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domingo, 26 de julio de 2015

Estudio sobre armas de guerra y caza en el área centro-andina. Descripción y uso de las armas de estocada y de tajo


Por Vincent Chamussy

Investigador asociado al CNRS – Universidad de París I
vchamussy@wanadoo.fr

Artículo publicado en la revista Arqueología y Sociedad 27, 2014: 297-338

Resumen

Todos los tipos de armas no fueron utilizados de la misma manera ni en el mismo momento durante la prehistoria del área centro-andina. Las armas arrojadizas servían principalmente para la caza. Las armas de estocada han sido armas de guerra por excelencia y la lucha cuerpo a cuerpo, la forma de combate predilecta. Arma de combate temible, la maza siempre ha simbolizado el poder y el prestigio; asimismo, entre las armas de corte, el hacha se convirtió en el arma de sacrificio conocida como tumi, mientras que el cuchillo se volvió puñal.

Palabras clave: Andes, armas, guerra, caza, instrumento, símbolo.

Abstract

All types of weapons were not used in the same way and at the same time during the prehistory of the Central Andean Area. Throwing weapons have been used mainly for hunting and ritual. Thrusting weapons have been war weapons par excellence, and hand to hand fight the preferred type of fight. Among thrustingweapons, the club, although dreadful in action, always symbolized power and prestige, while among cutting weapons, the axe became the tool of sacrifice called tumi, whereas the knife became the dagger. Keywords: Andes, warfare, weapons, hunting, tool, symbol.

       Las armas ofensivas pueden ser clasificadas en tres categorías: las armas de «estocada», las armas «de corte» —cortantes y afiladas—, así como las armas arrojadizas. Estas últimas fueron estudiadas en un artículo anterior (Chamussy 2012). Consagramos luego el siguiente trabajo a las armas de estocada, las lanzas y sobre todo, la maza y sus avatares, así como a las armas «de corte»: hachas, puñales y cuchillos. Todas estas armas pueden servir a la vez para la caza y para la guerra, y varias de ellas, como herramientas; no resulta siempre fácil discernir el uso de estas armas, aunque en el artículo citado (Ibid.: 46), dimos ya algunas pistas para lograrlo. Para cada tipo de armas, estudiaremos sucesivamente las fuentes arqueológicas, iconográficas y escritas, de ser el caso (crónicas y fuentes históricas).

Rompecabezas

Se trata ciertamente de un arma que nuestro imaginario tiende fácilmente a atribuir al llamado «hombre de las cavernas», pero la realidad parece haber sido otra durante los periodos prehistóricos de Europa y el Prójimo Oriente, en donde las primeras representaciones de esta herramienta apenas comienzan a manifestarse en el transcurso del Neolítico (Guilaine y Zammit 1998: 95). En América del Norte en cambio, el arma de predilección es sin duda el atlatl (Otterbein 2004: 76-77), pero en el área centro-andina (ver mapa), se trata del arma de estocada por excelencia, de mucho la más utilizada, y desde las épocas más remotas.

El diccionario quechua de Holguín (1608) da las siguientes definiciones: Porra de armas: Chhampi; Champi: porra de pelear; Maça. No obstante, la terminología es confusa y contradictoria, lo cual de por sí constituye una prueba de lo común de su empleo: en función de su forma y la región referida, lleva diferentes nombres: clava, porra, massa, maza o mazo, huino o huinomacana, macana, huaman champi, cachipora, cexoxasca, kupaña (Bolivia) etc. No obstante, Urteaga (1928: 143) reconoce que «Los cronistas dan indistintamente el nombre de macana, porra y maza a esta arma, a la que generalmente podría llamarse clava». De hecho, se evidencia una gran confusión entre las más de cuarenta recurrencias de las palabras «porra», «maza», «macana», «champi» o «chambi» que hemos encontrado entre los catorce cronistas más destacados, desde Jerez (1534) hasta Calancha (1638), motivo por el cual no nos detendremos sobre los diferentes nombres dados por los autores modernos y los arqueólogos (López Mendoza 1980: 336-339; Ravines 1992a; Peréz Maestro 1999 inter alias), los cuales varían dependiendo de la adopción de la terminología de tal o tal cronista. Quiroga Ibarrola (1958: 392) por ejemplo, se extiende largamente sobre las numerosas variedades de porras: «Unas [macanas] parecían bastones gruesos y largos, cuya dureza semejaba al del acero (esta particularidad tiene la madera de chonta, madera negra y pesada, no flota); y otras macanas eran hechas en forma rectangular, casi parecidas a un remo pero con algunas puntas de la misma madera; otras eran de piedra, a manera de estrella, a la que se acoplaba un palo. Esta última macana era la más empleada entre nuestros indígenas, con la que de un sólo mazazo descalabraban a un enemigo, produciéndole fuertes hundimientos en el cráneo, de consecuencias absolutamente fatales... hubieron otras porras, cuya extremo era redondeado». Mejía Xesspe define la makana como «Voz derivada de kechua y aymara, que significa instrumento de lucha en forma de maza o porra» (Tello y Xesspe 1979: 497 y fig. 20: 142). Ravines (1992a) provee una descripción detallada de una macana, en realidad una porra clásica. En estos tres textos, la confusión semántica entre maza, macana y porra es obvia.

En base a su morfología, distinguiremos luego los dos tipos principales: la maza y su variante «macana» por un lado, y por otro, la porra y sus múltiples variantes. En numerosos casos, —empero—, la imprecisión del término empleado por el autor nos impide clasificar el arma en tal o tal categoría, y por ende, tomar la referencia en cuenta.

Maza y macana (Tabla 2)

La más simple, maza o mazo, llamada ocasionalmente porra de ara y chahua en aymara (Bertonio 1984 [1612]), es hecha a partir de una sola pieza de madera con la forma de un bate; era alzada con ambas manos. La macana (1), cuyo nombre provendría de los tainos de Colombia (Métraux 1963: 254), es un tipo de maza más elaborado, en el sentido en que posee un abombamiento característico en lugar de la cabeza, en la que se encuentran ocasionalmente puntas de piedra o dientes de tiburón incrustados. Se hallan mazas y macanas desde el Precerámico Final hasta la época inca. (Tabla 1: cronología).




Precerámico

La macana más antigua, de madera de huarango con dientes de tiburón insertados en la cabeza y pegados con resina encontrada por Engel (1963b: Fig. 138) en Asia, en la costa centro-sur, servía probablemente para la caza de mamíferos marinos en las playas, pues los habitantes de Asia son ante todo pescadores y cazadores de mamíferos marinos. En las losas grabadas de Cerro Sechín actualmente fechadas en el final del Precerámico (Bischof 2009), sacerdotes guerreros alzan macanas (Fig. 1) pero Tello (1956: 233) y Samaniego (1995: 28) las interpretan como hachas, Cárdenas (1995b: 79), como bastones de mando o cetros, y Bischof (1999: 109), como estandartes.

Periodo Inicial y Horizonte Temprano

Se las encuentra casi exclusivamente en la iconografía (en Chavín, Poro-Poro, Alto de la Guitarra entre los ríos Moche y Virú, Huaca Prieta, Chiclayo, Kushipampa, Chanquillo). La ausencia de ejemplares arqueológicos se debe probablemente al azar de las excavaciones; al igual que aquellas de Cerro Sechín, se las puede interpretar como cetros o bastones de mando. No aparecen en la costa centro sur ni en Paracas.

Figura 1. Cerro Sechín. Guerrero sacerdote con macana (Lavallée y Lumbreras 1992: Fig. 73)
Periodo Intermedio Temprano 

En la fase Gallinazo, dos vasijas del MRLH con pintura negativa representan guerreros Virú con una maza en el hombro; Wilson (1988: Fig. 220, h & i) por su parte reproduce un fragmento cerámico hallado en el valle del Santa, sobre el cual dos mazas son alzadas por un figurín. Larco Hoyle (1945: 15 centro-superior) da a conocer una macana encontrada en el valle de Virú: «Los guerreros[...] llevaban mazas hechas de maderas duras» (Ibid.:12).

En la sociedad Mochica, los empleos respectivos de la maza y de la macana son claramente diferenciados. La maza era empleada para la caza de mamíferos marinos (Kutscher 1983: lámina. 88-89; Hocquenghem 1986 t 3: 14; Bourget 2001b: 108, fig. 5.14; MRLH XXC000189) así como de felinos (vasija de Múnich originaria del valle del rio Chicama, y vasija de Stuttgart proveniente de Chimbote: Kutscher 1983 Fig. 88 y 89).

La macana servía para el sacrificio de los guerreros vencidos en el combate: aquella empapada de engrudo encontrada en la tumba del sacrificador colindante a la plaza 3 de la Huaca de la Luna, tenía efectivamente ese uso, pues había sido «bañada en sangre humana varias veces» (Bourget y Newman 1998: 90). Debemos no obstante señalar dos excepciones a esta especialización. La primera es arqueológica: entre el ajuar funerario depositado junto al sacerdote guerrero de Huaca de la Cruz en el valle de Virú (Strong y Evans 1952: 157-158 y lámina XXIV), se encontraba una maza de madera de una sola pieza, de tipo macana, sobre la cual estaban esculpidos combates entre guerreros armados de porras; sin embargo, Mogrovejo (2008) considera que no se trata de un guerrero, sino más bien de un sacerdote lechuza, personaje característico de la iconografía mochica (Makowski 2008), cuyo cetro ritual sería la macana. La segunda es iconográfica: en una escena de guerra mochica clásica pintada en una vasija de origen desconocido (Golte 1993: 125), se encuentran macanas en las manos de dos guerreros mochicas, identificables por su casco y sobre todo, la chalchalcha colgada en su cintura, cuando, —como se verá más adelante—, el arma de los guerreros mochicas es la porra.

Existen escasos testimonios arqueológicos de maza entre los nascas (Bischof 2005: 80), pero se conocen en cambio numerosos ejemplos iconográficos (Bischof 2005: 80; Proulx 2006).

Horizonte Medio

Contamos con pocas representaciones de este tipo de armas y menos aún, entre descubrimientos arqueológicos. En lo que a Wari se refiere, hemos encontrado, —en un fragmento de kero hallado en Conchopata—, la representación de un guerrero alzando una macana con extremo distal puntiagudo en una mano (Tung et al. 2007: 223); esta macana se asemeja peculiarmente a aquellas de los guerreros mochicas ilustrados por Golte, especialmente por las estrías entrecruzadas de la cabeza (ver supra). En Beringa, un pequeño pueblo del río Majes, en la costa sur —bajo influencia wari—, Tung y Owen (2006) señalan «maces with stone heads, wooden club or throwing stones hurled with hondas», mientras que Tung (2007b: 947) escribe: «in the dry desert of Majes valley, wood clubs [...] were recovered». Suponemos que estos «wood» o «wooden clubs» son mazas.

No hemos encontrado espécimen alguno para el Periodo Intermedio Tardío.

Horizonte Tardío

Maza y macana existen entre los Incas. El historiador de la guerra López Mendoza (1980: 335) escribe que la massa (Huinomacana) tenía la forma de un bate, aunque más voluminosa, o de una espada de madera (huino) alzada con las dos manos; era principalmente usada por los Condesuyos. Algunas tenían puntas de metal o de sílex, y había —en el ejército inca—, grupos de soldados cañaris especializados en el uso de esta arma. Se encuentran numerosas referencias en las crónicas. Las Casas (1939 [1550]), por ejemplo, nos describe las armas de los guerreros en varias ocasiones: «arcos y flechas y hachas de armas y porras de cobre y de plata, macanas, que son llanas, aunque sirven como porras» (cap. V, 024014) (los subrayados son nuestros). La maza es descrita por fray Barnabé Cobo ([1653] 1964, Lib. XIV, Cap. IX) como «un bastón de chonta de una braza de largo, ancho cuatro dedos, delgado y con dos filos agudos; por el cabo tiene la empuñadura redonda y un pomo como de espada». Cieza de León (1967 [1550]) cita la macana en repetidas ocasiones: «macanas de palma negra y de otro pala blanco (cap. XII) [...] espadas de a dos manos, a quien llaman macanas (cap.XVI) [...] otros peleaban con macanas (cap. XIII)». Martín de Murúa (1962 [1590]) escribe (cap. 23) que: «Las armas que vsauan los yndios eran lansas tostadas, hechas de palma, que son fuertes y ponsonosas, arcos y flechas, dardos arrojadisos, macanas hechas de palma». Pedro Pizarro (1978 [1571]), cita también la macana: «Todos estos aposentos [del Inca] estauan ocupados y llenos de armas - lanzas, flechas, dardos, macanas» (subrayado es nuestro). En numerosos grabados de Guamán Poma de Ayala, se ven soldados armados con mazas en forma de bates (por ejemplo 1613; s.f.; t.1: 116), y en otros, con macanas de cabeza abombada (por ejemplo 1613; s.f.; t.1: 304; 127 el doze capitán).

Porra (Tabla 3)

La porra, (chambi o champi en quechua) es el arma preferida de los guerreros. El mango casi siempre es de madera cuidadosamente pulida, palma dura o chonta en la sierra, algarrobo (Prosopis pallida) en la costa norte, y huarango (Prosopis chilensis) en la costa sur. Se lo reviste ocasionalmente con un tubo de cobre afilado, cuyo extremo puede servir de daga o lanza. Entre los vicús (Mayer 1998) y en Tablada de Lurín (Schwoerbel 1969 a y b), la cabeza es de madera, piedra o metal.

Se puede diferenciar los diferentes tipos de porras de acuerdo a la forma de su cabeza: anular (doughnut shaped),esférica, estrellada, simple o doble, bicónica, tipo cacto (cactus shaped).

Precerámico

Los únicos especímenes corresponderían a una porra anular (doughnut shaped) y otra estrellada descubiertas en una tumba huaqueada de Caral (valle del Supe), fechada entre 2.500 y 2.000 BC (Shady y González 2003: 232-34). No se volverá a encontrar estos dos tipos de porras sino mil años más tarde, en el Periodo Inicial. Su ubicación estratigráfica permite presuponer que podría tratarse de un depósito intrusivo posterior.

Anular (doughnut shaped) (Tabla 3.1; Fig. 2)

Burger (1984b: 197) —quien encontró varios ejemplares en Chavín—, duda que se trate de armas, sugiriendo más bien un uso agrícola: «While some archaeologists have suggested that these may have served as clubs, their frequency in prehisoric Andean residential sites suggests a more mundane function. I have seen pre-Hispanic porras hafted and reutilized for breaking clods in tilling the soil in Yauya, Ancash[...]. Porras could have also served as digging stick weights (Disselhoff 1967: 26)». Esta descripción recuerda aquella de Rowe (1946: 211): «Of more limited use was the clod-breaker (wini or wipo), a doughnut-shaped stone with a long wooden handle used to break up earth loosened by plowing (Gonzáles 1608: 201, 354; Poma 1936: 1165)». Daggett (1987b: 76) emite él también dudas en cuanto a la función de aquellas que encontró en el valle de Nepeña: «ground Stone donut-shaped digging stick weights or club heads are an innovation». Los ejemplares hallados en Maranga, de acuerdo a su descubridor (Jijón y Caamaño 1949: 467), serían «rompe-terrones». En el CEP 1987/1988, aquellos especímenes representados (Figs. 300, 362) son sistemáticamente llamados «rompe-terrones». Eling (1987: 168-171) no rechaza ninguno de estos usos, y añade una función adicional: regulador del nivel del agua en las acequias. Una vitrina del MOA exhibe varias decenas de ellas como «instrumentos para la agricultura», y todavía se los encuentra comúnmente en superficie, con forma idéntica a la de los ejemplares arqueológicos, lo cual puede conllevar a pensar, tal como lo hace Burger, que se trata de «rompe-terrones» . El uso en calidad de bastón cavador (digging stick) nos parece más dudoso, pues el bastón cavador inca y moderno, —la chaquitaclla—, no tiene peso alguno.

En el Periodo Inicial, se la encuentra exclusivamente en el norte (Colán, cerca de Paita y Cerro Nañañique), y en la sierra (Chavín, Kotosh, Huaricoto).


En el Horizonte Temprano, se las halla en la sierra (Kotosh, Huaricoto), así como en la costa centro norte y el centro (Chanquillo, Nepeña, Lurín). No se reporta ningún ejemplar en la costa sur. Aquellas encontradas en el glacis de Chanquillo (Ghezzi 2006: 75) en asociación a municiones para hondas son muy probablemente armas.

Para las fases Salinar, Puerto Moorin y Huarás del Periodo Intermedio Temprano, se pueden citar aquellas encontradas en los valles de Chicama, Moche, Virú, Lurín y en Chavín. Daggett (1984: 340 y fig. 7.15) encontró seis de ellas en los sitios defensivos del valle del Nepeña, las cuales asocia a su fase EH 3 (inicio del Periodo Intermedio Temprano). Otros ejemplares de piedra son asociados a tumbas Gallinazo en el valle de Virú (Strong & Evans 1952: fig. 26 B); los únicos ejemplares fechados de Moche I-IV (tipología de Larco Hoyle) son los dos que se encuentran en el MRLH, consideradas como armas.

En la fase Moche V en cambio, la porra de cabeza anular es muy popular. Para T. & J. Topic (2009: 44), esta es la prueba del cambio de función de la guerra, la cual habría pasado de ser ritual (fases I-IV), a cumplir un papel utilitario y defensivo, acompañando la construcción de murallas defensivas como en Galindo o Pampa Grande, así como la de numerosas fortalezas.

Algunas son asociadas a Huari, en particular en la costa sur: «In the drier desert of Majes valley[...] wood club with doughnut shaped stones were recovered» (Tung 2007b: 944), pero provienen de zonas agrícolas (Majes, Jincamocco), con excepción de algunos «anillos de piedra» originarios de Conchopata (Bencic 2000b: Fig. 16).

En los periodos más tardíos, se encuentran algunas entre los colas (noroeste del lago Titicaca), y los astos (Mantaro). Entre los Incas, se encuentran numerosos especímenes en los museos, pero nunca son mencionadas por los cronistas.

Entonces, ¿armas o herramientas de arado? El hecho de encontrarlas regularmente en los ajuares funerarios o en asociación a fortalezas conlleva a pensar que tenían probablemente ambas funciones; de acuerdo al periodo considerado, valga no obstante recalcar que —contrariamente a todos los demás tipos de porras—, nunca aparecen en la iconografía.

Porra de cabeza esférica (Tabla 3.2 y Fig. 3)

Las más antiguas de ellas se encuentran en Kotosh y Shillacoto (valle de Huánuco, fases Wairajirca, Kotosh y Chavín). En Yura-Yako, a 15 kilómetros de Chavín, Tello (1960: 245 y fig. 80) nos describe: «un personaje de pie con rostro felínico[...] la mano izquierda empuña una porra con cabeza redondeada[...]». En Paracas Cavernas y Cerro Colorado, es el único tipo de porra que se encuentra en los fardos funerarios, pero es relativamente escaso en relación a las numerosas hondas y propulsores. No obstante, es la única clase de porra existente en la costa sur, y como se puede suponer que muchas de las huellas de trepanación visibles en 40% de los cuerpos encontrados en Cerro Colorado (Tello 1929 : 144) fueron ocasionadas por traumatismos causados por golpes de maza, se trataba probablemente de un arma de lucha. Según la definición de Tello y Xesspe (1979: 497, 142: Fig. 20) -válida tanto para Cavernas y Cerro Colorado (Horizonte Temprano) como para Necrópolis (inicio del Intermedio Temprano): «Makana [en realidad porra esférica]: En el caso de Paracas, es común como ofrenda de los guerreros con mango de madera pulida (acacia) y con rodela de piedra tallada».

En el Intermedio Temprano, siguen siendo numerosas en Kotosh y Shillacoto, hasta la fase Higueras (inicio del Periodo Intermedio Temprano).


En los valles de Virú y Chicama, Larco Hoyle (1945: 12, 15) halló ejemplares asociados a la fase Gallinazo. Entre los nascas, en continuidad con Paracas, la porra de cabeza esférica es la más común, aunque se la encuentra casi exclusivamente en la iconografía (Bischof 2005: 80; Proulx 2006: Fig. 5.79). Aunque sean poco numerosas en Paracas Necrópolis, aparecen en algunas tumbas (Fig. 3), en mantos funerarios y pintadas en una vasija del Museo Amano que representa a un guerrero armado con una estólica y una porra. Carrión Cachot (1949: 52 y Fig. 4) anota asimismo que se las ve poco en las sepulturas, y concluye: «They must have had an emblematic significance, because some of their gods carry similar clubs in their hands». En la iconografía de los mantos funerarios, esta porra relativamente sencilla aparece efectivamente a menudo entre las manos de las divinidades (Tello [1959] 2005: 469, Fig. 56). Tenía luego probablemente un significado simbólico de poder, aunque parece haber desempeñado un papel secundario en relación a los otros tipos de armas que se encuentran en las tumbas.

Figura 3 Porra de cabeza esférica. Paracas (CEQB 2008, MNAA).

Entre los mochicas, aunque sean mucho más escasas que la porra bicónica, se encuentran cuatro ejemplares de cobre en la tumba 16 de Sipán (Alva & Donnan 1993: 47; Alva 2001). Seis de ellas constan en las colecciones del MRLH y tres más se encuentran en Larco Hoyle (2001: fig.237 a & b).

En la fase Recuay (Sierra), en términos generales, se advierten muy pocas armas en los sitios o en las tumbas; éstas aparecen únicamente en la iconografía. El vector figurativo predilecto de representación de los guerreros parece haber sido la escultura en bulto redondo, —tal como lo atestiguan las numerosas esculturas del museo lapidario de Huaraz así como las estelas de Aija—, o en bajo relieve (estela de Tinyash: Antúñez de Mayolo 1941, Lau 2011). Las representaciones en vasijas son muy escasas: en el MAPC, se contabilizan cinco nada más; entre más de un centenar de vasijas de las 244 recipientes Recuay que posee el MVB (Eisleb 1987), tres solamente representan guerreros armados con porras de cabeza esférica. Entre éstas, en la vasija de Lührsen (Mochica y no Recuay -Lau 2004), los guerreros Recuay alzan porras de cabeza esférica y estrellada, mientras que los guerreros Mochicas levantan porras de cabeza bicónica (Fig. 4); el curioso elemento trunco o cónico que aparece en algunos mangos (N° 5, 7, 16, 18 y 20) podría ser, —según Lau (Ibid.: 171)—, un elemento de apoyo o protección cuando la porra es utilizada a manera de lanza (como es el caso para los cuatro guerreros Recuay de la vasija de Lührsen, antes de su derrota).

Para el Nasca Tardío (Horizonte Medio), un kero en que se perciben influencias huari representa a un guerrero sujetando una porra con mango de madera y cabeza esférica, así como un propulsor (Lumbreras 1980: lámina XXXIV).

Se conocen algunos ejemplares para los periodos siguientes, en particular entre los chancay, y varios especímenes del Periodo Intermedio Tardío en el MQB, pero no parece haber sido empleada por los incas, pues los cronistas describen las macanas y las porras estrelladas, mas no porra de cabeza esférica alguna. Aquella del MQB (CEP 1987-88, fig.406), —cuyo contexto nos es desconocido—, constituye una excepción.

Porras estrelladas (Tabla 3.3 y Fig. 5)

Existen dos tipos bien diferenciados: un primer tipo de piedra, que puede ser un arma o una herramienta agrícola (como la porra doughnut), y un segundo tipo de metal, que siempre es un arma. Se los encuentra en contextos muy diferentes. El origen de la porra estrellada podría ser la porra doughnut; la supresión de materia con la ayuda de instrumentos incisivos de piedra dura para delinear puntas primero, y luego los avances de la metalurgia (fundición a la cera perdida), permitieron su elaboración a partir de cobre y bronce, pero también el afinamiento de la forma de las estrellas, así como la realización de discos dentados imposibles de ejecutar con piedra (Peréz Maestro 1999: Fig.2).


Periodo Inicial y Horizonte Temprano

Fuera de Kotosh y Shillacoto —en donde el primer tipo está particularmente presente desde la fase Wairajirca (Periodo Inicial) hasta la fase Higueras (inicio del Periodo Intermedio Temprano)—, se las encuentra muy raramente en el área centro-andina. Gambini (1984) halló algunas de ellas en el alto valle de Nepeña, pero los sitios correspondientes nunca han sido excavados ni presentados en publicaciones científicas. En el bajo valle de Casma, las porras en miniatura modeladas sobre estatuillas de guerreros que adornan una vasija encontrada cerca de Chanquillo, y aquellas del sitio de San Diego, están fechadas en el periodo de superposición crono-cultural entre el Horizonte Temprano y el inicio del Periodo Intermedio Temprano.


No tenemos conocimiento de ejemplar alguno para las fases Salinar, Gallinazo o Virú negativo del Periodo Intermedio Temprano. Entre los nascas, es poco representada, fuera del fardo funerario del «guerrero X de Wari Kayan», cuyo cuerpo había sido remplazado por un saco de fréjol, y en donde se encontraba una «porra de piedra tallada con cuatro puntas» (Tello y Xesspe 1979: 492). En la fase Recuay (Sierra), se las encuentra raramente y únicamente en la iconografía. En particular, —tal como se vio más arriba—, cuatro guerreros Recuay de la vasija de Lührsen (Fig. 4) alzan porras estrelladas, mientras que los guerreros mochicas levantan porras de cabeza bicónica. No obstante, dado que las colecciones de los museos de Berlín o Cassinelli (Trujillo) no contienen ningún ejemplar fuera de aquel de la vasija de Lührsen, cabe preguntarse si no se trata de un invento del pintor de Lührsen. Parece haber sido poco utilizado entre los Mochicas (Donnan 1978: Fig. 110 y 111). Encontramos un ejemplar nada más en el catálogo del MRLH, y solamente dos modelados en una vasija en el MNAA.


En la costa norte y la sierra, el segundo tipo —porras metálicas—, es emblemático de las tumbas Vicús (en particular de las 41 tumbas de Yécala). Son de muy bella factura; algunas son meramente decorativas, y probablemente fabricadas a manera de ofrendas funerarias. La mayoría es en forma de disco (Fig. 6), con borde dentado (Mayer 1998 N° 547-606; MBCR, MRLH, MOA, MMV, MQB) y estrellado (Ibid.: n° 690-905). El MRLH posee ocho porras de cabeza metálica estrellada fechadas de los Mochicas. En repetidas ocasiones, Mayer llama la atención sobre el parecido existente con las porras metálicas de la necrópolis de Tablada de Lurín, —en donde el equipo de Cárdenas Martin encontró cuatro porras de cobre de cabeza estrellada—, hasta tal punto que algunos no dudan en proponer un «horizonte metalúrgico extensivo» para esta fase (Larco Hoyle s.f.: 64). En Tablada de Lurín, en donde 18% de los hombres adultos son enterrados con porras o estólicas, una estatuilla representa a un guerrero llevando una porra estrellada que se puede suponer ser de metal, por analogía con las anteriores (Makowski 2010b: 16). Resulta significativo que Mayer (1998), —quien realizó un inventario muy completo de todas las armas metálicas prehispánicas existentes en todos los museos del mundo—, no haya reportado ninguna entre los nascas, aunque Proulx (2001: 127) postule que las porras estrelladas de cabeza lítica o metálica eran empleadas en el combate cuerpo a cuerpo entre los mismos nascas. Sin embargo, es notorio que en la iconografía, los guerreros alcen cuchillos —eventualmente propulsores—, mas no porra (2) alguna. Parece luego haber existido una frontera cultural entre Nasca y el valle del río Lurín, en donde se descubrieron numerosas porras metálicas.

Horizonte Medio e Intermedio Tardío

Se hallan numerosos ejemplares de piedra en sitios excavados (Piura, Tiahuanaco, Mantaro, Ancón, Maranga, Chachapoyas). Entre los huaris, se encuentra una gran cantidad de porras metálicas, a veces cubiertas de un revestimiento de oro, en particular en Cerro Baúl, —la fortaleza Huari de la región de Moquegua—, en donde su semejanza con aquellas de Tiahuanaco deja presuponer a Pérez Maestro (1999: 333) que provenían de este centro. Son muy numerosas en los museos (MMV; MOA, MRLH).

Horizonte Tardío

La porra de cabeza estrellada está a menudo presente en las guerras incas, y se encuentran numerosos ejemplares arqueológicos de ellas, —de piedra o metal— en los museos (MNAA, MRLH, CEAD fig. 237, MMV, MQB, MVB) así como en representaciones iconográficas de guerreros. El catálogo de Mayer (1998: N° 856-906) comprende una gran cantidad de porras incas de cabeza metálica estrellada, las cuales, según él, tienen siempre seis puntas como mínimo, mientras que las mazas estrelladas de los periodos anteriores tienen generalmente cinco puntas. Acota que entre los Incas, estas porras estrelladas tenían una función ceremonial; el largo del mango era diferenciado para el Inca o los nobles, con el propósito de marcar claramente sus respectivos rangos. Se llama chambi o huaman chambi según los diccionarios quechuas de González Holguín (1608) y Domingo de Santo Tomás ([1560] 1951), y cehahua según el diccionario aymara de Bertonio ([1612]1984). Mayer da asimismo a conocer algunas hachas-porras exclusivamente incas (Mayer 1998: N°328-339) parecidas a aquellas de Vicús. Tenemos varias descripciones de estas últimas entre historiadores y cronistas: según López Mendoza (1980: 335), los cusqueños y las comarcas cercanas al Cuzco preferían la honda (huaraca), la porra estrellada pequeña (champi) o grande (huaman champi), así como una especie de hacha (cuncacuchuna). Fray Martin de Murúa (1590/1962-64: cap. XXIII, 094005) describe la macana y la porra estrellada o champi: «Las armas que vsauan los yndios eran. macanas hechas de palma[...] champis, que tienen en la punta van como estrella de cobre fortisima, y rodelas». Según Francisco de Jerez (1534 [1946]: 077019) «las porras son de braza y media de largo, y tan gruesas como una lanza jineta. La porra que está al cabo engastadona es de metal, tan grande como el puño, con cinco o seis puntas agudas, tan gruesa cada punta como el dedo pulgar; juegan con ella a dos manos». Fray Barnabé Cobo ([1653] 1964, Lib. XIV, Cap. IX) describe el mango como un asta o lanza terminada bajo la forma de «hierro de cobre de hechura de estrella con sus puntas o rayos alredor muy puntiagudos». La waman champi o porra con su partesana es aquella que Guamán Poma de Ayala (1613: t. 1) nos muestra entre las manos de nueve Incas, entre los diez sucesores de Manco Cápac. La importancia del significado simbólico de la porra es atestiguada por el dios del trueno y el rayo, —Illapa—, a menudo representado con una honda en la mano, y una porra en la otra (José de Acosta1590 [1954]: 142r033; Rowe 1967: 86). Por otra parte, la porra formaba parte de lo que los tíos daban a sus sobrinos con ocasión del ritual de paso a la edad adulta, junto a un propulsor (estólica) y un escudo (Rowe 1946: 284 note 61).

Porra en forma de cacto (Tabla 3.4; Fig. 7)


Vienen luego las magníficas porras de diorita en «forma de cacto», las cuales están conformadas por varias hojas y/o puntas muy afinadas, en particular las siete encontradas fuera de contextos en el valle de Jequetepeque (Lapiner 1976: 133-140), fechadas en el «Middle to Late Chavín» por Lapiner, probablemente por comparación estilística con las seis «mazas de piedra admirablemente talladas» encontradas por Larco Hoyle (1941: 95 fig. 136 y 137) en el valle de Chicama, las cuales éste asocia al periodo final de Cupisnique o Cupisnique Transitorio), sin no obstante especificar su proveniencia. Otro ejemplar, descrito por Benson et al. (1997: 86 y fig. 16) se encuentra con los otros seis en la colección del MRLH; es ligeramente diferente en relación a los anteriores, puesto que los filos se prolongan hasta la base de la cabeza de la porra. Benson y sus colegas los atribuyen claramente a Salinar, llegando inclusive a concluir que «las cabezas de porras finamente labradas [como ésta] constan entre los objetos más característicos de la cultura Salinar de la costa norte». No se conoce el contexto del descubrimiento de estas siete piezas, pero no aparecen en la descripción de las tumbas Cupisnique de Barbacoa y Palenque realizada por Larco Hoyle (1941). Son talladas en diorita, una piedra diferente y más dura que la esteatita de las copas y platos Cupisnique de piedra; Burger (1996: 84, 85 y lámina 9) asocia a la fase Salinar la porra que se encuentra en las colecciones Dumbarton Oaks de Washington (una de aquellas encontradas en Jequetepeque: cf. Lapiner 1976: fig. 135).


El mismo Larco (2001: fig. 237 a) ha atribuido a los mochicas tres cabezas de porras semejantes. Bonavia (1996a: Fig. 19) describe tres ejemplares más que se encuentran en el Museo Polli, en Lima, junto a la leyenda «mazas de piedra, Cupisnique o Salinar, procedencia desconocida». En el valle bajo de Virú, Strong y Evans (1952: 55, 56, 58, 111 e ilustración III E) encontraron un ejemplar en el sitio V-66, mientras que Collier (1955a: 83-84 y fig. 42, A, C et E) halló tres más en el sitio V-272, las que asocia a su fase Puerto Moorin, debido a su vinculación con inhumaciones de la misma época. En total, de lo que sabemos, veinticuatro ejemplares –distribuidos entre los valles de los ríos Virú, Chicama y Jequetep eque-, han sido publicados; todos se encuentran en colecciones o museos privados. Otras porras similares habrían sido halladas por huaqueros en tumbas Salinar del sitio de Urricape, en el ramal meridional de la quebrada de Cupisnique (Burger 1996: 86). Elera (1997: 197) escribe: «La porra en forma de cacto, considerada por Larco como un arma Cupisnique, es en realidad Salinar». La gran similitud morfológica y estilística compartida por estas porras e, inversamente, la gran diferencia existente en relación a los demás tipos de porras, es un argumento muy fuerte como para clasificarlas todas en la misma fase (Salinar o Puerto Moorin), y convertirlas en un rasgo particularmente significativo de una ruptura tecnológica y cultural. Así, en nuestro criterio, se trata de un marcador muy fuerte de la fase Salinar/Puerto Moorin, probablemente traído por los nuevos pobladores del llamado «Blanco sobre Rojo» (Chamussy 2009). En cuanto a su utilización, llevan huellas de uso (Burger 1996: 85), lo cual demuestra que han sido empleadas, aunque, dados su estética y el cuidado desplegado en su fabricación, podrían también ser «emblematic staffs of people in authority» (Benson et al. 1997: 86). Lumbreras (1989: 264) argumenta asimismo que podría tratarse de bastones de mando cuya cabeza imita el cacto de San Pedro; pero, como bien lo señala Burger (1996: 85), una sola porra de Larco Hoyle (1941: 92, Fig. 128) se asemeja al cacto de San Pedro sujetado por un shaman (interpretación de Bischof 1997: Fig. 40) o un guerrero o danzante (interpretación de Lavallée y Lumbreras 1985: Fig. 28) representado en una de las losas del patio circular del Antiguo Templo de Chavín. Tal como se vio para otros tipos de porra, tenían efectivamente las dos funciones: arma y símbolo de autoridad (Burger 1996: 85). Anótese que no se ha encontrado una sola representación iconográfica de este tipo muy especial de porra.

Porra de cabeza bicónica (Tabla 3.5, Fig. 8)

Al parecer, la porra de madera de cabeza bicónica no existió antes de la fase Gallinazo (ejemplares encontrados en el MRLH y el Museo Cassinelli), mientras que desaparece después de los mochicas; en la fase Gallinazo, no parece haber estado revestida de metal. Se convierte luego en el arma de combate por excelencia de los guerreros mochicas, aquella que más frecuentemente se ve en las innombrables escenas de guerra de todo tipo (escenas de combate, de prisioneros, de sacrificios) pintadas en bajo-relieve en los inmensos murales de las huacas (La Luna, Cao, inter alias) así como en la cerámica, modeladas sobre los vasos y grabadas sobre madera (Huaca de la Cruz). En ocasiones, el mango es insertado en un tubo de cobre puntiagudo (Mayer 1998: N° 437-447), lo cual permite voltear la maza y usarla como una formidable lanza.


Tiene un papel doble: ritual y simbólico por un lado, real por otro.


Su importancia ritual es evidenciada por lo que existen numerosas réplicas en miniatura en las tumbas tales como Sipán (Alva y Donnan 1993: fig.178; Alva 2001), San José de Morro (Castillo y Donnan 1994a: 125) o Dos Cabezas (Donnan 2003), así como en los techos de los centros ceremoniales (Franco, Gálvez y Vásquez 1994: 17-19 y Fig. 2), tal como se puede verlo en ciertas vasijas (Fig. 9; Gutiérrez de León (1999: 13) considera que «las porras son elementos decorativos que caracterizan a las edificaciones de élite».


Es de hecho significativo que porras en miniatura hayan también sido fijadas a cetros de mando a manera de signo explícito de poder (Alva y Donnan 1993: fig. 104 A y B). La analogía entre el cetro de mando y las porras ceremoniales se origina en épocas muy anteriores, y no es propia de los mochicas, como se vio más arriba (Cerro Sechín, Chavín, Poro Poro). En El Brujo, varias porras de este tipo han sido halladas en diversas partes de la Huaca Cao Viejo, en calidad propiciatoria, durante la remodelación de la Huaca (Franco, Gálvez y Vásquez 1994: 20 y fig. 7; 2003). Dos magníficos ejemplares de metal dorado fueron también encontrados en la tumba de la Dama de Cao (Franco 2009), lo cual constituye una prueba más de su papel simbólico como atributo de poder: resulta difícil imaginar a la Dama de Cao utilizando estas porras en un combate. Bourget (2001a) opina que la relación entre el diámetro del mango (3 a 5 cm) y su largo promedio (1,2 m), demuestra que eran destinadas a los combates rituales y no a la guerra, tal como parecerían evidenciarlo también las estatuillas de dos guerreros mochicas de cobre dorado encontradas en una tumba en Loma Negra (Lapiner 1976: Fig. 381); cada cual lleva en su hombro una maza de cabeza bicónica sumamente larga (al menos 1,8m), y de un diámetro al parecer limitado. Este último descubrimiento demuestra además que, en tierra Vicús, cada grupo conservaba su arma preferida: porra bicónica para los Mochicas, porra metálica estrellada para los vicús.

Las representaciones de porras, —modeladas o pintadas sobre cerámica, en murales o en la arquitectura—, cobran un valor simbólico notorio cuyo sentido busca muy probablemente inspirar respeto hacia los guerreros portadores de este símbolo de combate. Gutiérrez de León (1999: 10) estudia asimismo su papel como «una ideología de dominio y poder, establecida para mantener la posición de privilegiado de una sociedad fuertemente jerarquizada[...] en la iconografía los elementos simbólicos como la representación de porras tiene un rol muy significativo demostrando ser un símbolo sagrado que representa el estatus o el poder de las elites»; esta autora postula más particularmente que su papel simbólico de significante del poder es un préstamo ideológico tomado de la cultura Chavín, pues remplaza los bastones o cetros que tenían la misma significación en la ideología Chavín. Este papel es subrayado por numerosos autores más, en particular Hocquenghem (1987: 82, 116), Makowski (1997: 66, 68), Benson (2008: 10), Franco 2009. Contamos con un ejemplo de esta hipótesis con las cuatro porras y escudos pintados sobre un panel de 3 x 1m sobre un muro que domina el valle del río Santa, en los flancos de El Castillo (Wilson 1988: 206). Es preciso citar también las porras pintadas sobre muros en Huaca de la Luna, El Brujo, Pañamarca en el valle de Nepeña, Huaca Mayanga en el valle de Lambayeque (Bonavia 1985), y en Pacatnamú (Donnan 1978: fig. 49). Benson observa por otra parte que las hondas y propulsores son representados, mas no utilizados [en los combates], lo cual subraya el papel simbólico de la porra (Benson 2008: 11). Bourget va más allá: ve en ellas el signo de confrontaciones rituales y no de guerra (Bourget 2001a). Pero todas no se hallan en ese caso, y las dos porras descritas por Larco Hoyle (2001: 207, Fig. 236) son mucho más pequeñas (665 cm y 477 cm) que aquellas de la dama de Cao o de los guerreros de Loma Negra, mientras que el autor subraya que llevan huellas de uso. No cabe duda: la porra bicónica era también utilizada como arma de guerra; varios autores señalan de hecho su papel como arma de combate (Muelle 1936: 74; Donnan 1978: 81; Lumbreras 1980: 240; Alva y Donnan 1993: 83; 138) bajo el nombre de «porra de guerra» o «mazo de guerra». Inclusive Makowski –quien defiende el concepto de «guerra ritual», reconoce que ha desempeñado un papel en las conquistas (Makowski 1997: 69-71). La cuasi exclusividad de la porra para el combate entre humanos también ha sido señalada por Bawden ([1996] 1999: 162), Verano (2001b: 112) y Bourget (2001a). Se trata de un caso casi único de especialización entre las armas de guerra: porra bicónica y armas de caza, atlatl y honda (Chamussy 2012).

Lanza o pica (thrusting spear) (Figs. 10, 11 & 12)

La lanza (3) es un arma de estocada y de penetración, también llamada «arma de asta» cuando consta de una punta metálica colocada al extremo de un asta de madera. Es probable que su invento se haya dado en el Paleolítico Superior, en donde debía servir ya sea como herramienta defensiva, o bien para el ataque de la megafauna por parte de los grupos de cazadores (Testart 1985: 136). Llegó al Nuevo Mundo con las primeras migraciones del Pleistoceno (Bischof 2005: 74). Fuera de los casos de conservación excepcional del mango de madera, nos es conocida únicamente cuando constaba de una punta de piedra o de metal, y no cuando el extremo distal era simplemente endurecido al fuego. No obstante, es difícil operar una distinción entre las puntas de jabalinas o de flechas, y las puntas de lanza. Ésta es luego identificable a través de la iconografía únicamente.



Precerámico

Las puntas de Paiján eran quizás colocadas en lanzas o jabalinas arrojadas con la mano (Deza Rivasplata 1991), pues al parecer, en el Periodo Arcaico, el propulsor no existía en la costa (Chamussy 2012: 49).

Las lanzas más antiguas provendrían del Precerámico Medio, del «osario» de Paracas —sitio 104 (Engel 1960, lámina X ; 1963; Pezzia 1969: 31, 32 )—, de Asia —en la costa sur (Engel 1963b: 57, fig. 40)—, y de Los Chinos, en la desembocadura del río Nepeña: «Palo de madera duro y largo, delgado y bien equilibrado, cuya punta era regularmente afilada en un extremo, y que podría ser una lanza[...] este palo no puede ser confundido con otros, más rugosos e irregulares, que eran probablemente postes o bastones cavadores» (Ibid.: 57-58, Fig. 139). Los tres casos son dudosos. Lavallée et al. (1985b) evocan la existencia de lanzas en el Precerámico para la caza de cérvidos y camélidos en la región del lago de Junín.

Periodo Inicial y Horizonte Temprano

En una de las caras del monolito N° 1 de Kuntur Wasi, descubierto por Carrión Cachot en 1946, un ser antropomórfico sujeta —en su mano izquierda—, una lanza cuya punta es triangular, mientras que en la otra cara, otro dios sostiene una cabeza trofeo entre sus manos (Onuki 2008: 208 y Fig. 5). A partir de una analogía etnohistórica con los mitos incas, Onuki propone la hipótesis de un simbolismo de la dualidad entre la lluvia (cabeza trofeo) y la tormenta (la lanza que representa el rayo del relámpago).

En Paracas Cavernas y Necrópolis, la lanza guarnecida con una punta de piedra existía, tal como se lo ve en los numerosos personajes bordados de algunos mantos funerarios (Lavalle 1990: Fig. 39 y 40, 48, 58 y 59). En cuantiosos mantos adicionales tejidos y bordados, se ve un ser mítico sujetando una lanza terminada en punta en una mano, y un tumi en la otra (Tello [1959] 2005: lámina LX, LXI, LXII; Tello y Xesspe 1979: 412, Fig. 14.2). En el fardo 243 más particularmente (Fig. 10), un ser mítico con tocado en forma de zorro del desierto alza —con la mano derecha— una lanza alargada provista de un armazón, que bien podría ser una de aquellas puntas de obsidiana tan comunes (Peters 1991: Fig. 7.43).

Periodo Intermedio Temprano

Nasca perpetúa la tradición y las armas de Paracas, aunque las representaciones de lanzas no sean muy numerosas en la iconografía (Bischof 2005: 80). En la costa norte, la punta de lanza de piedra pulida ilustrada por Larco Hoyle (1941: 85, Fig.138 y Fig. 11) proviene sin duda de la época Salinar (Chamussy 2009: 92). En Chavín de Huántar, se han encontrado numerosas puntas de piedra pulida que han sido fechadas por Lavallée (1969-1970 y lámina 10) en asociación a la fase Huarás; entre estas puntas, algunas podían ser sujetadas como puntas de lanzas pues tenían ya sea una cara plana, o bien un agujero de colocación. En Cerro de Arena, en el valle del río Moche, Mujíca (1975: 351-52) postula que las 27 puntas de piedra pulida encontradas, —de un largo comprendido entre 13 y 17 centímetro, rotas en el punto de colocación—, eran puntas de lanzas, pero podría más bien tratarse de puñales y hachas.

En el valle de Nepeña, unas cincuenta puntas de pizarra (Fig. 12) de un largo comprendido entre 5 y 30 cm, extremadamente afiladas en su extremo distal y con un doble filo cuidadosamente pulido de cada lado, fueron encontradas por Daggett en los sitios de su fase EH3 (inicio del Periodo Intermedio Temprano); algunas de ellas llevaban huellas de puntos de colocación (Daggett 1984: 182-186 y fig. 5-23-5-25; Proulx 1985: 239-240 y lámina 10). Algunas de estas puntas —las más grandes—, podían haber sido usadas como armazón de lanzas, mientras que otras podían haber sido armazones de jabalina o de puñales. Siguiendo en el valle de Nepeña, puntas de pizarra probablemente colocadas sobre lanzas fueron halladas en Huambacho (Shibata 2008) y Caylán (Chicoine e Ikehara 2008: 16) para el periodo de superposición crono-cultural entre el Horizonte Temprano y el Periodo Intermedio Temprano.

Entre los mochicas, se vio ya más arriba el uso de la porra bicónica a manera de lanza Larco Hoyle (2001 tomo 1: 213, 214 y Fig. 243) nos describe cuatro lanzas de madera de algarrobo, —las cuales se encuentran en el MRLH—, de un largo comprendido entre 2,09 y 2,35 m, guarnecidas con puntas de cobre, pero desprovistas de contexto. Hasta donde sepamos, no existe ningún descubrimiento arqueológico adicional de lanzas para el periodo Mochica, tampoco entre los vecinos Vicús y Recuay. Sin embargo, es preciso señalar que Bawden evoca la presencia de «lances and darts» (Bawden [1996] 1999: 160) en algunos casos de combates singulares, —que no documenta y que no hemos localizado—, así como en las actividades de caza ritual (Ibid.: 162). Se puede también citar la lanza provista de una punta de cobre encontrada en 1994 en la tumba del Señor de Olleros (provincia de Ayabaca), tal como representada en el Museo de Piura y descrita por Mario Polia (1995).

Horizonte Medio y Periodo Intermedio Tardío

En la Necrópolis de Ancón, Hans y Stübel hallaron siete lanzas de madera en las tumbas T13, T14, M14, asociadas a fechas del MH4 (Kaulicke [1977]1997: 58). Para el inicio de la fase Lambayeque, Bennett (1939: 116-117) nos describe guerreros armados con «lanzas que se terminaban en triángulo» sobre un mural bélico de Huaca Pintada, hoy desaparecido (río Leche, Lambayeque). Lanzas de puntas metálicas de este tipo aparecen entre las manos de un guerrero en una vasija huari de la colección Cassinelli (Trujillo). Ejemplares arqueológicos están representados en varias vitrinas del MOA y del MMV. Entre los chimús, se encuentran numerosas puntas de lanza de bronce arsénico en colecciones y tumbas, pero Peréz Maestro (1999: 337) nos advierte: «las puntas de lanza como el resto de los implementos no cumplen una función utilitaria, es decir ni la puntas sirvieron para la guerra o la caza... sino que ‘parecen ser depósitos o concentraciones de metal[...]. Parece evidente, [...] que en sí el bronce era considerado valioso y como tal acumulado’ (Lechtman 1978: 508)». No hemos encontrado lanza alguna para el Periodo Intermedio Tardío, aunque de las muy numerosas puntas de piedra tallada, seguramente no todas eran puntas de proyectil; las más grandes debieron haber sido colocadas en lanzas. En Guamán Poma de Ayala ([1613] s.f.: 51), quien representa un combate en torno a un pucara de los tiempos llamados «auca runa» correspondiente a este periodo, los guerreros de ambas partes están provistos de lanzas alargadas parecidas a aquellas de los Incas en el periodo siguiente.

Horizonte Tardío

Según Rowe (1946: 276): «The spears were long poles with fire-hardened points or copper or bronze tips. Los cronistas han descrito la lanza inca (chasca chuqui o zachac chuqui), —fabricada con madera dura—, como una de las armas más importantes del ejército inca (Poma de Ayala 1980: Fig. 51), y es citada en el inventario establecido por Pedro Sancho de las armas encontradas en la fortaleza de Sacsayhuaman luego de su toma por los españoles. Según Lopez Mendoza (1980: 353), las lanzas eran principalmente utilizadas por los chancas. En Poma de Ayala, los soldados incas son representados la mayoría de veces con lanzas, y ésta es asimismo el arma de varios capitanes. Poma de Ayala describe todo tipo de lanzas: pequeñas (huchuy chuqui o huachina chuqui), lanzas medianas o grandes que pueden medir entre 4 y 6 metros (huatuchac chuqui) y denominadas «picas» por los españoles; la chasca chuqui era una lanza adornada con flecos y la «hyahu chuqui» era decorada con plumas, siendo estas dos últimas reservadas a los nobles (López Mendoza 1980: 336). Según Urteaga (1928: 155), estas lanzas incas tenían simplemente el extremo endurecido al fuego y no tenían puntas de piedra, de hueso o de metal; habrían aparecido entre los Incas apenas hacia el final del periodo inca, bajo Túpac Inca o Huayna Cápac, pues, —según el mismo autor—, las tradiciones antiguas no mencionan su uso entre las primeras hazañas de los incas, mientras que eran conocidas en el Ecuador y en la costa (Ibid.: 154). Ciertamente, en el relato de la batalla decisiva entre los Incas (bajo el mando de Pachacuti) y los chancas en Ichupampa, el cronista Sarmiento de Gamboa las menciona únicamente entre las manos de los chancas: «[Los dos ejércitos] se embistieron y mezcandose unos a otros, puñaban los chancas con sus lanzas largas, los ingas con hondas, porras, hachas y flechas, cada cual por defender su persona y ofender la de su contrarío. Y, andando en peso la batalla sin conocerse ventaja ninguna de las partes, Pachacuti se encamino hacia donde peleaba Astoyguariaca, y embistiendo con el, le dio un hachazo de que le corto la cabeza» (Sarmiento de Gamboa [1572] 1953, cap. XXVII; 234).

Cuchillos o puñales (Fig. 13)

El puñal es un arma penetrante, mientras que el cuchillo es un arma cortante, aunque la morfología de ambos es cercana, motivo por el cual los clasificamos juntos.

En el Precerámico, algunas herramientas de piedra tallada, —puntas bifaciales del periodo arcaico—, debieron haber servido como cuchillos para faenar la carne y extraer las pieles, o para tallar estacas; en numerosos grabados, aparecen claramente entre las manos de cazadores. Deza Rivesplata (1991: 232) no duda en hablar de una «tradición de navajas» en el macizo de Illescas (Sechura), en donde son claramente de uso doméstico.

En Chavín, «other sculptures[...] graphically show knives, club, slings and atlatl-wielding priests and bleeding trophy heads» (Burger 1992: 164). Un elemento de cornisa representa a un ser alado sujetando un cuchillo o puñal en su mano derecha, y un pututu (caracol marino) en la izquierda (Ibid.: fig. 162). En las tumbas Paracas, se encuentra cierta cantidad de puntas talladas de obsidiana con rastros de colocación en un mango (Muelle 1939: 466-7 y Fig. 8; Tello y Xesspe 1979: Fig. 15) y también el artefacto que Muelle llama «puñal», del cual hace derivar el tumi inca, erróneamente en nuestro criterio, pues la forma es muy diferente. Carrión Cachot (1949 lámina XXIV) llama «cuchillos» aquellas puntas talladas de obsidiana colocadas en mangos (Fig. 13), las cuales, —según ella—, servían para las trepanaciones, pero Proulx (2006: Fig. 4.7) opina que eran puñales destinados a los sacrificios.


En Lapa Lapa, un poblado de inicios del Periodo Intermedio Temprano situado en el acantilado que domina el mar en la desembocadura del río Chilca, Engel encontró un hermoso puñal de piedra de lava que recuerda las puntas en hoja de laurel de la sierra (Engel 1969: Fig. 1 extremo inferior derecho). Entre los nascas, junto a los tumis romboidales (ver infra), el cuchillo colocado en un mango o puñal es también utilizado en calidad de cuchillo de sacrificio, y existen numerosas representaciones de un sacrificador alzando un cuchillo de obsidiana con mango con una mano, y con la otra, una cabeza trofeo (Proulx 2006: Fig. 5.266). En ocasiones, un ser sobrenatural (orca asesina por ejemplo) (Ibid.: fig. 5.267) sujeta un cuchillo de obsidiana similar al de Paracas. Tal como se vio más arriba, puntas de piedra pulida de Chavín, del valle de Nepeña y de Cerro Arena en el valle de Moche, eran seguramente puñales (Fig. 12 supra): «Las puntas de piedra pulida, más que las puntas lanzadas o proyectiles, son puntas de puñal y no de cuchillos o de lanzas; aquello me parece comprobarse a través de los ejemplares encontrados por Elias Mujíca (1975) en Cerro de Arena» (Lumbreras 1980: 271). En realidad, la lectura detallada de la descripción de Mujíca (1975: 315) evidencia la presencia simultánea de:

- Puñales, sujetados a un mango en su extremo proximal, y afilados en el extremo distal, que por este mismo hecho han quedado intactos (sólo el mango de madera ha desaparecido),

- Hachas, fijadas a un mango por la mitad, por lo que su extremo distal se ha roto, como consecuencia de su uso a manera de palanca en el momento del ataque.

No se hallan referencias posteriores de cuchillos o puñales usados como armas de guerra, y es probable que no hayan sido usados sino con fines domésticos o en casos de homicidio.

Los cronistas no los mencionan, pues al parecer no hubo ningún grupo de guerreros armados con cuchuna (según el diccionario de Gonzáles Holguín).

Hachas (Tabla 4; Fig. 14-17)

La dificultad de operar una distinción entre el arma de guerra y la herramienta para cortar madera es recurrente (Leroi-Gourhan ([1943] 1971: 181). En su estudio etnológico sobre los instrumentos y armas de caza y de guerra, este último autor distingue cuidadosamente el hacha por la percusión perpendicular, —la cual clasifica como arma—, de la azuela para la percusión oblicua, la cual clasifica como herramienta para trabajar la madera, aunque reconoce que pueden difícilmente ser diferenciadas la una de la otra, y se las designa bajo el término genérico «hachas de piedra pulida», indistintamente de su uso (Ibid.: 184). Se atestigua su uso desde el Neolítico europeo (4). Antes de servir como arma, fue probablemente empleada para tallar madera. En términos generales, en el área centro-andina, las armas cortantes o afiladas fueron poco utilizadas para el combate hasta los Incas, con excepción del hacha metálica de los vicús que, debido a sus dimensiones reducidas y el cuidado desplegado en su confección, parece sobre todo haber sido destinada a lo ritual.


Es ante todo preciso subrayar la recurrencia excepcional a través de la prehistoria, del uso del hacha en forma de T con garganta, cuya tipología fue establecida por Ibarra Grasso (1964). Se la encuentra prácticamente intacta desde el periodo arcaico hasta la actualidad (Muelle 1939: 467-468 y fig. 9). Una vitrina del MOA cuenta con un centenar de ellas bajo la denominación «instrumentos agrícolas», y en un informe de prospección reciente realizado en un amplio sector de la Amazonia peruana, Mac Kay Fulle y Santa Cruz Gamarra (2009) señalan haber encontrado centenares de ellas, ya sea en campo, o en casas de campesinos quienes las habían recogido durante el cultivo de su milpa; apenas comienzan a desaparecer en la época colonial, al ser remplazadas por las hachas de hierro.

Precerámico

Se puede mencionar con cautela las pinturas rupestres de Gramalote (Cajamarca), en las que dos personajes parecen sostener un hacha de mango largo (Guffroy 1999: fig. 21). Los primeros descubrimientos arqueológicos están cronológicamente asociados al Precerámico Medio de Las Vegas (Ecuador), con fecha de 6.000 a.C. (Stothert 1988: 81-84), y de Siches y Estero en la península de Talara (norte del Perú), en donde 45 hachas de piedra pulida en forma de T fueron encontradas, con fecha aproximada de 5.000 a.C.; su forma indica que eran acompañadas por un mango. En el Precerámico Final, se las encuentra en Kotosh (fase Mito) en calidad de preforma.

Ateniéndonos a la interpretación de Tello (1956: 233), la representación más antigua de un hacha arma sería aquella de los monolitos de Cerro Sechín (cf. Fig. 1), en las que seis figuras de sacerdotes guerreros «sujetarían una especie de hacha ceremonial»; Samaniego (1995: 28) acota: «Los guerreros llevarían en la mano un arma o un cetro de mango largo que al parecer cuenta con un hacha en su parte posterior, y una maza en la parte inferior». Pero en la misma publicación, Cárdenas (1995b: 79) ve más bien ahí un bastón de mando, mientras que la interpretación más común propone que se trata de macanas (cf. supra).

Periodo Inicial y Horizonte Temprano (Fig. 14)

Las hachas en forma de T no se encuentran sino en la sierra (Alto Marañon, Huallaga, Conchucos), y en la costa sur (sitio epónimo de hacha en el valle de Acari). Burger (1992: 103, 122, Fig. 116-117) las asocia a piedras perforadas en forma de disco (cf. supra), destinadas a formar el conjunto de instrumentos agrícolas necesario a la trituración de terrones. Apoyándose en huellas de uso ubicadas en su extremo distal, Riddell y Valdez (1988: 6) las consideran más bien como azadones destinados al arado.

En los fardos funerarios de Paracas, «very few axes have been found in the sepulchres. The most notable is the one reproduced in fig.4 which consists in a handle of whalebone, and a sepia-colored stone head, artistically carved and polished» (Carrión Cachot 1949: 52 et fig. 4). Dado que los objetos encontrados en tumbas conllevan muy a menudo siempre un valor simbólico, se puede suponer que se trata de un arma y no de una herramienta para el arado.
 
En la costa centro-norte y centro —más particularmente en las regiones cupisnique—, contamos con pocas ilustraciones o ejemplares arqueológicos (Burger 1992: 103).

Periodo Intermedio Temprano

En la Sierra (Chavín, Yayo), se encuentra el mismo tipo de hacha en forma de T que en los periodos anteriores, asociado a las piedras anulares (doughnut) evocadas por Burger. Lavallée (1979-1970) ha analizado las hachas de Chavín con dataciones asociadas a la fase huarás, y en su criterio, se trata de instrumentos destinados al trabajo de la tierra, o azadones. En la costa, los especímenes se multiplican a partir del inicio del Periodo Intermedio Temprano, en las fases Salinar/Puerto Moorin.

En cambio, un tipo de hacha nuevo aparece en esta fase. Efectivamente, tal como se vio más arriba (lanzas), en Cerro Arena, en el valle del río Moche, Mujíca (1975) considera que una parte de las 27 láminas de piedra pulida rotas en el punto de colocación del mango, serían hachas con mango de colocación lateral. Según Mujíca, se trataría de armas de combate que se habrían roto en plena acción.

Pero la primera prueba certera que poseemos acerca del uso del hacha como arma viene de un tercer tipo muy diferente: las hachas metálicas encontradas en las tumbas Vicús. Mayer reproduce numerosos ejemplares: hachas en forma de T con mango longitudinal, que pueden ser herramientas o armas ceremoniales; hachas con agujero para el mango y filos paralelos o en forma de trapecio, muy numerosas en Yécala (Mayer1998 N° 257-280); sobre una de ellas (Ibid.: 262), se percibe la huella de colocación del mango; hachas con un tubo para el mango (Ibid.: 284); hachas tipo Vicús (Ibid.: N° 295-325) de las cuales algunas representan una figura humana o animal (Fig. 15). Se trata sin duda de armas de guerra, a pesar de su dimensión reducida que a menudo las ha hecho pasar por objetos rituales asociados a las inhumaciones.

A diferencia de Vicús, se encuentran muy pocas hachas en las tumbas y centros ceremoniales mochicas. Valga recalcar que los mochicas no adoptaron el hacha metálica de los vicús, con quienes la relación de aculturamiento fue no obstante mutua (Kaulicke: 2006). La excepción proviene de la tumba de un joven guerrero de Dos Cabezas, en la desembocadura del río Jequetepeque, en donde Donnan (2003) halló dos hachas, entre las cuales una de cobre; ¿se debe este hecho a la cercanía de Vicús, o el hacha es quizás una pieza importada de Vicús? Chapdelaine encontró algunas de piedra en sitios secundarios mochicas del valle medio del río Moche, mas no en el sector urbano comprendido entre las dos Huacas Moche, por lo cual concluye que se trataba probablemente de un instrumento para el arado (Chapdelaine 2002: 72). Al igual que en el periodo anterior, nos encontramos luego con bastante probabilidad frente a una herramienta agrícola y no a un arma.

Entre los nascas, los arqueólogos han encontrado numerosas hondas y propulsores, así como cuchillos y tumis de obsidiana, pero ninguna huella de hacha. La amplia y muy descriptiva iconografía nasca, —ya sea en textiles o cerámica—, tampoco muestra ejemplar alguno. Luego, al parecer, el hacha no constaba en la parafernalia del cazador o guerrero nasca.

Horizonte Medio y Periodo Intermedio Tardío

En la cultura Sicán/Lambayeque, y entre los chimús, la representación del combate y de las armas desaparece claramente (Shimada y Griffin 1994). En el catálogo del MRLH, —que cuenta con más de 1.200 vasijas y figurinas Lambayeque—, así como en el MAPC —cuarenta vasijas aproximadamente—, no aparece ni una sola arma.


En el Estado Huari, las representaciones de hachas de guerra son escuetas. Sobre urnas encontradas en Conchopata (Ayacucho), se ve una representación (Fig.16) de guerreros en embarcaciones de totora, alzando un hacha de mango largo (hacha con franjas) en la mano izquierda, y un escudo rectangular en la mano derecha. Bischof (2005: 76) escribe que «no se puede descartar la alternativa según la cual no se trata de un evento histórico en el sentido occidental del término, sino de un evento mítico, tal como la llegada de ancestros fundadores», pero Isbell (2001: 50) sugiere que la escena se desarrolla en el lago Titicaca durante un cruce de armas entre las fuerzas de Tiahuanaco y aquellas de Huari, pues en varios fragmentos cerámicos, se encuentra la cabeza del dios sol del lintel de Tiahuanaco.

En Tiahuanaco mismo, Poznanski encontró 5 hachas en forma de T en los estratos más profundos, mientras que Bennett (1956 : 131) —quien halló una en el pozo V9—, reproduce un hacha de sacrificio pintada en un kero (Ibid. fig. 15c).


Horizonte Tardío

Las hachas metálicas en forma de T eran de influencia Tiahuanaco, y se las halla tanto en tumbas como en contextos domésticos: «cumplían la función de instrumento de trabajo en labores de construcción, para la extracción y el corte de materiales duros» (Peréz Maestro 1999: 334 y fig. 7). Las hachas-mazas estrelladas incas (Mayer 1998: N° 328-339; CEP 1987/89: fig. 650) y las hachas-picas fijadas al extremo de un mango largo a manera de alabarda (Mayer 1998: n° 286-294) entran asimismo en esta categoría. Se trata de un arma mixta, sin duda a la vez porra y hacha, tal como en la cultura Vicús. Según el diccionario quechua de Domingo de Santo Tomás ([1560] 1951), se denomina tocssima o taicacona y según el diccionario aymara de Bertonio ([1612]1984, se llama aca en aymara. Es representada por Guamán Poma de Ayala (1613: 194) en la mano de un «awqa kamayuq» o «guerrero» quien acaba de utilizarla para cortar la cabeza de su enemigo; es comúnmente aceptado que se trataba de un símbolo de poder (Nielsen 2009: 229). Peréz Maestro (1999: 338 y Fig.9) nos indica que se la encuentra «como ofrenda funeraria en enterramientos de la pacifica sociedad Chiribaya, localizada en el departamento de Ilo en la costa sur, [obtenidos] por medio de intercambios con los Incas y supondrían un bien muy preciado, digno de formar parte del ajuar funerario de personajes de élite».

Los ejemplos abundan en las crónicas. Tal como se vio más arriba (lanzas), en la batalla decisiva de Ichupampa, Pachacuti mata al jefe chanca Astoyguariaca con un golpe de hacha (Sarmiento de Gamboa [1572] 1953, cap. XXVII; 234), quizás un hacha con aletas similar a aquella representada por Guamán Poma ([1613]1980: 51) en la mano de un guerrero o auqua camaioc (ver Fig. 17). Francisco de Jerez ([1534] 1948), al describir la marcha de Atahualpa sobre Cajamarca, nos dice que, después de los soldados armados con hondas: « tras destos vienen otros con porras y hachas de armas [...] las hachas son del mesmo tamano y mayores; la cuchilla de metal de anchor de un palmo, como alabarda. algunas hachas y porras hay de oro y plata, que traen los principales». Para Garcilaso de la Vega ([1609]1959; lib.VI, cap. XXVII: 346) el «hacha de armas» o partesana inca (cuncacuchuma champi) era la insignia real de los Incas. La describe de la siguiente manera: «Por ultima divisa real daban al principe una hacha de armas, que llaman champi, con una asta de mas de una braza en largo. El hierro tenia una cuchilla de la una parte y una punta de diamante de la otra, que para ser partesana no le faltaba mas de la punta que la partesana tiene por delante». Para Cobo ([1653]1964 lib. XIV, cap. 11: 255) las «hachas de armas tenian el hierro o cuchilla de cobre o pedernal; unas eran pequeñas, de auna mano, y otras grandes, que se jugaban a dos manos. Las mas de estas armas que usaban los capitanes y gente noble, tenían los hierros de oro y plata». Esta arma es la que se ve entre las manos de varios Incas representados por Poma de Ayala (Incas 1, 4, 6, 7 y 8), quien las llama conga cuchina (cuncucuchuna huaman champi del diccionario de Gonzalez Holguín). Es un hacha de doble filo fijada al extremo de un mango largo terminado por un haz de tres plumas, hacha recta de un lado y triangular del otro, lo cual corresponde también a la descripción de Francisco de Jerez vista más arriba. Se vio que Garcilaso la denomina «partesana inca», porque se parece a la alabarda española representada entre las manos de los Españoles de numerosos grabados de Poma de Ayala (por ejemplo en la representación del encuentro de Cajamarca —lámina 192— y también —¿por error?— en manos del segundo y del undécimo Incas).

Finalmente, es preciso mencionar el hacha que los Incas denominan tumi o cuchillo, pero que no es el arma de sacrificio así denominada, la cual examinaremos más adelante. Abundantes son los testimonios sobre esta peculiar arma afilada del ejército inca, que no es otra que el hacha de guerra descrita más arriba; por cierto, ni Quiroga Ibarrola ni Urteaga la llaman tumi. La confusión radica en que tiene la forma de media luna de un tumi, pero sigue siendo colocada en un mango y utilizada como arma de guerra. Su forma fue de hecho probablemente tomada del tumi Chimú a través de los «cuchillos placas en forma de trapecio» y los «cuchillos hacha» (Mayer 1998). En el «Vocabulario de la lengua general de todo el Perú» (1608), Gonzáles Holguín provee la definición siguiente: «cuchillo de indios de cobre a manera de segur sin cabo», definición que ha sido reproducida por muchos cronistas, pero que introduce una confusión adicional, dada la presencia del mango. Los cronistas la llaman también a menudo «champi» como cierta categoría de mazas, sin duda porque se presenta a menudo bajo la forma de un arma de función doble: hacha por un lado, y maza del otro (Mayer 1998: Fig. 328-339).


Tumis o cuchillo de sacrificio (Fig. 18)

En nuestra tipología, clasificamos los tumis —o cuchillos de sacrificio— aparte, pues no entran ni en la categoría de los cuchillos, ni en aquella de las hachas. Bischof (2005: 76-77) los llama ya sea «cuchillos rituales derivados de las ‘hachas de mano ‘Moche», o «hachas metálicas sin mango», y señala que no son armas de guerra propiamente dichas, sino más bien instrumentos de sacrificio. De hecho, el tumi no fuera eficiente en un combate real frente a las formidables porras mochica de doble uso (Bischof 2005: 77; Kutscher ([1950] 1967: 118). Se trata de un instrumento afilado, sin mango adherido (a partir de Vicús), tal como se lo puede ver en las numerosas representaciones de sacrificio humano Nasca, Vicús, Mochica o Chimú (Lumbreras 1978: 123 y Fig. 147; Donnan 1978: Fig. 151, 205). Según Muelle (1939: 467 et fig. 8), su origen en los Andes sería idéntico a aquel del puñal de Paracas, el cual –al igual que el tumi-, es un arma de sacrificio y no de guerra, pero que es colocada en un mango, de la misma manera que su sucesor de Nasca (Proulx 2006, Fig.47). Luego, el tumi no se caracteriza por su morfología, sino más bien por su función de cuchillo de sacrificio. Finalmente, es propio de la región andina: no se lo encuentra ni en México, ni en la China, Egipto o Mesopotamia entre las sociedades caracterizadas por un nivel de desarrollo equivalente (5).

El personaje del petroglifo de Alto de la Guitarra, —quien sujeta un cuchillo de sacrificio o hacha con mango en una mano, y una cabeza-trofeo en la otra—, fue fechado en el Horizonte Temprano (Nuñez Jiménez 1986: fig. 646), al igual que la representación del degollador de Pucara (Llanos 2009b, fig. 12b). En la iconografía de Paracas, se hallan a la vez las cabezas-trofeos y los cuchillos de sacrificio en media-luna o romboidales alzados por seres sobrenaturales. El mismo fenómeno se reproduce en Nasca, en donde las representaciones de seres míticos sujetando una cabeza-trofeo con una mano y el tumi nasca con mango largo con la otra, son muy frecuentes (Proulx 2006; Fig. 25). Existen también diferentes representaciones del sacrificado llevando en la mano un cuchillo triangular de obsidiana (Proulx 2006: Fig. 5.1, 5.13, 5.266). En algunos mantos Paracas, tal como el del MNAAH, seres voladores sostienen el tumi en media luna en una mano, y el bastón de mando en la otra (Lavallée y Lumbreras 1985: Fig. 173), lo cual brinda una pista interpretativa: las armas míticas simbolizan el poder que viene del Mas Allá. Hay aquí una transformación de la realidad propia del simbolismo andino, que se encuentra desde Chavín.


Cobra su forma trapezoidal clásica específicamente en Vicús, pero a diferencia de Paracas y Nasca, siempre es metálico. La forma proviene seguramente de Vicús, pues se encontró el tumi en forma de trapecio de lados divergentes en las tumbas de Yécala (Mayer 1998: Fig. 2321-2389). Adquiere poco a poco la forma del tumi clásico (Ibid.: Fig. 2293-2320 y 2512-2924); ésta es la forma que aparece en las innumerables escenas de lucha o de sacrificio Mochica III y IV. En la mayoría de casos, los adversarios son seres míticos y el cuchillo es normalmente sujetado en el puño cerrado. Entre los mochicas, es a menudo pintado o modelado en las botellas (Castillo 1989: 172-177; Kutscher 1983: Fig. 225-232, 257- 262, 264, 265, 275; Donnan y McClelland 1999: 110, Fig. 6.12, 6.35-6.37), o en las máscaras de oro.

El tumi nunca es empleado como arma de guerra: lo es siempre como instrumento de sacrificio; jamás se ve a guerrero alguno alzándolo en las escenas de combate. Lumbreras (1980: lámina 252) describe el personaje de esta figura como un guerrero mochica, pero se trata del dios degollador representado bajo la misma forma en numerosas ocasiones en los muros interiores de los patios de la Huaca de la Luna. Su carácter sagrado es subrayado de dos maneras diferentes: por un lado, aparece en la mano de un animal antropomorfizado (Fig. 18), de una divinidad como Ai Apaec, o del gran sacerdote (personaje A de Donnan) en las escenas dichas «del sacrificio» (Donnan y McClelland 1999: Fig. 4.102), y por otro, es el arma con la cual se enfrentan los seres sobrenaturales quienes representan a las divinidades (Donnan & McClelland 1999: Fig. 4.81, 6.8; Bischof 2005: 77). Tratándose de una herramienta ceremonial, no se la ha encontrado sino principalmente en las tumbas de la elite, como aquella de los señores de Sipán, en donde siempre aparece dos veces: uno de oro, y otro de plata. Pero no era únicamente una ornamentación de la elite: en una tumba de Dos Cabezas, se encontró un tumi de cobre grueso y mucho más robusto; éste se hallaba en la mano de un hombre sepultado considerado como el «degollador». El estudio osteológico ha demostrado que su antebrazo derecho era muy desarrollado, por lo que debió haber cumplido un esfuerzo exigente y repetitivo. De hecho, a proximidad, se encontraron dieciocho cabezas cortadas debajo de la antepenúltima vértebra cervical, con numerosas marcas dejadas por los múltiples intentos realizados por el «degollador» en la ejecución de esta difícil tarea (Cordy-Collins 2001: 28-31). Una vasija encontrada en el mismo sitio representa además al «degollador» en acción (Ibid.: fig. 2.8). Otro tumi similar se hallaba en la mano de una mujer inhumada con numerosas vasijas en la zona urbana comprendida entre la Huaca de la Luna y la Huaca del Sol (Chapdelaine 2002: 75). No cabe duda pues que se trata de un arma real pero únicamente destinada al sacrificio. Entre sus vecinos de la Sierra, los Recuay, se encuentra el mismo tipo de representación del sacrificio, pero esencialmente en vasijas modeladas. La misma observación que la de la figura anterior se impone: Lumbreras (1980 lámina a color LIX) habla de un guerrero Recuay, pero se trata más bien del mismo dios que entre los mochicas.

En el Horizonte Medio y en el Intermedio Tardío, es sumamente común en la costa norte durante la fase Lambayeque —Huaca de Loro (Mayer 1998 : 3148-58; Shimada y Montenegro 1993)—, así como entre los chimú (Mayer 1998 :3161-82), entre quienes la cabeza del dios se sobrepone a la agarradera. En Tiahuanaco, Bennett (1956: 131 fig.15c) reproduce un hacha de sacrificio pintada en un kero, y Boero Rojo (1980) illustre deux tumis en bronze non datés, aunque no tenemos representación adicional de tumi alguno proveniendo de la sierra.

Para el Horizonte Tardio, desaparece en calidad de arma de sacrificio, y se convierte en arma de combate.

Discusión

Al culminar este panorama sobre el empleo de las armas (Chamussy 2012 para las armas arrojadizas y el presente estudio para las armas de estocada y de tajo) a través de la historia precolombina de los Andes centrales, estamos lejos de poder sacar conclusiones definitivas, logrando alcanzar nada más algunas enseñanzas y numerosas preguntas.

1. La tabla 5 de este estudio así como la tabla 6 del estudio anterior (Chamussy 2012), recapitulan la presencia/ausencia de armas de acuerdo a los periodos y regiones, pero sus conclusiones no pueden ser generalizadas, debido a la falta de información para algunas épocas, y la sobre-representación de otras. En términos generales, los testimonios iconográficos e históricos son más numerosos que los testimonios arqueológicos. Luego, no debe sorprendernos que los periodos para los cuales mas información tenemos sean el Periodo Intermedio Temprano, gracias a los inmensos repertorios iconográficos (alfarera, textiles, murales, etc.) recuay, nasca, gallinazo/mochica y vicús, así como el Horizonte Tardío gracias a las crónicas. En las otras fases o periodos, las armas no son representadas en la alfarería salvo algunas excepciones anotadas en las tablas,

2. Sorprende no obstante que dos de los horizontes (Temprano y Medio), no hayan dejado evidencias adicionales de guerra. Hemos demostrado ya (Chamussy 2009) que el Horizonte Temprano fue un periodo de expansión ideológica y de paz. Para el Horizonte Medio, una de las razones radica sin duda en la falta de investigaciones orientadas en ese sentido. Pero la dominación iconográfica del tema de la guerra en ciertas épocas, y su disminución o desaparición en otras, puede tener causas más generales. Ésta depende del papel que las elites quieran otorgar a la idea de la guerra. En ocasiones, la representación de la guerra les es indispensable para sentar su autoridad, y en otras, medios alternos —ideológicos o económicos—, no justifican esta glorificación, aún cuando la guerra se encuentra presente (Arkush 2006: 319). En términos genrales los Horizontes son periodos durantes los cuales la conquista ideológica y cultural (Chavín, Tiahuanaco) o guerrera y económica (Huari) han llegado a su término. La sociedad dominante impone luego su paz y las armas se vuelven inútiles. El Horizonte Tardío constituye una excepción, por un lado porque las conquistas no habían culminado y por otro, a causa de las luchas internas de sucesión. Durante los Periodos Intermedios al contrario, —periodos de fragmentación de las grandes entidades políticas o culturales previas—, existen numerosas entides políticas medianas o grandes luchando entre ellas, lo cual explica la presencia de armas.


La sub-representación de armas del Periodo Intermedio Tardío en nuestro corpus se debe en nuestre criterio a una falta de investigaciones específicas, aunque la presencia de numerosos pucaras no da lugar a dudas sobre los conflictos existentes entre los diferentes grupos (Arkush 2012; Housse 2013).

3. La tabla 5 de la presente publicación, asi como la tabla 6 de la publicación anterior (Chamussy 2012) sacan a relucir que algunas armas de caza o de guerra no han cambiado mucho entre el Precerámico y la época inca (Arkush 2010: 116): más particularmente las hondas, tiraderas, mazas, macanas, lanzas, cuchillos, puñales y hachas. Las porras doughnut, esféricas y estrelladas parecen haber sido inventos del Periodo Inicial, y subsisten luego hasta la época inca. Pero otras tienen una presencia más restringida: la porra de cabeza en forma de cacto está únicamente presente al inicio del Periodo Intermedio Temprano (Salinar y Puerto Moorin), y se debería a la llegada de un nuevo grupo al área centroandina (Chamussy 2009). Las espléndidas porras de bronce, dentadas o con múltiples puntas y hachas antropomorfas o zoomorfas de los vicús son únicas en su estilo. La porra bicónica aparece con los virú, y sobre todo, los mochicas, y desaparece luego por completo. Otras armas se transforman, nuevas formas son inventadas y a veces se desdoblan (porra y pica, porra y alabarda, hacha-maza). Los motivos de estos cambios pueden ser contingentes (Cook 2004: 151), corresponder a necesidades tecnológicas (Burger et al. 2000: 346) o ambientales. No obstante, en nuestro criterio, la razón principal es ideológica: el ejemplo de la porra es significativo. En efecto, su función múltiple (bastón de mando, cetro o arma de estoque), indica que sí se trata de un objeto que simboliza poder6: una élite nueva debe dejar su huella mediante una forma o una tecnología diferentes. Aquello se percibe claramente en los dos casos antes citados: por ejemplo, la porra en forma de cacto simboliza el poder de los sacerdotes, poseedores del conocimiento escatológico a través de la absorción de una sustancia alucinógena contenida en el cacto de San Pedro representado en la porra. Las armas son luego «emblematic staffs of people in authority» (Benson et al. 1977:86).

4. Una primera distinción funcional existe entre armas de caza y armas de guerra: algunas armas son utilizadas en la caza como en la guerra, mientras que otras parecen ser utilizadas casi exclusivamente para la caza. En una primera etapa, las armas arrojadizas (tiradera, honda, azagaya y venablo) fueron principalmente empleadas para la caza, al igual que —en cierta medida— las mazas y macanas, utilizadas en la caza de mamíferos marinos desde el periodo arcaico. Pero con la construcción de las primeras fortificaciones en el final del Horizonte Temprano, las armas arrojadizas se vuelven necesarias para la defensa de las fortalezas. Se da un nuevo cambio importante con los mochicas: las fortalezas ya no son el lugar privilegiado de los combates, mientras que el arma de guerra por excelencia pasa a ser la porra bajo sus diversos avatares; ésta, de hecho, no es apta para la caza terrestre, por lo que requeriría acercarse demasiado al animal. Fue luego esencialmente utilizada en los combates singulares, en que los dos adversarios llevan el mismo tipo de arma. Además, puesto que constituye el arma de la lucha cuerpo a cuerpo por excelencia, debe haber sido considerada como propia de la elite, pues se observa casi universalmente que las armas de estocada son empleadas por la elite en los combates singulares, en tanto que las armas arrojadizas lo son entre la gente común y para la defensa de las fortalezas (Otterbein 2004); el uso de las rompe porras y de otras armas de estocada es asimismo comúnmente asociado a los ejércitos profesionales y organizaciones políticas centralizadas, lo cual confirmaría la existencia de guerreros especializados entre los mochicas. Entre los nascas en cambio, las armas arrojadizas (huaraca, honda, jabalina) son más numerosas, mientras que el combate a la distancia es privilegiado (Bishof 2005:80), lo cual corresponde a nuestro concepto de una sociedad fragmentada en pequeños cacicazgos autónomos unidos entre ellos únicamente por sus creencias religiosas comunes (Silverman 2002a: 243). En los periodos siguientes, la situación no cambia de forma significativa, aunque la cantidad restringida de armas encontradas o representadas en la iconografía no permite llegar a conclusiones tajantes. En el Horizonte Medio más particularmente, la expansión Huari por medios guerreros, —aunque muy probable—, no cuenta con mayor evidencia, por lo que resulta imposible sacar conclusiones respecto al empleo de armas en relación a eventuales guerras de sitio. La única novedad —aunque documentada a partir de un solo ejemplo (las urnas de Conchopata)— sería el empleo del arco, que aparece tambien en Tiahuanaco. Se da un nuevo cambio en el tipo de guerra en el Periodo Intermedio Tardío con la expansión chimú y el desarrollo de una categoría de fortalezas novedosa en la Sierra: los pucaras. Se observa entonces que las armas de estocada disminuyen, mientras que las armas arrojadizas vuelven a generalizarse en los alrededores de los pucaras (Arkush 2010, 2012) y fortalezas chimú (T. Topic 1990: 184-186). Los Incas, acerca de quienes mayor información tenemos gracias a los cronistas, desarrollan y utilizan todo tipo de armas en la guerra, inclusive aquellos de los territorios conquistados (arco y flecha, boleadoras) así como instrumentos o herramientas desviados de su uso de origen (hachas).

5. Se puede establecer una segunda distinción, -de orden funcional también-, entre armas e instrumentos de trabajo: la porra anular (o doughnut) —de la cual no se encuentra ni una sola representación iconográfica—, fue primeramente instrumento agrícola, pero sirvió también como arma cuando se encuentra en las tumbas de los guerreros o en el glacis de las fortalezas. En sus albores, la porra estrellada de piedra era un instrumento agrícola; aquella encontrada cerca del «guerrero X de Wari Kayan» (Tello y Xesspe 1979: 492) es una excepción que acompañaba por cierto [...] ¡un saco de fréjol!, mientras que las cuatro representadas con los guerreros recuay de la vasija de Lührsen sean quizás un invento del pintor, pues ningún otra estatua de guerrero recuay las lleva. Al parecer, se vuelven más numerosas en el Periodo Intermedio Tardío (de piedra pero también de metal), pero siempre como instrumentos agrícolas, tal como lo subrayan Lavallée y Julien (1973: 62) en Asto (en el Mantaro); estas autoras acotan por lo demás que son más características de los incas. En efecto, fueron únicamente los Incas quienes las utilizaron como armas de guerra. La porra estrellada metálica en cambio fue arma desde su invención por los Vicús, quienes la utilizaron de manera generalizada, mientras que no tuvo más que un papel secundario entre los Mochicas. A la inversa de la porra estrellada, la porra esférica parece haber sido un arma siempre, desde Chavín (personaje de Yura Yoko), Paracas y Nasca, —en donde es el único tipo de porra empleado—, y los valles del centro norte, en donde aparece en las tumbas de los guerreros, entre los recuay y los chancay. Sólo en el valle de Huanaco (Kotosh, Shillacoto) —en donde se hace presente desde el Periodo Inicial—, habría podido ser utilizada como rompe-terrones, pues se trata de una sociedad agrícola, y ha sido encontrada en asociacion con otros instrumentos agrícolas, mas jamás en tumbas. El hacha es ante todo un instrumento de trabajo; las hachas de piedra pulida del Precerámico sirvieron primero para tallar estacas y romper terrones. Con los incas, se convierten en temibles armas de lucha cuerpo a cuerpo entre las manos de los soldados incas experimentados, mientras que las armas cortantes eran sin lugar a dudas poco fiables entre las manos de las milicias semiespecializadas que al parecer dominaban antes de la época inca (Topic y Topic 1987). Otras armas cambian de función en cierta época: éste es el caso del hacha, que se transforma en tumi exclusivamente reservado al sacrificio entre los mochicas, lambayeques y chimús, en tanto que retoma su papel bélico entre los Incas.

6. Finalmente, se puede definir una última distinción entre su uso real (herramienta, arma de caza o de guerra) y su empleo simbólico (Chamussy 2012). Con toda probabilidad, las porras doughnut y estrelladas, los cuchillos y hachas que aparecen esencialmente fuera de las tumbas y escasamente en la iconografía, jamás desempeñaron papel simbólico alguno. Las porras son escasas en las tumbas de Paracas Cavernas, lo cual demuestra que no representaban un instrumento de poder en la costa sur durante el Horizonte Temprano, mientras que la gran cantidad de traumas craneanos evidencia que eran utilizadas en los combates. Inversamente, por sí sola, la cantidad de tiempo necesario para elaborarlas evidencia que las porras con cabeza en forma de cacto de las fases Salinar y Puerto Moorin eran claramente símbolos de poder. Las mazas y porras de cabezas esféricas presentes tanto en la iconografía como en las tumbas de la elite nasca, debían también representar poder, mientras que entre los mochicas, este papel recae en la porra bicónica; éste es el significado con que aparece constantemente en la iconografía y las tumbas de la elite. Entre los recuay, se representa tan sólo la porra de cabeza esférica, principalmente en las esculturas en bulto redondo. Carecemos de ejemplares arqueológicos, mientras que se hallan poco representadas en las vasijas. Podemos luego suponer que estas estatuas son el vector privilegiado para transmitir el mensaje ideológico deseado. Las macanas, —las cuales, como se vio, podían a menudo ser interpretadas como bastones de mando (7)—, las porras esféricas, estrelladas, en forma de cacto y bicónicas así como los tumis, —que aparecen más frecuentemente en las tumbas y la iconografía—, debieron asimismo jugar un papel ideológico importante con el fin de asegurar el poder de las elites.

Hemos visto más arriba que Gutiérrez León equipara la porra mochica con los bastones o cetros de Chavín. Para todas las épocas, se encuentra esta equiparación de la maza o porra con el bastón de mando o cetro. No obstante, según Moore (2005: 146), «[in the andean world] the staff is the central dominant symbol around which the conceptual framework of indigenous leadership revolves». Según Benson (2008: 9): «maces may symbolize sacrificial offerings», —una metonimia del sacrificio—, mientras que en una largamente argumentada interpretación, Arnold y Hastorf (2008 : 122-123) asocian la vara a la toma y posesión de las cabezas trofeo por parte de los jefes de ayllus, en calidad de símbolo de regeneración de las plantas.

Pero el peso de ese rol ideológico es inversamente proporcional a los medios coercitivos a disposición de las elites. Éste es más importante en el Periodo Inicial y el Horizonte Temprano, mientras que disminuye a medida que las elites van disponiendo de los medios necesarios para imponer su poder por la fuerza. Entre los Incas, en donde el poder coercitivo era importante, las armas están prácticamente ausentes de la iconografía.

7. La tabla 5 nos permite extraer una observación general respecto al contraste entre el más gran conservatismo en el empleo de las armas existente en la costa sur, —en donde las estólicas siguen siendo las armas favoritas de los nascas (Bischof 3005: 80) junto con la porra de cabeza esférica y las puntas de piedra tallada—, y la flexibilidad del centro-norte, en donde el uso se adapta más rápidamente a un medio cambiante y sobre todo, a la influencia de los aportes de nuevos grupos poblacionales (invención de la porra de cabeza en forma de cacto y de la porra de cabeza bicónica, así como de las armas metálicas).

8. ¿Permite acaso el estudio de las armas determinar si nos encontramos frente a ejércitos de conscriptos formados por soldados o a ejércitos especializados constituidos por guerreros? Según Otterbein (1989: 44-46), el empleo de las mazas y otras armas de estocada es comúnmente asociado a los guerreros y las organizaciones políticas centralizadas, lo cual confirmaría la existencia de guerreros entre los mochicas. Inversamente, el ejército inca habría estado conformado por soldados que constituyeron un ejército de conscriptos, tal como lo evidenciaría el uso de armas de tajo y la conformación de cuerpos militares especializados por tipos de armas (Topic y Topic 1987). No obstante, nos es imposible ir más allá sin un estudio más profundizado del tema.

9. Tampoco sabemos gran cosa acerca de la fabricación de armas como tal. ¿Eran éstas elaboradas por talleres especializados o de manera artesanal por sus propios usuarios? Makowski (comunicación personal), opina que eran fabricadas en contexto doméstico por campesinos soldados, y que las campañas militares se daban únicamente fuera de los periodos de siembra y cosecha. En nuestro criterio, en el estado actual de la documentación, el simple estudio de las armas no permite sino dar respuestas preliminares a estas dos preguntas. En algunos casos particulares, tal como en el de las armas vicús o aquellas de bronce arsénico de los Lambayeque o los Chimús, nos parece difícil imaginar que la producción no haya sido centralizada. Es asimismo difícil concebir que las reservas de armas encontradas en Sacsayhuamán por los Españoles no hayan sido fabricadas por talleres especializados.

Conclusiones

Los artefactos encontrados en el Precerámico y Periodo Inicial así como en el Horizonte Antiguo (maza, macana, lanza, cuchillo, hacha, honda, propulsor) son polivalentes, pero la ausencia de indicios adicionales de guerra conlleva a clasificarlos como armas de caza o herramientas ocasionalmente utilizadas para el sacrificio humano (cabezas trofeo) o la violencia interpersonal (Chamussy 2009). Su uso para la caza o como herramienta permanece, pero a partir de la segunda parte del Horizonte Temprano surge entonces la porra bajo todas sus formas, lo cual coincide con la aparición de numerosas pruebas más de guerra (armas de guerra, fortificaciones, modo de ocupación de los suelos, traumatismos sobre esqueletos, etc.). Se presencia en ese momento cierta especialización de las armas de acuerdo a los periodos, manteniéndose la porra como arma de guerra por excelencia. Las hondas y atlatl o tiraderas siguen siendo principalmente empleadas para la caza, y las mazas y macanas, para la agricultura. En la guerra, hondas y tiraderas son únicamente utilizadas en el sitio de fortalezas (Periodo Intermedio Temprano, Periodo Intermedio Tardío). Innovaciones (armas metálicas, formas nuevas de porra, arco y flecha, boleadora, etc.) aparecen paulatinamente en función de las necesidades e intercambios o guerras de conquista. Finalmente, el empleo simultáneo de todos los tipos de armas parece ser específico del Horizonte Tardío.

Nuestra investigación sobre las armas es inédita, y estamos muy conscientes que plantea más problemas antes que soluciones, pero esperamos que originará investigaciones más profundizadas en las excavaciones en curso y venideras, permitiendo así colmar las numerosas incertidumbres existentes.

Agradecimiento

Quisiera agradecer a todos los colegas que me ayudaron en la preparación de este artículo, y particularmente a Catherine Lara, quien tuvo la difícil tarea de traducirlo al castellano.

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MBCR: Museo del Banco Central de Reserva de Lima

MRLH: Museo Rafael Larco Herrera

MOA: Museo de Oro y Armas, Lima

MMV: Museo Municipal Vicús, Piura

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NOTAS

1 No confundir con la makana o lanza afilada de madera de chonta utilizada en la guerra para exhibir las cabezas cortadas por las tribus de la Sierra cercana a Cali, Colombia (Arnold y Hastorf 2008: 122).

2 Salvo las dos excepciones de porra con cabeza esférica citadas más arriba.

3 En general, contrariamente a lo que su nombre indica, no es lanzada, pero su nombre ha creado cierta confusión entre algunos autores.

4 Testart (1982: 192) hace aparecer el hacha de piedra de filo pulido en el 16.000 a.C. en Australia, y luego en el sureste asiático, sin duda en relación con el inicio del trabajo de la leña.

5 Según Muelle 1939: 467, la misma forma de cuchillo se encontraría entre los esquimales y los tibetanos.

6 En la actualidad, el poder de los alcaldes de las comunidades andinas es simbolizado por un bastón esculpido, a menudo revestido de plata, llamado «varayoc», lo cual en quechua significa «aquel que lleva el bastón de mando», cuya historia se origina entre los «curacas» o jefes tradicionales de la época prehispánica.

7 Es interesante señalar que los diccionarios de inglés dan dos sentidos a la palabra «mace»: arma y símbolo de autoridad. Esta doble interpretación se encuentra entre varios autores.

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