sufragio universal. Y, pues, sería preciso un día, abandonar la política de la unanimidad para que las decisiones sean tomadas a la mayoría calificada*" (72).

Así el 10 de diciembre, al reunirse los Jefes de Estados y gobiernos, se estableció un nuevo órgano para la Comunidad: el Consejo Europeo, y Jean Monnet sacó estas conclusiones en una carta dirigida al Comité de Acción:

"Los jefes de gobiernos demostraron su capacidad de ponerse de acuerdo. Han decidido reunirse regularmente por lo menos tres veces al año. Cuando traten asuntos comunitarios, aplicarán los tratados existentes como lo habíamos pedido en 1962, luego en 1964 y nuevamente en 1969. De conformidad con el tratado y el sentido común, han enunciado que cesarían de exigir en el seno del Consejo la unanimidad por cualquier asunto, y que desde 1978 la Asamblea fuese elegida por sufragio universal. Lo habíamos solicitado nosotros mismos, varias veces, desde 1964*" (73).

Una vez establecido el Consejo Europeo, Jean Monnet examinó la necesidad de mantener el Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa, visto la creación a nivel de Jefes de Estados y de Gobiernos de una autoridad política europea:

"En marzo de 1975, la realidad que yo veía era ésta: nada iguala la capacidad de decisión de nueve jefes de Estado y de Gobierno que se reúnen regularmente alrededor de una mesa con el Presidente de la Comisión Europea para intentar resolver problemas planteados en términos de interés común*" (74).

Además nuestro autor cayó muy enfermo, tenía ya, 86 años:

"En lo que a mi concierna, deseo tomar un tiempo de reflexión y de descanso. Comencé a escribir un libro que, lo espero, ayudará a entender lo que hemos hecho, la filosofía de la idea y las razones profundas que han llevado a nuestros países a la unificación europea. Dimitiré de mis funciones de Presidente del Comité el 9 de mayo, vigésimo quinto aniversario de la proposición de la Alta Autoridad y de la explotación común del carbón y del acero*" (75).

Igualmente para convencer a sus futuros partidarios de la necesidad de la unificación europea escribió sus "Memorias":

"... y si me decidí en redactar el relato de los acontecimientos en los cuales participé, no es por complacencia hacia el pasado ni por añadirlo a las bibliotecas de la historia. Es un intento para esclarecer a los lectores de mañana sobre la necesidad profunda de la unificación europea, cuyos progresos se persiguen sin descanso a través de las dificultades. Cuando se ha acumulado cierta experiencia en la acción, aún actuamos cuando nos esforzamos en transmitirla a los demás, y llega el día en que lo mejor que se puede hacer es enseñar a hacer lo que uno cree que está bien. Hay un método para construir Europa - no existen dos en un tiempo dado. No salimos del tiempo de la Comunidad europea, del tiempo de la delegación de soberanía a instituciones comunes, único medio de asegurar la independencia y el progreso de nuestros pueblos, y la paz, en esta parte del mundo. He aquí lo que quería decir en este libro, para el cual necesitaba de todos mis días y de todas mis fuerzas*" (76).

¿Cómo podremos concluir esta sintética nota bibliográfica acerca de la inmensa obra realizada por Jean Monnet en favor de la integración europea? Tal vez, con estas palabras escritas por el Presidente John Fitzgerald Kennedy, cuando se entregó a Jean Monnet, en Nueva York en 1963, el "Premio por la Libertad":

"Querido señor Monnet, durante siglos emperadores, reyes, dictadores han tratado de imponer en Europa su unidad por la fuerza. En bien o en mal han fracasado. Pero, bajo su inspiración, Europa, en menos de veinticinco años, ha progresado más hacia la unidad que lo había hecho en mil años. Usted y los que trabajaron con usted, la edificaron con el mortero de la razón y con estas piedras que son los intereses económicos y políticos. Usted transformó Europa con el único poder de una idea constructiva*".

O también con este texto póstumo que leyó el Presidente Lyndon Johnson cuando Jean Monnet recibió el "Presidential Medal of Freedom":

"Ciudadano de Francia, hombre de Estado del Mundo, ha hecho de la persuasión y de la razón las fuerzas políticas que conducen Europa hacia su unidad y las naciones atlánticas hacia una relación de socios más eficaces*" (77).

Managua, a 31 de julio de 1990


ANEXO 1
RESOLUCIÓN DE LOS JEFES DE ESTADO Y GOBIERNOS REUNIDOS EN LUXEMBURGO EN CONSEJO EUROPEO LOS 1RO, Y 2DO. DE ABRIL DE 1976

La Europa comunitaria, vieja ahora de más de veinticinco años, constituye desde ahora, a pesar de sus lagunas e imperfecciones, una realización notable, mientras se afirman las esperanzas de profundizar las perspectivas de una unión europea.

El balance positivo que se puede hacer al término de esta primera etapa y en vísperas de los progresos hacia una unificación política, lo debemos en gran parte a la audacia y a la amplitud de miras de un puñado de hombres. Entre ellos, Jean Monnet tuvo un rol de primer plano, que sea a título de inspirador del Plan Schuman, de primer Presidente de la Alta Autoridad o de fundador del Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa. Con estas diferentes designaciones y con la finalidad de crear un nuevo tipo de relaciones entre los Estados europeos para traducirlos en términos institucionales, Jean Monnet se enfrentó con resolución contra las fuerzas de inercia de las estructuras políticas y económicas de Europa.

Realista como lo era, Monnet inició con los intereses económicos, sin renunciar nunca a su objetivo visionario de alcanzar un entendimiento más amplio que se extendiera a todos los campos entre hombres y pueblos de Europa. Durante las vicisitudes de la construcción europea se ha podido a veces perder de vista este objetivo; sin embargo, nunca se lo ha desaprobado. Ahora más que nunca, debería servirnos de guía para permitir elevarnos más allá de nuestra tarea de gestión cuotidiana, a fin de que ésta reciba su verdadero relieve y su coherencia.

Recientemente Jean Monnet se retiró de la vida pública. Después de haber consagrado lo mejor de su talento por la causa europea, merece que Europa le rinda un homenaje particular de reconocimiento y admiración.

Por ello los Jefes de Estados y Gobiernos de la comunidad, reunidos en Consejo europeo en Luxemburgo, han decidido conferirle el título de ciudadano europeo de honor.


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NOTAS:

(1) Jean Monnet: Mémoires -nous ne coalisions pas des États, nous unissons des hommes. Librairie Anthème Fayard, 1976.

(2) Ibid., p.40.

(3) Ibid., p.41.

(4) Ibid., p.44.

(5) Ibid., p. 45.

(6) Ibid., pp. 46 y 47.

(7) Ibid., p. 47.

(8) Ibid., p. 48.

(9) Ibid., p. 49.

(10) Ibid., p. 53.

(11) Ibid., p. 66.

(12) Ibid., p 67.

(13) Ibid., p 75.

(14) Ibid., p 79.

(15) El armisticio entre Alemania, Francia, Inglaterra e Italia, se firmó el 11 de noviembre de 1918.

(16) Ibid., p 80.

(17) Ibid, p. 83.

(18) Ibid, p. 86.

(19) Ibid, p. 87.

(20) Ibid, p. 88.

(21) Ibid, p. 92.

(22) Ibid, p. 94.

(23) Ibid, p. 97.

(24) Ibid, p. 101.

(25) Ibid, p. 113.

(26) Ibid, p. 139.

(27) Ibid.

(28) Ibid, p. 141.

(29) Ibid, p. 145.

(30) Ibid, p. 149.

(31) Ibid, p. 152.

(32) Ibid, p. 161.

(33) Ibid, p. 14.

(34) Ibid, p.21.

(35) Ibid.

(36) Ibid, p. 27.

(37) Ibid, p. 35.

(38) Ibid, p. 189.

(39) Ibid, p. 192.

(40) John Maynard Keynes, quien participó activamente en esta empresa como asesor técnico económico del Gobierno británico dijo a su amigo Emmanuel Monick: "Cuando los Estados Unidos de América entraron en el conflicto, se presentó al Presidente Roosevelt un plan de construcción de aviones, y los técnicos americanos juzgaron su realización como casi un milagro. Jean Monnet se atrevió en encontrarlo insuficiente... El Presidente se adhirió a este punto de vista. Impuso a la nación norteamericana un esfuerzo que, a primera vista, parecía imposible, pero que luego fue perfectamente realizado. Esta decisión capital, posiblemente, redujo un año entero la duración de la guerra". Ibid, p. 212.

(41) Ibid, p. 233.

(42) Ibid, p. 262.

(43) Ibid, pp. 263 y 264.

(44) Ibid, p. 336.

(45) Ibid, p. 342.

(46) Ibid, p. 343.

(47) Ibid, p. 350.

(48) Ibid, p. 353.

(49) Ibid, p. 354.

(50) Ibid, p. 358.

(51) Ibid, p. 359.

(52) Ibid, p. 360.

(53) Ibid.

(54) Ibid, p. 363.

(55) Ibid, p. 365.

(56) Ibid, p. 366.

(57) ibid, pp. 367 y 368.

(58) Ibid, p. 371.

(59) Ibid, pp. 378 y 379.

(60) Ibid, p. 384.

(61) Ibid, p. 426.

(62) Ibid, p. 439.

(63) Ibid, p. 449.

(64) Ibid, p. 453.

(65) Ibid, p. 460.

(66) Ibid, p.476.

(67) Declaración del socialista francés, señor Guy Mollet, Ibid, p.485.

(68) Ibid, pp. 486 y 487.

(69) Ibid, pp. 488 y 489.

(70) Ibid, p. 493.

(71) Ibid, p. 516.

(72) Ibid, p. 603.

(73) Ibid, p. 605.

(74) Ibid, p. 607.

(75) Ibid, p. 608.

(76) Ibid, pp. 609 y 610.

(77) Ibid, pp. 555 y 556.

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