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viernes, 9 de abril de 2010

El poblamiento de la ceja de montaña oriental en la época colonial


Por Catherine Lara (2007)


INTRODUCCIÓN

El interés científico por la Amazonía es un fenómeno relativamente reciente. Por cierto, gracias a una serie de estudios multidisciplinarios, lo que hasta cierto momento había sido percibido como un espacio homogéneo y legendario, se llegó a conocer más realistamente como un medio diverso y estrechamente ligado al desarrollo cultural.

Es así como, a la identificación de ecosistemas como la varzea y la terra firme, se añadió luego el de ceja de montaña (Descola, 1988: 70). La ceja de montaña, también conocida como selva alta o estribaciones, se encuentra entre los 2000 y 600 m.s.n.m. Se caracteriza por un relieve accidentado, conformado por ríos y quebradas. El fuerte índice de humedad determina una temperatura comprendida entre los 12 y los 2 ºC. A los suelos relativamente pobres y en erosión constante, se suma una fauna variada aunque relativamente escasa (Salazar, 29-33: 1989).

A nivel de las ocupaciones humanas, si bien el registro arqueológico deja suponer una intensa dinámica demográfica en la Amazonía en la prehistoria, las etapas de este proceso quedan aún por esclarecer, así como el papel de la ceja de montaña en este fenómeno. Sin embargo, en base a evidencia lingüística y cerámica, Lathrap propone que las poco conocidas culturas arqueológicas de la selva alta son claramente derivadas de culturas tempranas desarrolladas en la varzea brasileña (Lathrap, 1970: 150).

Lo cierto es que en calidad de punto de contacto entre dos ecosistemas –el andino y el amazónico-, se puede suponer que la ceja de selva debe haber cumplido un papel fundamental a nivel cultural. Asimismo, la evidencia etnohistórica da cuenta de cómo la ceja de montaña fue el escenario de variadas e intensas dinámicas demográficas y culturales, las cuales el siguiente trabajo se propone resumir.

En este sentido, tres etapas destacan para esta época: así, se recordará primeramente el proceso de conquista de la zona (segunda mitad del siglo XVI), antes de analizar cómo se realizó el poblamiento de la región en el último cuarto del siglo XVI, en relación a las poblaciones nativas, a los recursos en juego y al contexto político colonial. La última etapa (siglos XVII a XIX), o auge misionero, surge también en respuesta a los obstáculos hallados anteriormente por la administración española, y marca el final de la valoración del Oriente, síntoma del desplome del imperio español de América.


LA ÉPOCA DE LA CONQUISTA: EN BUSCA DE EL DORADO

Desde los inicios de la Conquista, el afán de enriquecimiento de los españoles –nutrido por fabulosas leyendas acerca del Nuevo Mundo-, justificó en gran medida sus misiones de exploración y anexión de tierras mucho más difíciles de acceso, luego de haber ya consolidado su poder hegemónico entre los grandes centros de poder del continente. En este sentido, las estribaciones orientales de la Cordillera fueron exploradas por los conquistadores desde épocas relativamente tempranas. De hecho, la competencia entre potencias europeas por el control de los territorios americanos aceleró su rápido despliegue por el continente. Por otra parte, las necesidades económicas de una Corona Española en pleno proceso de expansión y consolidación, justificaron la necesidad de un conocimiento exhaustivo de los recursos humanos y materiales disponibles en las zonas conquistadas. En el caso del actual territorio del Ecuador, tres áreas –cuya delimitación permanecerá intacta en la división política posterior de las “provincias orientales”- fueron exploradas: la provincia de los Quijos, la zona de Macas y finalmente, de Yahuarzongo.

Según la evidencia documental, el primer conquistador en haber llegado a la región Quijos, Diego Tapia de García, pasó por Papallacta, el valle de “Atún Quijos”, y de los ríos Maspa y Cosanga (García, 1985: 17). En 1538, Alonso de Mercadillo explora la zona, pero es Díaz de Pineda quien entra en ella en busca de canela, con la intención también de conquistarla. Anexa una aldea quijos, descubre a los indígenas de “Cahui y Huarotza” y a un volcán (probablemente el Sumaco), en cuyos alrededores vivían más de 15 000 indios (Magnin, 1998). Sin embargo, muy pronto, las ambiciones de conquista de Díaz de Pineda fueron frustradas, y no se descarta que la famosa expedición en que se descubrió el río Amazonas, haya surgido como segundo intento de asentar la hegemonía española en esta región inicialmente explorada por Díaz de Pineda (Oberem, 1980: 65).

Salida de Quito, en 1541, la expedición de Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana atravesó la región de los Quijos, más específicamente a lo largo de los ríos Napo y Coca, travesía en la cual entró en contacto con varias poblaciones nativas (García, 1985: 32).

Se conoce muy poco acerca de los Quijos ya que, al parecer, éstos descienden de varias tribus, quizá oriundas de Imbabura y Pichincha (Costales, 1983: 35). Así, el padre Antonio Borja asegura que en 1582, 11 000 indios “montañeses” (originarios de las zonas frías), llegaron a la región Quijos. Se sugiere inclusive que los Quijos nunca llegaron a formar una etnia, sino que serían más bien el resultado de una agrupación multiétnica definida por los españoles, de cara a agilitar la administración civil y religiosa de la zona (idem). Oberem, sin embargo, aboga por el origen prehispánico de estas poblaciones (Oberem, 1980: 31). Lo cierto es que, al parecer, existía un estrecho contacto comercial entre los Quijos y los mindalaes andinos (Costales, 1983: 35).

Más al sur, la ceja de montaña de la actual provincia de Loja fue explorada y conquistada por el capitán Diego de Vergara en 1541. Estas zonas estaban habitadas por los Yahuarzongos y Bracamoros (García, 1985: 22).

Los Yahuarzongos vivían entre el Zamora y sus afluentes (idem: 30), mientras que los Bracamoros o Nambijas ocupaban la cuenca del Chinchipe. Para la época de su primer contacto con los Europeos, los Bracamoros, -10 159 en total-, se repartían en 24 comunidades, y los Yahuarzongos, -al parecer más numerosos-, entre 72 (García, 1985: 33). La antigua provincia de Yahuarzongo había sido ya explorada por Alonso de Alvarado, en 1535. En 1546, Juan Porver funda ahí la ciudad de Nueva Jerez de la Frontera (entre el Chinchipe y el Marañón, la cual desapareció poco tiempo después (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 77).

Más al norte, la región del Upano, es atravesada por los ríos Upano y Palora, los cuales se unen al Paute y éste a su vez al Santiago, llegando a las vertientes orientales de la cordillera del Cutucú (idem: 31-33).

La primera expedición española por la región del río Upano fue dirigida por Hernando de Benavente, en 1549. Este siguió el camino de “Zuña, Payra, Moy, Zamagolli, Chapico y Guallapa” hasta el río Paute, en país “jívaro” (Salazar, 2000: 29). Justamente, Hernando de Benavente conquistó a los Macas y Huamboyas –supuestos habitantes del Upano-, pero fracasó contra los llamados Jívaros (Velasco, 1989: 641). Por esta razón, se llegó a suponer que los Macas y Huamboyas no eran jívaros, según lo que apuntalaría además el acta de fundación de la villa de Nuestra Señora del Rosario (o Macas), en que los Macas y Huamboyas se alegran, pues por la misma,

Serán xtianos y conocerán el remedio para la salvación de sus ánimas, e así mismo serán manparados de sus enemigos yndios caribes de las provincias de Pallique y Xibaro, que bienen a sus tierras y las destruyen y despueblan comiéndoselos, y que los dichos naturales no son parte para poder defenderse; e ansimismo de los yndios caciques de Macas y Carva, que biven en mano armada y los despueblan en contra de su voluntad y biene en gran menoscabo de estas provincias, de que se mueren por sacarlos de su natural, que tierra templada, y llevarlos al tierra fría; e aliende de que entienden que poblándose la dicha ciudad, los fundadores della misma por el bien dellos, y no los desampararan y maltrataran como lo capitanes que en esta provincia habían entrado (Ulloa, in Costales, 1998: 84).

En Payra, Benavente encontró “100 casas de indios alzados”, mientras que señala haber visto a pocos de ellos en Zamagolli. En Chapico, estimó la población en aproximadamente 2000 personas, repartidas en asentamientos dispersos, al igual que en Guallapa, en donde estimó un total de 800 personas (Salazar, 2000: 29).


EL FLORECIMIENTO DE LAS CIUDADES ESPAÑOLAS DE LA CEJA DE MONTAÑA ANDINA ORIENTAL

Entre los años 1541 y 1560, las misiones de exploración y conquista en la ceja de montaña oriental fueron seguidas por la fundación de 16 asentamientos adjudicados a la jurisdicción de Quito, desde el río Caquetá hasta el Marañón (Lovecchio y Glaser, 2006: 51). Como se verá a continuación, en el siglo XVI, estos asentamientos se caracterizaron por una explotación masiva de materias primas (especialmente metales), lo cual implicó una nueva dinámica geográfica en la zona: en una primera etapa, los asentamientos españoles recién fundados fueron esporádicamente ocupados por aventureros europeos, pero, poco a poco, familias de colonos llegaron a habitarlos, creando así un mestizaje que surgió en respuesta a la incorporación forzada de las poblaciones indígenas de la zona a la administración española. Se observará asimismo que esta misma política administrativa generó un flujo migratorio entre poblaciones indígenas, las cuales siguieron rutas de contacto ya existentes antes de la conquista, o al contrario, crearon nuevas vías de circulación demográfica.

Las gobernaciones españolas eran consideradas como “circunscripciones administrativas de primera orden” (Lovecchio y Glaser, 2006: 57). La de los Quijos fue formada en 1551 (García, 1985: 23). El capitán Ramírez Dávalos, su primer gobernador, pacificó a los indígenas de la zona a través de la mediación del cacique de Latacunga, aliado común. De esta manera, logra fundar la ciudad de Baeza, en 1551 (idem: 24).
Bartolomé Marín, subalterno del segundo gobernador, funda luego Archidona, a orillas del río Misaguallí.

Sin embargo, las fuentes difieren al respecto:

Estas tres ciudades [Avila, Baeza y Archidona] se poblaron, la primera y más antigua de ellas por el gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, vecino de Quito, cerca de los años de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo de 1559. Púsole por nombre Baeza. Estando poblada esta ciudad y siendo gobernador de ella y de toda la provincia de su conquista el ya dicho Rodrigo Núñez de Bonilla acaeció a morir, y en el tiempo de su muerte sucedió que era gobernador Miguel Vásquez de Avila en Quito y su tierra; procuró la gobernación de los Quijos y diósela su Majestad, con su conquista, en el año de 1572 (Ortiguera, 1968: 339).

Según el padre Juan de Velasco, en cambio, el capitán Dávalos fundó la ciudad de Quijos en 1552, a orillas del río homónimo (1989: 641). Fue su hermano menor, Gil Ramírez Dávalos, quien "llegando a Quijos deshizo la ciudad, que era populosa y de escogida gente, porque se hallaba disgustada toda con el sitio malsano" (Velasco, 1989: 642).

En 1558, funda la ciudad de Baeza, entre los ríos Maspa y Vermejo (Velasco, 1989: 642). Su fundador ordenó que Baeza se dividiera en ocho calles que salieran de la plaza central, y que estuviera ocupada por 73 solares repartidos entre “personas principales” (Cabodevilla, 1996: 57). En efecto, se proyectaba a Baeza como punto de partida de futuras conquistas (Cabodevilla, 1996: 79).

Siendo así, esta fundación fue seguida por la de Maspa, ubicada en la ribera septentrional del río que le dio su nombre. Dos años más tarde, se fundan Avila, sobre la ribera septentrional del Suno, Archidona y Tena. Entre las demás ciudades españolas fundadas en la misma época, se mencionará a Puerto Napo, Concepción, Loreto, San Salvador, San José, Cotapino, Santa Rosa (Oberem, 1980: 44). Adicionalmente, a finales del siglo XVII, se anexa la provincia de la Coca (aledaña a la zona de Baeza) a la gobernación de los Quijos (Cabodevilla, 1996: 85).

La gobernación de los Quijos tenía como cabecera de provincia Archidona, y como eje fluvial principal, el Napo. Según el padre Velasco, sus ciudades, y en particular Baeza, atrajeron a una población colona considerable, debido a la presencia de oro y de recursos tales como canela, vainilla, resinas, cacao (Velasco, 1989: 642)… Existen también evidencias de una intensa explotación del algodón, realizada bajo el sistema de encomiendas y tributos (Lovecchio y Glaser, 2006: 58).

Así, en 1538, Díaz de Pineda calcula que la región de Sumaco (Ávila), cuenta con 15 000 habitantes. Por su parte, en 1577, Ortegón reporta que en Baeza hay nueve encomenderos, 11 520 “indios” (de los cuales 5 013 son tributarios), mientras que Ávila consta de 12 encomenderos, 2 613 indios (entre los cuales 919 personas tributan), y por último, 2 376 indígenas habitan Archidona, siendo 871 de ellos tributarios (Oberem, 1980: 40). Por su parte, la provincia de la Coca cuenta entonces con 1 500 “indios”, de los cuales 700 tributaban (Cabodevilla, 1996: 93).

En 1608, Baeza, Ávila y Archidona eran principalmente ciudades de españoles, las cuales, según Fernández de Castro, sumaban un total de 52 casas, en su mayoría pobladas por Andaluces, Extremeños, Castellanos y Criollos, incluyendo a las mujeres (74 en total). Destaca también la presencia de mestizos, y de 40 o 50 forasteros (Fernández de Castro, 1994: 104). Otro escrito señala además que estas ciudades eran gobernadas por alcaldes ordinarios, cuatro regidores, un alférez Real, y un alguacil mayor (anónimo, 1994: 71).

A partir de 1581, la zona contó además con un convento de dominicos, así como una decena de doctrinas (Cabodevilla, 1996: 93).

Por otra parte, en la misma época, al igual que en otras zonas, la administración española buscó agrupar a la población nativa en reducciones, tales como Seta, Capua, Carito (luego reagrupadas entre ellas), Guacamayos y Guarosta (Oberem, 1980:85).

Son los Indios de esta Gobernación 2829; casados 1880, solteros 455, viejos 199, muchachos, 295. Corre en esta provincia la lengua general del Inga, y háblanse otras diferentes y maternas, en una de las cuales se llama “conceto” el corazón (Fernández de Castro, 1994: 104).

En una visita posterior, Pedro Ordóñez de Cevallos identifica a las siguientes tribus Quijos: Pargatas, Cenefas, Sucas, Umbates, Quispas, Sencicatos, Orisaguas, Saipitis, Paipitis, Tangaras, Yacopaguas, Quisparis, Sondotas, Cintis, Yacapus, Tontas, Targoras, Orifaguas, Ambocaguas, Tanzipas y Picas (Costales, 1983: 34).

En cuanto a las gobernaciones de Yahuarzongo y Mainas, se trata de territorios principalmente ubicados en la selva baja, por lo cual se los mencionará brevemente. La gobernación de Yahuarzongo se concentró en torno a los ríos Santiago y Marañón. Si bien Valladolid era su cabecera de provincia, se le atribuyó a Loja como ciudad tutelar, y en segunda instancia a Jaén, capital de la gobernación de Mainas, focalizada en torno a la cuenca de los ríos Marañón y Ucayali (Lovecchio y Glaser, 2006: 117).

El capitán Diego Palomino funda Jaén en 1549, a orillas del Chichipe. Juan de Salinas, por su parte, funda Valladolid, Loyola y Santiago de las Montañas. Fue el primer explorador de las minas de Nambija, que llegarán a ser un foco importante de explotación minera en la zona (Gándara, 1998: 16). Según el padre Velasco, al fundar Valladolid en 1541, Juan de Salinas hace venir de Quito a 90 familias. Loyola habría sido fundada un año más tarde (Velasco, 1989: 303). En 1563, estos territorios fueron incorporados a la Real Audiencia de Quito mediante Cédula Real (Gándara, 1998: 16).

Por su parte, a finales del siglo XVI, la región de Macas había sido ya explorada por más de 30 expediciones españolas, atraídas por los lavaderos de oro y las minas de sal (Salazar, 2000: 29). Es erigida en gobernación en 1551, por don Antonio Mendoza (Velasco, 1989: 647).

En 1534, Díaz de Rojas y Díaz de Pineda concluyen una alianza con los Huamboyas y los Macas (Lovecchio y Glaser 2006: 74). Si bien se fundaron varios asentamientos en la zona durante esa época, éstos desaparecieron muy pronto (idem: 77).

En 1563, sin embargo, Juan Salinas de Guinea funda la ciudad de Macas (Costales, 1998: 83). En el acta de fundación, se señala no obstante que el lugar escogido, -el pueblo de Cormaucalli-, es provisional (idem: 84). Esta acta se realizó en presencia de los caciques de la zona, a los cuales se sumaron muchos más (idem: 87), debido seguramente a la amenaza jíbara mencionada anteriormente. En base a esta evidencia, los esposos Costales proyectan que los Macas y Huamboyas totalizaban 32 tribus o familias, por lo cual se podría estimar que conformaban una población de aproximadamente 1600 personas (idem: 94).

En 1552, debido a la necesidad de mano de obra para la explotación minera, se dio asimismo un “re-poblamiento” de la zona de Huamboya y Nuestra Señora del Rosario (primer nombre del primer asentamiento de Macas). Sin embargo, Macas no prosperó; sus dirigentes carecían de autoridad, por lo cual la ciudad era frecuentemente saqueada por aventureros, y los indígenas huían a las montañas aledañas. Pero con el nombramiento de Juan Salinas de Loyola, y la fundación de Sevilla de Oro en 1574, la región recobra prosperidad (Costales, 1998: 97). Según los mismos Costales, la fundación de Sevilla de Oro no fue más que el traslado de Nuesta Señora del Rosario al otro lado del Upano.

La ciudad tenía la longitud de 3 a 4 leguas y otras tantas de latitud. Corría de noreste a sureste. Su clima era templadamente frío. A poca distancia pasaba el río Guían, que se origina en las nievas y es navegable. Había 20 casas de españoles. Vivían en ella 30 mujeres desde 10 hasta 70 años, las 22 casadas, y las 8 solteras. Los indios de la jurisdicción de la ciudad eran 1180; 700 casados, 200 solteros; 80 viejos, 200 muchachos. Había de 12 a 20 españoles. Los encomenderos eran 199 de primera vida y 10 de segunda vida. El mayor repartimiento tenía 120 indios y valía 6720 reales. El menor tenía 10 indios y valía 13360 reales; el de 40 indios 2800 reales; el de 40 indios 2240 reales; el de 15840 reales. Todos juntos valían 50400 reales. Los indios tributarios eran 900 libras de tributo, 280. Cada indio pagaba a su encomendero 30 varas de lienzo. El Gobernador ponía en la ciudad en teniente. Había dos Alcaldes Ordinarios y cuatro regidores. Las parcialidades de indios de esta ciudad eran de 25: Había un cura que administraba los sacramentos a los españoles y naturales camayos y un sacristán. Para las poblaciones y comarcas había otros doctrineros (Vacas Galindo en Costales, 1998: 109-110).

Según García, en cambio, Sevilla de Oro y Logroño de los Caballeros son fundadas en 1548, en la ribera izquierda del Upano, mientras que Mendoza se funda sobre el río Huamboya, ubicado en la ribera septentrional del Palora (García, 1985). Consta sin embargo que el Tribunal de recaudación de las Cajas Reales fue implementado en Sevilla de Oro (Velasco, 1989: 649). De hecho, la explotación de los placeres auríferos atrajo pronto a una numerosa población proveniente de Quito y del Perú, por lo cual un comercio floreciente se desarrolló rápidamente en la zona (Velasco, 1989: 649).

Macas conoció varias fundaciones antes de su asentamiento definitivo, en el siglo XVIII. Estuvo primeramente ubicada a orillas del Palora, cerca del Pastaza. Luego, fue desplazada a los ríos Quegüeno y Kunkuim. En 1582, se la fundó a orillas del Upano, al inicio de la explotación aurífera en este río (Renard Casevitz, Saignes, Taylor, 1988, 2: 179). En 1599, luego de la destrucción de Sevilla de Oro por el levantamiento jívaro y ya cuando la calma había vuelto, se fundó nuevamente la ciudad de Macas, frente a Sevilla de Oro, en la ribera derecha del Upano (García, 1985: 65).

Por otra parte, Juan de Salina funda Logroño de los Caballeros en 1564, pero debido a los atraques jívaros, Bernardo de Loyola la refunda en un lugar más seguro en 1576 (Renard Casevitz, Saignes, Taylor, 1988, 2: 168).

En lo que se refiere a los asentamientos indígenas, Paira y Samagualli se ubicaban aproximadamente a 20 o 30 kilómetros de Zuña, y Chapicos, a su vez a 40 o 60 kilómetros de Samagualli, en la llanura del río Palora, al pie del Sangay. Guallapa, en cambio, se encontraba en la región de la actual Sucúa (idem: 169). En Chapicos, Benavente encontró a 200 “indios”, en Guallapa, a 800, y contabilizó a 1000 “jíbaros” (idem: 161-163). Los Chapícos, al parcer, vivían entre los ríos Palora y Macuma. Los investigadores sugieren su posible filiación con los “jívaros” (Ibidem, 2: 179).

Casevitz, Saignes y Taylor plantean además que los Bolonas, otro grupo asentado en la región del los ríos Cuyes y Cuchipamba, podrían corresponder a núcleos de población cañari. De ser así, se explicaría la alianza de los Macas y Huamboyas con los españoles frente a los jívaros, atestiguada en la declaración de fundación de Nuestra Señora del Rosario (Renard Casevitz, Saignes, Taylor, 1988, 2: 156). De hecho, los mismos autores afirman que existe evidencia de un contacto importante entre los caciques de la zona y los de la Sierra (idem: 158). Por esta razón, el valle del río Cuyes habría sido mayoritariamente poblado durante la colonia por colonos originarios de Jima y Sígsig atraídos por la explotación del oro (Salazar, 2004: 66). En 1582, Fray Domingo de los Ángeles reporta además que el pueblo de San Bartolomé contaba con 190 indios tributarios, de los cuales sólo 80 eran autóctonos (idem).

Si un grupo de Cuyes residía de manera permanente en San Bartolomé, y pagaba además tributos, es probable que a lo mejor desde tiempos precolombinos ocupaban las estribaciones orientales de los Andes. De hecho, el viejo camino de Sígsig a Jima y Cuyes, que aún existe, pudo haber sido construido parcialmente sobre alguna ruta precolombina (Salazar, 2004: 67).

En cuanto a los Macas, ocupaban las cordilleras del Cóndor y del Cutucú, entre los ríos Zamora, Upano y Yaupi (Barrueco, n/d).

Por otra parte, así como Renard Casevitz, Saignes y Taylor proponen que los Cuyes o Bolonas descienden de los Cañaris, no descartan la posibilidad de que los Huamboyas estén emparentados con los Puruhaes (1988, 2: 179).

Estas poblaciones indígenas sirvieron a los españoles como fuente de mano de obra esclava empleada a la extracción del cacao, el copal, la canela, la zarzaparrila y la quinina (Renard Casevitz, Saignes, Taylor, 1988, 2: 68).

Para los Borjeños, los Macabeos, las gentes de Lamas, de Moyabamba y de Chachapoyas, los indios eran exactamente como productos de recolección: bastaba ir a buscarlos, siempre se encontraría la manera de remplazar a los muertos (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2; 68).

Efectivamente, la mano de obra llegó pronto a escasear en la zona, por lo que fue necesario suplantarla. Es así como población negra llegó a la región (un esclavo negro tenía el valor de 5 o 6 indios) (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 68). Entre 1550 y 1599, miles de indios paltas y cañaris fueron deportados a la región para trabajar en la explotación de los placeres auríferos (idem: 64). Se calcula que entre 1541 y 1560, esta actividad generó la fundación de 12 localidades (ibidem: 66).

A nivel administrativo, la gobernación de Macas comprendía a las provincias de Chapicos y Guano. La primera contaba con los asentamientos de Coropino-Palora, Cucapay, Yngacay o Rebotocay (estos tres últimos topónimos al parecer de consonancia cañari), la Mano y Lopino (Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 170). Según el censo de Aldrete (1582), la gobernación de Macas contaba con 73 encomenderos en total: 12 en Logroño, y 30 en Sevilla de Oro. En 1577, Baeza tenía 19 encomenderos, y Ávila, 12. Para este último año, la gobernación contaba ya con 158 encomenderos (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 66).

Sin embargo, la empresa de colonización española en las provincias orientales conoció pronto serias dificultades a partir del último cuarto del siglo XVI, debido especialmente a los levantamientos indígenas en reacción a las políticas de encomiendas, sin contar las numerosas epidemias traídas por los europeos, que diezmaron a las poblaciones locales.

Es así como Macas, Logroño y Zamora, ciudades que habían conocido inicialmente un período de prosperidad, fueron poco a poco abandonadas (Lovecchio y Glaser, 2006: 57). En este sentido, cabe también recalcar que la afirmación de Potosí como eje minero colonial debilitó la importancia de las demás minas del reino (idem: 59), sin olvidar que en la gobernación de los Quijos al menos, éstas se agotaron muy pronto (Oberem, 1980: 96). Además, la precariedad de las vías de transporte no permitió el desarrollo de un comercio sustentable (Renard Casevitz, Saignes, Taylor, 1988, 2: 66).

El desplome demográfico registrado en la zona (del orden del 90%), se debió primeramente a la muerte de los indígenas (autóctonos y forasteros) sujetos a las encomiendas (Lovecchio y Glaser, 2006: 58).

Entre 1577 y 1608, el número de indígenas censados en la provincia de Quijos pasó de 16509 a 1649. Dos generaciones de explotación brutal a lo largo de esta “frontera” minera de la Audiencia de Quito, habían producido la despoblación casi total del declive oriental de los Andes (Lovecchio y Glaser, 2006: 58).

En 1608, Fernández de Castro no encuentra a más de 55 encomenderos en Baeza, Ávila, Archidona y Sevilla de Oro.

El reflujo de los colonos del “centro” dejó en su estela un mundo compuesto de europeos miserables, todavía por un tiempo atrapados en sus fantasías raciales e hidalguescas, de mestizos, de negros cimarrones y de campesinos andinos desarraigados, una sociedad cuyos destinos, costumbres y lenguaje habían de desligarse cada vez más de lo que era corriente en los centros coloniales andinos. Esta cohorte de menesterosos abandonados en el bosque tras el hundimiento de la primera ola de ocupación, va a desarrollar, en el pobre decorado instalado apresuradamente por los antiguos colonos, una sociedad única, a la vez semi-urbana y semi-tribal, viviendo del pillaje brutal de un mundo selvático que aunque aborrecido, constituye su única posibilidad de supervivencia (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 67).

Por su parte, en 1594, fray López de Solís fue testigo de la despoblación de la inicialmente próspera Zamora, y de la desaparición paulatina de los Yahuarzongos, debido a las epidemias (García, 1985: 63). En 1592, según Renard Casevitz, Saignes y Taylor, ya no quedaban más de 60 españoles en las cuatro villas subordinadas a la jurisdicción de Salina, en la región de Zamora (1988: 67).

En la gobernación de los Quijos, en 1605, no quedaron más de 30 españoles, una decena de clérigos y 1435 tributarios en la zona, de los cuales 49 en Baeza, 27 en Ávila y 37 en Archidona (Oberem, 1980: 96-97). La decadencia de la gobernación de los Quijos había iniciado ya con el florecimiento de la de Macas, que en sus principios llegó a monopolizar la economía de las provincias orientales. Si esto fuera poco, una peste azotó a la población Quijos en 1589. Además, durante al transcurso del siglo XVI, los indígenas ya huían crónicamente de los lavaderos de oro y las epidemias hacia el Napo (Oberem, 1980: 43). Desde luego, los encomenderos muchas veces no habitaban la zona, por lo cual tardaron en reaccionar frente a la catástrofe que se anunciaba (Oberem, 1980: 98). La única alternativa que se encontró fue incrementar la deportación de mano de obra originaria de otras zonas (idem: 98-99).

En la provincia de los Quijos, una de las raíces de este despoblamiento surge luego del “repartimiento” de los indígenas por Núñez de Bonilla, cuando éstos empezaron a organizar su resistencia desde 1560 (Oberem, 1980: 76). Es así como, en 1562, los caciques de Condapa, Zegui, Tangota, Ancha, Concin o Carin, Befa, Zamaoata o Zomocalo y Coca, se rebelaron una primera vez, pero fueron aplastados. En 1563, se da el levantamiento de Jumandi, cuyo fracaso obligó a los caciques sobrevivientes a someterse. Sin embargo, en 1578, otro levantamiento destruyó la ciudad de Ávila (idem: 87). El mismo año, luego de la visita de Ortegón, se da la masacre de Archidona (García, 1985: 55).

Estos levantamientos habrían sido organizados con la colaboración de varias agrupaciones indígenas provenientes de otras provincias, tales como los Cañaris, quienes habrían encontrado en ellos la oportunidad de vengarse de la traición de los españoles, sus antiguos aliados.

Ésta la veían adhiriéndose al levantamiento planificado en 1578 por los indios Quijos de la región del Alto Napo. Estos indios de las selvas orientales tenían muy estrechas relaciones con los indios de la Sierra y para dar más empuje a sus planes se confederaron con algunos caciques de la Sierra para que en gran parte del territorio de la Audiencia de Quito estallase la rebelión de golpe. Los Quijos llegaron a destruir dos de las tres ciudades fundadas en su territorio y matar a muchos españoles, pero en la Sierra no estallaba el levantamiento (Oberem, 1974-76: 271-272).

La “guerrilla” jívara infundió el pánico en la gobernación de Macas, e inclusive ahuyentó a los indígenas de la zona Quijos, atemorizados por el rumor del avance jívaro (García, 1985: 65).

Se plantea además que, de entrada, el carácter anárquico de los asentamientos españoles en la selva, los fragilizó frente a los ataques enemigos. Posteriormente, las epidemias debilitaron aún más a la gobernación de Macas, en el plano humano pero también organizativo: los encomenderos perdían cada vez más a sus encomendados (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 169).

Los dos géneros mas principales que la provincia de los Xivaros tiene son 200 Indios de lanza (que dicen los Baquianos que habrá) y 400 mugeres y muchachos, que por todos serán 600 almas poco mas o menos, que cada uno de ellos vale mas que todo el mundo. Son todos ellos hijos y nietos de Cristianos, y estando esta provincia convertida y pacífica como las demás y poblada de Españoles, y donde su Real Majestad tenía sus casas y oficiales Reales, en la ciudad de Logroño, se rebelaron los dichos Xivaros, y matando a los Españoles, sin escaparse vivo mas que dos ó tres, que huyeron, se alzaron con la tierra más há de 70 años, y se han estado alzados hasta hoy y se estarán así, si su Majestad (que Dios guarde) no lo remedia (De la Cruz,-1651-, 1942: 37).

El famoso levantamiento de Sevilla de Oro (1599), contó además con la colaboración de los Macas, si bien algunos de ellos traicionaron a los líderes jívaros de la conspiración (Velasco, 1989: 659). A raíz de esta sublevación, los habitantes de Logroño fueron íntegramente aniquilados, mientras que sólo quedó el 25% de la población de Sevilla de Oro (idem: 659). Tampoco se descarta que este levantamiento haya contado con la cooperación de los Shuar de Logroño, de Zamora, así como de indígenas de Cuenca, Cañar y Chimborazo, deportados a la gobernación de Macas para la explotación aurífera (Costales, 1998: 110).

A finales del siglo XVI, la gobernación de Macas quedó literalmente devastada, y el foco de explotación minera se desplazó hacia la región de Zamora (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 64).

Entre la población serrana que había migrado a la gobernación de Macas (huyendo de la encomienda o en calidad de mano de obra) y se quedó en la región luego de los levantamientos, algunos se refugiaron entre las tribus amazónicas (como los denominados “oyaricos” cañaris entre los shuar), formaron núcleos aislados en la selva o se asentaron en ciudades aledañas, como Baños por ejemplo (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 65).

Más al sur, se reportaron además múltiples tentativas de ataques a los españoles asentados en la región de los Bracamoros, por parte de indígenas venidos del Marañón (Latorre, 1998: 129).

A modo de balance de esta primera época de colonización española en el declive andino oriental, queda claro que ésta se caracterizó como una fase de exploración y conquista orientada hacia una expansión territorial y a la explotación de recursos, especialmente metales. En este sentido, los españoles multiplicaron asentamientos en las vertientes orientales, en torno a los focos de explotación de recursos que atrajeron a colonos españoles y favorecieron el mestizaje con las poblaciones autóctonas. No obstante, éstas fueron también subyugadas bajo el sistema de encomiendas, esclavizadas o diezmadas por las epidemias. Esta realidad tuvo dos consecuencias: la llegada de mano de obra de otras zonas del Reino de Quito (sumada a la población indígena serrana que ya huía del tributo), y los levantamientos, especialmente shuar y quijos, los cuales acabaron por debilitar la frágil estructura política y administrativa de las provincias orientales.


AUGE MISIONERO Y DECADENCIA

Frente a la debilitación de la administración europea en la ceja de selva oriental, ya desde el siglo XVI, pero fundamentalmente en el siglo XVII, los misioneros van a tomar el relevo, en respuesta también a los proyectos de evangelización del Nuevo Mundo, lo cual incrementó asimismo considerablemente su dominio político, a la vez que influyó en forma decisiva en la dinámica demográfica de la zona, como se verá en este acápite. Como consecuencia, la ceja de montaña llegó también a ser el escenario de un juego de poder entre la Corona Española y las misiones, el cual culminó con la expulsión de los Jesuitas en 1768. Sin embargo, con el debilitamiento de la institución misionera desde el final del siglo XVIII, la administración española consideró haber alcanzado su propósito principal, y no desplegó mayores esfuerzos para reincorporar las provincias orientales dentro de su política administrativa, por lo cual éstas llegaron a quedar completamente abandonadas. A continuación se verá el espacio geográfico cubierto por los misioneros, así como el contexto socio-político de su obra, y por último, la realidad de los últimos años anteriores a la Independencia en las provincias orientales.

Las primeras –e infructuosas- tentativas misioneras en la Amazonía por parte de Franciscanos, Jesuitas y Dominicanos en el norte de la alta Amazonía, entre los ríos Caquetá, Putumayo, Napo y Marañón más al sur, remontan al siglo XVI (Lovecchio y Glaser, 2006: 59).

Sin embargo, luego de la conquista de la región de Mainas (1618-1619), la cédula real de 1642 confía la evangelización de las provincias orientales a los Franciscanos (gobernación de los Quijos) y Jesuitas (Mainas).

De 1638 a 1768, 161 padres de la Compañía fueron enviados desde Quito hacia los territorios de Mainas. En total, fueron fundados 153 centros de culto alrededor de los cuales los Jesuitas, con mayor o menor éxito, agruparon a los indígenas para incitarlos en la religión y en la práctica de una vida sedentaria, basada en la agricultura. Al apogeo de la obra misionera, el territorio de Mainas fue dividido en 10 zonas apostólicas, cada una a cargo de dos Jesuitas; la presencia de la Compañía se extendía entonces desde el Pongo de Manseriche hasta el Río Negro y desde el Pastaza medio hasta el alto Ucayali y unos veinte misioneros influían sobre unos cien mil neófitos; no todos estos últimos estaban repartidos en las treinta reducciones que existían simultáneamente, muchos estaban dispersos a lo largo de los ríos pero eran visitados regularmente por uno de los dos Padres en continuas correrías (Lovecchio y Glaser, 2006: 59-60).

Los Jesuitas también se hicieron cargo de la gobernación de Yahuarzongo, mientras que la gobernación de Macas fue confiada a los Dominicanos (Lovecchio y Glaser, 2006: 117). En cuanto a las ciudades de Archidona y Puerto Napo, eran consideradas como anejos a las misiones jesuitas. Estadísticas del siglo XVIII reportan que en ese momento, Archidona contaba con 600 habitantes, mientras que Puerto Napo, con 800 (García, 1985: 199).

Por su parte, los Dominicanos entraron al alto Pastaza en 1624, y fundaron la misión de Canelos en 1689 (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 135). Los Canelos ocupaban las riberas del Bobonaza y el Pastaza. En 1623-1624, el Padre Rosero convirtió a 35 045 familias asentadas en la cabecera del Bobonaza, agrupándolas en la reducción de Santa Rosa del Penday. En 1671, el Padre Amaya funda otro “Santa Rosa”, para los 700 Gaes de Bobonaza, a quienes había bautizado poco tiempo antes. En 1680, el Padre Ochoa reagrupa a los indígenas tributarios fugitivos, escondidos en las montañas (idem: 151).

Al igual que los administradores españoles, los misioneros tuvieron especial cuidado en censar a sus feligreses indígenas. El Padre Quesada (siglo XVII), habla por ejemplo de 7 000 fieles en la “Provincia de los Gayes, a orillas del río Bohono” (García, 1985: 81). En 1777, el padre Bermeo describe al pueblo de Canelos, sobre el río Bobonaza:

El pueblo de Canelos tiene su situación sobre unas pequeñas serranías de piedra; su vecindario consta de solos veintidós varones, que, aunque fueron muchos mas, se han pasado al pueblo de Andoas por no pagar los reales tributos; su temple es de mediana moderación; sus tierras, muy fecundas de cacao, maíz, arroz, yuca, vainilla, cera blanca y negra. Resinas de copal, maní, y de toda especia de frutas siendo de mayor aprecio en la sierra, las que allá son silvestres; sus comercios son: de canela, cascarillas, estoraque, brea y otras gomas aromáticas y medicinales (Bermeo, en García, 1985: 87).

Los Dominicanos crearon además pueblos misioneros de indígenas, tales como San José de Canelos, San Carlos del Pastaza y la Palma (1790) (García, 1985: 86). A comienzos del siglo XIX, estas misiones pasaron a manos de los Franciscanos, antes de volver a los Dominicanos (García, 1985: 90). Por otra parte, luego de la expulsión de los Jesuitas, fueron precisamente los Dominicanos quienes los remplazaron en Mainas, Archidona y Napo (García, 1985: 122).

Por su parte, los Jesuitas también fundaron pueblos entre los Jívaros (García, 1985: 129). En 1729, el Padre José Gutiérrez reporta a 6 609 indios en la jurisdicción de Mainas (idem: 155). Otra cita estadística de Riofrío y Peralta habla de 997 indios en “la Concepción de Archidona” y sus alrededores (idem: 157). En la década de 1660, la parroquia de Archidona fue confiada a los Jesuitas (idem: 36). Su primer párroco, el Padre Lucas de la Cueva, tenía como objetivo aliviar la situación de los indígenas explotados y otorgar a Archidona el papel de punto de partida hacia las misiones de Mainas (idem: 37). Asimismo, los Jesuitas llevaron a Archidona indígenas de Sucumbíos como ayudantes (Oberem, 1980: 101). Sin embargo, en 1743, se decidió reubicar a la ciudad en un sitio aledaño más adecuado, pero no logró prosperar mayormente. Entre blancos, mestizos e indígenas, no alcanzó a reunir más de 700 habitantes. Los pueblos de Misaguallí, Puerto del Napo y Tena eran sus anejos. Papallacta y Maspa lo eran de Baeza, mientras que Concepción, Santa Rosa, Loreto, Cotapimi, San Salvador y Mote fueron adjudicadas a Ávila (Velasco, 1989: 644).

Por otra parte, luego de la fundación de las misiones de las reducciones de San Javier de los Gayes (entre el Bobonaza y el Curaray), los Jesuitas buscaron consolidarla, trasladando hacia ella familias oriundas de Pastaza, Morona y Marañón. En 1708, el Padre Wenceslao Breyer funda la misión de Santo Tomás de Andoas, conformada por indígenas que huían del tributo, e indígenas autóctonos. En 1770, esta misión contaba con 524 habitantes, siendo así el pueblo más importante fundado por los Jesuitas en el Pastaza (García, 1985: 166). En 1770, se abre además la misión de Loreto (idem: 211).

Los misioneros ganaban la confianza de los indígenas mediante el agasajo de objetos de metal.

Una vez ganada una parcialidad, venían los problemas prácticos: convencerles para reunirse en un pueblo y poder atenderles así mejor; vestirles cuando era su costumbres vivir desnudos; construir las primeras chozas, limpiar la selva para los cultivos, organizar la nueva vida, iniciar la instrucción; hacerles entender los nuevos principios morales, construir la iglesia, organizar el pueblo con nuevas autoridades y el orden “civilizado” (Latorre, 1998: 41).

De hecho, la acción misionera significó modificaciones culturales radicales entre las etnias evangelizadas.

En lo que se refiere a la administración pública, ésta se encontraba a cargo de los misioneros más destacados de las comunidades. Estos escogían a los alcaldes de las mismas, y daban poca importancia a las autoridades tradicionales, favoreciendo más bien la conformación de grupos de cooperación para el desarrollo de redes comerciales o la atención de servicios básicos (Latorre, 1998: 44).

Como es de esperarse, muy pronto, las misiones llegaron a tener altercaciones con los encomenderos, quienes reclamaban sus derechos a explotar a los indígenas de las reducciones como mano de obra. En 1724, Oberem resalta que la gobernación de los Quijos no contaba con más de 10 encomenderos, quienes no tenían más de treinta tributarios cada uno (Oberem, 1980: 43). Frente a las quejas y acusaciones de tráfico humano, los misioneros tuvieron que ceder mediante orden real (García, 1985: 168).

Además, si bien éstos se registraron en menores cantidades, las Misiones tuvieron también que enfrentar diversos levantamientos indígenas, tales como los de 1721 en los pueblos franciscanos de los ríos Putumayo, Napo y Caquetá (Gándara, 1998:19). En 1707, los Gaes se rebelaron y destruyeron reducciones dominicanas, huyendo hacia el Curaray. Los traficantes de esclavos aprovecharon para apoderarse de los sobrevivientes, mientras que otros lograron alcanzar la reducción de Andoas (Renard Casevitz; Saignes; Taylor, 1988, 2: 150).

Por otro lado, las Misiones tampoco se libraron de las epidemias que habían azotado ya a los primeros asentamientos fundados por los Españoles: en 1680, 1749, 1756 y 1762, epidemias de viruela diezmaron literalmente las reducciones (García, 1985: 179).

Luego de la expulsión de los Jesuitas, en los últimos años antes de la Independencia, las provincias orientales son poco a poco abandonadas (Lovecchio y Glaser, 2006: 54).

Ya desde 1768, Joseph Basabe señala la presencia de 854 indígenas, 91 españoles y 20 esclavos negros en Archidona, Tena y Puerto Napo (Cabodevilla, 1996: 106). En 1804, Archidona controlaba 3 parcialidades: Napo, Tena y Santa Rosa, de la cual Napotoa, Cotapinos y Concepción eran anejos. Loreto, Payamino, San José y Sumo, por su parte, eran jurisdicción de Ávila (idem: 150). El censo de Rangel (1814) reporta los siguientes datos: 410 habitantes en Archidona, 630 en Napo, 41 en Napotoa, 267 en Santa Rosa, 51 en Cotapino, 371 en Concepción, 250 en Ávila, 541 en Loreto, 190 en Payamino, 60 en Suno y 171 en San José (idem: 154).

Luego de la expulsión de los Jesuitas, el Padre Velasco (él mismo Jesuita, por cierto), describe a Macas como una ciudad en ruinas y decadente. Macas no contaba con más de 500 habitantes entre blancos, indígenas y mestizos. Fuera de la iglesia y el presbítero, sus nuevas casas eran “de madera, tabla, cañas y pajizas” al igual que en los demás “pueblecillos” del área (Velasco, 1989: 666).

La capital de ese partido de la ciudad de Macas en que su origen se llamó Sevilla de Oro, por la mucha abundancia de ese metal precioso. Está en 2 grados y 29 minutos de latitud austral y 79 grados 48 minutos de longitud occidental, situada a la ribera occidental del río Upano. Pertenecen al cura de ésta cuatro pueblos que son San Miguel de Narváez, Baraonas, Yuquepu y Zinalop. En el mismo partido está el pueblo de Zuña a cuyo cura le pertenecen otros tres que son Payra, Copueno y Aguariyos… En todos nueve pueblos y la ciudad que no merece este nombre, se numeran poco más de dos mil hombres (Costales, 1998: 149).

De acuerdo con el empadronamiento de 1780, la gobernación de Macas no sumaba más de 643 personas, entre blancos (189), indígenas (453), y “libres” (1), de los cuales 263 habitaban Macas, mayoritariamente poblada por Españoles (Costales, 1998: 157). Los autores resaltan además que se contabilizaban más hombres que mujeres, probablemente por la presencia de trabajadores forasteros que seguían laborando en la zona (Costales, 1998: 161).

Continúa esta ciudad en calles y cuadras mal formadas y delineadas cincuenta casas, algunas de alto y las más de ellas bajas y todas de madera y paja. Reciden cincuenta y cuatro vecinos españoles, mestizos e indios: Gobiérnase por un Gobernador en lo corporal y en lo espiritual, por un Vicario que regularmente lo es el cura (Villalengua, en Costales, 1998: 165).

En la provincia de los Canelos, sólo el pueblo de San José subsistió, mientras que en la gobernación de Macas, quedaron los asentamientos de Macas, Aguayos, Bartonas, Copueno, Juan López, Payra, San Miguel, Yuquipi, Zama y Zuña (Velasco, 1989: 666). Logroño y Huamboya quedaron abandonadas: sus pobladores indígenas huyeron a la Cordillera de Cubillín (Velasco, 1989: 665).

En 1812, Macas está prácticamente abandonada. En 1813, el Gobernador Antonio Venegas localiza 17 “jibarías” entre el Upano y el Santiago, esto es, apenas 1929 personas (Costales, 1998: 181). El mismo año, llegan a la región 62 prisioneros caleños condenados por fomentar rebeliones (idem: 182). Cabodevilla habla de un grupo de patriotas fugitivos llegados en 1812 a Santa Rosa desde Quito (1996: 152). Según el mismo autor, los indígenas se sentían ajenos a las causas independentistas, por lo cual prefirieron huir sus guerras y revueltas (idem: 153). Por su parte, en su “Plan en el que se manifiestan las poblaciones de infieles descubiertas en la jurisdicción de Macas, con especificación de las situaciones, temperamentos, producciones y costumbres de los habitantes, según el tenor siguiente”, José Manuel López de Merino establece que, en 1819, la población de San José de Chulupiangosa, ubicada entre los ríos Upano y Tutunangosa, cuenta con 150 habitantes, mientras que la de Antonio de Mendena, entre los ríos Upano, Tutunangosa y Mamangosa, tiene 200 habitantes, y finalmente, Nuestra Señora del Carmen de Muyalico, 300 habitantes (Villalengua, en Costales, 1998: 188-192).

En resumidas cuentas, a raíz de las reformas borbónicas, y al igual que las demás zonas de la Real Audiencia de Quito, las provincias orientales fueron duramente afectadas, a pesar de una acción misionera que no pudo resistir por mucho tiempo a las autoridades de la Corona Española, especialmente en un contexto de tensión que, a más de las epidemias, había ya considerablemente fragilizado a las poblaciones de las vertientes andinas orientales.


CONCLUSIÓN

Los centros de poder tradicionales del país monopolizaron finalmente toda la atención con los acontecimientos independentistas y los primeros años de la República. No obstante, la revolución industrial europea y la búsqueda de recursos estratégicos dirigió nuevamente los intereses económicos hacia las “provincias orientales”: el caucho primeramente (aunque a menor escala en el Ecuador), y sobre todo, el petróleo. En este sentido, desde los comienzos del siglo XIX, el Estado ecuatoriano buscó nuevamente reintegrar a las vertientes orientales de la Cordillera a la coyuntura socio-política del país, con un éxito moderado: a los proyectos fallidos de colonización de la zona (Salazar, 1989), se sumaron los problemas ambientales introducidos por la explotación descontrolada del petróleo o de la madera, cuyo impacto sobre las poblaciones locales es irreversible, tanto a nivel sanitario como cultural.

Desde este punto de vista, la sensibilidad del espacio amazónico como ecosistema y entorno social lo ha convertido en un termómetro de la realidad socio-política e histórica, y este hecho lo refleja muy bien la problemática del poblamiento de las vertientes andinas orientales durante la colonia: un escenario en que los intereses económicos y políticos coloniales modificaron radicalmente el frágil equilibrio natural y cultural del medio, alcanzado luego de milenios de procesos de adaptación y transformación. Sin embargo, el mundo amazónico recobró sus derechos a través de las catástrofes patológicas y las sublevaciones, que frenaron por un tiempo la explotación masiva del medio. En este sentido, quizá el mito amazónico no se equivoque al percibir a la selva como un “infierno verde”. Lo cierto es que, hoy en día, la región es nuevamente víctima de una sobre-explotación, pero al parecer, sus detractores no aprendieron las lecciones del pasado. Lo cierto es que los procesos culturales plasmaron ya para siempre las consecuencias de la historia en sus testigos.


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